La pecera

 

artime3
Por Clairette Semisec.

Entró cerrando la puerta con el pie.
Dejando su sombrero sobre la butaca, se dirigió directamente hacia la pecera, mientras un negro presentimiento iba apoderándose de él.
Se quedó un instante contemplando aquel tanque transparente, débilmente iluminado.
Arremangándose los puños de la camisa, comenzó a escudriñar por todos los rincones. En las piedras del fondo. Entre la maraña de algas que flotaban a media altura…Dentro de aquella ridícula casita que Tony se había empeñado en sumergir… Nada…
–¡Maldita sea! ¡Estaba seguro…! ¡Lo ha hecho…!
Se secó las manos con su arrugado pañuelo, mientras se dejaba caer pesadamente en la butaca, y así permaneció durante un largo rato en la penumbra.
Hacía tiempo que estaba convencido de que la suerte era cosa de los demás. Tenía una extraña inclinación a escoger siempre la peor de las escasas opciones que la vida le había ofrecido. Y era un hecho, que, aún sabiéndolo, nunca se le había ocurrido hacerle una finta al destino y decidirse por algo que hubiese descartado de entrada.
¿Cuántas veces había tenido la sensación de estar rozando esa oportunidad que hubiese cambiado definitivamente su miserable existencia? Algo que llevaba toda una vida esperando, desde que a, los cuatro años, su padrino le vaticinó un futuro esplendoroso.
–Este chaval llegará lejos… No como todos vosotros, que sois una pandilla de inútiles.
Si en este momento lo tuviera delante le daría un guantazo, como premio a su portentosas cualidades de profeta…
Cuando vio por primera vez a Engracia, en aquella tienda de mascotas, y al cruzarse sus miradas, tuvo la luminosa intuición de que acaba de encontrar el complemento, la pieza esencial, que faltaba en el agotado mecanismo de su existencia.
Y todo cambió, efectivamente.
La deprimente sensación de aburrimiento que le proporcionaban sus ocho horas diarias de trabajo, clasificando los recibos de los giros al extranjero en la oficina de correos, desaparecía como por arte magia, cuando introducía el llavín en la cerradura de su domicilio.
–¡Holaaaa…! ¿Qué, me has echado de menos…?
Aquella posibilidad de diálogo que había descubierto inopinadamente, tras comenzar su vida en común, se había introducido en su alma como una dinamo que cargaba de energía unos circuitos agotados en la soledad estéril de su jornada.
Pero, una vez más, esa precaria esperanza había dado señales de agotamiento en la disputa, más agria de lo común, de la noche precedente.
Te lo advierto. Si no cambias de actitud, ya puede ir buscándote otro aparcamiento. Todo tiene un límite en esta vida. No estoy yo para aguantar caprichitos de niña bonita…
¿Había sido demasiado severo, con ella? Bueno, al fin y al cabo todas las parejas tienen diferencias. El humor no es el mismo todos los días. Sobre todo, cuando tienes un carácter tan fuerte como Engracia. Debería haber tenido un poco más de paciencia. Al fin y al cabo, ella era mucho más joven que él.
Pero ya no tenía remedio. Se había largado. Con Tony. Con su único amigo.
Lo más raro y más deprimente, al mismo tiempo, era que Tony le había dicho mil veces que prefería los lagartos a los peces de colores.
Arrastrando los pies, se acercó a la despensa y, de detrás de la lata de las galletas, sacó la Browning High Power, de 9 mm. Se quedó mirándola unos instantes, mientras en el cristal de la alacena el reflejo de su rostro iba adquiriendo un aspecto cada vez más sombrío.

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