Inquisición y epifanía de 19 segundos

canellas
por Satur.

Escribo estas líneas transido aún por la emoción orgánica y cerebral producida por el contencioso que el día 28 de enero de 2015 enfrentó al combinado nacional con el combinado hamletiano. No sé aún qué depararán los astros, las circunstancias o el destino al grupo hispano en el choque contra los galos hoy viernes 30 de enero de 2015, pero ocurra lo que ocurra en ese momento histórico para el deporte patrio, en mi retina quedan grabadas inmarcesibles las imágenes del partido.

Fue un encuentro igualado. El electrónico obedecía las órdenes de su programación y los bits inducían a señalizacionar guarismos en uno u otro casillero, dependiendo de quién introdujera el esférico en la red de la portería contraria. A su vez, los guarismos que traducían el esotérico lenguaje del tiempo a unidades dignas de la comprensión humana, minutos y segundos, avanzaban hasta que los réferis daban señal de parar, para comenzar de nuevo a contar, tiz taz, tiz taz, que diría Paco Iglesias.

58:40 de juego. Queda un minuto y veinte segundos para finalizacionalizar. 23 a 23. No hay mayor igualada posible. Tampoco menor. Fueran 2 a 2 o 8.763.234 a 8.763.234, el igualitacionarismo de los guarismos se reduce a que “a” menos “be” es igual a cero. Pero van 23 a 23. Es un hecho objetivo. España tiene el balón. No es una metonimia: lo tienen los representantes sobre la cancha, pero también España entera tiene, tenemos, el cuero en nuestras manos. Esto es otro hecho. Somos el jugador número 8. El hálito de nuestra concentración viaja por el espacio para empujar el cuero, para frenar a los vikingos hijos de Gertrudis. ¿Acaso el vuelo de una mariposa en Vladivostok no es capaz de producir el cierzo del Moncayo? Defienden bravos y gallardos los nórdicos. 59:08, el titánico extremo izquierdo Valero Rivera Folch se cruza para situarse en zona de lateral a seis metros de la portería contraria, recibe el esférico, vuela y lo introduce entre los tres palos. 23-24. 59:34, Mads Mensah Larsen, metro ochenta y ocho de altitud, mete un gol inverosímil volando sobre la zaga patria. 24-24.

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59:41. El seleccionador español, el valdevimbrés Manolo Cadenas, solicita tiempo muerto (aunque resucitará cuando acabe el tiempo reglamentario). Da órdenes y las escucha. El pivote español Julen Aginagalde señala la jugada que han ensayado tantas veces esperando un momento así. Las instrucciones durante los tiempos muertos (que resucitan cuando acaba el tiempo reglamentario) son impresionantes. Pizarras, movimientos, órdenes, táctica, estrategia, logística. Hace un par de contenciosos se le oía al seleccionador, señalando el tablero: ¡¡Por aquí no pueden pasar, esto es territorio hispano!!

59:41. Se reanuda el juego. Sobre la pista, Víctor Tomás, Jorge Maqueda, Joan Cañellas, Alberto Entrerríos, Julen Aginagalde y Valero Rivera. Quedan 19 segundos para el final. Es importante no perder el esférico porque, si no, los vikingos lo roban, corren mucho y meten gol y nos han jodido. El empate supone alargar el tiempo en una prórroga, no a la manera einsteniana, sino ajustada al reglamento.

59:42. Tiene el esférico Entrerríos. La calma es absoluta, como si de él no dependiera la salud cardiovascular de millones de hinchas de todo el orbe.

59:43. Entrerríos bota el esférico mientras avanza hacia el terreno nórdico.

59:44. Continúa con el cuero en las manos. Apenas ha avanzado dos metros. He creado un programilla con mis conocimientos de programación en Cobol para que al introducir parámetros como peso de los jugadores, volumen del esférico, medidas de la cancha, etc., calcule automáticamente distancias recorridas, velocidad del cuero, kilogramocalorías y demás, pero al combinarlo con las imágenes del mach, que son pobres debido a la baja calidad de mi estrimink y que la compatibilidad con mi Mack es como si le pones Madonna a una oveja para que baile, los resultados han sido sospechosos: el programa me dice que en dos segundos Entrerríos ha recorrido 3,467 km. en dirección SSO y ha gastado 2.312 kilogramocalorías. Me remito, pues, a expresar pesos y medidas a ojo.

59:45. Entrerríos cede galantemente el esférico a Maqueda, lateral derecho.

59:46. El equipo camina como si estuviera dando un paseo por la tarde en Soria. Maqueda le entrega amorosamente el cuero a Víctor Tomás. El pivote Aginagalde está en nueve metros, los demás aparecen a ojos de los nórdicos como si estuvieran en lontananza.

59:47. Víctor Tomás se acerca morosamente a la línea de nueve metros para ocupar su espacio en el extremo derecho. Arma el brazo para entregarle el esférico de nuevo a Maqueda. Todo apunta a que quieren conservar la bola para alcanzar la prórroga y poner a prueba los nervios del respetable.

59:48. Efectivamente, Maqueda recoge el esférico y se dispone a entregárselo amistosamente de nuevo al central, ahora Entrerríos.

59:49. Entrerríos recibe y gira la cabeza noventa grados a su izquierda para buscar a Cañellas. Aginagalde sigue estático en los nueve metros, cerca de la posición de Cañellas. Los dos extremos no abren el campo, es decir, no se sitúan lo más alejadamente posible del centro para que la defensa espacie a sus hombres entre sí. Quedan once segundos para el final.

59:50. Recibe Cañellas, que ni siquiera mira a su extremo.

59:51. Rivera abre su parte del campo. Cañellas entrega de nuevo el esférico a Entrerríos. Recordamos que el esférico ha de pesar entre entre 425 y 475 gramos y tiene una circunferencia de entre 58 y 60 centímetros. Esto es importante, porque si el esférico pesara tres quilogramos haría imposible el juego, y si su circunferencia fuera mayor estaríamos hablando del balón cesto y por lo tanto yo estaría roncando y no escribiendo, y si su circunferencia fuera menor estaríamos hablando del tennis y yo gritaría ¡vamos, Rafa!, no porque sea seguidor de Rafael Nadal sino porque cuando empieza el tennis llamo a mi primo Rafa (el hermano de mi primo Efrén) para bajarnos al bar a echar unos chismes, porque no nos gusta el tennis.

59:52. Quedan ocho segundos y la maquinaria hispana se pone en marcha casi de forma imperceptible. Entrerríos busca a Maqueda, pegado a su banda, mientras Aginagalde se mueve de los nueve metros y se aleja de su defensor.

59:53. Recibe Maqueda, que va a devolver a Entrerríos, y Aginagalde ya está a unos trece metros del área rival, como si se hubiera ido a coger setas.

59:54. La zaga danésica está en nueve metros. Entrerríos recibe y la cinética se acelera. Va a entregarle el esférico a Aginagalde, que ocupa ahora la posición de central. Cañellas está donde Cristo dio las tres voces en posición de preparadoslistosyá.

59:55. Quedan cinco segundos. Entrerríos no se la cede a Aguinagalde sino a Cañellas, mientras él y el anteriormente citado Aginagalde se cruzan y se unen frente a Cañellas para tapar a la zaga vikinga. Los anteriormente citados Aginagalde y Entrerríos tienen delante de sí a tres zagueros hamletianos.

59:56. Entrerríos arrastra a un zaguero, Aginagalde arrastra a otro zaguero, y el tercero trata de parar a Cañellas, que ya ha cogido carrerilla con el esférico en la mano y corre endemoniado hacia el centro. Correr endemoniado es que da un paso, pero a qué velocidad, con qué prestancia, y de qué elegante manera. Cañellas bota el esférico. Está a unos diez metros de la portería contraria y sus defensores más cercanos a tres de él.

59:57. Cañellas da un paso, arma el brazo y visto no visto enchufa el esférico con garra, con la fuerza de doce mil numantinos, el empecinamiento de siete mil maños, la rabia de millones de merengones cuando el campeón del Mundialito pierde contra El Equipo del Pueblo, con la entrega de un agredeño en la consumación del amor. Ha lanzado a tal velocidad que en este segundo el esférico ya se encuentra en la red. El cancerbero hamlet arquea casi todos sus miembros para atajarlo, pero es demasiado tarde. Se consumó el advenimiento, la gloria está entre nosotros.

59:58. Los jugadores patrios corren enloquecidos, gritan, celebran la victoria. Es un acto reflejo, nadie da crédito, se mueven espasmódicamente como autómatas programados para ganar.

59:59. Cañellas recupera la verticalidad, se gira y corre.

60:00. Los dinamarqueses han sido un gran rival. Caen algunos al suelo desconsolados, incrédulos. España grita, España vibra. Es tal la férvida pasión que si Olvido Hormigos estuviera a mi lado me abrazaría aunque sabe que no tengo perras ni ahorros, sólo gastos y deudas aunque un corazón de oro y un miembro del aparato reproductor de platino e iridio si bien en forma de sacacorchos, como los cerdos y los coreanos (según Calaza).

Y ya, que estoy desfondado. Voy a abrir una botella de champán y a berrear en la ducha mientras pego saltos y vierto el néctar sobre mí mismo, gritando viva España y viva yo, y viva el combinado patrio del balonmano que tan buen rato me ha hecho pasar.

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