La elegancia social del regalo

IBARRA

Por Fernando García.

Saber regalar es arte poco frecuente, lo habitual es practicar el insulto mediante este subterfugio. Los libros suelen ser habitualmente el material arrojadizo con el cual gusta bombardear en estas ocasiones. Gracias a ello no faltan en mi biblioteca los autores más abyectos. Sin querer pecar de exhaustivo citaré a Zafón, Marías y los diferentes Revertes como producto nacional, así como Clancy o Ellroy en el ámbito internacional; eso sí, excelentemente traducidos. Se preguntarán ustedes quién me quiere tan mal, les sorprenderá saber que el listado está encabezado por mi madre. Tan ignominiosa lista incluye además a mi jefe y a mi secretaria, a mi pareja y a mis ex parejas, a mis amigos y a mis enemigos, a escritores sin escrúpulos y en general a mucho hideputa que anda suelto. Solo mis hijos que nunca me han regalado nada y alguna excepción que ahora citaré se salvan de la quema.

Cabría preguntar también qué tipo de libros me interesan, que tan difícil se lo pongo a mis benefactores. Pues bien, soy hombre de gustos sencillos, me interesan los libros antiguos, algunos viejos y las buenas ediciones de los modernos. Hubo un caso extremo en que una enamorada me ofreció comprarme le libro que yo anhelara. El Ibarra, dije, mirando por su bolsillo. Pero la muy tacaña asustada por lo que le pedían (no serían mas de 6.000 euros) me despachó con una edición facsímil. Ya pueden imaginar mi irritación ante tamaña impostura, teniendo que aceptar a regañadientes semejante delito de lesa bibliofilia.

Creo que puedo contar con los dedos de una mano los que han practicado conmigo la elegancia social del regalo. Un amigo me compró las obras completas de Borges en una bella edición en cinco tomos, otro me obsequió un Quevedo editado en el XVII y para de contar. Capítulo aparte son Brema y Perroantonio, aquél en viejo y éste en nuevo, que han procurado con mediano acierto no ofenderme.

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