Me arrastré hasta el gimnasio (Serenata de plomo XXV)

carta
Por Martin Holmes.

Me arrastré hasta el gimnasio de Johnny Uno Dos dejando un riego de sangre como si fuera el niño del cuento que iba dejando migas de pan. El Increíble Hombre Gaita de garbeo por Chicago. Adiós, whisky canadiense y adiós a mis expectativas de ser un tío solvente. El bebercio se escapó a través de la cesta de mimbre, como en mi sueño de opio, que decía Molly que anunciaba el porvenir. Desgraciada ramera polaca de Gorzów Wielkopolski, que quería ser irlandesa como la Molly de la canción: “En la feria de Dublín, donde las chicas son tan bonitas, me fijé en los ojos de la dulce Molly Malone, que tiraba de su carro voceando: hey, berberechos y mejillones vivos”. Conocía a Johnny Uno Dos de los tiempos del Loop y le llamaban el Mudo. Parloteaba por los codos, pero era un embustero patológico, así que podía largar que era jueves un jueves y nadie le creería. Johnny Uno Dos era pequeño y duro y si le mojabas podía pesar sus cincuenta kilos, era mitad irlandés y mitad mejicano y una vez me contó que fue cabo en el ejército imperial inglés y que estuvo en la India de los Rajás. También me dijo que había sido chulo de putas en Boston. Y que había trabajado contando chistes en la radio. Yo siempre le había visto en su gimnasio cochambroso al que iban a entrenar los negros que peleaban en el Circuito Cafre, donde no boxeaban los blancos. Johnny Uno Dos nunca había tenido un campeón pero iba tirando con las limosnas de los mandingas. Me cosió los agujeros con sedal de pesca y me prestó un camastro al lado de las letrinas. Me hizo una costura fea como el remiendo de un colchón y me dijo que había sido forense en Escocia. Claro, Johnny, le dije. Tuve fiebre durante una semana y me quedé en la pura raspa y, como no había otra cosa, me soplé el linimento. Cuando estuve mejor, Johnny Uno Dos me cobró el peaje y tuve que hacer de sparring de los morenos. Eran negratas furiosos pero tenían menos técnica que un palo y les enseñé uno o dos trucos de los viejos tiempos. Les enseñé a mojar la escayola de los vendajes para pegar como las puras mulas y les dije la forma de esconder una crin de caballo en el guante para abrirle la ceja al contrario. No me vuelven locos los negros, no señor, les corteja la sarna y los embrollos y son ladrones por naturaleza. Llevan sombreros Panamá y trajes con faldones de levita. Aceré mis músculos por el ejercicio y comía de gorra en el Jams and Bread de Me Llaman Philly, pero no asomaba mucho por el mundanal para no parar una bala italiana. El marido de Me Llaman Philly se dedicaba al negocio inmobiliario y era madrugador, se levantaba con el alba y se largaba a buscar solares para alquilar y volvía bien entrada la noche con los zapatos apestándole a cocodrilo y se sentaba al lado de la radio lamentándose de su suerte. Yo mantenía a Me Llaman Philly en forma y zampaba huevos con tocino. Al de un mes me aventuré por mi vieja oficina y un vendedor de embutidos llamado Zapruder, que estaba más perdido que una monja en un burdel, cayó por allá y me encargó un tajo de espionaje comercial, lo que fue una manera finolis de pedirme que le diera una zurra a un boche que estaba tirando los precios de las salchichas de Baviera. Fui a su tenderete y le di lo suyo y me saqué unos pavos para ir tirando. No tienes suerte, marinero, me dijo Me Llaman Philly una noche mientras hacía círculos con el humo de un cigarro de Virginia. Tu marido sí que es un suertudo, le dije, y ahí está escuchando a Mammie Robinson en la radio mientras yo te doy lo tuyo.
—Es isleño —me dijo—, y le desconcierta tanta tierra firme. No está en su ambiente.
Acabé echando parlas con el marido de Me Llaman Philly y charlábamos sobre el promedio de bateos de los White Sox. A veces me preguntaba cómo había estado esa noche su mujer y yo le decía que de primera.
—Antes era un caballo de carreras, Dios mío —me dijo—. Ahora es una yegua vieja y confortable.
—No hay nada personal en esto —le dije—. Estoy de mala racha.
—No está mal este matrimonio a tres bandas, pero podrías traer de vez en cuando un par de pavos a casa —me dijo.
Era lo que me faltaba, obligaciones familiares. Y luego querría que fuésemos los tres a misa a cantar salmos.
Los White Sox vendieron las Series Mundiales por cuatro perras y se montó un escándalo. Los italianos invadieron el North Side y mantuvieron el sur de Wabash. Los irlandeses recibieron por todas partes y hubo una buena cosecha de Patsys difuntos en los callejones. El Gran Johnny Calidad invirtió su fortuna en la campaña de la alcaldía y se quedó sin blanca. Perdió hasta la camisa y Hitman el Guapo recogió los dividendos y se quedó con Love Applewhite y con el Studebaker. Se compró un pura sangre inglés llamado el Káiser y ganó una docena de carreras en Arlington Park. Dejó de saludar a los amigos de los viejos tiempos, si es que alguna vez los tuvo. El Jefe Nimbus el Gordo nadó y guardó la ropa, como siempre. Sus bofias inútiles soplaban de gorra en los bebederos de Capone y miraban para otro lado. Capone se hacía fotos en los periódicos con Xavier Cugat y con Caruso, el ruiseñor gordo con las cosas atrapadas por la tapa del órgano. El doctor Clarence Edmonds Hemingway me puso un pleito por incumplimiento de acuerdo verbal y recibí una citación por medio de su abogado, el licenciado Presley Gaines. Medio minuto de consejos legales de Presley Gaines costaban la mitad del producto interior bruto de Canadá, con lo que deduje que el piadoso doctor solo pretendía declararme en quiebra. Presley Gaines tenía tres o cuatro manos izquierdas y un maletín de piel de becerro. Hemingway desapareció. Lola desapareció. Adams desapareció. Molly desapareció. Ace Bullet se quedó en el barco tapando los agujeros con el dedo. El Gran Adolphus Knee estaría esperando a su hijo en la casa del abuelo, poniendo violetas sobre la tumba de Mamá Charmian y de Foxy Mary, soplando tumbamapaches y comiendo tejón y dándole al Caimán huevos con jamón para desayunar. Hice un par de tajos de cornudos y saqué doscientos dólares. Vivía entre la casa de Me Llaman Philly, el gimnasio de Johnny Uno Dos y mi oficina en derribo. No volví a mi habitación de la calle Ontario Oeste, con lo que perdí mis recuerdos familiares, que eran un cortapuros de latón y unos anteojos de alambre con cristales de lupa para leer de cerca. Le fui tomando cariño al isleño, a pesar de que le apestaban los pies después de recorrerse el mundo buscando solares para alquilar.
—¿Qué tal ha estado Philly esta noche?
—De primera.
—Diablos, era un pura sangre cuando era joven, Dios mío, tenías que haberla visto. Ahora es una yegua vieja y confortable como un sillón hecho a tus posaderas.
El día de San Valentín los metralleros de Capone apiolaron a siete mendas de la banda del Piojo Moran en un garaje del 2122 de la calle North Clark. El Piojo se salvó de milagro porque era impuntual. Los torpedos de Capone entraron disfrazados de bofias y alinearon a los irlandeses con el hocico pegado a la pared. El Piojo vio a los pasmas y se dio una vuelta para no entrar en pleitos. Nació con una orquídea metida en el trasero con tiesto y todo. Los torpedos barrieron a aquellos siete desgraciados con Tommies de tambor y chumbos del doce con las bocas serradas. Capone, mientras tanto, estaba pescando barbos en Florida. Chicago se convirtió en un barrio de Palermo y el Piojo puso los pies en polvorosa. Uno de cada dos pavos que se movían en la aldea iban a parar al bolsillo del grasiento y concluí que aún no había buscado cinco minutos para encargar a sus pistoleros mi funeral. Estaba viviendo la prorroga del partido, pero tenía los días contados. Hasta aquí has llegado, viejo Bullet, me dije, y maldita sea si no te lo has pasado en grande. Oí decir que Capone dio una cena con langosta en el hotel Hawthorne y a los postres mató a palos a Anselmi y a Scalise y los camareros tuvieron que tirar los manteles. El maldito gordo hijo de perra se estaba volviendo loco por la sífilis. Iba a la ópera y tiraba propinas de cien machacantes a los porteros. Era el maldito Zar de Chicago y yo recibí una carta de Europa, como si fuese un senador. Nunca había recibido una carta desde Europa, pero una vez me mandaron la publicidad de un circo desde Milwaukee. La escribía Hemingway, que a estas alturas ya sería general. Así que estaba vivo, como una lombriz en el culo de un perro. Guardé la carta para la noche y la leí después de llenar el saco de huevos y tocino y de escuchar a Mammie Robinson por la radio con el isleño.

«Querido Bullet, mula sin hocico, solo Dios sabe cómo te echo de menos.
Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, porque París es una fiesta que nos sigue. No has entendido nada, ¿verdad? Diablos, Ace, esto es como lo pintaban y puedes mantenerte a base de bollitos y paté de hígado de oca por cuatro perras. Por acá comen caracoles, ¿lo sabías?, que ni siquiera el Gran Adolphus se los tragaría bajándolos con un litro de tumbamapaches. Me entrompo con absenta y frecuento la tertulia de una golfa medio lesbiana que colecciona cuadros pintados por retrasados mentales que dibujan cabezas rectangulares y azules. Creo que es judía y estornuda pasta como tú sudas mugre. Los franchutes son una manada de desgraciados malolientes y la mayor parte de ellos son medio sarasas pero puedo manejarlos con mis modales cosmopolitas. Escribo en los cafés y vivo encima de un aserradero al lado de la Place Contrescarpe, pero generalmente hago el haragán y gorreo almuerzos a los paisanos. Ahora mismo te escribo sentado en una mesa de velador de mármol de la plaza principal de Pamplona, un pueblo al sur de Francia que solo Dios sabe por qué está colonizado por los mejicanos. Acá están a medio civilizar y no conocen el uso del vaso de cristal y beben vino a chorros desde la tripa de un becerro con un pitorro de cuerno o desde un orinal en forma de embudo. Luego sueltan un par de vacas por la calle y se dedican a molestarlas trompas perdidos. Si te juntas a una pandilla, puedes pasarte una semana entera curda como un irlandés sin soltar un chavo. Luego el sol atiza sin compasión y vas a sudar el vino a un corral en el que sueltan a una vaca para que descuartice a un penco y después la mata un marica vestido con un traje que no se pondría ni un chulo de putas de San Luis y un montón de golfas morenas le tiran claveles o puñales, según su estado de ánimo. Que me arrimen las pelotas a un horno si entiendo media mierda de lo que se cuece, pero no me preocupa y me las pesco de gorra. Es el maldito paraíso. Pero echo de menos la semana que pasamos envueltos en la guerra de los embotelladores de Chicago, cuando nos esperaba una aventura en cada burdel y las balas nos sacaban a bailar su zapateado mortal. Aquello concentró el máximo de material y aceleró la acción y aportó todo lo que se tarda toda una vida en reunir. Necesito ese bagaje para escribir, tú no lo entiendes. Cojones y plomo, Ace, y que el diablo se lleve al resto. Tuve que salir pitando de Rat´s Paradise pero siempre supe que te las arreglarías como un maldito perro con la cola en llamas. Seguro que les diste lo suyo a esa patulea de maricas italianos, gordos, operísticos y vestidos de mono. Bien, suena la corneta que sopla un mejicano borracho y voy a unirme a una pandilla para soplar de gorra y voy a molestar a las vacas y a beber pis negro como la hepatitis dentro de una tripa de becerro y voy a rendir estos mandamientos enteros a tu salud de perro viejo. Tuyo, el honorable obispo Hemingstein.
P.D. Escribí al viejo y le pedí que apartase el hocico de Presley Gaines de tu cartera monda y lironda. En todo caso no creo que fuese capaz de exprimirte medio dólar ni colgándote boca abajo de los dedos de los pies».

—¿Es una carta del fisco? —me preguntó Me Llaman Philly.
—Es una carta desde Europa.
—Ni más ni menos.
—Es de mi tía Ernestina, es monja y sufre de hemorroides.
—Las hemorroides son un fastidio, marinero, yo tuve unas bien grandes y tuve que meter la popa del buque en una palangana verde llena de agua tibia y vinagre.
—Las hemorroides de mi tía son contagiosas. Solo de leerlas me entran ganas de sentarme sobre un neumático.
Me levanté y dejé en vigilia a Me Llaman Philly. El isleño estaba escuchando la radio y me fumé un par de pitillos con él.
—¿Malas noticias? —me preguntó.
—He recibido una carta de Europa.
—Ya lo sé. Las paredes son de papel. No me gusta recibir cartas. Traen malas noticias. En la última que recibí me contaron que la diñó mi hermano.
—En la mía me cuentan que los franceses comen caracoles.
—Atiza, la vida es rara de campeonato.
Pasé la noche en vela y salí al alba, tomé café en un carro y me fui a dormir a mi oficina. No me apetecía recibir leña de los morenos ni escuchar los embustes de Johnny Uno Dos. Había empezado a coger el sueño sentado en mi sillón de recibir cuando entró un tío oliendo a vitriolo. Le conocí al primer golpe de vista: Vincenzo Gibaldi, alias el Batallador cuando boxeaba, un antiguo miembro de la Mano Negra que ahora se hacía llamar Jack Metralleta McGurn y era el pistolero preferido de Capone y el baranda de la patrulla de jubilaciones de la matanza del día de San Valentín. Llevaba una corbata que no se la pondría un pancho la noche de su despedida de soltero y un abrigo de alpaca con el cuello negro que hacía juego con un sombrero de representante de golfas baratas. Decían que impregnaba las balas con ajo para añadir la infección al boquete y terminarte de una manera o de otra. Me miró como quien mira el esputo de un mendigo y me dijo:
—El Jefe quiere verte.
—Miraré la agenda —le contesté.
—Seguro que encuentras un hueco —y se abrió el faldón de la chaqueta de chulo para fardar de un par de Colts Government del cuarenta y cinco con cachas labradas que dibujaban serpientes con ojos de obsidiana.
—Menudas pistolas chillonas —le dije.
—Barrocas —contestó—, ponte ropa limpia, vamos al hotel Hawthorne.
—Tengo el sudario en el tinte, pero me va bien el Hawthorne. La diñaré con clase.
Hasta aquí has llegado, viejo Bullet, y maldita sea si no te los has pasado en grande, pensé. Dándole una vuelta a la reflexión concluí que tampoco me lo había pasado bomba.

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