Krug lovers

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Por Fernando García.

Dejó grande huella en mí aquella cena en casa de Pepín Calaza en París, al lado del extraño bosque. Cierto que la cosa no acabó bien del todo, ya lo conté en su día, pero nunca olvidaré aquel palet cargado de exquisitas millesimés del que dimos cuenta junto al saco de ostras que nos iba abriendo un corso a su servicio. Después de aquello quedé convencido que los champañas millesimé o vintage representaban la cima de la cultura occidental, y siempre que pude me obsequié con las mejores añadas de Möet o Roereder. Pero, ay, nunca se acaba de aprender, ahora sé que Pepín Calaza no contó toda la verdad.

Veinticinco de noviembre, la Tasquita de Enfrente en su nueva ubicación para eventos. Maggie Henríquez, presidenta de Krug, nos obsequia con una cata de Grande Cuveé, vintage 2000 y 2013, y Rosé. El protocolo me lleva a estar sentado a su derecha y a disfrutar de cerca de su belleza, elegancia y conocimiento. Me explica con su dulce acento venezolano que Krug no admite el juego de los vintage, que consideran que una gran casa tiene que sacar un gran champán todos los años y para ello elaboran su Grande Cuveé a partir de más de 120 vinos de más de 10 años distintos y una maduración en cava de más de 6 años. Me mira con fijeza a los ojos y me asegura que éste es el mejor vino del mundo, que hay que beberlo en copa panzuda y tibio y que el champán “frappé” es cosa de bailarinas de cabaret. Quedo más que convencido.

Soy hombre de carácter voluble frente al efluvio del vino y las mujeres, no contemplo otro éxtasis más que este arrobo místico que me procura su divina presencia. Quise ser Quijote y me quedé en Falstaff, ya lo dije en su momento.

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