El anarquista enamorado. 1, La noche del gitano

batman
Por Claudio Sífilis.

Con cierta prisa por comenzar os presento a los personajes: Miguel, alias el druida, es profesor de pretecnología. Su mujer, Ana, es profesora de filosofía en el mismo colegio en la calle Príncipe de la Verga Rara.

Era jueves, y Ana tenía plan a la salida del trabajo para ir a la inauguración de la exposición de su cuñado, un pintor abstracto de cierto renombre.

Al salir de su clase, Miguel le dice a Ana que no va a ir al ágape.

Ana tuerce el gesto y le regaña: “Tú antes molabas”.

Y el calavera le contestó: “Yo molo más que Spiderman”.

Miguel salió del colegio y caminó con paso rápido por Puerta de Hierro, sin prestar atención a los chalets de lujo, ni a los muros que protegen sus patios y jardines. Solo le prestó atención a un enorme rosal, que en invierno estaba desprovisto de rosas y hojas, asomando por encima de la pared como un alambre de espino.

Por María de Molina llegó a la Castellana y la cruzó. Tuvo que parar en un bar de la calle Almagro, y luego en otro en Fuencarral. Pasó de largo por la calle Preciados y siguió hasta el Rastro.

En un bar tuvo que mear. En el retrete hizo una foto de una pegatina que decía: “Cualquiera puede tener un buen día, menos yo”.

El siguiente botellín lo bebió más despacio.

Mientras este anarquista se emborracha lentamente en estos bares desanimados me propongo entretenerles contándoles lo que presenció unos días antes en otro bar, éste localizado en su barrio. Fue en uno de esos bares típicos españoles con olor a fritanga, de botellín y tapa, que de unos años a esta parte los chinos han empezado a imitar como negocio.

Era media tarde y la camarera solo se preocupaba de que su hijita comiera algo. La niña china y otra española estaban sentadas en una mesa. En la barra un enorme señor decía tontadas a las niñas y las hacía fotos. Era el tío abuelo de la chiquilla española.

La tapa de morcilla no le supo bien a Miguel, la de gamba con gabardina sí. El orondo señor manifestó su tristeza por tener estropeado el coche y no tener dinero para arreglarlo.

– “Ahora tengo que usar el transporte público, o andar”.

– “¿Qué le pasa a su coche?”. Dijo el camarero.

– “¿Tienes memoria de pez, chino? Si lo he contado mil veces”.

– “A mí no me lo ha contado”.

– “Jodío chino, no te he contado que tuve un accidente, que di dos vueltas de campana, que por suerte no me pasó nada”.

– “Pues no veo el ploblema, da un palte al segulo y que alegle el coche”.

– “¿Eres un chino tonto? Que tengo el seguro a terceros…ya lo sabes… no sé para qué hablo contigo”.

– “Pero si es muy fácil. Dile a alguien que tenga segulo que te firme un palte”.

– “Eehh, yo no valgo para eso. Toda la vida he sido honrado”.

Volviendo al día presente de esta narración, el anarquista estaba deambulando por las calles haciendo fotos. En un momento que fotografiaba un grafiti, se vio sobresaltado por un chico que le habló.

– “¡Primo! ¡Es interesante el grafiti!”

– “Claro”.

– “Escucha primo, que estoy muy mal. Que el martes enterramos a mi padre. ¡Ayúdame!”

– “¿Y qué puedo hacer yo? Si ya está muerto”.

– “¡Invítame a un gin-tonic!”

Tras unos segundos de duda, teniendo en cuanta los ojos de pena del gitanillo, el druida le responde con un escueto:

– “Vale”.

Caminan en silencio hasta el abrevadero más cercano, un local de vinos. Miguel pide dos gin-tonics.

La camarera responde de manera sorprendente:

– “No tenemos ginebra”.

Miguel está tan sorprendido que no dice nada, no sabe cómo reaccionar.

– “¿Qué pasa?” Dice el gitano.

– “¡Que no tienen ginebra! Es un sitio raro. ¿Qué te parece si tomamos un vino blanco? A mí un vino ahora casi me viene mejor que el gin-tonic.”

– “No, primo. Habíamos hablado de un gin-tonic, vaya mierda de sitio, vámonos a otro”.

– “Yo es que, ya que he entrado aquí, me gustará tomar algo, el sitio es bonito y está animado”

– “Es una mierda de sitio, ¿Qué bar no tiene gin-tonics? ¡Vámonos!”

La camarera les interrumpió y les dijo que si querían se podían marchar, que lo entendía.

Miguel la miró con fastidio y dijo: “Sí, nos vamos. Mi amigo quiere tomar un gin-tonic, y en esta mierda de bar no tenéis”.

Ya en un bareto normal en la plaza de Tirso de Molina les sirvieron sus gin-tonics. El chico tenía ganas de contar su vida, que había transcurrido en el barrio. A sus 18 años recién cumplidos ya tenía mujer y un hijo, pero le habían abandonado y ya no los quería. Para demostrar que tenía mujer sacó el carnet de identidad de ella, al mirar la foto empezó a llorar. Era un carnet caducado, sin el chip de identificación.

El druida le dijo que si tenían un hijo en común las cosas se arreglarían.

– “No, ya no les quiero. Me dejaron tirado cuando me detuvo la policía. Solo me importa mi madre, si no fuera por ella… Tengo que triunfar por ella, para darla todo, que no pase necesidad ninguna”.

Las lágrimas caían de sus ojos a buen ritmo, a veces a pares, una, dos, cuatro, cinco, siete…

– “No llores, hombre. Tienes toda una vida por delante. Ya me gustaría a mí tener dieciocho años, como tú”.

– “¿Que no llore? ¿Qué harías tú si hace dos días hubiera muerto tu padre? Me da vergüenza toda mi vida. Tener que pedir para poder tomarme un gin-tonic. Mira mi ropa, es toda de segunda mano del rastro, nunca he tenido un billete de veinte euros en el bolsillo, uno como el que has sacado para pagar las copas. Todo lo que quiero es hacer algo importante, por mi madre”.

– “¿Vas a ponerte a estudiar?”

– “¿Estudiar? Si yo no tengo ni el graduado escolar”.

El druida dio un trago fuerte para acabar la copa y bajó las escaleras a mear. Al terminar se limpió las manos y se miró al espejo. Tuvo una visión que duró apenas un segundo, una calavera con un solo ojo que se reía, con el corazón en la garganta y un gusano en el ojo vacío. Se esforzó por ver su cara real y lo consiguió. Le pareció la cara de un blando, de un pusilánime. Pensó que esa cara no le valía para volver al bar, se tranquilizó y subió cuando vio en el espejo su cara de frialdad habitual.

Cuando volvió, el gitano seguía allí, bebiendo su copa.

– “Mira chaval, en este barrio hay muchas oportunidades para un chico como tú si le echas cojones. Aquí se mueve mucho dinero, en obras de arte, hostelería, ropa…”

– “Mientras no tenga que ver con droga. Yo de droga no quiero saber nada, la policía me tiene fichado”.

– “Yo voy a montar algo importante aquí y tú me puedes ser útil, pero todavía lo estoy pensando, dentro de unos meses”

– “Aquí puedes estar seguro que yo te voy a ayudar, yo y otros muchos que estamos juntos”.

– “Bien, pero por hoy ya está bien, me vuelvo a casa”.

Miguel le dio la mano al chico, que la agarró con fuerza, y sin soltarla le habló con lágrimas en los ojos:

– “Primo, dame 20 euros que lo estoy pasando muy mal ya sabes mi historia”.

– “No puedo, dentro de poco voy a tener que separarme de mi mujer, tal vez me divorciaré. Yo también tengo muchos problemas, no solo tú los tienes”.

– “Primo, ayúdame un poco, que yo voy a hacer muchas cosas por ti”.

– “Bueno, te los presto. Dame tu teléfono. Dentro de un mes te tengo que ver con dinero para ti y para devolvérmelo. Aunque sea te prostituyes, trabajas de chapero”.

– “Claro primo, yo me voy contigo esta noche”

El gitano le acarició el lomo a Miguel y se le acercó suspirando. Miguel le apartó.

– “¡Que no te enteras, no soy maricón!”

Cogió el teléfono del chico, que se llamaba Toño, y se fue del bar. Al salir se dio la vuelta para comprobar que no le seguía. El gitano estaba hablando con unas chicas, que se reían.

Ya era de noche, el anarquista decidió que todavía podía andar un poco más y volver a casa caminando.

Esa noche le apetecía meterse en la cama, en su cama limpia, sentiría placer de estar allí, bajo el edredón.

Hace tiempo que no le gusta estar en casa. Lleva meses pensando seriamente en dejar a su mujer, le molesta dormir con ella, tenerla encima. Odia su propia casa, pero hoy quiere estar en ella, está borracho y necesita pasar allí unas horas, descansar.

Hace tiempo que está enamorado de otra mujer.

Ana sabe que ama a otra, le ha avisado que un día cuando vuelva se va a encontrar sus cosas en una bolsa en la puerta de casa.

Los dos saben que la situación no va a durar mucho.

Miguel camina por la calle recordando cómo su madre le puso en la calle cuando tenía 16 años. Le había amenazado y lo cumplió, si quería ser un golfo y volver todos los días a las cuatro de la mañana, no sería en su casa.

Una noche, hacía veinticinco años, encontró una bolsa en la puerta, con la ropa del trabajo y la ropa de a diario. El traje de salir por la noche lo llevaba puesto.

Al ir a abrir la puerta para entrar se encontró la cadena puesta. Su madre se asomó y muy seria le dijo que se fuera, que ella no alimentaba vagos.

Miguel estuvo más de un año trabajando de camarero, durmiendo en un hostal que estaba en la calle López de Hoyos, compartiendo cama con un amigo. Conoció a Ana y se casó con ella, ella era ocho años mayor que él.

Ana le consiguió trabajo de profesor en el mismo colegio en el que ella trabajaba.

Antes de conocerse ella había tenido un aborto y la habían vaciado. Miguel consideraba que no había tenido suerte con esa mujer.

De todas maneras, cuando llegó a casa y no vio ninguna bolsa en la puerta sintió alivio. Fue directo a la cama y se acostó, su mujer todavía no había llegado.

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