Seguimos al culo de la yegua Soraya (Serenata de plomo. XXII)

SerenataXXII
Por MartÍn olmOs.

Seguimos al culo de la yegua Soraya como si fuese Moisés por el desierto. Lamenté mi carencia absoluta de voluntad y mi costumbre de dejarme llevar como una hoja de álamo en mitad de una ventisca. Mi madre me dijo en una ocasión: hijo, eres el mayor inútil que he conocido desde que murió el vago de tu padre, que puso el listón muy alto. Mamá, le dije, algún día llegaré a senador y te compraré un sombrero de paja pintada y flores. No he llegado a senador, ciudadanos, pueden jurarlo. He fumado un par o tres buenos cigarros de Virginia y algún negro me ha lustrado los zapatos. No, mamá, no he llegado a senador y no te compré un sombrero de paja pintada y flores.
—¿Nació con la napia así o es que a alguien no le gustó? —me preguntó el Gran Adolphus Knee desde lo alto de Soraya.
—Boxeé un tiempo —le dije.
—¿Era bueno?
—Claro, por eso estoy siguiendo al culo de una yegua.
—¿Qué hacen por aquí las noches de los sábados? —preguntó Adams.
—Vamos al baile de la embajada de Portugal, ¿es usted imbécil? —le contestó el Gran Adolphus. Luego se bajó de la yegua y dijo que había visto un pavo. Cebó el Hawken y mojó de saliva el punto de mira. Disparó y dejé de ver su cara de borrachuzo detrás de una humareda amarilla.
Adams y yo miramos hacia donde había apuntado y vimos helechos. Graznó algo, un cuervo o un hurón, vete a saber.
—Marré —dijo el Gran Adolphus.
Escaló sobre la yegua y escupió una libra de tabaco negro que yermó un par de metros cuadrados de campa.
—Lástima lo del pavo —dijo Adams.
—Y las nutrias son cada vez más listas —dijo el Gran Adolphus.
—¿No te recuerda esto a Thoreau? —me dijo Adams.
—¿De dónde ha sacado al chico? —me preguntó el Gran Adolphus.
—Es de la banda del capitán Hemingway. Métale un tiro si le consuela.
—Buen recado se ha echado, Nariz Rota.
Llegamos a un claro en el que se levantaba una casa de césped con las ventanas de madera y el techo de bosta sobre el que rumiaba una cabra. Un cerdo estaba tumbado sobre un charco de estiércol al lado de un balde y una mujer gorda como una mula mediana pelaba un gato muerto sentada sobre un tocón de abedul. La mujer tenía la misma jeta que el Gran Adolphus y se tapaba con un chaquetón de tela de pana y un sombrero roto de paja.
—Esta es mi mujer, Mamá Charmian, y esta es mi casa —dijo el Gran Adolphus—. La construyó con sus propias manos mi padre, Barnaby Knee, que le decían el Cubano porque estuvo con Teddy Roosevelt, que Dios le guarde, en la Loma de San Juan. Y Cristo sabe que hizo un buen trabajo.
Golpeó la pared de césped y la cabra se vino abajo.
—Han venido señoritos a cenar —dijo Mamá Charmian y de la casa salió una mujer de dos metros vestida con un camisón, un tío gigantesco que era la viva imagen del Gran Adolphus y un medio sarasa de cuatro ojos.
—Mi hija Foxy Mary, mi hijo el Pequeño Adolphus y mi yerno, quién sabe qué le vio mi hija, que le decimos Tony Sissy y es medio castrón —dijo el Gran Adolphus.
—Encantado, señores —dijo Tony Sissy—. No le hagan caso a Papá, es un humorista.
—Son socios del capitán Hemingway. Finolis de Chicago. El chico es medio lerdo.
—Se refiere a ti —le dije a Adams.
—¿Quieren un trago? —dijo el Pequeño Adolphus. Vestía unos pantalones de sarga que cuando había bisontes fue azul y estaba sin camisa.
—¿Amanece por el este? —dije.
Foxy Mary nos ofreció un tarro con boca de rosca con un mejunje dentro del color de un charco. Foxy Mary ostentaba la faz de los Knee y tenía unos pies enormes. Tony Sissy era de los que batean con la zurda, pueden jurarlo, y era lampiño como una taza de porcelana. Bebí el pistraje con aprensión y me bajó hasta los mismos talones como si pesase una tonelada.
—¿Por acá los hacen en un troquel? —pregunté.
—Sí, diablos, tenemos un aire familiar —dijo el Gran Adolphus—. Mamá Charmian es prima hermana mía, yo no meto la cosa en boquetes que no conozco.
—¿Le gusta el jugo, Nariz Rota? —preguntó el Pequeño Adolphus.
—Yo diría que es el pis del chancho. Esperaba un buen trago canadiense.
—Esto es brandy casero, senador, el whisky canadiense está a buen recaudo en un camión, allá en la cuadra de arriba, con el capitán Hemingway, el Niño Bobby y mi hermano Frenchy, que les llenará de plomo como se acerquen a él con la aviesa intención de soplárselo —dijo Mamá Charmian.
—Ese whisky es una inversión capitalista —dijo el Gran Adolphus—. Las inversiones capitalistas no se beben. Muy al contrario, señor, se ponen a trabajar como si fuesen bonos del Tesoro.
—Por lo que bebemos esta mierda —concluí.
—Su amigo Hemingway le ha dado a mi suegro una pátina del arte del mercadeo —dijo Tony Sissy.
—El actualmente conocido como el capitán Hemingway no podría darle una lección a un mamón de cómo columpiarse de una ubre.
Mamá Charmian cogió el tarro y le pegó un tiento, miró al cielo y bajó el jarabe a la pura gravedad, dio un salto y gritó: ¡firme el batallón!
—¿Está usted bien, señora? —le preguntó Nick.
—De una pieza, señor Lerdo —dijo la señora—. No es el pis del cerdo. Llévese la receta, no es un secreto: pique finamente con un cuchillo limpio doscientos gramos de uvas pasas, otros doscientos de ciruelas pochas y un puño de almendras con piel, macérelo todo en un litro de alcohol etílico durante tres meses agitándolo cada lunes y después fíltrelo a través de una sábana, mézclelo con un litro de agua y déjelo reposar otro mes después de embotellarlo.
—Eructe a un mapache y le tumbará —dijo el Gran Adolphus.
—¿Ha tomado nota? —me preguntó Mamá Charmian.
—Si, señora. Brandy casero de Nitroglycerine Creek, el Tumbamapaches. Quitándole los frutos silvestres es parecido al Viejo Coronel.
—A la cuadra de arriba se va andando —dijo el Gran Adolphus—. ¿Es usted buen caminante, Nariz Rota?
—Sé poner una pezuña delante de la otra.
Tomamos una vereda ruin mientras Mamá Charmian se quedó preparando la cena. El cerdo nos siguió. Foxy Mary nos iba putañeando en camisón y uno no es de piedra. Podía echar abajo un roble de un golpe de grupa. A Tony Sissy le interesaba más el joven Adams y el Gran Adolphus Knee, hijo de Barnaby Knee el Cubano, nos amenizó la excursión contándonos como le explotó la cabeza a un novillo.
—No hace un par de días le exploté yo la cabeza a un irlandés que oficiaba de linterna —le dije.
—Está bien, hombre de mundo, solo contaba una historia —dijo el Gran Adolphus.
—No se las pegue de cosmopolita, Nariz Rota, yo estuve en el ejército —dijo el Pequeño Adolphus.
—Valiente mundo viste, Napoleón —le dijo Tony Sissy—. Se rompió la pierna en el primer desfile.
—Estuve en Camp Plain, con la infantería, allá abajo en Atlanta. Me rompí la pata saltando una valla y me pasé un año en un hospital militar bebiendo botellitas de láudano y aprendí a trenzar capazos con soga de maroma. Los vendía a cinco pavos a la mujer de un capitán médico.
—Es usted Alejandro Magno —le dijo Adams—. ¿Ganó alguna medalla?
—Me licenciaron y me dije: Adolphus, el ejército no es lo tuyo. Una vez le hice una gracia a un mocoso y el piojoso me arrancó un botón del uniforme y me pasé una semana arrestado. Yo lo que quería era ensartar a alguien con una bayoneta.
—Volvió sin medallas y con callos en la mano de trenzar capazos con soga de maroma. Se perdió un gran general —dijo Tony Sissy.
—Mary, dile a tu marido invertido que cierre el agujero que tiene debajo de la nariz o le romperé las gafas —dijo el Pequeño Adolphus.
—Cállate, Tony, o alguien te atizará. ¿Le estrenaron ya, señor Adams?
—Me han pasado un par de cosas, señora.
La cuadra de arriba era una construcción de piedra a mitad de camino del derribo que guardaba media docena de vacas con las grupas llenas de mierda seca. Había gallinas haciendo su vida y un camión cubierto por una lona. Hemingway tallaba una rama con una navaja haciéndose el macho y un tío con la nariz plana bebía de una garrafa de tumbamapaches con una carabina Sharps del 74 apoyada entre sus muslos. Tenía la culata rota y arreglada con cordel de cáñamo. Había otro individuo en cueros atado por el cuello a un poste que estaba en los puros huesos y cuando nos vio empezó a gruñir y a echar espuma por la boca. La barba le llegaba a los tobillos y la cadena del cuello amenazaba con irse al diablo.
—Tranquilo, Bobby —le dijo el Gran Adolphus.
Bobby saltó sobre nosotros pero la cadena le paró en el aire y no se rompió el cuello de milagro.
—Nickie, ¿qué te ha pasado en la oreja? Parece el fuelle de una gaita —dijo Hemingway.
—El señor Bullet la confundió con un felpudo, pero no le guardo rencor.
—Buenas napias se gasta, peregrino —me dijo el tío del Sharps.
—No se ha visto las suyas, Adonis.
—Es mi cuñado Frenchy —dijo el Gran Adolphus—. Boxeó, como usted, por eso tiene la oledora chafada.
—¿Por qué no me pateas a mi la oreja? —me dijo Hemingway.
—Cálmate, capitán, aún puede que lo haga.
—Peleé en la feria de la Grande Praire y en un circo en el fuerte de Saskatchewan —me dijo Frenchy—. Un dólar por el envite y cuatro más si ganaba. Desafiaba a los lugareños. Me decían el Toro.
—¿Y cómo le fue?
—No era flojo, no señor. Tumbé a un par de tíos grandes. ¿Usted peleaba en las ferias?
—En el Loop, en Chicago.
—Era una estrella —dijo Hemingway—. Jubiló a un par de farmacéuticos.
—Cuida que no te jubile a ti, campeón –le dije.
—El chaval es Bobby, mi hijo pequeño. Lo tenemos amarrado porque una vez se escapó y mató a un ferroviario. Dios le negó el don de la palabra, Su voluntad no debe ser discutida —dijo el Gran Adolphus.
—Los vecinos le llaman el Caimán, hijos de perra —dijo Foxy Mary—. Le intentaron envenenar.
—Le dije a Mamá: Mamá, deberíamos ahogar al chico en un barreño, ahora que es pequeño —dijo el Gran Adolphus—, pero Mamá me dijo: no, señor Knee, Dios tendrá una razón para habernos bendecido con su natalicio. Somos pentecostales.
—¿El whisky está en el camión? —le pregunté al capitán Hemingway.
—Cien cajas por veinte botellas. Dos mil unidades al cambio de unos veinticinco pavos que nos saldrán por cincuenta de los grandes. Tirando por lo bajo.
—Me aturden los números —dije—, pero no dan para un burdel de raros, un pasaje a París y mi parte.
—Las carabinas Sharps suelen quebrarse por la culata por el retroceso —dijo Frenchy—, pero si les apañas un cordel disparan como si fuesen nuevas. Se lo digo por si no le salen las cuentas.
—Se olvidó mencionar nuestra parte —dijo Foxy Mary.
—Cien mil machacantes si andamos vivos —dijo Hemingway.
Escuchamos a Mamá Charmian llamándonos a cenar pegando con un palo en un balde. Bobby el Caimán rugió como un perro rabioso. Ahí estaba el resultado del amor entre primos hermanos, pobre desgraciado. El Gran Adolphus Knee se besó la palma de la mano y acarició con ella la lona del camión.
—Bonos del Tesoro —dijo.
Hemingway me guiñó un ojo. Tony Sissy se lo guiñó a Adams. Foxy Mary atrapó a una gallina, le rompió el cuello y se la dio a Bobby el Caimán, que se echó sobre ella y se la zampó cruda.
—Vamos a cenar —dijo el Gran Adolphus—. Bobby cuidará del whisky y ustedes y un servidor haremos números.
Volvimos a la casa del tejado de bosta y Mamá Charmian nos puso en la mesa un engrudo de color pardo en una cazuela de latón y unos frascos de tumbamapaches. El guiso olía fuerte como una letrina de polacos y decidí hacer vigilia.
—¿No tiene apetito, Nariz Rota? —me preguntó Foxy Mary.
—Espera la carta de vinos —dijo Hemingway.
—Pasaré de esta mano —dije.
—¿Qué esperabas? —dijo Hemingway—. ¿Langosta al Termidor?
—Esperaba gachas y tocino.
—Pues es tejón —dijo Mamá Charmian—. Con cilantro y laurel.
—Masticaré una hoja de hiedra para engañar al hambre —dije, y salí a fumar un par de pitillos. Hemingway me siguió con una garrafa del brandy de Mamá y nos sentamos a ver oscurecer en aquel malezal.
—No sabía que el tejón se comía —le dije.
—Estos se comen cualquier cosa que tenga pelo.
—Chicago es una fiesta a tu salud, Shakespeare. La has organizado buena con tus bonos del Tesoro.
—Aún podemos manejarlo.
—No te hagas el macho conmigo, capitán. Puedes pegársela a estos agropecuarios, pero Chicago es otra timba.
—¿Cómo va el partido?
—Torrio y O´Bannion fuera de juego. Capone y el Piojo Morán dirigen la orquesta. El Jefe Nimbus el Gordo se escondió debajo de la alfombra y un chino medio tuerto me la pegó. Echaron abajo el Nitty Gritty a tiro limpio y mataron a Yvette la Troyana. Según asomemos la cabeza por el barrio nos la volarán y tu padre agarrará un berrinche.
—No hemos llegado hasta aquí para arrugarnos.
—¿Tenemos más socios? Es solo por saberlo.
—Les pegaré el trile a estos campestres, no te preocupes por ellos.
Foxy Mary salió de la casa con una horquilla de tres pinchos y se puso a olisquear el ambiente.
—No oigo a las cigarras —dijo.
—¿Hay que oírlas? —pregunté.
—Huele a ajo y a pagano —dijo.
Avanzó hacia el bosque. No se veía más allá de un palmo porque había oscurecido del todo. La perdimos de vista y escuchamos un disparo. En la cuadra de arriba rugió el Caimán. Salieron los dos Adolphus con una lámpara de queroseno. Frenchy se acantonó en la puerta con el Sharps. Los dos Adolphus se internaron en la noche. Foxy Mary apareció de la pura nada con un buen agujero en el estómago.
—Creo que un italiano me ha pegado un tiro –dijo.
—Os han seguido, malditos idiotas –dijo Hemingway.
Foxy Mary se sentó sobre un balde boca abajo y se hurgó las tripas. Del boquete le salió sangre negra. Estaba lista. Miró con perplejidad la herida como si no se la creyera. Luego se cagó y dejó de parecer tan tempestuosa.
—Tengo mucho sueño —dijo.
Los dos Adolphus trajeron a las puras patadas a un tío guapo y alto que iba vestido para una boda. Le reconocí: era Joe Garza, un espagueti medio bailarín que andaba con los de Capone. Joe Garza vendía melones en un puesto entre la calle Bronco con Felicity, en Cícero, afuera de Chicago, hasta que pensó que era más rentable trabajar de recadero para la Unión Siciliana. Capone estaba reclutando a cualquier macarrón desde que empezó la guerra con los irlandeses. Joe Garza no era un pistolero. Pensó que con una pistola podía parecerlo y se acababa de cargar a la chica de los camperos.
—¿Eres tu, Bullet? —me dijo. Le habían roto la cara a puñetazos.
—Nunca debiste dejar de vender melones —le dije.
—Se me disparó el arma. Me puse nervioso. Explícaselo a estos caballeros. Nunca he matado a nadie.
—Vaya si lo has hecho.
—Se me echó encima con esa horquilla y el cacharro se me disparó. Ni siquiera sabía que estaba cargado.
—No puedo hacer nada por ti —le dije.
—Solo quería llevar un traje —dijo.
El Gran Adolphus le pateó hasta dejarlo frito, se lo cargó al hombro y subió con él camino arriba hacia la cuadra. El Pequeño Adolphus le alumbraba con la lámpara de queroseno y llevaba en la mano el chisme del desgraciado, que era un Colt automático de 1911.
Foxy Mary cantó una canción en francés y se fue durmiendo. Mamá Charmian lloró y dijo:
—Llamad al señor Borneo.
—Yo iré a buscarlo y le sujetaré la lámpara —dijo Tony Sissy—. Yo la quería, Mamá.
—Trae al señor Borneo, puerco marica —le dijo Mamá Charmián—. Tráelo, por los clavos de Cristo, ya que no fuiste capaz de darme un nieto.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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