Psicodrama

pesadillas
Por Gómez.

Escena primera

La consulta de una psicoanalista. Una elegante DOCTORA que frisa los cuarenta, sentada en una silla de diseño. Se nota a primera vista que está muy alterada, y consulta sin parar la pantalla de su móvil. En otro asiento, frente a ella, un PACIENTE de aproximadamente su misma edad, vestido con un anticuado traje oscuro, mocasines marrones y calcetines blancos.

PACIENTE
Abrí la tapa del ataúd, y allí estaba mi padre. Lo habían engalanado con un uniforme de almirante, cubierto de medallas y condecoraciones. Unos enanos hacían guardia junto al féretro. Cuando me acerqué a él, para comprobar si estaba muerto de verdad, me susurró algo al oído.

DOCTORA
¿El qué?

PACIENTE
Hijo mío, dúchate más.

DOCTORA
¿Dúchate más? ¿Ésas fueron sus palabras?

PACIENTE
¿Cree usted que encierra algún significado?

DOCTORA
¿Que no se asea lo suficiente?

PACIENTE
Me refería a algún significado simbólico, como el sueño que tuve de los cerdos en el árbol y que usted dijo que representaba el miedo a la castración.

DOCTORA
Dieciocho años de ejercicio profesional de terapias freudianas, entre las que se incluyen algunas interpretaciones oníricas que no igualaría ni Miss Marple resolviendo un asesinato, me han enseñado que, en un amplio porcentaje de ocasiones un sueño es sólo un sueño. Sin más. Lo que pasa es que así pago la hipoteca y el apartamento de la playa.

PACIENTE
Pero ¿cree de verdad que mi problema psicológico tiene curación?

DOCTORA
(para sí, en voz alta)
Curar, curar… ¿Por qué a los enfermos mentales les gustará tanto esta dichosa palabra?

PACIENTE
¿Lo cree o no, doctora?

DOCTORA
El código deontológico me prohíbe expresamente decir que sí, pues sería faltar a la verdad. Pero la universidad de mi hijo y dos malas inversiones en bolsa me aconsejan no decir tampoco que no.

De pronto, la doctora parece dar un salto cuando empieza a sonar su móvil. Rápidamente se lo pega a la oreja.
Sale.
El paciente se queda mirando el infinito mientras espera que regrese la terapeuta. Transcurre cerca de un minuto.

VOZ DE DOCTORA
(gritando histérica desde una sala anexa)
¡MIENTES! ¡MIENTES, MISERABLE! ¡MIENTES, CONDENADO HIJO DE PERRA!

Se escucha un estrépito de objetos que se rompen.
Al cabo de unos segundos, la doctora regresa, con varios pedazos del móvil en las manos. Conteniendo las lágrimas, va hacia un cajón de su mesa, saca unas pastillas de un frasco, unas cuantas más de otro y una botella de vodka. Se toma un buen puñado de pastillas de una tacada y las acompaña con un buen trago. Una vez hecho esto, vuelve a tomar asiento, como si nada hubiera pasado, donde se encontraba antes.

DOCTORA
Disculpe por la interrupción. Me decía…

PACIENTE
Volviendo a mi sueño…

DOCTORA
(interrumpiéndole)
¿Sueños? Escuche el verdadero significado de los sueños, de todos los sueños: un túnel sin salida de terror, angustia, soledad y muerte… En el peor de los casos, una vejez solitaria en algún asilo, un lento apagarse como una vela azotada por el viento imparable de la desesperación. En el mejor, una muerte rápida e indolora a base de pastillas y vodka después de pegar un polvo, en un sórdido hotel por horas, con un cubano incapaz de pronunciar palabras de más de tres sílabas pero al que la tranca le llega a la rodilla.

PACIENTE
(dudando)
Como último recurso vale; pero antes que probar con un sudamericano preferiría conocer a una mujer, aunque no sea muy guapa. Y conste que no me considero racista.

Suena el teléfono, esta vez un inalámbrico que hay sobre la mesa principal. La doctora corre hasta allí para cogerlo.

DOCTORA
Sí… Sí… sí…

(Su gesto, a medida que escucha, refleja una ira ascendente.)

Bien, pues escúchame tú ahora: si piensas que vas a irte de rositas, estás muy equivocado. Voy a aplastarte, cerdo impotente, voy a arruinarte la vida. (Desquiciada.) Ja, ja, ja… ¿Crees que soy otra de tus putas de usar y tirar? ¿Eso crees? Voy a contarle todo a tu señora…

(Pausa.)

¡A mí no me cuelgues, cabrón!

Arroja contra la pared el teléfono, que se rompe en mil pedazos. Se toma un par de pastillas más, llena otro vaso de vodka y vuelve a ocupar su sitio.

DOCTORA
(adoptando un aire profesional, tras otro buen trago.)
¿Y qué más le contaba su padre en el sueño?

(Oscuro)

Escena segunda

Los mismos personajes en el mismo escenario. La única diferencia es que la doctora, como consecuencia del alcohol y las pastillas que ha ingerido, está prácticamente KO en su sillón, con los ojos casi cerrados. Sujeta la botella de vodka en la mano. Impertérrito, el paciente sigue hablando.

PACIENTE
Y de pronto me encontraba impartiendo una conferencia, vestido de baturro, en un congreso de optometristas.

Llaman, con los nudillos, a la puerta de la consulta. Acto seguido, asoma la cabeza ORIOL, un hombre atildado, de porte elegante y aspecto adinerado, de unos cincuenta años. Al ver a la doctora y su paciente se queda, titubeante, en el quicio de la puerta.

DOCTORA
(completamente colocada)
Pasa, pasa, Oriol.

Entra.

DOCTORA
(le señala una silla)
Siéntate. Vamos a hacer terapia de grupo. (Al paciente.) Mire, aquí donde lo ve, tan bronceado y saludable, tiene delante a un narcisista de manual, y aquejado de más disfunciones sexuales que un jerarca de las SS.

ORIOL
Sólo he venido a decirte que siento cómo ha terminado…

DOCTORA
No lo sientas, no lo sientas aún, cariño. (Amenazante.) La fiesta ni ha empezado todavía. Siéntate ahí, ponte cómodo.

ORIOL
(sentándose donde se le indica)
Ana, sabes perfectamente que mi mujer jamás te creerá por mucho que le cuentes.

DOCTORA
Lo filmé, cabrón, filmé a escondidas el polvo en el apartamento de la playa de hace tres fines de semana. No te lo esperabas, ¿verdad? Pues se lo pienso enviar. Igual hasta lo cuelgo en la red.

ORIOL
¿Dices que filmaste cómo hacíamos el amor? ¿Estás hablando en serio?

DOCTORA
Encontraba excitante compartir eso con el hombre que amaba. ¡Qué ingenua fui!

ORIOL
¿Excitante? Es… es… enfermizo.

PACIENTE
Yo, si me permite expresar mi opinión, también lo encuentro excitante. Puede que también un poco enfermizo, sí; pero excitante.

ORIOL
¿Y puede saberse quién es usted?

DOCTORA
Un maniaco depresivo con tendencias paranoides, de los de dos visitas semanales como mínimo: unos cuantos pacientes como él y en dos años me jubilaba.

ORIOL
Me niego a creer lo de la grabación de vídeo.

DOCTORA
Tú niega lo que quieras, pero ya tengo título y todo: Setenta y dos segundos de misionero.

ORIOL
¿Setenta y dos segundos?

DOCTORA
Cronometrados. El mundo entero va a saber que eres un eunuco. Ése tampoco es mal título: Un eunuco en Comarruga.

ORIOL
Estás enferma, Ana, estás muy enferma.

DOCTORA
¿Es un diagnóstico clínico? Yo pensaba que fabricabas máquinas de empaquetar butifarras, pero si también deseas ejercer de terapeuta puedo alquilarte mi consul…

En ese momento se abre de par en par la puerta y una MUJER de mediana edad clava una mirada asesina en Oriol.

MUJER
¡Sabía que me la estabas pegando con la zorra de tu psiquiatra!

(Telón.)

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