El Gran Adolphus Knee (Serenata de plomo XXIII)

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Por Martin Holmes.

El Gran Adolphus Knee amarró a Joe Garza a un pilar de la cuadra con cinchas de cuero mojado y le sacó los pantalones dejándole las vergüenzas a la intemperie. El Pequeño Adolphus sujetaba el Colt y rumiaba tabaco negro como la pez. El Caimán empezó a gritar y a tirar de la cadena que tenía ceñida al cuello y vomitó la gallina.
—Así que esta es la famosa barrena de los italianos —dijo el Gran Adolphus—. Pues no parece gran cosa.
—Quizá cuando enhieste —dijo el Pequeño Adolphus.
—He visto gatos mejor arbolados —dijo el Gran Adolphus.
Joe Garza volvió en sí y no pareció volverle loco su situación. Abrió sus dos ojazos negros y casi se le salieron de las órbitas.
—El cuero se encogerá cuando seque y le cortará la circulación de las muñecas —dijo el Gran Adolphus.
—Creo que vas a pasar un mal rato, Garza —dijo Hemingway.
—Se me disparó la cacharra —dijo Garza.
—Pues ahora te toca lamentarlo, grasiento —dijo el Gran Adolphus.
El cerdo hozó la cosa de Garza pero no le puso interés.
—Ni al chancho le agradas, muchacho —dijo el Pequeño Adolphus.
—Bullet, no dejes que me coma el cerdo —me dijo Garza.
—Pegadle un tiro a este saco de mierda y vamos a lo nuestro —dije.
—No hay prisa —dijo el Pequeño Adolphus—, por acá las noches son largas.
—Y hoy no hay baile en la embajada de Portugal —dijo el Gran Adolphus.
—Vamos a comer tejón y que este desgraciado se muera de miedo —dijo Nick Adams.
—Los finolis de Chicago están incómodos —dijo el Gran Adolphus.
El Caimán escupió espuma mezclada con sangre y se agitó salvajemente. Se rompió las uñas escarbando en la tierra. Las venas de su pescuezo abultaban como el cabo de una tubería. El Caimán intuía la sangre y se estaba volviendo loco. Tenía pústulas en los codos y los dientes afilados como clavos herrumbrosos. Estábamos en el circo del diablo Satanás y Joe Garza era la mujer barbuda. Su chisme estaba encogido y tenía el tamaño de un piojo. El Gran Adolphus se rascó el cogote. El Pequeño Adolphus sujetaba el farol. Olía a paja y a boñiga y a miedo con ajo y aceite de oliva. Hemingway vomitó el tejón.
—No era langosta al Termidor —le dije.
—Vete al diablo, Bullet —me dijo.
—¿Tenéis las tripas flojas, caballeretes de Chicago? —dijo el Gran Adolphus.
Tony Sissy y el señor Borneo llegaron montados en la yegua Soraya. El señor Borneo era flaco como una soga y le faltaba la oreja derecha. Vestía levita negra y un sombrero de copa y parecía el vivo retrato de Abraham Lincoln que ponen en los sellos de un níquel. Tenía las piernas cortas y los brazos tan largos que se podía rascar los tobillos sin doblar la raspa. Seguramente era otro producto local salido de un romance entre primos hermanos. El Gran Adolphus le saludó moviendo la barbilla y el señor Borneo le correspondió parpadeando.
—El señor Borneo tiene un emporio de alquiler de mulas —explicó el Gran Adolphus—. Es rico como Craso y empezó capando verracos.
—Santa Virgen María —dijo Joe Garza.
—Le comió la oreja una rata —dijo el Gran Adolphus—y su mujer es la mejor paridora de la comarca.
—Tengo once hijos —dijo el señor Borneo—, pero uno es cojo.
—Lo lamento —dijo Hemingway.
—No hay porqué, señor, el chico se las arregla.
—Es vivo como una ardilla —dijo el Gran Adolphus.
—Le hice una pata de palo y aprendió a montar en bicicleta —dijo el señor Borneo.
El señor Borneo sacó una navaja de apenas un par de dedos de hoja. El Pequeño Adolphus vertió una frasca de tumbamapaches sobre las pelotas de Garza. Garza se agitó y Tony Sissy le pateó gritando como una chica. El Caimán empezó a morderse las pústulas hasta que sangraron y se lamió las heridas. Tony Sissy se arrodilló y empezó a golpear a Garza con los puños en la cara hasta que se la convirtió en una máscara informe. Pegaba mal pero cualquiera puede destrozar a un hombre atado. Probablemente disfrutó y se cobró la factura del trato que le daba su familia política. Interpuso su venganza a las humillaciones por el intermedio de Joe Garza, el pobre puerco vendedor de melones que quería llevar un traje.
—Me he roto las manos —dijo Tony Sissy. Estaba sudando y tenía las antiparras empañadas.
—Tienes zarpas de señorita, desgraciado marica —le dijo el Pequeño Adolphus.
Eché de menos la escopeta Loomis de Lola que se había quedado en el difunto Forajido. Calculé que estaba a un par de pasos de una azada. El Pequeño Adolphus tenía el Colt metido entre la barriga y un cordel que le hacía de cinturón. Garza escupió todo el perlaje y ya no fue nunca más un italiano guapo. La tensión pura no le dejó desmayarse. La naturaleza es cruelmente indiferente.
—¿Le interesa la azada, Nariz Rota? —me dijo el Gran Adolphus.
—¿Tengo aspecto de que me interesen las azadas? —le contesté.
—Se lo digo por si se pone piadoso.
—Haga lo suyo y púdrase en el infierno —le dije.
—Cree que soy un salvaje, pero mi mujer Charmian está ahí abajo enterrando a mi hija Mary cavando en la tierra con una escudilla de peltre. Luego se soplará una frasca de brandy y se rascará los pies. No se dará un baño esta noche como no se lo dio ayer ni la semana pasada. No huele a jazmín, señor, muy al contrario apesta como un perro muerto y podrido y ya no es bella porque seguramente nunca lo fue. Si llora, y no estoy seguro de que lo haga, sus lágrimas no serán sublimes y se confundirán con la mugre que le tapa su cara. Yo tampoco lloraré, señor piadoso boxeador del Loop, y mi sudor huele a borracho pero mi bendita Charmian y yo no gastaremos más que un rato en enterrar a Foxy Mary pero tardaremos una eternidad en olvidarla.
—Esas han sido unas hermosas palabras —dijo Hemingway.
—Deje que le estreche mis manos rotas, padre —dijo Tony Sissy.
—No quiero verte al amanecer —le dijo el Gran Adolphus y ni siquiera le miró.
—¿Quieres que le cape con un alambre? —dijo el señor Borneo.
—Usa el tajo, que no crean estos señores que somos unos bárbaros —dijo el Gran Adolphus.
El Pequeño Adolphus le sujetó a Garza por un muslo trabándolo debajo de su sobaco. El Gran Adolphus le cogió el otro jamón y lo inmovilizó apoyándose la pantorrilla sobre el hombro. Hizo palanca y le quebró la rodilla. Se oyó como se partió y el Caimán empezó a aullar a la luna. Se sentó sobre sus posaderas cuerudas balanceándose sobre ellas.
—Saca tu cacharra, Bullet, acábame de una maldita vez —dijo Garza. Estaba llorando y no es agradable ver llorar a un hombre.
—No tengo ni un mondadientes —dije.
—Solo tiene piedad —dijo el Gran Adolphus.
El señor Borneo se arrodilló entre el hueco que dejaban las piernas de Garza, separó la cachiporra y le cortó la bolsa con la navaja diminuta. La sangre le manchó la levita negra. Luego los tres hombres se separaron de Garza y contemplaron su tarea como quien mira un fresco. El Pequeño Adolphus cogió un plato sucio de latón y el señor Borneo se secó las manos con un puño de paja. El Gran Adolphus cogió el despojo y lo depositó en el plato.
—Dios no será compasivo con nosotros —dijo.
—Amén —dijo Hemingway.
—Ninguno de los aquí presentes, en esta noche de ordalía y de sangre, conocerá el Paraíso —dijo el Gran Adolphus. Luego dejó el plato con los péndulos de Garza al lado de Bobby el Caimán y el niño se los comió.
—¿Le pego candela al muñón? —dijo el señor Borneo.
—Deja que se desangre —dijo el Gran Adolphus.
—Era por si le querías para un coro.
El cerdo enloqueció y se lanzó sobre la herida de Garza. Garza intentó gritar pero se le había acabado la voz como se acaba la pasta después de una juerga. Solo pudo susurrar mientras el cochino le devoraba:
—Me duelen las pelotas, Bullet —dijo.
—Puedes jurar que esas ya no te duelen, Garza.
—Vi hombres en la guerra a los que les dolían las piernas que les habían amputado —dijo Hemingway.
—Lo que no viste tú en aquella guerra —le dije—, debió ser una juerga continua.
—¿Crees que miento?
—Para mentir hay que escupir alguna verdad de vez en cuando.
—Mostrad respeto hacia este hombre —dijo el Gran Adolphus señalando a Garza—. Dios, acógele a tu derecha, aunque haya sido una mierda de vaca italiana y cagona. Te lo envío con menos peso, así que tardará menos en llegar. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Ve ligero a los brazos del Señor, purria italiana, no te guardo rencor.
—Corre hasta donde te alcance el resuello —le dijo el Pequeño Adolphus a Tony Sissy.
—Que el diablo os coma las entrañas, paletos —dijo Sissy—. ¿Puedo ir con ustedes?
—No somos primos —le contesté.
—El bosque te matará —dijo el Gran Adolphus.
—Ni siquiera me vas a dar tasajo y un pellejo de agua. Me condenas a las alimañas.
—Diez centavos un melón —dijo Garza mientras moría.
—Larguémonos de aquí —dijo Adams—, me estoy poniendo enfermo.
—Los melones ayudan a evitar los coágulos de sangre —dijo Garza— y el puré de semillas acaba con las lombrices.
—Tu lombriz se ha quedado sin compadres —dijo el Pequeño Adolphus.
—Son solo diez céntimos —dijo Garza.
—Muéstrale respeto —dijo el Gran Adolphus—, se está muriendo de puro capón.
Tony Sissy desapareció en la noche y los demás, excepto Garza, el cerdo y el Caimán, regresamos a la casa a través del camino alumbrándonos con el farol.
—Mi hijo aprendió a montar en bicicleta con su patita de palo —me dijo el señor Borneo.
—Ya me lo contó.
—Se la hice con una viga del pesebre de las mulas desbastándola con un trinche y le di una mano de resina, así que no se pudrirá.
Frenchy nos salió al paso con el rifle Sharps y cara de circunstancias. Había tierra batida frente a la casa y Mamá Charmian estaba colgada por el cuello de un gancho atado a una rama. Su cara gorda de luna llena se había puesto morada y una cabra le lamía un pie descalzo y negro como la sangre seca.
—Enterró a Foxy Mary con una escudilla de peltre sin decir una palabra, luego se levantó, se quitó el delantal y se colgó de la maroma —dijo Frenchy—. No dejó que la ayudase ni lloró.
El Gran Adolphus entró en la casa y salió con una lata metálica de tabaco Bull Durham de la que sacó unos billetes arrugados. Se los dio al señor Borneo y se guardó una moneda de cuarto de dólar.
—¿Compensado? —le preguntó al señor Borneo.
—Estamos en paz, Adolphus, como siempre. ¿Puedo hacer algo por ti?
—Vamos a la par, viejo, saluda a tu recua de malnacidos, pero dame tu navaja.
El señor Borneo le dio la navaja, se tocó el ala del sombrero de copa, que lo llevaba inclinado por la descompensación de la oreja, y se largó.
—Se colgó la gorda —dijo Hemingway—; estamos en una tierra de orates.
—Seguro que esto ya lo viste en esa guerra a la que dices que fuiste —le dije.
El Gran Adolphus enterró el cuarto de dólar y la navaja en la tierra manchada de la sangre de Foxy Mary y dijo:
—Esta es mi tierra porque tiene sangre, dinero y acero y ningún hijo de un millar de perras me sacará de ella. Ahora coged el camión de whisky y regresad con una bolsa llena de dólares. Los usaré para meter al chico en una institución en la que le enseñen a usar cubiertos y se pueda comer a una enfermera limpia.
—Yo te los traeré, padre —dijo el Pequeño Adolphus.
—Es una loable ambición —dijo Hemingway.
—No dejes a estos vivos que tomen la iniciativa y no le quites el ojo a esa pistola italiana.
Frenchy trajo el camión, que carraspeaba como un burro viejo, y nos preparó un saco con cecina mugrienta, pan de centeno y pulgas y una frasca de tumbamapaches.
—Mira bien a tu madre, ahora que aún conserva el alma —le dijo el Gran Adolphus a su hijo.
—Tenemos una cita en Chicago —dijo Adams, que no quería que le castrasen.
—Maldito sea el día que me embaucó usted con sus cuentos de bonos del Tesoro, capitán Hemingway.
El Pequeño Adolphus se puso al volante manteniendo el Colt sobre su regazo y Hemingway, Adams y yo nos apretamos como liendres en un palmo de cuero en la cabina que olía a ocena y a pis de cabra. Por el espejo retrovisor vi el alma de Mamá Charmian escapándose de su cuerpo gordo y sucio y oí al Caimán llorarle a la luna después de cenarse un par de huevos. El campo me gusta en las postales y en los calendarios de llantas. Las mujeres me gustan vivas y sin un impermeable de mugre. Los cerdos me gustan lejos de mi bragueta, difuntos, ahumados y en lonjas. Los hombres me gustan con sus dos orejas y sus otras dos cosas y me indigesta el tejón y el amor en familia y los niños no me gustan en general, por jodones, pero los prefiero sin pinta de cocodrilo y sin patas de palo.

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