Nunca dejes que te maten X

GomezX

Por Gómez & Gómez.

(Resumen de lo publicado: El eximio novelista Arturo Navarro facilita a nuestro héroe una pista de vital importancia para la resolución de este intrincado caso.)

Anduve por ahí un rato, dándole vueltas a los sucesos de las últimas cuarenta y ocho horas. Cuando me cansé de caminar, entré en un topless del centro donde todavía tenía crédito. Pronto se me acercó una empleada de la casa, no demasiado atractiva, que llevaba las domingas al aire. Como yo mismo, había conocido días más felices. Le habría pagado sólo para que se tapara un poco, pero se sentó justo a mi lado. Siempre he sido un hombre afortunado, de los que les toca la botella de sidra El Gaitero en la tómbola.

—¿Cómo va la Navidad, vaquero? —me preguntó.

—Bueno, estoy investigando el asesinato de un Rey Mago. Ayer me rompieron la nariz de un puñetazo. Hoy han intentado liquidarme a balazos tres tipos. Todo bien, gracias.

—¿Te apetece un griego?

La miré.

—Creo que no —dije—. Pero agradezco la oferta.

—¿Y una mamada?

Volví a mirarla.

—Mejor otro día.

Logré desembarazarme de ella. Dos copas o así más tarde se me echó encima la mañana. Coincidiendo con el primer rayo de sol telefoneé a mi primo, el detective. Por lo que sabía, se había liado con una pelirroja, había cerrado la agencia y ahora trabajaba como vendedor de seguros. Desde luego que era un borracho de cuidado, pero conocía su oficio como pocos y, además, sabía también mantener la boca cerrada. Así que lo saqué de la cama, le pedí que indagara sobre el Camisas en el hotel donde Navarro me había indicado que éste se alojaba, y, una vez localizado, controlara sus movimientos. Me dijo que se reuniría conmigo en media hora en la puerta de ese hotel.

Una hora y cuarto más tarde se bajaba de un taxi. Por primera vez en mucho tiempo, se asemejaba a un ser humano: sobrio, afeitado y con la ropa planchada. Tras explicarle su cometido, le pagué el salario de dos días por adelantado.

—No te lo bebas todo —le advertí al dejar los billetes en su mano.

—No te preocupes por eso. Lo he dejado.

—¿La priva?

—Dos meses y tres días en seco ya. Estoy con los doce pasos de Alcohólicos Anónimos.

—¿Doce? ¿Son tantos?

—Ya voy por el octavo —dijo, sin ocultar una nota de orgullo en su voz.

—Te felicito —dije.

—El octavo es de los peores —señaló, sin renunciar al tema—.Una cabronada.

Yo lo habría dejado correr ahí, puede que incluso un poco antes; pero a la vista de su insistencia casi me vi obligado a preguntarle:

—¿Y en qué consiste ese octavo?

—Hacer una lista de todas aquellas personas a las que hemos jodido durante nuestra vida de alcohólico y reparar el daño causado.

—Entran ganas de tomarse un buen lingotazo con solo imaginarlo —reflexioné en voz alta.

—Es duro, sí. Pero hay que joderse. A algunos de esos cabrones me los cargaría sólo para no tener que pedirles perdón.

—Eso es que estás progresando —le dije, palmeándole la espalda y echando a andar a continuación.

—Oye —me llamó cuando me había alejado casi una decena de metros.

—¿Sí?

—¿Te acuerdas de aquella novia tuya de hace unos quince años, la de las tetas?

—Casi todas mis novias suelen tenerlas.

—La abogada del Audi negro, aquélla con los cazos tan impresionantes.

Claro que la recordaba. Una morena preciosa con la que salí unas semanas a finales de los noventa y que, de buenas a primeras, hizo mutis por el foro sin dignarse a darme ninguna explicación.

—Me acuerdo, sí. ¿Por qué?

—Pues resultó que al día siguiente de que me la presentaras me la encontré en los juzgados. Estuvimos charlando y eso. Una cosa llevó a la otra…

Empezaba a comprender. Y el problema es que no quería comprender.

—Déjalo. Otro día me lo cuentas —dije.

—No, te lo ruego. Es necesario que repare el daño causado. Aquella misma noche salimos a cenar.

—Olvídalo insistí.

—Después de la cena…

—¡Puedes borrarme de tu maldita lista, joder! —dije levantando la voz. Date por perdonado. Ego te absolvo.

—Gracias, de verdad. Es muy importante para mí. estaba a punto de echarse a llorar, el hijoputa… y yo también.

Eché a andar por fin pensando que a veces me gustaría ser otro. Cualquier otro, incluido uno de ustedes.

Llegué a mi casa y encontré a Diana en la cocina, preparando el desayuno como si nada. Las horas de sueño le habían sentado de maravilla. Hasta Kierkegaard la miraba con la lengua fuera, pegado a sus piernas, como si también quisiera tirársela.

—¿Te apetece comer algo? —me preguntó alegremente.

No sé si fue la Navidad, el octavo paso de mi primo o todas esas noches más solo que la leche; pero el caso es que le dije la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, esto es, que sí, que me encantaría poder comer algo.

Su coño.

Para ser sincero, nunca creí que la blitzkrieg funcionaría, así que mi sorpresa fue mayúscula cuando, por toda respuesta, se echó en mis brazos como Moisés al llegar a la Tierra Prometida después de escapar de los romanos.

Sé que en este punto debería ser discreto, un caballero, y no relatarles lo que sucedió a continuación entre aquella dama y un servidor; pero, ya saben: si no lo cuentas es como si jamás hubiera pasado.

Dos polvos, uno sobre la encimera y el segundo en mi cama. Y ni siquiera me cobró. Mi suerte mejoraba. Dos de los buenos, joder, les doy mi palabra. Luego, me dormí como un bebé.

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