Madera de héroe

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Por Mortimer Gaussage.

Tengo madera de héroe y vivo con el temor de verme en la necesidad de demostrarlo. Algunos pensarán que cómo es posible que diga esto un tipo que se queja cuando una mujer se empeña en quitarle un punto negro, un tipejo que necesita media hora en el baño para despegarse un esparadrapo con agua caliente. Lo cierto es que una cosa nada tiene que ver con la otra. Cioran, que elevaba un detalle al rango de categoría sin despeinarse, explica que en polaco no hay dos palabras para distinguir al valiente del temerario. Todos son valientes o todos son temerarios, según lo queramos ver. Yo de polaco lo único que sé, porque me lo explicó personalmente una polaca, es que curva, así como suena, es puta, pero me fío de Cioran y sus lecturas insomnes. Si un pueblo tan civilizado como el polaco, lleno de pianistas, violinistas y actores, y bregado en tantas guerras, invasiones y retiradas, no tiene claro el límite entre una cosa y otra qué vamos a pretender saber nosotros. Esto quiere decir que todos, polacos incluidos, andamos un poco despistados con lo del valor, el dolor y los héroes.

Así me encuentro yo, con las aparentemente incompatibles certezas de tener madera de héroe, temer al dolor más que a la muerte, y al dentista más que a los dos juntos. Conviven al tiempo en mi alma, que es un alma normal, de andar por casa. Cohabitan, que dirían los franceses, que la gozan con los matices. Por si no se han fijado quiero hacerles notar que los héroes somos de natural taciturnos y algo huidizos, como que sin saberlo, pero intuyéndolo, andamos evitando la necesidad de demostrarlo. Somos tipos normalillos hasta que nos toca ser héroes. Y es que ya Schopenhauer dejó dicho que el valor es una virtud de subteniente, dejando claro que es un carisma del que se adornan los mediocres para intentar brillar y medrar. Y no puedo más que darle un poco la razón, porque hacer demostraciones de valía es un poco de pobres. Y los héroes lo evitamos casi por cualquier medio, sabiéndonos vulnerables.

Por ir centrando el tema, y fruto de la pura introspección, diré que un héroe es un tipo lo suficientemente despierto como para darse cuenta de que todo se está yendo a la mierda y lo suficientemente soberbio como para sentirse llamado a hacer algo. Lo que sea. Es este un combo mortal, como claramente se puede advertir del elevado porcentaje de reconocimientos a título póstumo. Digamos, en descargo de los héroes, que llegado un determinado momento nos la vamos jugar, sabiendo que podemos caer en un punto cualquiera en la gráfica que dibuja Cipolla en sus Leyes de la Estupidez Humana. Actuaremos porque actuar será inevitable, pero sin tener ni puñetera idea de si el resultado será propio de un individuo inteligente, incauto, malvado o estúpido. Los héroes nos la jugamos con cada heroicidad y muchos que han pasado a la historia como grandes, rematados estúpidos, no eran más que tipos normales que se vieron atrapados por la vorágine de los acontecimientos. Iban para héroes y la suerte les fue esquiva y consiguieron una gran cagada. Pero si de tu actuar, por puro azar, resulta un beneficio grande, inequívoco, te llamarán héroe y sonreirán satisfechos. Por eso lo heroico no tiene nada que ver con valor o sufrimiento.

¿Han escuchado alguna vez el testimonio de un héroe cuando le preguntan por qué lo hizo o cómo se siente? Ahí los héroes nos ponemos inusualmente humildes y evasivos. Era mi deber, no podía dejar de hacerlo, cualquiera en mi lugar lo habría hecho. Créanme que la razón de estas respuestas que damos, buscando causas externas o abstractas a nuestras heroicidades, no es otra que el íntimo convencimiento de lo muy estúpidos que fuimos por habérnosla jugado de semejante manera. Le echamos la culpa a otro, a otros, a todos. Porque sabemos que aquello resultó bien como podía haber resultado en el más absoluto desastre. Por esa misma razón hay menos mujeres heroínas. Ellas son más pragmáticas, evalúan mucho mejor los riesgos y controlan la soberbia más eficazmente que nosotros. En definitiva, son más inteligentes.

Expuesto lo anterior entenderán mis temores, mis ausencias y mi aversión a los actos sociales. Trato sólo de evitar, dentro de lo posible, el ponerme en situación de tener que ejercer. Porque o salvas al perro huérfano a punto de ahogarse y eres un héroe o al tirarte al agua vuelca la barca y mueren tres niños chinos adoptados y eres el sumo imbécil. ¿Quién puede vivir tranquilo así?

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