Viaje de Friedrich Albrecht Holger Schneiderseggsmühlenhausenhofenweg por España (no para)

humboldtpor el Camarada Sërgëi.

Habíamos recorrido lo que, a nuestro parecer, eran pocas leguas camino de Barcelona, cuando nos salió al paso un miembro cuya apariencia le situaba inopinadamente dentro del estamento de los campesinos, y que llevaba una curiosa boina roja muy larga, como la liga estirada de una gorda, que diría el conde Von Holmen. Nos acercamos a él con las fórmulas de cortesía habituales hacia este particular tipo de humanos: «¿qué, se barrunta granizada?», «¿mucha berza este año?», etc., y nos respondió en un lenguaje que nos pareció harto incomprensible y asaz gangoso. Le preguntamos a Herr Bremenhauer, experto en lenguas, dialectos y variantes fónicas, y bien corrido nos dijo que no acertaba a saber qué parla era aquélla. Después de interrogar de nuevo al representante del estamento campesino, con el fin de acotar campos semánticos para encontrar palabras cuyas raíces nos explicaran el origen y desarrollo de su lengua, Herr Bremenhauer dictaminó que se trataba de un francés oriundo de algún remoto y aislado terreno pirenaico. Nos sorprendió mucho, porque parecía que nos hallábamos en un valle y no en zona montañosa, pero como Herr Bremanehauer se enfada mucho si se le lleva la contraria, decidimos que tenía razón. Después de reunirnos en conciliábulo constatamos que nos habíamos perdido, orientando nuestros pasos hacia el norte y no hacia el este, y que si queríamos llegar a Barcelona habíamos de dirigirnos hacia el sur. Así hicimos. Distrajimos la pesadez del camino recolectando berza silvestre para hacer chucrut y en un santiamén nos plantamos en una hermosa ciudad que le decían Castellón. Hallamos fonda y fuimos recibidos con hospitalidad inmejorable. Acudimos a una casa de comidas con la esperanza de que allí, por fin, nos ofrecieran salchichas y codillo, pero nos llevamos una gran sorpresa al probar por primera vez el «arroz», que es lo único que se ofrece allí, además de los macarrones con chorizo, como en el resto de España. En esa zona al arroz guisado lo llaman «paella» y más adelante tuvimos dificultad a la hora de pedirla en fondas y mesones, porque quedábamos atascados fonéticamente en «el paela» y no nos entendían. La paella es una comida de cocineros vagos. Ponen arroz, ratas y verduras en una sartén grande al fuego, le echan agua y ya no tocan nada hasta que se termina de hacer. En cualquier caso, es plato de gran sabor y comimos quilos y quilos. Herr Bremenhauer se puso un poco pesado después de beber dos botellas de vino y no paraba de repetir el chiste, en español: «¿Paella? ¡No, pa’ mí!». Las primeras doscientas cuarenta y siete veces nos hacía una gracia tremenda, pero a partir de ahí el declive fue evidente, las risas decayeron, comenzó el mal humor y en el hartazgo final Herr Schweinbier le partió la cabeza con una botella de pacharán que nos habían ofrecido como «cortesía de la fonda». No hubo que lamentar daños, porque Herr Bremenhauer está muy acostumbrado a que le partan la cabeza con botellas de Eierlikör.

Seguimos camino hacia el sur buscando Barcelona y de repente nos hallamos en Valencia. Es tierra singular, muy parecida a Castellón, aunque de costumbres harto más bárbaras. Gustan mucho de gastar pólvora y se pasan el día tirando petardos y tienen lo que en principio nos pareció un buen gusto exquisito, ilustrado: queman unos muñecos de papel prensado que son feísimos. Cuál fue nuestra sorpresa al saber que esos muñecos también los hacían ellos. Su búsqueda por la perfección es admirable y esperamos que un día aprendan a hacer muñecos bonitos y no tengan que quemarlos.

En Valencia parecen devotos de las tesis revolucionarias francesas. Aquí la igualdad consiste en abolir el nombre. No hay Ludwigs, Franzs, Ottmars, etc. (o sus equivalentes españoles, Damaso, Efrén, Obdulio, etc.), sino que todo el mundo se llama igual: Che. Así, se dicen entre ellos: «Che, pásame la sal; Che, vamos a misa; Che, quién juega hoy en Mestalla». Al revés de lo que podría pensarse, no hay caos alguno y todo funciona a la perfección. En Valencia también comimos paella, que se elabora de forma distinta a la de Castellón: varía la carne (pato en vez de rata) y las verduras (pimiento verde en lugar de pimiento rojo y tomate grande en lugar de tomate pequeño). También comimos quilos y quilos de arroz.

Seguimos camino del sur en busca de Barcelona y llegamos a Alicante. Allí nos dimos cuenta de que habíamos herborizado poco, y que aquello nuestro parecía más una merendola que una expedición científica, así que nos fuimos a la playa a estudiar las algas. Estudiamos muchas algas y nos pusimos rojos y recortamos nuestros borceguíes de forma rústica y los llamamos, a propuesta del lexicógrafo Herr Bremenhauer, «chanclas». También recortamos nuestros gregüescos, muy descoloridos por las vicisitudes del viaje, y decidimos llamarlos «bermudas». Así caminamos por la playa y por los puestos de paellas ante la asombrada mirada de los indígenas y nuestra muelle comodidad.

He de señalar que comenzamos a sentirnos muy mal, a tornársenos la color morada y a agriársenos el carácter, y descubrimos que el arroz —¡importante hallazgo científico!— impedía el normalizado tránsito intestinal. Después de anotar síntomas y causas y de dibujar plantas de arroz muy bonitas en nuestros cuadernos de viaje, contraatacamos con ingesta masiva de ciruelas y algas, lo que provocó enormes colas frente a las cuadras y otros rústicos lugares donde teníamos permiso para evacuar. En cualquier caso, teníamos de nuevo espacio para llenarlo de arroz, así que nos fuimos de nuevo a comer paella. En Alicante también varían la forma de elaboración, y aquí le ponen sapos y langostinos, además de guisantes y pera confitada. Después de haber probado los tres tipos de paella regionales, decidimos en público conciliábulo que la mejor paella era la de [aquí se acaba el folio 654 de la relación; el siguiente folio se ha perdido. Nota del traductor]. (Continuará)

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