Sueños en televisión

DONOVAN-GIF

Por Catalina Forestal.

Me acuerdo del primer recuerdo de mi vida, a los dos años, que ya no sé si soñé. Se mezclan con otros más tardíos, de elecciones —urnas en un colegio, barrio de gitanos, gente bailando sevillanas, «¿Y tú a quién vas a votar, niña?», «Yo, a Felipe”».

Me acuerdo del silbido de mi padre para llamarme sólo a mí. Recuerdo que soñaba a menudo que mi madre era una bruja, una bruja con su nariz berenjena, sus poderes y su escoba. Me acuerdo del olor a Heno de Pravia de las manos de mi abuela y su tacto suave, que parecía sin huellas dactilares. Me acuerdo de darme vergüenza, no sé por qué, que mi abuelo silbara y cantara por la calle, una costumbre que yo tengo.

Recuerdo que vivía dentro de la tele —el programa de hoy es para gente como tú y como yo, ¡dentro música! Recuerdo que empecé a tocarme mirando un póster de Mike Donovan, al que nunca llamé Marc Singer. Recuerdo que una vez leí en la Superpop (¿o era Teleindiscreta?) que Madonna había empezado a masturbarse a los cinco años y que a mí no me extrañó. Recuerdo los colores de la Teleindiscreta para la programación de cada día: amarillo lunes, verde martes, morado miércoles, rosa jueves, azul viernes, rojo sábado, naranja domingo. El sábado era mi día preferido: veía con mis vecinos, en pijama, La bola de cristal mientras abríamos los regalos que traía su padre de Ceuta cada fin de semana. V, El equipo A, La pantera rosa, la peli en blanco y negro de la noche. Recuerdo que una vez echaban Me casé con una bruja y me quedé dormida antes, y ya no supe quién era Veronica Lake hasta que llegaron los programas de Garci.

La primera vez que entendí la mentira fue a los seis años: estábamos en la playa, quería irme a comer con mi abuelo y él no podía llevarme, por cualquier razón sensata; tranquilizaron mi rabieta diciendo que era él quien se quedaba a comer conmigo, y en un despiste de cubito y pala, zas, mi abuelo ya iba en lontananza. Aún me acuerdo del dolor.

Otra tarde, con ocho años, me atraganté con una pastillita de caramelo. Estaba con las hijas de unos amigos de mis padres, en la calle, pero ese momento lo recuerdo de absoluta soledad. Cuando volví a las faldas de mi madre y le conté, no podía creer su indiferencia: su hija había tenido por primera vez conciencia de la muerte y ella se quedaba tan tranquila.

 

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