Pasar a mejor vida

pronombres
Por Perroantonio.

Suele ser muy común responder a la noticia de que alguien va a casarse con expresiones funerarias del tipo mi pésame, mis condolencias o te acompaño en el sentimiento. No hace falta ser un lince para captar el mensaje: se abandona la vida irresponsable para adentrarse en el más allá, en las tinieblas de la obligación, el compromiso, la paternidad y la maternidad. Acostumbran a ser los ya casados quienes más insisten en los mensajes del tipo se acabó lo bueno, ahora ya verás o que te sea leve.

Sin embargo, los recién llegados al trance recelan: han podido comprobar con sus propios ojos como casi todos los amigos casados aparentan ser más felices. Parecen haber puesto punto y aparte al período de angustia emocional inaugurado con la adolescencia; han abandonado las tediosas y agotadoras tareas de avistamiento, cortejo, pavoneo y fracaso; y han encarrilado un proyecto de estabilidad emocional y de negocio (lo contrario al ocio). La prueba de esta estabilidad se manifiesta físicamente en el progresivo engorde que sufren los cónyuges. Y a nadie le obligan ya a casarse.

El matrimonio urbano contemporáneo —ajeno al solar, a la religión y a las costumbres— parece concebirse como un acto de pura libertad apenas obligado por un contrato cancelable. Para los cónyuges puede ser un medio para acceder más fácilmente a una vivienda de protección oficial o para rebajar las obligaciones fiscales. La finalidad procreadora originaria (vigente aún en los matrimonios de la realeza y los grandes propietarios: engendrar herederos) ha quedado relegada en una sociedad en donde los hijos quitan demasiado tiempo a la obtención de ingresos precarios y en donde, merced a la apoteosis de lo fungible, apenas quedará nada que merezca la pena heredar. No es lo mismo transmitir una biblioteca con 5.000 libros y 3.000 discos que legar una memoria USB con 5.000 epubs y 3.000 mp3. La obligación legal de mantener alejados a los hijos de cualquier trabajo hasta los 16 años, no poder dedicarlos a tareas agrícolas y ganaderas o no poder venderlos como esclavos, quita alicientes a la procreación. Son un negocio de rentabilidad difícil, puesto que ni siquiera garantizan que vayan a proporcionar más alegrías que un perro o un loro. No es extraño que en estas condiciones se haya llegado al tipo extremo de matrimonio sin finalidad procreadora: el matrimonio homosexual con mascota.

Algo muy diferente a lo que han sido y siguen siendo los matrimonios tradicionales, cuya finalidad es radicalmente aglutinante. Las familias cruzan a sus descendientes para forjar alianzas y formar clanes y soportan mal las cancelaciones del contrato. Es en este tipo de matrimonio en donde cobran todo su valor los pésames y condolencias por pasar a mejor vida, puesto que los amantes no se casan sólo entre sí sino que también y principalmente con sus familias de acogida, asumiendo sus compromisos, sus obligaciones y sus costumbres, y supeditando la libertad propia a las exigencias de la sangre. Si un simple matrimonio urbanícola supone saltar del yo al nosotros, el matrimonio tradicional obliga a tratar cotidianamente con el vosotros y el ellos.

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Se equivocaba el poeta, vivir en los pronombres no es lo contrario al patrimonio: es, mismamente, el matrimonio. Que trabaja para lo mismo.

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