Pelando perdices

perdiz
Por Ximeno de Atalaya.

En la antigüedad, cuando a uno le regalaban unas perdices, era de buena educación entregarlas limpias y desplumadas o incluso previamente escabechadas. Desafortunadamente las costumbres cambian y hoy día podemos encontrar desaprensivos que son muy capaces de regalarte unas perdices ensangrentadas a las que solamente faltan las plumas que perdieron en el lance cinegético que terminó con su aristocrático vuelo.

Estaba en la cocina y tenía ante mi una bolsa de plástico que contenía una bolsa de papel con cuatro bonitas perdices repletas de plumas.

—Supongo que no se te habrá pasado por la imaginación pelar las perdices dentro de casa —escuché decir a mi mujer que me advertía desde la sala.

—Nooo… ¿dentro? ¡Qué disparate! —respondí mientras trataba de recoger las abudantes pruebas de mi torpeza que revoloteaban a mi alrededor.

Mientras intentaba limpiar de plumas la encimera con sigilio y la meticulosidad que requería una actividad tan delicada, cometí un fatídico error y permanecí completamente en silencio algo así como un minuto. Sesenta segundos puede parecer un período escaso, sin embargo en el entorno doméstico si permaneces tanto tiempo ejerciendo alguna actividad en soledad y sin emisión de ruidos o sonidos, ese acto, acontecimiento y/o su circunstancia pueden tener la consideración de extraño, anormal o incluso sospechoso. Cuando me volví —escupiendo plumas por el colmillo— ella estaba allí.

No sé si era mi día de suerte o qué, el caso es que logré convencerla de que lo único que había hecho era comprobar si las perdices tenían pulgas, porque los animales salvajes y las perdices lo son, suelen estar infestados de pulgas.

—No te preocupes, ahora mismo las saco a la terraza.

No era el día más frío de diciembre pero se le acercaba un poco. El termómetro marcaba seis grados a las cuatro de la tarde, había aún una niebla espesa y allí estaba yo elegantemente vestido con un “chándal” que uso exclusivamente para pelar perdices, no se me escandalicen.

A decir verdad adquirí tan elegante prenda de mi vestuario informal en el afamado centro comercial de artículos de importación de procedencia oriental que regenta el señor Wen Biao un aciago día en el que hube de pintar el trastero. Así que en realidad si tenemos en cuenta mi intrascendente incursión en el noble gremio de los pintores de brocha gorda el susodicho chándal no tenía propiamente hablando la consideración de uso exclusivo para pelar perdices.

Calculaba yo en mi ingenuidad que pelar cuatro perdices —previamente muertas— y por ende sin posibilidades de fuga, sería cuestión de unos diez o doce minutos, sin embargo sólo los preparativos para no inundar el barrio de plumas me llevaron el doble, aunque nadie podría reprocharme que la infraestructura utilizada, a pesar de la improvisación que requería el caso, no se ajustara como guante a la situación. Conseguí fabricar una cámara de aislamiento plumífero con una fastuosa mosquitera que adquirí no sé exactamente con qué propósito, pues soy poco dado a aventuras en lugares donde la presencia de dípteros chupadores de sangre me puedan importunar.

Mi mujer, tranquilizada por el despliegue, se despidió de mí a eso de las 16:45 y anunció que llegaría a la hora de la cena porque después de visitar a mi anciana madre tendría que hacer unas compras propias de la época.

Una perdiz tiene muchas plumas a las que cuesta convencer de que no han de salir de una bolsa de basura. Todo tiene su explicación científica. Se denomina efecto triboeléctrico a la curiosa propiedad que tienen algunos objetos de cargarse eléctricamente por frotación. Parece ser que el roce de plumas y plástico hace que ambos se carguen de electricidad estática y se te peguen donde no te apetece o se fuguen de donde no quieres.

Mi elegante chándal simil-Terlenka multicolor estaba confeccionado a partir de unas poliamidas textiles con una potencia triboeléctrica autenticamente arrebatadora, vista su capacidad de atraer hacia si a cualquier objeto ligero que se desplazase en el aire a una distancia no mayor de un metro aproximadamente. Esta circunstancia no facilitaba especialmente la labor de confinamiento de plumas en recintos previamente determinados y en consecuencia no pude evitar que, encerrado como estaba en el pequeño perímetro de la mosquitera, una gruesa capa de plumas adornara mi ya sobresaliente aspecto.

Plumas revoloteando, rostro desnudo y manos ensangrentadas a consecuencia de la evisceración de las perdices hacen malas compañías y no tuve más remedio que, apremiado por picores y cosquillas, adornar mi semblante con salpicaduras y refregones de sangre. Me rasqué, vamos.

Pluma viene, pluma va, al cabo de unas dos horas logré terminar la faena. Introduje la mayoría de las plumas en la bolsa de papel, ante la imposibilidad material de lograr que más de una docena de plumas lograra acomodarse en la de plástico, mi primera elección por su mayor tamaño, pero que hube de desechar tras convencerme empíricamente de la inutilidad de mis esfuerzos.

Cuando salí de la mosquitera vi mi reflejo en el cristal y, si hubiera podido, habría salido corriendo. Mi aspecto era, por decirlo suavemente, poco tranquilizador. El chándal no es una prenda que ayude a mejorar la apariencia del ser humano. Mucho menos un chándal como el mío, que no integraba características que hicieran más llevadera su triste condición: no lucía colores a la moda, ni hechuras elaboradas, tampoco era de marca reconocida (“Chanda Pijarma Fashion” modelo “Vip Star”). Si ya como chándal era un desastre que hubiera avergonzado al mismísimo Fidel, encima adornado con plumas primorosamente descolocadas…

Así que opté por tratar de evitarle a la vecindad tan poco edificante espectáculo lo más rápidamente posible pero, lamentablemente, mi queridísima esposa, sin duda aterrorizada por el hecho de que alguna pluma lograra escapar a las trampas que les había tendido, cerró la puerta de acceso a la terraza. Curiosamente los fabricantes de puertas suelen omitir la colocación de manillas en el exterior tengo entendido que para no facilitar la labor a los cacos.

Eran las 18:45, había bajado aún más la temperatura y empezaba a anochecer.

Intenté introducir algo por algún sitio, pero no había posibilidades, ni tornillos, ni cerraduras, ni trinquetes así que me dispuse a pedir socorro puesto que la alternativa era una hipotermia de muchísimo cuidado.

Como todavía creo en la bondad natural del ser humano, en los sentimientos de empatía que la adversidad ajena destapa, en la tan alabada solidaridad de nuestros jóvenes y todos esos lugares comunes, incluso me permití elegir al individuo a quien solicitar ayuda. En este caso una individua realmente atractiva que taconeaba calle abajo con elegante displicencia.

—¡Oiga, señorita! —le grité desde la terraza. La chica se volvió pero no había nadie tras ella, claro. Estaba dos plantas por encima.

—¡Aquí, aquí! —requerí su atención agitando una mano, mientras ella se detuvo y miró atentamente. Tenía un aspecto imponente. Guapa, que es más que bien parecida, con un cuerpazo entre notable alto y sobresaliente y una sonrisa de esas que hacen que una cara no se olvide.

—¿Me hace usted un favor? —solicité tratando de parecer más alto, más guapo, más rubio e incluso más adinerado.

—Si tuvieras treinta años menos a lo mejor me lo pensaba —respondió la descarada sonriendo divertida. Y se fue calle abajo taconeando como antes.

Al menos me dedicó una sonrisa.

Pocos minutos después pasó un antiguo compañero de colegio que me miró de reojo y se hizo el distraído. ¿Como se llamaba aquel tipo? ¿Villalba? ¿Villalobos? ¿Villalón? Sólo recordaba el mote con el que alegremente torturamos su infancia: “El Befas”. Me vio, estoy seguro de que me vio pero frunció el ceño, disimuló y se fue a pasear su labio leporino por el parque. Como no me pareció prudente gritarle al Befas las burradas con las que cariñosamente le sorprendíamos cada día en el patio de los maristas, opté por no reclamar su atención y lo vi alejarse.

Después pasó un tipo calvo con un gorrito de lana calado hasta las cejas y una señora gorda a su lado.

—Disculpen —se volvieron—. Aquí, aquí —les llemé agitando mis manos ensangrentadas.

—¿Pero has visto que pinta más rara? —decía la gorda.

—Disculpen, resulta que mi mujer me ha dejado encerrado en la terraza y…

No necesitaron más. Fue ver a un tipo vestido de forma —para que vamos a negarlo— un poco estrafalaria, con unas cuantas, bastantes, salpicaduras de sangre de perdiz por la cara —cierto es que ellos no tenían manera de averiguar que la sangre era de perdiz— y pasé de ser un vecino más bien estrafalario a la poco honorable condición de sospechoso de los más atroces crímenes de violencia de género.

—¿Su mujer, dice? —el del gorrito quería detalles.

—Sí, verá. Resulta que estaba pe…

—¿Y por qué no la llama?

Aquello se estaba complicando. Cómo podría convencer a una pareja de desconocidos de que no pasaba nada raro. Bueno, no exactamente. Quiero decir que reconozco que la situación era algo extravagante, pero nada que pudiera ser considerado como alarmante, ni nada de eso.

—Pues… es que… —estaba claro que no podría, necesitaba tiempo, quizás demasiado tiempo—. Yo… en realidad ella no quería que… la sangre… y entonces… —no sé qué demonios entendió la condenada gorda el caso es lo dijo.

—La ha matado, seguro que la ha matado.

—No, mujer —repuso el del gorrito—, entonces no podría haberlo encerrado. —menos mal que alguien razonaba con sensatez, pensé.

—De todas formas llama a la policía antes de que la mate. Que luego ya sabes lo que dicen en la tele: que no había denuncias por maltrato. Pues ahora la va a haber.

En ese momento sacaron sus teléfonos y antes de que pudieran marcar me agaché y armado con dos perdices en cada mano les obsequié con unas muestras de las imprecaciones que mi extenso vocabulario reserva para ocasiones como la… Bueno, para las grandes ocasiones, que si no va a parecer que este tipo de situaciones me suelen acontecer con relativa frecuencia.

Se fueron. No se si llamaron o quienes atendieron su llamada no se creyeron lo que acertaron a relatar, aunque tengo que reconocer que no era fácil:

—Corran, por favor, hay un tipo emplumado en una terraza con dos perdices en cada mano que tiene pinta de haber hecho algo muy gordo.

—¿Pero saben que ha hecho?

—Pues… No, pero…

—Ya…

Pasaron varias personas calle abajo, calle arriba, qué más da, pero no se dieron por aludidos a pesar de que evidentemente me habían visto y habían podido observar que tenía problemas. Bueno, en realidad todo el mundo tiene problemas, pero yo estaba tratando de pedir ayuda para resolver los más urgentes.

Unos hacían como si estuvieran sordos, otros como si estuvieran acostumbrados a ver personas ensangrentadas y emplumadas en sus terrazas.

Por fin logré llamar la atención de un tipo a quien después de la celebración de la ceremonia de la presentación de las perdices, que consistía en una primera postración tras la balustrada, incorporación con ofrenda a los cielos de un par de perdices en cada mano, nueva postración y rezos de las letanías en las que se ponía a la parroquia al día de los acontecimientos que habían dado lugar al misterio, eso sí evitando en todo momento la inclusión de la frase prohibida “Me hace un favor” habida cuenta de los resultados y ocultando aviesamente cualquier referencia a mi vida conyugal, con objeto de no atraer el interés de la Fiscalía de la Mujer.

No sin esfuerzo logré convencerlo de que llamara a un teléfono. No es fácil. Primero hay que recordar un número de teléfono, porque hoy día nadie memoriza los números de teléfono. Están todos guardados en el móvil. Recordé el número de mi anciana madre y se lo grité al individuo.

—No contesta —respondió.

—No puede ser —exclamé casi aterrorizado.

El tipo amablemente me mostraba el terminal y lo señalaba con el dedo como invitándome a comprobarlo. Yo sabía que con el día de perros que hacía mi madre no habría consentido en salir de casa, desconté que su sordera no le permitiría escuchar el tono de llamada, pero mi esposa había ido a visitarla y puedo atestiguar que la sordera no es una de sus virtudes.

—Pues… —en ese instante tuve una visión. Se había equivocado al marcar. Le pedí que me indicara el número que había marcado. Justo lo que pensaba, un baile de números. Volvió a marcar.

Ahora tengo que describir cómo es la terraza, lo digo porque es importante para comprender el desarrollo de la conversación —desconocido amable, interpuesto— que mantuvimos mi mujer y yo, a través del teléfono móvil de un buen samaritano que por momentos estuvo tentado de salir corriendo y olvidarnos cuanto antes, mejor.

Digamos que está dividida en dos por una puerta corredera, pero, obviamente para acceder a ella es preciso abrir la puerta que da acceso a la vivienda. ¿Parece sencillo? Pues no lo es tanto.

Mi alma caritativa trató de explicarle a mi mujer, que normalmente no acepta llamadas de personas que no tiene en la agenda, pero que en esta ocasión gracias a que nunca logré memorizar el número de su teléfono móvil, contestaba la llamada desde el teléfono fijo de mi madre.

—Dice un tipo…

—Un tipo, no: Ximeno, Ximeno, su marido.

—Eso, que dice Ximeno que es su marido, que le ha dejado encerrado en la terraza.

Entretanto yo asentía y gesticulaba mientras el individuo le aclaraba la situación.

—Que su esposa dice que no lo ha dejado encerrado —me gritó confundido.

—¡Hombre! ¿Cómo que no? Entonces por qué se cree que la estoy llamando.

—Es que en realidad quien la está llamando soy yo —repuso el individuo.

—¡Ya, ya! Y se lo agradezco mucho, pero insista en que me ha dejado encerrado. Dígaselo, dígaselo, por favor. Y que tengo frío, que llevo dos horas en la terraza, que…

El tipo pacientemente trataba de convencer a mi mujer de que a lo que parecía no sólo estaba encerrado sino que si no lo resolvía con urgencia tenía pinta de que terminaría estando para que me encerrasen definitivamente.

Al cabo de un rato puso esa cara que poníamos cuando nos pescaban en alguna travesura, subiendo los hombros, y mostrando las palmas de las manos en la actitud que en lenguaje no verbal significa “a mí que me registren” y se fue cruzando el parque mientras yo le suplicaba a gritos…

Tremendo error porque llamé la atención de unos mozalbetes que merodeaban por el parque. Los jóvenes adolescentes en su mayoría actúan como lo que son: animales salvajes. Ustedes habrán visto en alguna ocasión dos perros dándole una paliza a otro, generalmente más pequeño, pues normalmente si aparece otro perro, se une a la trifulca poniéndose siempre a favor ¿del solitario que ya llevaba las de perder? Nunca. Tres contra uno.

Los salvajes a medio domesticar me vieron y me vieron indefenso. En fechas prenavideñas por estas latitudes se incrementa el consumo de petardos, cohetes y otros explosivos de uso más o menos lúdico y aquellos muchachos tenían en su poder artefactos explosivos como para volar un imperio.

El más osado apuntó hacia mí con un cohete. Afortunadamente erró el disparo, aunque identificó el objetivo. Media docena de cohetes más tarde colar un cohete en mi terraza era pan comido para ellos. Petarditos variados e incluso una pequeña traca me hacían compañía entre estampidos y otros estrépitos.

Se pueden imaginar el panorama: saltaba aterrorizado entre explosiones y nubes de humo con olor a pólvora mientras otras nubes, estas de plumas de perdiz, flotaban mansamente en la niebla. En medio del fragor de los estallidos llegó la policía municipal. Ya no tenía frío.

Los artificieros aprendices de delincuentes juveniles desaparecieron como si se los hubiera tragado la niebla, hecho este que restaba credibilidad a mis intentos de dar explicaciones a los agentes que, con educación pero con firmeza, me apremiaban para que les abriera la puerta. ¡Que les abriera la puerta!

Poco antes de que la derribaran por la fuerza llegó mi mujer insistiendo en que la puerta de la terraza estaba abierta. Afortunadamente hay un atestado, una denuncia por arrojar despojos animales a la vía pública y otra por utilización de explosivos en el casco urbano sin permiso administrativo, porque si no… a ver quién me hubiera librado a mí de una buena bronca porque al final se colaron un par de docenas de plumas.

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