El almendro y la espada

El almendro y la espada
por José Martínez Ferreira (@josenez).

Mi memoria de berberecho hace que no recuerde la causa por la cual comencé a colaborar en el desaparecido y espectacular blog La biblioteca fantasma. Imagino que fue esa indiscreta llamada Twitter la causa, aunque más que la red del pajarraco azul, ésta sería mejor los gustos literarios que comparto con el autor. Alguno de los dos comentaría algo sobre Mauricio Amster, Helios Gómez o alguien por el estilo y tras un intercambio de banderines del tipo Hércules-Botafogo en algún torneo veraniego acabé escribiendo para él de libros, que son de las pocas cosas que me gustan de verdad en este mundo, aunque últimamente esté en una sequía lectora alarmante. Sin mucho que aportar a la temática principal del blog escribí un par de pequeños textos sobre dos de mis manías librescas: El ilustrador Pierre Le-Tan, de quien hablé sobre un libro de dibujos de París con prefacio de Modiano, y Galicia, reseñando en este caso una vieja novela de contrabandistas fronterizos de los años cuarenta, libro del que mi padre me había hablado millares de veces. Escribí un tercer texto sobre un poemario de Foxá, menos personal que los dos primeros, ya intentando escribir de libros y no de mí, pero el blog se cerró cuando mis cuartillas estaban en imprenta y quedaron desde ese día hibernando en Google Drive hasta que la sequía antes mencionada ha terminado extendiéndose de mis ojos a mis dedos y ahora también ando de huelga de bolis caídos. Pero como como mi vanidad es más fuerte que mi pereza y quiero seguir diciendo con orgullo a mis pocos amigos que escribo en ÇhøpSuëy y que mis textos tienen más comentarios que tatuajes la plantilla del Sevilla FC, he tenido a bien recauchutar mis renglones sobre el libro del escritor falangista —quizá sobre lo de falangista ya que en realidad todos los escritores lo son— animado por las cartas de mis fans y los tres sol y sombras que llevo esta fría tarde de domingo. Así que tras esta magnífica introducción, plena de ritmo y compás, paso a copiar el texto que preparé hace tiempo para alguna de las reencarnaciones del Camarada Sergei, el más bravo de los komsomolets al oeste del Yeniséi.

A veces me da la impresión de que ella me quiere, sobre todo cuando me dice con su sonrisa arrolladora que soy un poeta, aunque esa sensación se atenúa cuando empiezo a dudar si ser poeta mola o más bien lo contrario. Bah, si me lo dice sonriendo qué importa si está bien o no; parafraseando a Intronautas “¿Qué es el amor? Ruido”. Pues será eso. Lo único cierto es que compartimos un ejemplar que nos llegó con varias hojas en blanco de la revista Norois: Revue géographique de l’Ouest et dés Pays dé l’Atlantique Nord, páginas que vamos rellenando de vez en cuando con nuestros pensamientos, confesiones y provocaciones, un poco como le hace Elena a Stefan en la primera temporada de su espiral teen de cuellos masticables. En nuestro caso casi todo lo escribo yo y, aunque no hay poemas, sí que alguna frase de alguna ranchera o algún tango ha caído. Solamente he escrito un poema en mi vida, se titulaba “Disfrazado de nuez” y su destinataria, mi amiga del alma Teresa, siempre tan razonable, se fue inmediatamente a vivir a Australia con un roquero croata: Ése es mi nivel como poeta. Antes leía mucha poesía y a veces vuelvo a ella, pero si intento dar el salto y escribirla solamente me salen ripios cutres, eso sí, bastante mejores que cualquiera de las basuras de Sabina o de su cochero Melendi, algo que no tiene ningún mérito.

Encontré El almendro y la espada (Editora Internacional, 1940) de Agustín de Foxá en el mercadillo dominguero de antigüedades que ponen al lado de la Seo zaragozana en la última visita que hice a mis secuaces Inés, Isa y José, el trío de la bencina. Por supuesto, la cuarta pata, Cárol, estaba en alguna oscura capital de provincias viendo a Klaus & Kinski con el señor de barba de carne y hueso que en unos meses le va a poner un anillo en un dedo. Hacía poco que me había comprado la antología poética de Foxá preparada para Renacimiento por Luis Alberto de Cuenca, libro que me había gustado bastante. Casi todos los poemas de esta recopilación están en el libro de 1940, publicado en el San Sebastián azul mahón del final de la Guerra Civil, con la ciudad repleta de espías, exiliados y refugiados escapados del terror que oprimía al resto de Europa, como explica perfectamente Fernando Castillo en el increíble aunque algo desaprovechado Noche y niebla en el París ocupado (Fórcola, 2012).

El almendro y la espada está dividido en tres secciones, en la primera Foxá, con ese dandismo desubicado que también y tan bien practicaban César González Ruano y Edgar Neville, habla melancólico del Madrid pre-moderno que tanto buscó también entre las ruinas de la ciudad en los años cuarenta y cincuenta Neville en sus películas, un Madrid de niños bien jugando en el Retiro (Vestido de marinero / Sobre la cinta morada / El nombre de un submarino / Escrito en letras doradas) con sus bicicletas, barquillos, tirabuzones, Alfonso XII y otros acartonados recuerdos de principios del siglo veinte. La segunda parte del libro, llamada “Poemas románticos”, contiene alguno de los textos más logrados del libro, como el conocido “Melancolía de desaparecer”, de un romanticismo desbordante, o el precioso “Cui-Ping-Sing” —en mi edición Cui-Pin-Sing— (Tu voz incendia el agua / Sí, recuerdo tus ojos. / Una noche, en el caos, me miraron / Cuando aún era la luna / húmeda y sonrosada. / Aún no habían nacido / Los pájaros del aire / Pero sobre las ramas / —Sombra azul— se movía / Ya su presentimiento. / Entonces tu sonrisa era una luz tapada), poema que todas las veces que lo he releído para escribir estas líneas me trae irremediablemente a la memoria aquel Tu voz en los neumáticos de la carretera que repetía rabioso Corcobado en una canción de Demonios tus ojos. La tercera parte de libro, “Cantos de guerra”, sobre nuestra Guerra Civil —al acabar ésta, en plena Segunda Guerra Mundial, Foxá trabajó en la Embajada de España en Finlandia y protagonizó en el frente de Leningrado una de esas anécdotas que todo español debería saber de memoria para poder conocerse a sí mismo, sea o no cierta, escena narrada por Curzio Malaparte y cantada por Ignacio Ruiz Quintano en sus Salmonetes ya no nos quedan— contiene poemas sobre la terrible Brigada del amanecer, las típicas oraciones falangistas a una Castilla usada como ariete contra grandes ciudades traidoras a la revolución como Madrid o Barcelona, una muy siniestra alabanza a Mussolini o algún clásico canto al Hombre Nuevo como el vibrante “Himno de la Juventud” (¡En pie flechas de España! ¡Arriba camaradas! / Escuelas y talleres tenemos que fundar / En un soto florido, al pie de las espadas / Porque en la patria joven, ha amanecido ya). Como todos los poemas de guerra, y en nuestra Guerra Civil hubo una sobredosis tremenda de versos bélicos, unos son muy buenos y otros un tanto mediocres, aunque siempre interesantes. Además de poemas, por las páginas de El almendro y la espada aparecen de vez en cuando estupendos dibujos de Jesús Olasagasti, pintor de quien siempre me han fascinado sus retratos de preguerra, como el muy veintisiete de mi querido Juan Manuel Díaz-Caneja, al que solamente le falta una mandolina, o el alucinado y magnífico del arquitecto falangista José Manuel Aizpurúa, para mí uno de los mejores retratos españoles del siglo pasado.

El Conde de Foxá, como firma el poemario el autor, gran personaje y mejor escritor, o quizá mejor al revés, fue uno de los escritores más competentes y versátiles del bando rebelde, y aunque solamente se le valore en la actualidad por su famosa novela Madrid, de corte a checa consiguió con El almendro y la espada uno de los primeros brotes verdes culturales tras la guerra, raquítico pero verde.

 

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