Silencio

silencio
Por Juan Ramón Rodríguez.

Silencio.

Tres de la mañana. Lunes, tal vez. Llovía de manera estrepitosa en la calle, que se encontraba en un sueño inducido de luces de neón y cabarets en quiebra.

Sin embargo, en aquel salón, en aquella estancia, reinaba una paz inquieta que contrastaba con la orquestada anarquía del concierto de gotas de agua golpeando las ventanas de la casa.

Silencio.

Se encontraba hecho un ovillo a dos suspiros del tresillo. Barba desaliñada fruto de una deplorable semana, despeinado desenfadado y harapos sudorosos. Sus ojos, incandescentes brasas comburentes, intentaban descansar en una narcosis de legañas y alcohol barato. Le dolían las articulaciones, rígidas como el baile que acompaña a una muerte recién entonada.

Silencio.

Trinaba un reloj de pared bordeando el techo, presidiendo impasible aquella denigrante obra macabra. Al fondo se podía oír tímidamente cómo un coche se perdía por un horizonte imaginario. El ovillo se mantenía inmóvil y apacible, formando parte de un tétrico atrezo. En lo más recóndito de su inconsciente, aquel reloj apaleaba su cabeza con la fuerza del trueno y el ímpetu del rayo.

Sentía una bomba en su sien. Pocos minutos quedaban. El estallido era inminente.

Tic-tac, tic-tac.

No recordaba nada. Días, meses, horas… toda aquella parafernalia le resultaba indiferente. Tampoco la necesitaba. Se creía por encima de las leyes del hombre. Libre y etéreo.

Tic-tac, tic-tac.

No sabía qué habría sido de todo lo que le rodeaba en su entorno. Llevaba demasiado sin contactar con nadie que presumiera de constantes vitales. Todo a su debido tiempo.

La mecha se acababa.

Tic-tac, tic-tac.

¡Bum!

La calma que predecía una tempestad inminente se vio interrumpida por un inhumano alarido procedente de las profundidades de una garganta humeante de desatino y ebriedad. La lluvia paró y acertó a escuchar cómo el último hombre de la raza humana anunciaba a sus vástagos que el reloj había dado las tres y media de la mañana.

Arrodillado ante el reloj, sin mostrar arrepentimiento por sus pecados, desafiaba a todo aquel que intentara exorcizar sus virtudes internas.

Dejó de gritar. Sentía arder su laringe, y comenzó a extinguir las llamas con lágrimas.

Un llanto sórdido, tan insignificante que le daba vergüenza mostrárselo al exterior. Solo sollozaba para sus adentros, con arrítmica torpeza.

No sabía llorar.

Una lágrima resbaló sobre sus demacradas mejillas, con una tersa trayectoria y habilidad inhumana. Bordeó con soltura el mentón, disponiéndose a saltar y perderse en el vacio inhóspito de aquella lúgubre pieza. Se tensaba lentamente, amagando una sobria caída, falta de pomposidad y público.

Sucumbió a la inexorable fuerza de la gravedad, que la condujo a una precipitada muerte rodeada de mugre y motas de polvo. Caía con una gracia y pureza virginales, haciendo que el tiempo se detuviera para volverse y saludar con una mirada de pesar que inspiraría poemas e historias eternas. Todo aquello que daba vueltas en el Universo acertó a apreciar con soslayo cómo el más preciado regalo del cielo, cómo aquel vasto imperio se desmoronaba ante la impasividad del respetable, que dormía plácidamente.

Una tierna lágrima que se difuminaba por la árida superficie de una alfombre sucia y desgastada lo despertó de su trance. Dejó de gimotear y abrió los ojos para mirar al suelo, y distinguió la húmeda mancha que había dejado esta a su paso.

Ahora lo entendía todo.

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