El Pequeño Adolphus Knee (Serenata de plomo XXIV)

Olmos on the rocks
Por Martin Holmes.

El Pequeño Adolphus Knee era capaz de trenzar capazos de soga de maroma y de conducir con los ojos cerrados. Adams, Hemingway y yo nos turnamos la ventanilla para regar el camino y el campestre no paró ni para coger resuello y permaneció al volante, con el Colt en el regazo, durante dos días con sus malditas y negras noches. Se sopló el tarro de brandy y se zampó la cecina de Frenchy sin preguntarnos si gustábamos. No, no tenemos hambre, destripaterrones miserable.
—Una vez bajé montado en una mula que tuve, que se llamaba Pelirroja, al bailadero de Timmy B. Q., que está abajo de la montaña, en Revenge, al lado del antiguo campamento de los ferroviarios, y bailé con una chavala y un tío se rió de mí y fui y le dije: ¿qué le hace tanta gracia, joven reidor?, y el tío siguió mondándose de la risa hasta que no le vio el chiste al puñetazo que le aticé y salió a través del ventanal y Timmy B. Q. llamó a los bofias y me entrullaron hasta el amanecer y tuvo que venir el Gran Adolphus y pagarle a Timmy B. Q. la cristalera y tuvo que invitar a unos tragos a los bofias, desgraciados hijos de una puerca, que no me dieron en toda la noche ni un pitillo miserable ni una manta liendrosa —dijo.
—¿Tenemos un plan? —preguntó Adams.
—Vender el jugo y salir pitando —dijo Hemingway.
—Hemos capado a uno de los suyos, aunque haya sido a Joe Garza, y no creo que estén muy dispuestos al negocio —dije.
—Tuvimos un toro semental negro como la pez que se llamaba Buckaroo y miraba torcido y le dije a Mamá: Mamá, el toro mira mal, y Mamá me dijo: vete al diablo y sácale a beber, maldito vago, y el toro Buckaroo me enganchó contra un pilar de la cuadra vieja y me aplastó a cabezazos contra ella y me reventó los adentros, pueden jurarlo, y se me pusieron negras las partes y casi la diño y llamamos al doctor Tarkin y me vendó como a un regalo de navidad y solo podía tomar caldo de gallina y morfina pero salí de aquella y todo Nitroglycerine Creek vino a ver mis huevos negros como una cosa digna de visitar, Cristo, toda la comarca vio mis cosas negras y gordas y Mamá les sacaba café y galletas de nueces —dijo el Pequeño Adolphus.
—Los negocios son los negocios —dijo Hemingway—, pasarán por alto la accidental emasculación del caballero vendedor de melones, cuya disposición a los asuntos del hampa, dicho sea de paso, le colocaba en el prescindible peonaje.
—Tú lo sabes todo menos ganarte la vida decentemente —le dije.
—Perdone usted, señor notario, siento haberle sacado de su club.
—Si hay pelea dejádmela a mí —dije—, es mi oficio y no quiero que nadie salga sin pendientes y empeoren las cosas.
—Te he visto pelear y casi te matan en los Doce Picheles —dijo Hemingway—. Y te la pegó un chino tuerto.
—Yo no fui el que corrió al campo a comer tejones cuando empezaron los tiros, cagón.
—Foxy Mary tenía un jilguero metido en una jaula y el desgraciado de Tony Sissy dejó la puerta abierta y el pájaro se escapó y Foxy Mary juró como un gandul de la vía, Cristo, menuda boca negra, Dios la perdone, y le tiró a Tony Sissy a la cabeza la jaula desde la ventana y no le dio y si le llega a atinar lo desbarajusta a ese marica y Tony Sissy decía: yo no he sido, yo no he sido, y corría por el prado con sus dos botitas de agua y parecía una gallina sin plumas y el Gran Adolphus le decía a Foxy Mary: hazte con él, pequeña, hazte con él y dale lo suyo, no me he reído tanto en toda mi puerca vida, no señor, en toda mi puerca vida, luego le cacé un murciélago pero no lo quiso y le solté en el pajar —dijo el Pequeño Adolphus.
Ver el amanecer a través de la ventanilla sucia de un camión de pueblerinos es tan deprimente como recibir a los acreedores en el funeral de tu madre y agradecí llegar a Rat’s Paradise. El sumidero de Chicago estaba tranquilo como un lago sin olas y no vi ninguna rata. La luz roja del alba le puso a Hemingway cara de demonio Belcebú y se me crisparon los pelos de la nuca.
—¿Esto es Chicago? —dijo el Pequeño Adolphus.
—La parte bonita —dije.
—Pues menudo lujo, no es muy diferente a Camp Plain de Atlanta.
—Ni Nitroglycerine Creek a Polonia.
—¿Alguien está manchando los pantalones? —dijo Hemingway.
—No hay ratas, lince.
—Se las habrán comido los gatos.
—No a las de Rat’s Paradise.
Cinco coches aparecieron entre los sargazos de basura avanzando en procesión. Reconocí un par de Studebaker Erskine de seis cilindros, un Packard super ocho, un Hudson y un Sedán acorazado. Giraron hasta darnos las puertas y se detuvieron formando una muralla móvil, como si fueran una caravana de peregrinos esperando a los pieles rojas. Se apeó una colección de mangantes grasientos con corbatas de fantasía, sombreros de chulo y botines de piqué. Completaban el conjunto con Thompsons de tambor y mala uva. Iban a un bautizo. Un espagueti pequeñajo y gafudo salió del último coche con un gramófono y lo depositó sobre el capó, le dio a la manivela y empezó a sonar un menda con voz de pito.
—Diablos —dijo el Pequeño Adolphus—, es como si un monaguillo se hubiese pillado las partes con la tapa del órgano.
—Es Pagliacci, de Leoncavallo, cantado por Caruso —dijo Hemingway.
—Lo que tu digas.
—Tomé clases de violonchelo.
Del Sedán salieron Molly y Lola y hablaron a través de la ventanilla con otro italiano gordo. Adams y el Pequeño Adolphus se cubrieron detrás de una de las puertas abiertas del camión y Hemingway y yo detrás de la otra. Conté una docena de Thompsons contra nuestro único Colt, que estaba en manos de un labriego que no había parado de conducir en dos días y que había demostrado, hasta el momento, saber trenzar capazos con soga de maroma.
—Ve a venderles el whisky, capitán —le dije a Hemingway.
—Vete tú, experto en peleas —me contestó.
—Los tengo a tiro —dijo el Pequeño Adolphus.
Molly avanzó hacia nosotros moviendo el sur de su espalda y sintiéndose tan importante como un condenado a muerte. No tenía buen aspecto. Capone salió del Sedán vestido con un abrigo de piel de camello que seguramente había matado él mismo zurrándole con un adoquín y con un sombrero de ala ancha y cinta de gamuza. Se puso a dirigir una orquesta imaginaria al son del monaguillo de las pelotas pilladas. Tenía una piedra en el meñique del tamaño de Islandia. Molly llegó hasta nosotros y calibró al mazorral.
—¿Quién es usted, chico guapo? —preguntó.
—Adolphus Knee, señorita, para lo que usted quiera mandar.
—Huele a bosta de mula y se tira pedos, cariño —le dije—, no te enamores de un chico de campo.
—Tiene un amigo capador con una sola oreja —dijo Adams.
—El señor Borneo sí que es un buen partido, polaca, alquila mulas y siempre da en el blanco, pero uno de cada once pendejos le sale cojo —dijo Hemingway.
—Estamos en un apuro, caballeros —dijo Molly.
—¿De veras? —dije.
—Han secuestrado al Profesor Charmé.
—¿Quién es el Profesor Charmé? —preguntó el Pequeño Adolphus.
—Un loro —dije.
—¿Un qué?
—Un loro —repetí.
—¿Un qué?
—Un papagayo —dijo Hemingway—, un bicho con plumas y la lengua larga. Lola me contó que desciende de una camada que trajo el pirata Chambón de la Martinica en 1700, pero seguramente se inventó el cuento y compró al pajarraco en una tienda de mascotas de la calle Reunión.
—Scalise y Anselmi aparecieron una buena mañana en el piso de Lola de la calle Redención mientras vosotros os lo estabais pasando en grande en el rural —dijo Molly—. Llevaban sombreros de Borsalino de un par de cientos de pavos cada uno con sendas plumas del Profesor Charmé adornándoles las cintas de terciopelo y les tuvimos que traer hasta aquí.
—Es solo un cochino pájaro —dijo el Pequeño Adolphus—, yo le regalaré a esa doña un par de gallos de pelea.
—Entraron una noche y pudieron matarnos mientras roncábamos, pero solo se llevaron al Profesor Charmé, nadie sabe lo que pasa por la mollera de los italianos. Son arteros como un sepulturero.
—El caso es que media Sicilia ya está aquí y no tenemos muchas posibilidades —dijo Adams.
—Tienen Tommies y mala sangre, hijo —le dije al campestre.
—Foxy Mary y Mamá Charmian están con Dios y yo no quiero volver a ver la expresión de decepción en el rostro del Gran Adolphus —dijo el Pequeño Adolphus—. Recuerdo su mirada cuando regresé de Atlanta sin medallas y las manos llenas de callos de trenzar capazos. Me dijo: lávate y echa un trago, hijo.
—¿De qué está hablando? —preguntó Molly.
—Luego te lo cuento —dije.
—No regresaré otra vez con las manos vacías, no señor —dijo el Pequeño Adolphus, y amartilló el Colt con el pulgar.
Capone dejó de dirigir la orquesta y se puso a hacer reverencias mientras sus pistoleros le aplaudían. Adams se escabulló debajo del camión y retrocedió reptando como un caracol.
—Baja el plomo, chico —dijo Hemingway.
El Pequeño Adolphus cerró los ojos y se quedó frito apoyado en la puerta del camión. Roncó como una conciencia tranquila. Mantenía la pistola amartillada y los codos en posición de disparo.
—Quítale el hierro —le dije a Hemingway.
—Me expondré al fuego.
—El campestre es capaz de conducir dormido, así que también puede disparar.
—Quítaselo tú.
El Pequeño Adolphus disparó todo el peine del Colt sin abrir los ojos y todos los italianos se tiraron al suelo excepto Capone, que puso los brazos en jarras y pareció una tetera gorda. Desde el barro, los torpedos respondieron con las Tommies y destrozaron el hocico del camión. Hemingway desapareció por un lado y le vi correr como un gamo y yo me hice un ovillo en el suelo sujetándome la cabeza. Las balas esquivaron a Molly de milagro y el Pequeño Adolphus se convirtió en un colador. Por lo menos le acertaron media docena de píldoras, pero se levantó y volvió a alzar el Colt, que ya estaba seco. Los italianos se levantaron y concentraron todo el fuego contra él dejándome a mí para otra ocasión. Una parte de su cuero cabelludo se le levantó como la tapa de una caja y se llevó el ojo por el camino y las rodillas se le doblaron por la parte que no era natural. Aún no sangraba, pero los jirones de su camisa echaban humo. Se hincó en el suelo y vi como el hueso de su pierna derecha le atravesaba la carne y se clavaba en el barro, de modo que no lo tumbaron del todo y se empezó a morir en la posición de un tronco medio desmayado. Parecía una bandera derrotada. Me levanté y alcé las manos con los ojos cerrados. Que no les engañen con esa mierda de mirar a los ojos a la muerte. Ahórrense lo que puedan. Poco a poco, el Pequeño Adolphus fue derrumbándose hacia atrás hasta quedar tripa al sol con las piernas rotas. Las balas le habían arrancado los pantalones y enseñó los calzoncillos meados. Los italianos empezaron a acercarse con las Tommies en posición. Eran fríos como las almas de los pecadores. Intenté escupir, pero no pude. Hacía tiempo que no tenía sed de agua. Los italianos me ignoraron y se fueron a echar un vistazo al cajón del camión. Uno recogió el Colt y lo tiró lejos. Me arrastré hacia el Pequeño Adolphus y le moví un brazo inerte.
—¿Quién es usted? —me preguntó.
—Bullet, hemos venido desde Nitroglycerine Creek.
—¿De veras?
—Me contó lo de su mula Pelirroja y el toro Buckaroo.
—¿En serio?
—Puede jurarlo sobre su Biblia pentecostal.
—Se colgó Mamá de una viga —dijo mirándome con el único ojo que le quedaba y la mitad de la tapa de su sesera abierta.
—Y mataron a Foxy Mary —le dije.
—Y a ese puerco de Tony Sissy se lo habrán comido los gatos monteses.
—Sí, no tiene muchas posibilidades sin agua ni tasajo, pero no es más que un marica con las manos rotas.
—Ahora me han matado a mí, ¿no?
—Estás listo, hijo, y que nadie diga que no te lo advertí.
Por fin rompió a sangrar negro como el petróleo y dos colgaduras espesas y grises que parecían babosas le salieron de la nariz. Le habían partido los riñones y le olía el aliento.
—El Gran Adolphus se va a quedar muy solo allá arriba en la casa del abuelo —dijo.
—Le queda Frenchy.
—No es más que un botarate, no vale lo de medio cagajón de burro.
—¿Quién?
—Frenchy. Es un zoquete.
—Tiene toda la pinta, pero se cree un tío porque tumbaba borrachos en el circo de Saskatchewan.
—¿Quién diablos es usted?
—Nariz Rota, el socio del capitán Hemingway.
—¿Quién es el capitán Hemingway?
—No creo que ni él mismo lo sepa.
Los italianos metieron fuego al camión y el Pequeño Adolphus la diñó con cara de no haberse enterado de la mitad de la misa. Me quedé junto a él como si me importara, que no era la mitad de media mierda, y Molly se arrastró hasta mí.
—¿Vas a enterrarlo? —me preguntó.
—No es mi primo, pero así parece un somier roto.
—Pues van a ser dos metros largos de zanja, cariño, y no tienes pinta de cavador.
—Que se lo coman los cuervos —concluí—. Larguémonos de aquí antes de que los aceitosos dejen de celebrarlo.
Capone me miraba desde el coche como si fuese un mono en una jaula. Me sonrió y no supe interpretarle el gesto porque ya saben, a estas alturas, que soy corto de entendederas. A lo lejos vi a Hemingway correr junto a Nick Adams. No miraban hacia atrás.
—Mira eso, Molly.
—¿El qué?
—La espalda de Hemingway. Es lo que verán generalmente sus amigos cuando estén en apuros.
El camión ardía morosamente, sin prisa, como una fogata de ramas mojadas. Molly y yo nos largamos pasando por entre los pistoleros como si fuéramos invisibles. Caminamos cerca de dos kilómetros sin decir ni pío. Me senté sobre mis talones y me palpé la peladura buscando agujeros. Una bala me había dado en un costado. Me subí la camisa y vi el boquete limpio y la sangre roja, así que no tenía una hemorragia interna. Me busqué la salida en los riñones y metí el dedo en el agujero.
—Estás vivo, no te preocupes —me dijo Molly.
El humo negro del camión ardiendo se tenía que estar viendo desde el Vaticano.
—La bala entró y salió, como un tío en una tienda —dije.
Me tapé el orificio de la nariz, apreté el estómago y un pitido salió de mi costado. Creo que en fa menor.
—Pareces una flauta —dijo Molly.
—Un tiro limpio.
—Puedes ganarte la vida haciendo de gaita.
—Y tú de escritorio. Sobre tu jamón firmamos los estatutos de la extinta Banda de la Zarigüeya.
—Una pandilla sin futuro.
—Mira como tarda en arder el camión, como si se riera de nosotros.
—Es madera, gasolina, caucho de ruedas y whisky —dijo Molly—, y sin embargo tarda una eternidad en convertirse en cenizas, como si ese jugo no fuese otra cosa que el material de nuestros sueños.
—¿Tienes alguna amiga, Molly?
—Tengo algún amiguito.
—Pues que te dé cobijo y no asomes el hocico por Chicago en una temporada.
—¿Crees que habrán matado a Lola?
—Lola es inmortal.
—¿Y tú?
—Yo salgo de todas mientras siga teniendo esta suerte loca. Soy Ace Bullet, y soy tan duro que puedo rallar queso con las pestañas.
—Y suenas como una maldita gaita.
Vimos por última vez el humo negro que salía del camión que no tenía prisa por arder y vimos a los italianos hacer figuritas con las Thompson como si fueran vaqueros de opereta. Capone se había quitado el abrigo de camello y el sombrero y bailaba alrededor del fuego brincando sobre una sola pierna. Parecía un padrino trompa en el bautizo de la niña. Parecía un Satanás gordo.
Molly me besó en la mejilla y me dijo:
—Hazlo otra vez.
Soy un tipo complaciente. Me tapé las napias y encogí el estómago y de mi costado salió un pitido en fa menor.

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