El gilipollas del donut

Donut
Por Younghusband

Muéstrese aquí mi modesto homenaje a los gilipollas en cualquiera de sus facetas. Nadie está a salvo de serlo, a tiempo parcial o completo. Los animales, pobrecitos, no los tienen. Es algo exclusivo de los humanos, aunque no quisiera pensar que a semejanza de nuestro creador.

¡Que triste un mundo sin ellos, sin nosotros, sin mí!

Hoy vuelvo a dar los mismos pasos de ayer.

Con la misma expresión bobalicona en mi cara, y con una misma nueva moneda encerrada en el puño, cruzo la calle, como siempre, sin mirar.

No necesito ojos para lo que busco, sólo el corazón.

Hoy vuelvo otra vez a sentirme valioso y capaz de enamorarla.

Según me acerco a la panadería, mis pies van frenando su marcha hasta casi detenerme. Por un momento la inseguridad vuelve, y mis pulsaciones se aceleran.

Tras unos instantes me repongo y con falsa seguridad entro en la panadería «La Minerva».

Rápidamente mis ojos la buscan detrás del mostrador hasta encontrarla. Mi nervio óptico sufre un escalofrío al transmitir su imagen. Ella si que es para mí una diosa, una diosa cálida, esponjosa, de un olor adictivo, perfume de pan, alimento para mi amor.

Me sitúo en la cola, detrás de señoras amorfas mal peinadas y jubilados ociosos. Mis latidos se aceleran aún más según se va acercando mi turno. La veo,resplandeciente entre las barras, con esa sonrisa llena de sensualidad, una verdadera promesa de amor.

Por fin llego hasta ella, y como tantos otros días, me esfuerzo por no quedarme prendido en sus ojos. Ahora es el momento, no puedo flaquear. Hago acopio de toda mi valentía para repetir, esta vez si, esa declaración de mi amor que tantas y tantas veces he pensado para ella.

—Hola, ¿qué quieres? —me dice.
—… umm… em, eh, … un Donut de azúcar por favor… —acierto a decir balbuceante.
—¿Sólo eso?
—Sí, sólo eso
—Un euro.

Me maldigo por no haber sido tampoco hoy capaz, por no haberle dicho todo lo que siento por ella. Al menos me consuelo pensando en el escalofrío de placer que atravesó mi cuerpo cuando nuestras manos se tocaron levemente al darme ese Cyrano de azúcar que es el Donut. Una dulce caricia que me refuerza para mañana volver a intentarlo.

Salgo como un zombi borracho, pensando en ella.

De repente, un ruido seco, como un tambor que se rompe, y su rostro que se recorta en el cielo, pleno de sol y azul. Parece que estoy tumbado en la calzada, mi mano muerta aprieta el Donut ya sin fuerza. Mi corazón ya no late por ella. Sufro de pensar el drama que sentirá cuando se dé cuenta que ya no podremos nunca estar juntos.

Dentro, en la panadería, su madre pregunta.
—Hija, ¿has oído ese ruido?
—Si mamá, parece que al gilipollas del donut le ha atropellado un autobús.

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