Travesías de Madrid (y II)

postal
por El Camarada Sërgëi.

Madrid es el lugar de los hechos. Cuando descanso de las librerías y mis amigos descansan de mí aprovecho para caminar por las escenas del crimen: aquí asesinaron al teniente Castillo, este edificio se lo incautó el PCE durante la guerra para montar su cuartel general, en esta esquina se apostaron para asaltar el Cuartel de la Montaña… A veces el ejercicio de flâneur depara algunas sorpresas. Me encuentro, por ejemplo, con un local cerrado. El letrero es viejo; seguramente fue moderno en su momento, pero ahora tiene el elegante aspecto de lo antiguo. Casa Gans. Me vienen los recuerdos… En el Café Comercial no mataron a nadie, que yo sepa, pero forma parte de eso que dan en llamar mi «educación sentimental» y que, dudo ahora, no sé si también tendrá que ver con los Lib que guardaba en mi habitación.

En el Comercial, Madrid se hace mito y un día de hace muchos años vi a un chico que escribía y se mesaba la perilla pensando quizá en la idoneidad de un complemento circunstancial de modo. Ahora, Ricardo y Raquel se han llevado amablemente mis bolsas cargadas de libros y yo quedo escotero a la espera de Bonnie y Rosa. Y primero llega la rubia, todo simpatía, y más tarde la morena y, aunque la he visto antes en decenas de fotos en eso del feisbú, in the flesh es más diva, más guapa y más radiante. A su lado me siento un poco José Luis López Vázquez, de cuando hacía películas de salidos, sobre todo por mi indumentaria de infatuado viajante de medias y corsés. Hablamos y reímos, y reímos y hablamos y corren las olivas y las cervezas y todo es lúcida epifanía y zarzuela-rock-fussion, las risas son nuestras palabras y aunque es la primera vez que nos vemos parece que nos conocemos desde hace siglos. Bonnie se hace rodear durante un rato de su famiglia, ciao, ciao, y Rosa se tiene que ir, adiós, adiós, y vienen Ricardo y Raquel y terminamos a las tantas escuchando a Bonnie hablar de ovejas y de pastores y de cómo hacen para educarse sentimentalmente. Nos retiramos tarde y, ya en el piso de R&R, agotado por las emociones y porque ya voy tirando para chatarra, ronco despierto para hilaridad de los anfitriones.

Y así transcurren los días en Madrid, placenteros, bonancibles, librescos y espumosos, y llega el sábado y yo tenía que estar en Soria en eso de la Libres e Iguales para salvar un poco no sé si a España o a los españoles, pero como al final no tengo que estar en Soria para eso de la Libres e Iguales y no puedo mostrar mi firmeza ante los malos, acudimos a la Cuesta de Moyano y terminamos de embrutecer. Me despido de Ricardo y de Raquel como quien dice hasta mañana, aunque pasarán meses y meses hasta que vuelva a ver de nuevo a estos grandes amigos buenos, pero hay que abreviar las despedidas porque son tristes. Madrid me traga y soy el bolo alimenticio que se sumerge en el infecto esófago del «intercambiador» de la Avenida de América. En el «intercambiador» me regurgita el autocar que me lleva a Soria, ahora sí, un día después de lo previsto, donde haré una pausa para descansar de Madrid, para hojear los libros comprados y repasar de nuevo los plúteos donde descansan los viejos (allí tengo a todo Baroja, muchos simenones, otros magníficos títulos casi olvidados…)

Agreda fría, barbacana de mi pasado. Gasto la tarde con la sensualidad pervertida de unas cervezas en Tarazona y madrugo al día siguiente para ir a Zaragoza en obligado peregrinaje. Me llego hasta el rastro, que ahora se levanta en un suburbial descampado junto a la estación de tren. Envilezco y compro fotos antiguas de uno que no sé si sería utillero o jugador en el Real Valladolid allá en los sesenta, un Umbral que no tenía, un paquete de interviús y un increíble lote de libros con primeras ediciones de Camba, Las aventuras del submarino alemán U, que escribió Ricardo Baroja con pseudónimo, y otras maravillas que me hacen feliz y que justifican el madrugón, la humedad y la sordidez de estos albañales provincianos. La lluvia tiñe las calles de gris, los edificios de gris y de gris a las gentes. Los coches que veo no son mercedes, golfs, seatleones, twingos o esos japoneses de ahora que no sé ni cómo se llaman; yo veo cientoveintisietes, doscaballos y talbotorizones. Tal es esta Zaragoza triste y dominical que parece transcurrir en Súper 8. La recorro con mi amigo Dani, mi héroe, y con Óscar, un genio. La cosa iba a ser para un ratillo, pero cogemos un buen capazo, que es como allí dicen a estirar la charla, y cuando regreso a Ágreda ya es de noche.

De noche será también cuando vuelva a Madrid dos días después. Llueve y un niño le explica a su madre que la lluvia hace el mar. La lluvia dota de nitidez a los contornos de la ciudad, resalta su negra color, su parte más oscura y a la vez, también, su parte más limpia. En Madrid me quedan tres días por rematar, y en los tres me aguantará Fernando. Nos conocemos desde el blog de Arcadi, y cuando pienso que las amistades que allí hice se han afianzado en estos diez años, estoy convencido de que el paso del tiempo chana mazo. Porque aunque es verdad que nos acerca al hoyo final -y no hablo de golf-, quienes me entierren sabrán que lo pasé bien con mis libros, en esos ratos -breves pero intensos- en que las mujeres o callan o gimen de placer, y muy especialmente con mis amigos.

Y en esos tres días me veo, al fin y por primera vez, con Manuel y con Alfonso. Manuel se arrastra desde Galicia, por lo menos. O eso, o está con resaca. Es alto, el cabronazo, y tiene más pelo que yo y escribe mejor que yo y seguro que la hinca más que yo. Qué le vamos a hacer. Destruye su leyenda de demoño bebedor y tomamos un café, y charlamos y lamento no poder comer con él y con su hijo Manu, que seguro que también es más alto que yo, tiene más pelo que yo y se lleva de calle a las profesoras de la guardería (qué le vamos a hacer, ya digo). Lamento abreviar, no porque me corroa la envidia sino porque tengo que ver a Alfonso. Me encanta su estudio, destartalado y divertido, donde amontona libros y cachivaches, y donde trabaja para hacer los libros mejor editados en España. Alfonso me recuerda mucho a J. F. Sebastian, el de Blade Runner, y me despido cargado de libros y abrumado por su generosidad.

Con Fernando cenaré en el Nikkei 225, en Arce y comeré en el StreetXo. La primera noche, con su familia. Las mujeres están hermosísimas y los hombres no sé, porque de eso no entiendo. Lamento no haberme llevado las googleglás para grabarlo todo, porque aunque inolvidable, el momento se me destila como un licor del que sólo queda sabor y aroma. Sí, es cierto que durante la cena hay quien compara algo aburrido con «una tarde en Soria», pero logro contener mi ira en el baño, golpeando los espejos, rompiéndome los puños contra las paredes y gritando hiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii mientras me muerdo el jersey. Estas cosas se me pasan pronto y de la moza que bramó la afrenta sólo recuerdo su belleza y su sonrisa.

En el contubernio en Arce nos hacemos acompañar de Vero, que viene rotunda y salvaje como una PJ Harvey de la Puerta del Sol. Yo estas cosas es que no sé cómo contarlas, macho. Para distraernos un poco observamos la entrada de Álex de la Iglesia, afamado director vizcaíno, que viene acompañado de un par de tipos y se nos sientan detrás. Durante la conversación —no sé si estábamos mostrando firmeza ante los enemigos de la Patria o si Vero me preguntaba que quién es Satur— suenan estruendosos unos vídeos en los teléfonos de bolsillo de nuestros vecinos. Fernando hace un gesto de displicencia y habla, sin girarse hacia ellos, afeándoles el gesto y adoctrinándoles sobre las buenas costumbres en la mesa: «Mi momento favorito en este restaurante se produce cuando los vecinos arman ruido con sus móviles»; algo así dice. Cuando se gira para comprobar si los malandrines han comprendido, ensaya un visaje de sorpresa al reconocer al afamado director vizcaíno. «¡Ah, qué tal!», le espeta mientras le estrecha la mano. «Muy buena la del cura, ¿eh? Muy buena», masculla mientras se gira de nuevo para seguir nuestra charla. El afamado director vizcaíno agria el gesto. «Eso ha sonado muy irónico», dice. Y espeta, locuaz, retahílas de evidentes ironías para contrarrestar el inesperado sermón. «Encantado de haberos conocido, ¿eh?, encantado de haberos conocido». Terminada la refacción abandonamos el local arropados de nuevo por la retahíla interminable del afamado director vizcaíno: «Encantado de haberos conocido, ¿eh?, encantado de haberos conocido». El tono es similar al que utilizan muchos de sus perturbados personajes. Sólo le falta enarcar las cejas con movimientos nerviosos para darnos a entender que el desprecio de Fernando le ha sentado como una patada en los happy brothers, pero nosotros sonreímos y saludamos con la mano para despedirnos, satisfechos de atesorar esta anécdota que podremos contar, para darnos importancia, a la vecina buenorra del tercero (y Vero al vecino cachas del quinto).

Creo que terminamos en el Cock, y las noches en Madrid se me acaban, se me escurren entre los dedos, pero en mi geografía sentimental de la ciudad he cambiado el trazado de algunas calles, he borrado ciertos barrios y esquinas del pasado borrascoso. Ahora me quedan estos recuerdos limpios, estas noches nítidas y vacías de transeúntes, aunque el pulular de los nocherniegos haga sospechar de un Madrid canalla que, creo, me aburriría mucho. Mi Madrid limita al norte con Tetuán de las Victorias, al este con el puente de Vallecas y al oeste con la Moncloa. Mi Madrid no tendrá sur hasta que vaya por primera vez al Calderón. Por todo Madrid me entregan papeles volanderos que anuncian restoranes indios e italianos y, por las noches, puticlús. No quiero pizza, no quiero pollo al curry, no quiero hablar con señoritas esculturales. Yo quiero comer en el StreetXo, de nuevo con Fernando, para llegar una y otra vez a la conclusión de que el mundo es un disparate. Porque a lo mejor uno sabe que es un disparate, pero esa intuición no alcanzará el estatus de verdad apodíctica hasta que no se compartan y comparen experiencias con los amigos y los maestros. Y así regreso a Berlín, pensando que el mundo es un disparate y yo una heteróclita pieza de su maquinaria, una pieza que quizá ande ya algo oxidada y que cruja y que chirríe, pero quien afine bien el oído sabrá que ese ruido no es crujido sino risa, no chirrido, sino carcajada. Vale.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓