Al tibio sol de marzo

altibiosol

Por Fernando García.

Los domingos en el Cuartel eran sórdidos. Allí solo quedaba el personal de servicio, los arrestados y aquéllos que no tenían dónde ir a parar. Para el cabo primera Olivares la situación era diferente, él era clase de tropa y se movía por allí como en su propia casa, en la que desde luego no querían ni verle. Era de fina estampa y gastaba ademanes chulescos. Gustaba mortificar a los reclutas mas torpes, entre los que se encontraba con grande mérito un paleto de Villaconejos de la provincia de Toledo que tenía por mal nombre Eufemiano Mantecón.

Aquella mañana de domingo de marzo, triste y tediosa, el recluta Mantecón andaba en su litera con ensoñaciones eróticas. Había dejado un melón que le había mandado su madre calentándose al tibio sol de marzo, cierto que no con otra intención que follárselo cuando estuviese listo. Las únicas experiencias de Eufemiano con seres vivos de dos patas se reducían a alguna gallina, por lo que hacer suyo a aquel melón no lo consideraba despreciable. Cortó con su navaja de forma cuidadosa un extremo de la preciada fruta y se hundió en ella con pasión aprovechando la soledad del barracón. Se derramó como un ahorcado, tras lo cual quedó exhausto y dormido.

Cuando se despertó oyó el toque de fajina y se dirigió apresurado hacia el comedor. Allí estaba el cabo Olivares rodeado de sus habituales conmilitones disfrutando de un menú especial , una de las muchas prebendas que obtenía por sus amenazas. El que mas y el que menos compartía sus viandas con él, para así obtener protección. En ese momento se hallaba alardeando del dulzor de un melón que uno de sus adláteres le había obsequiado. “Siéntate con nosotros Mantecón, que estoy catando un melón de tu pueblo”. En ese momento pasó por allí el sargento de Cocinas, un suboficial chungón y resabiado. “Olivares, a que no sabes lo que hacía Mantecón hace un rato, follarse un me…”. No pudo terminar la frase, porque el primera Olivares quedó como petrificado, dejando la tajada de melón a medio masticar. “Te has tragado toda su leche, la leche de esa acémila…”, apostilló inoportuno el Cocinas.

Cómo de cruel es el destino solo lo saben los que lo sufren. Mantecón nunca llegó a jurar bandera y Olivares se volvió remilgado para la comida y mas que comedido en sus chanzas.

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