El rey Capone (Serenata de plomo XXVI)

CAPONE-COMIC-OK
Por Martin Holmes.

El rey Capone y su corte de grasientos operísticos ocupaban toda la planta 22 del hotel Hawthorne, en Cicero, donde Chicago empezaba su nobleza y los burdeles dejaban paso a las iglesias.
—Al Jefe le cuesta cien grandes diarios subir la persiana —dijo McGurn—. Sostiene a dos barberos, tres mayordomos, cuatro doncellas con cofia, tres secretarias, media docena de recaderos y cuatro picapleitos. Putas y pistoleros aparte.
Una legión de golfas en cueros paseaban bandejas de plata llenas de fiambre de capicola, gambas y pitillos de marijuana, y sobre dos mesas largas pegadas a la pared del pasillo había baldes de latón llenos de cerveza. Reconocí a Kraut Helga y a Purkie Newton la Vino Dulce, que le faltaban dos dedos de la mano derecha. También vi a Freddy Goetz el Cerebro, a Tony Accardo y a Claude Maddox el Elegante.
—Bullet, cariño, ¿qué te trae por aquí? —me preguntó Kraut Helga.
—A diñarla sin remedio —le dije.
—Tengo que repasarte —me dijo McGurn.
Me abrí la chaqueta y McGurn me cacheó desde los calcetines hasta el sombrero.
—¿Quieres casarte conmigo? —le pregunté.
—¿Y qué comeríamos, muerto de hambre?
—Haría la calle para ti, guapetón.
—Me quedo aquí con el jamón de capicola y las gambas, no te ofendas.
Un gorila del tamaño de la Estatua de la Libertad vigilaba la puerta de una suite.
—Desnudo como Adán —le dijo McGurn.
El gorila abrió la puerta y pasamos a una habitación de seiscientos metros cuadrados presidida por un diván de terciopelo rojo en el que estaba tumbado un chimpancé vestido de etiqueta. Sobre una banqueta de ordeñar vacas había un gordo en calzoncillos cantando ópera. Parecía un elefante sobre un dedal y sudaba como una tajada de sebo al lado de una vela. Capone estaba sentado en el suelo, sobre una almohada con flecos de pan de oro, fumando un puro Upmann y con los ojos cerrados. Llevaba puesto un camisón de seda negra, pantuflas con las iniciales bordadas y un sombrero de pelo de armiño con una banda de casimir. Nos ordenó guardar chitón con la mano y escuchamos al gordo de la banqueta. Parecía un gato atrapado en la boca de un coyote. El chimpancé me enseñó unos colmillos enormes como cuchillos y se rascó la mollera. Capone abrió los ojos y chasqueó los dedos. El gordo de la banqueta cerró el hocico y el chimpancé aplaudió con los pies.
—Bravo, Enrico —dijo Capone.
—Gracias, Al —dijo el gordo.
Capone se levantó del suelo y se puso a jugar con el mono. McGurn se puso a mi espalda y los pelos de la nuca se me erizaron hasta tomar la firmeza de un poste de telégrafos. El gordo de la banqueta temblaba como una hoja. Kraut Helga entró en la habitación con un plato lleno de pitillos liados con papel amarillo y una botella de whisky Templeton Rye.
—Dale un beso al Senador Borgia—le dijo Capone.
Kraut Helga le dio un beso al chimpancé y le encendió un pitillo, se lo puso en el morro y me guiñó un ojo.
—He besado a tíos más feos, creeme —me dijo.
El chimpancé chupó el pito como si faltasen cinco minutos para el Juicio Final y cuando lo quemó se prendió otro con la brasa de la colilla.
—¿Quieres un trago, Bullet? —me dijo Capone.
—¿Puedo bajarme de la banqueta, Al? —dijo el gordo.
—Es whisky Templeton Rye, mejor que el jugo de boñiga del Viejo Coronel —dijo Capone.
Asentí con la cabeza y Capone escanció un trago generoso en un vaso de cristal labrado. El chimpancé se quedó frito en el diván y pensé que se había muerto.
—¿Puedo bajar de la banqueta, Al? —repitió el gordo.
—Claro, Enrico, baja y ve con Helga a que te den de comer, pero no bebas nada frío —dijo Capone.
—Que vaya solito —dijo Kraut Helga—, tiene las manos muy largas.
—Enrico es un pillo —dijo Capone.
Enrico se rió sin ganas y se le notó como se le notaba el miedo. McGurn le miró con desprecio. Enrico parecía un gurriato pequeño y rosa.
—Creo que se te ha muerto el mono —le dije a Capone.
—El Senador Borgia es inmortal —dijo Capone—, se queda frito con la marijuana y sueña con la selva.
—Es un mono vagabundo —dijo McGurn.
Enrico el Pillo salió de la habitación detrás de Kraut Helga. La suite era la pista central de un circo.
—¿Cuándo entran las jirafas? —pregunté.
—Ese gordo zampabollos es Enrico Caruso —dijo Capone—, un napolitano seboso que se pasa las tardes pellizcando a las chavalas, pero estaba en San Francisco durante el terremoto y cuando toda la ciudad se venía abajo se detuvo en mitad del desastre y cantó para comprobar si la emoción le había dañado las cuerdas vocales.
—Eso da que pensar, ¿eh, Bullet? —dijo McGurn.
—Pues parece un botijo enano —dije.
—No es un lince, pero supo lo suficiente como para calcular cual era su capital —dijo Capone.
—Todos tenemos un capital —dijo McGurn.
—Este puro Upmann y las gambas, y mi colección de concejales, no los paga el whisky ni las casas de putas, no señor —dijo Capone—. Todo es a cuenta de mi reputación y del respeto que infunde la misma.
—Reputación y respeto —dijo McGurn.
—Ese es mi capital intangible y lo único que tengo en mitad de una ciudad que se desmorona.
—¿Comprendes, Bullet? —dijo McGurn.
—Yo no sé cantar —dijo Capone.
—Yo tampoco —dije—, pero silbo para matar el rato.
—Silba algo, Bullet —dijo McGurn—, silba “El vicario y la hija del panadero”.
—Esa no me la sé.
—Los chicos me dicen: Al, ¿qué hace Bullet el saco de mierda caminando sobre sus dos pezuñas después de querer meter el hocico en tu cesto?
—Conque eso dicen los chicos —dije.
—Silba “El barco que partió de Pimlico” —dijo McGurn.
—Esa tampoco me la sé.
—Yo les digo: tranquilos chicos, es solo un ganapán que quiso llenarse el bolsillo de calderilla para comer caliente —dijo Capone.
—Tienes poco repertorio, Bullet —dijo McGurn.
—Y los chicos me dicen: claro, Al, porque siempre me dan la razón
—Los chicos siempre le dan la razón a Al —dijo McGurn.
—Los chicos siempre dan la razón al tío de la pistola, ¿eh, McGurn? —dijo Capone.
—Al tío del pistolón, Al, cierto como el Evangelio —dijo McGurn.
—Pero yo leo en las molleras de los chicos como en una pared escrita con una tiza de cal y los chicos piensan: Al se está poniendo blando.
—Eso piensan esos desgraciados, ¿te lo imaginas? —dijo McGurn.
—Como en una pared escrita con una tiza de cal —dijo Capone.
—Pues acaba ya, pedo de vaca napolitana —dije—, no pienso suplicar ni subirme en calzoncillos a la banqueta y ponerme a cantar.
—¿Me has llamado pedo de vaca napolitana? —dijo Capone.
—Te ha llamado exactamente eso, Al —dijo McGurn.
—Que McGurn saque sus pistolitas barrocas con culebras en las cachas y luego que vengan tus golfas en cueros a barrer —dije.
—¿Tienes pistolitas barrocas, McGurn? —preguntó Capone.
—Labradas a mano, Al. Los ojos de las serpientes son de obsidiana.
—Una pareja de cacharras de asco tan pretenciosas como su corbata de paleto de domingo —dije.
—No me atrevo a repetir lo que te ha llamado, Al —dijo McGurn—. Diablos, no lo haría por respeto.
—Me ha llamado pedo de vaca napolitana, lo recuerdo —dijo Capone.
—Eso mismo —dijo McGurn el memorioso.
—McGurn, esta cagada de mono tiene su par de cositas forradas de acero puro —dijo Capone.
—Y el tiesto igual de vacío que un globo —dijo McGurn.
—He calculado mi capital y no me sale un gran resto —dije. Me soplé el trago de Templeton Rye—. No voy a darle un beso a tu mono, así que dispara ya y que vuelva el botijo capón.
—Pistolas con las cachas labradas —dijo Capone—. Lo cierto es que sostengo a un buen montón de pistoleros de feria. Son como pueblerinas con un sostén que no pica.
—¿Te pica el sostén, McGurn? —pregunté.
McGurn se fue quedando pálido. El tío acarreaba un buen capital de miedo sobre su peladura. El Senador Borgia se despertó y se puso nervioso. Se quitó a jironazos el traje de etiqueta y meó una cortina. Yo no sabía si me iban a matar antes o después de que llegasen las jirafas.
—Puerco mono meón —dijo Capone. Abrió el cajón de un escritorio y sacó una Remington 51. McGurn se tensó como la badana de un sombrero y se frotó los muslos con las manos intentando esforzadamente no empuñar sus Colts Government.
—¿Ya no quieres que silbe, McGurn? —le pregunté.
El Senador Borgia se volvió loco y comenzó a galopar pegado a una de las paredes yendo y volviendo incesantemente. Capone apagó su puro Upmann sobre una alfombra pisándolo con sus pantuflas con iniciales. El camisón negro estaba húmedo de sudor. Vació las siete balas del cargador de la Remington sobre el chimpancé pero no le acertó ni de lejos. Tony Accardo, Freddy Goetz el Cerebro y el gorila de la puerta entraron en la suite con la artillería al pelo. El gorila llevaba una escopeta capona y los otros dos Tommies de tambor. McGurn se echó a un lado de la habitación y se pegó en la pared como una tira de papel para atrapar moscas. Como yo ya estaba muerto me quedé donde estaba, como si la cosa no fuese conmigo. Capone se subió a la banqueta de ordeñar vacas y largó un discurso:
—La ambición es un valor recomendable siempre que no la alimenten los tíos que están a tu alrededor —dijo.
—¿A quién disparamos, Al? —preguntó Tony Accardo.
—Scalise, Anselmi y el tonto de Joe Giunta eran ambiciosos como una novia pensando en su dote —dijo Capone.
El Senador Borgia se quedó quieto en una esquina. McGurn era papel pintado.
—¿Dónde está Albert Anselmi ahora, Tony? —preguntó Capone.
—En el cura, Al —dijo Tony Accardo.
—¿Dónde está Johnny Scalise ahora, Tony?
—En el cura, Al —dijo Tony Accardo.
—¿Dónde está Joe Giunta, Tony?
—No tenía muy buen aspecto cuando recogieron lo que quedaba de él en una cuneta en Hammond, Indiana —dijo Tony Accardo.
—No tiene muy buen aspecto alguien con la cabeza abierta a palos —dijo Capone.
—¿A quién disparamos? —dijo Tony Accardo.
—¿A quién disparamos, Bullet? —me preguntó Capone.
—Yo le pegaría un tiro a McGurn —dije.
McGurn estaba tan blanco como un sudario y se había meado encima. Sus pantalones de chuleta de pendejas criaron una mancha oscura como un charco. Ni siquiera sudaba.
—¿Qué nos ha hecho el buen McGurn? —dijo Capone.
—Igual es ambicioso —dije.
—Te llamó pedo de vaca —dijo McGurn.
—Es una pueblerina con un sostén que no pica —dije.
—¿Matamos a Bullet, Tony? —dijo Capone—. No es muy buena propaganda para mi reputación. Capó a Joe Garza.
—No pude evitarlo —dije—, aquello fue una reforma agraria.
—¿Te has meado, McGurn? —preguntó Capone.
—Igualito que el mono —dijo Tony Accardo.
—No eres ni la mitad de listo de lo que te crees —le dije a Capone—. Hasta Hemingway se te ha escapado. Tu reputación no vale dos gordas.
—Tienes acero puro en la bragueta, Bullet —dijo Capone— y un buen pedazo de tierra virgen en el cerebro.
—Hemingway está en el sur de Francia molestando a las vacas. Te has cargado a los irlandeses pero se te ha escapado la Banda de la Zarigüeya.
—Así que molestando a las vacas en el sur de Francia —dijo Capone.
—Y bebiendo de un orinal.
—El maldito zángano —dijo Capone—. Me prometió trabajar duro para ser novelista.
—A mí me gustan las novelas de Edgar Wallace —dijo Tony Accardo.
—¿Cuáles te gustan a ti, McGurn? —preguntó Capone.
—Yo estoy bien así, no soy ambicioso —dijo McGurn.
—¿Hemingway te prometió trabajar duro para ser novelista? —le pregunté a Capone.
—En su última carta me dijo que estaba trabajando concienzudamente, pero veo que se está pegando la gran vida.
—El jefe recibe muchas cartas —dijo Tony Accardo.
—Le van a poner su cara a un sello —dijo Freddy Goetz el Cerebro.
—Como si fuera Lincoln —dijo Tony Accardo.
—Hemingway se trajo un par de cajas de whisky Canadian desde Toronto. Los aduaneros miraron hacia otro lado porque era un chaval con metralla en las piernas —dijo Capone.
—Un héroe de guerra —dijo Tony Accardo.
—La mitad se lo bebió y la otra mitad se la cambió a Lola por revolcarse con las rameras en el Nitty Gritty.
—Con rendimiento irregular —dijo Tony Accardo.
—Ya conoces a Hemingway: una coja parpadea a su lado en un tranvía y al de cinco minutos está diciendo que la reina Victoria le guiñó un ojo y le sacó a bailar.
—Ese tío estira un cuento como si fuera la liga de una gorda —dijo Tony Accardo.
—Como la liga de una gorda —dijo Goetz el Cerebro.
—Pensó que si podía pasar un par de cajas podía pasar un camión y se puso a vocearlo por Chicago como si vendiese manzanas de caramelo al lado de una noria —dijo Capone.
—Es un vivo —dijo Tony Accardo—, ofrecía el whisky sin tenerlo.
—El whisky canadiense lo mueven mis socios de Detroit y viene desde Ontario, a través del lago Michigan.
—Con documentación falsa que dice que su destino es Venezuela —dijo Tony Accardo.
—Johnny Torrio me dijo: Al, manda un par de tíos a darle un susto a ese bocazas. Cutello, Urkle el Francés y el Bailarín le emplazaron en la taberna de los Doce Picheles. Entre los tres no juntan la mitad del cerebro del Senador Borgia y cuando apareciste tú buscando pelea te tomaron por un menda de O´Bannion.
—El puerco irlandés, que en paz descanse —dijo Tony Accardo.
—Mi madre decía que más vale hacerlo que mandarlo —dijo Capone—, así que me fuí con Anselmi y Scalise, comadrejas traidoras, a pegarle fuego al chamizo de Hemingway, pero una cosa me llevó a la otra y acabé disparando a los chinos.
—¿A quién no le gusta disparar a un chino? —dijo Tony Accardo.
—En algunos estados ni siquiera es un delito —dijo Goetz el Cerebro.
—¿Te gusta disparar a los chinos, McGurn? —preguntó Capone.
—Claro Al —dijo McGurn—, pero no soy ambicioso.
—¿Te gusta dispararles con tus pistolitas de serpientes?
—Claro Al —dijo McGurn.
—¿Has disparado alguna vez a un chino, Bullet? —me preguntó Capone.
—Disparé a un cura hace poco —dije.
—No es lo mismo —dijo Tony Accardo.
—Los chinos no cuentan —dijo Goetz el Cerebro.
—Los curas sí —dijo Tony Accardo.
—Johnny Torrio no quería la guerra, se acomodó como una gorda en un neumático —dijo Capone—. Yo le decía: Johnny, ¿por qué repartir la tajada con la purria de Irlanda cuando podemos comernos el filete entero y la guarnición de guisantes? Pero Johnny no quería pelea y estaba bien sentado con su trasero encajado en el neumático.
—Como una gorda —dijo Tony Accardo.
—Johnny me sacó de largar a los bolingas de sus bares en Conney Island y de las peleas en los Five Points. Confió en mí, y eso es lo que me importa. Me trajo a Chicago y me compró un sostén que no pica. Pero yo quería la tajada entera.
—Y la guarnición de guisantes —dijo Tony Accardo.
—Y las papas y el postre —dijo Goetz el Cerebro.
—Hojaldre de manzana y chocolate fundido —dijo Tony Accardo.
—Y un cigarro Upmann —dijo Capone.
—Y una siesta después del almuerzo —dijo Tony Accardo.
—La vida padre —dije yo.
—Después de lo de los chinos y el circo que organizó el Gran Johnny Calidad en la Cámara de Comercio, los irlandeses empezaron a tomarse en serio el cargamento inexistente de la Banda de la Zarigüeya. Pensaron con sus molleras de asno que Hemingway había inaugurado otra vía para nosotros.
—Una vez le abrieron la cabeza a un irlandés y encontraron confeti —dijo Tony Accardo.
—Encontré a Hemingway mientras tu roncabas tres días tus sueños de opio en el Si—Fan y le dije: ¿qué diablos buscas, bocazas? Un pasaje en el “Leopoldina” con destino a París, me respondió. Bien, le dije, pues lleva tu trasero a Canadá haciendo todo el ruido que seas capaz, hazte con el primer camión vacío que encuentres y regresa a Chicago como si trajeras un océano de whisky. Los irlandeses querrán matarme, me dijo. Y si no te mataré yo, le dije.
—Y la gente suele hacer caso al tío del pistolón —dijo Tony Accardo.
—Molly y Lola hicieron lo suyo. Molly por un billete de la Union Pacific con destino a Hollywood y del burdel para raros de Lola en Nueva Orleans yo me llevo una cuarta parte.
—El Club Lord Byron —dije.
—Un lupanar coqueto como una caja de bombones y con cortinas de soga dorada. Scott Joplin toca para los pervertidos.
—Una casa de putas de campeonato —dijo Tony Accardo.
—Su mejor cliente es un obispo episcopaliano que afloja quinientos machacantes por dejar que una furcia le riegue una meada en el bigote —dijo Capone.
—El inútil de Hemingway no fue capaz de robar un camión y embaucó a esos palurdos de Nitroglycerine Creek —dijo Tony Accardo.
—Los irlandeses salieron de la parte norte y dispararon a Torrio, Dios mío —dijo Capone y se puso a llorar con gran sentimiento.
—McGurn —dijo Tony Accardo—, trae el frasco de las lágrimas.
—Despégate de la maldita pared —dijo Capone— o alguien te clavará un clavo en la frente y colgará un calendario.
McGurn se despegó de la pared y buscó en el escritorio el frasco de las lágrimas, que era una botellita en forma de pera de cristal violeta. Capone tomó una de sus lágrimas con el dedo índice y la depositó en el frasco. Luego reparó en el Senador Borgia y dijo:
—¿Por qué sigue el mono vivo?
Goetz el Cerebro lo acribilló con la Thompson y el puerco chimpancé quedó roto en ristras negras y peludas.
—Pues no era inmortal, después de todo —dijo Capone.
—Luego nosotros nos cargamos a O´Bannion —dijo Tony Accardo.
—Cristo, huele a pis de mico y a pis de McGurn, a pólvora y a sangre de mono —dijo Capone—. Limpiad todo esto y enterrad al Senador Borgia en un cementerio católico.
Me cogió del brazo y salimos de la suite. Los pistoleros del pasillo no se rieron al verle en camisón y pantuflas.
—El resto ya lo sabes —me dijo—: acabé con el Piojo Morán y ahora soy la estrella del circo, el tío que hace el triple mortal. Todo me costó menos que lo que me gasto en maní para mi hijo cuando vamos a ver a los White Sox.
—Toda la tajada y la guarnición de guisantes —dije.
—A cambio de un pasaje en el “Leopoldina”, un billete de tren, una participación en un burdel solvente y las pelotas de Joe Garza.
—¿Y Adams?
—Incordiando a las percas en el lago Wallon. No es muy ambicioso.
—Como McGurn.
—Mira a mis metralleros aguantándose la risa porque me ven en camisón. Son una patulea de pueblerinas con sostenes que no pican.
Purkie Newton la Vino Dulce tenía los pies metidos en un de los baldes de cerveza del que bebía Claude Maddox el Elegante.
—Este camisón era de mi madre y aún conserva su olor a ajo y a miseria y me aferra a la cordura y esos cagones no se atreven a decirme que me viene estrecho de sisa.
—Te cae como un chaparrón —le dije.
—Un matasanos me dijo que me estaba volviendo loco porque pesqué la sífilis, pero yo no veo la relación entre la bayoneta y la mollera. ¿Crees que estoy loco, Bullet?
—Acabas de cargarte a un chimpancé y te paseas en camisón, yo no veo nada fuera de lo común.
—Tengo un sostén que no pica hecho a tu medida, Bullet, me vendría bien un tío con la cabeza hueca, poca ambición y las pelotas de acero puro.
—Me apaño con mis calzoncillos de soga de esparto que pican a rabiar.
—Vino Dulce —dijo Capone—, saca tus pies del balde y trae un par de entradas de palco para el partido de los White Sox para mi amigo Ace Bullet.
Purkie Newton la Vino Dulce se apeó del balde y me trajo dos entradas de lujo. Capone me preguntó si pensaba que Lola se arreglaba con su loro y le dije que no tenía la menor idea.
—¿Qué tal te va, Purkie? —le pregunté a Vino Dulce.
—No hay peleas por una puta a la que le faltan dos dedos, Ace, y aquí estoy bien. No me tengo que poner debajo del farol cuando llueve.
Salí del Hawthorne sorprendentemente vivo y pensé que Molly tenía razón y el sueño de opio me anunció el porvenir. El whisky escapándose por los mimbres de la cesta y todos mondándose de la risa menos yo. Destilado con el material de nuestros sueños. Todo el mundo apañó su parte de las ganancias de un camión de nada que tardó una eternidad en arder y el viejo Ace Bullet se quedó para saco de los morenos en el tugurio de Johnny Uno Dos y para tajos de ganapán como zurrarle a un salchichero. Pasé una tarde sin hípica con Me Llaman Philly y le pregunté si tenía algún sostén que no picase.
—Ni hablar, marinero, esos son de satín y los míos son de sarga de dos cuartos y sus costuras me irritan la piel.
Le invité al isleño a ver a los White Sox, pero no pareció entusiasmado. Caminamos por toda la avenida Ontario sin decir ni pío. De pronto se detuvo y dijo que se iba a buscar solares para alquilar.
—Son entradas de palco —le dije—, no nos asaremos al sol ni nos tirarán cáscaras de maní.
—Diablos, Bullet, los White Sox ya no valen nada desde que vendieron las series mundiales.
—Ni que tuvieras muchos planes.
—No te ofendas, prefiero hacer lo de siempre y no estaría mal que esta noche no volvieses a casa.
—Que no digan que Ace Bullet mendiga una cama, huevos, tocino y un revolcón —le dije—. Hasta la vista, amigo. No le diga adiós a Philly. Se lo dije cuando tenía algún significado, una tarde al salir del Jams and Bread pensando que me iban a matar, cuando aún creía que el whisky existía.
Merqué las entradas en la reventa y saqué cien pavos. Me bebí la mitad y con el resto me compré unos calzoncillos de satín que no picaban y paseé mis pelotas blindadas y mi cabeza hueca por Chicago orgulloso de no haberle besado a un mono ni de haberle birlado la parienta a un isleño desconcertado por tanta tierra firme. Con el tiempo, Molly encontró trabajo en el circo ambulante de Tom Mix y a Capone le metieron en el trullo por timar al fisco. A Jack Metralleta McGurn le frieron a tiros en una bolera de la avenida Milwaukee y Me Llaman Philly vendió el Jams and Bread y se fue al campo con el isleño, tuvieron una hija y se puso gorda como un país pequeño. Hemingway puso una agencia de viajes.

[Próxima entrega: Epílogo en donde Martin Holmes da noticia de algunos personajes y explica las extrañas incongruencias temporales del relato comparadas con los hechos que realmente acontecieron.]

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