Buen suceso

Wikimedia-Daguerrotipo_de_MADRID,_hacia_el_año_1854
Por Albert.

“París. Qué espléndida ciudad, aun cansada y revuelta en mil batallas. Cuánta paz respira la capital de la guerra, siempre serena y siempre lúcida. Vasta, aseada y hermosa, digna corte del imperio que no llegó a ser. Pero qué sabes tú, si nunca saliste de nuestro pueblo. Grande y corte también, pero pueblo al fin.”

Desde la habitación de su hotel con vistas al Sena, Miguel Alcalón, Duque de Esquivias, escribe con mano temblona sobre cuartillas tan blancas que lastiman sus ojos viejos. “Tú y otros tantos que como tú consideráis sin fundamento que el Puente de Toledo es obra cumbre de la arquitectura, deberíais ver estos sobre el Sena y me daríais la razón sin dudarlo un instante. Hoy, en siete de enero de 1839, he pisado esta ciudad por vez primera, ya viejo y agotado, y no puedo evitar soñar que nunca salí de aquí, que nunca traté otras gentes que estas, cultivadas y libres, que siempre paseé por esta ribera y estos puentes orgullosos de su propia historia, la historia de Francia, cuna de la civilización y cabeza de la modernidad. Aquí se inventó el mundo, amigo mío.”

El Duque se ajusta los anteojos, mira una vez más por la ventana y continúa escribiendo con una sonrisa gastada en los labios. “Pero no el mundo entero, mi fiel Mariano, bien lo sabemos tú y yo. Hay algo, quizá una gota en el mar, tal vez todo un océano, quién lo sabe aún, que me corresponde. Deberías haberme acompañado y vivir este momento a mi lado, aunque mucho dudo que tú experimentases las extrañas e intensas emociones que a mí me embargan ahora, cuando estoy a punto de verlo al fin. Lo presentarán dentro de unas horas, con el patrocinio de un insigne diputado de la Asamblea y en la Academia de las Ciencias, como indiscutiblemente corresponde a tal circunstancia. No es envidia, puedo jurártelo, quizá sí desencanto y cierto pesar: nunca mi patria me hubiese ofrecido, llegado el caso, semejantes ventajas, de eso estoy seguro. Llevo más de treinta años viviendo en la certeza de que esto llegaría tarde o temprano y, créeme, nunca dudé de que París sería el lugar. Francia entera, tan viva y rutilante, tan lejos del polvo de nuestras calles y el hollín de nuestras plazas. 

Treinta y un años atrás, ¡qué tiempos! Tú te acuerdas tan bien como yo, estoy convencido. ¡Madrid! El pueblo de Madrid, tan dado a la asonada desde los tiempos de Esquilache. ¡Qué venga el Rey a la Plaza Mayor! En el fondo el pueblo de Madrid nunca ha sabido decir otra cosa. Mi padre presenció el motín y ya entonces constató que, una vez el Rey Carlos en la Plaza tal como se le solicitó, los cabecillas de la revuelta no supieron por dónde empezar a pedirle. Acaso no querían más que eso, ver al Rey en la Plaza Mayor y hacerle saber que a ellos, menudos son, nadie les da gato por liebre. Nada más. Dime si no ¿qué querían las gentes de aquel mayo infausto? ¿En qué se agravió tanto a aquellos chisperos y a aquellas manolas, que con tanta saña rechazaron a quien venía a sacudirles el polvo de los siglos? Yo, que siempre viví con la duda, la terrible duda que nubló durante tanto tiempo mi alma y la de otros muchos que como yo sufrieron y sufren el repudio del bendito pueblo, afirmo ahora, desde París, rendido de admiración, que he librado a mi espíritu de todos los escrúpulos y proclamo a los cuatro vientos que aquella guerra fue un pavoroso disparate.”

Treinta y un años atrás, en el año de 1808, la primavera asaltó Madrid precipitada e impetuosa. El Duque de Esquivias abandonaba para esas fechas la costumbre de pasear a la mañana por el Prado, justo en el tiempo en que las gentes, para sacudirse la raspa del duro invierno de la Villa, acudían en tropel al llamado Salón o, en los días de fiesta, a lo que todavía -aun cuando ya era frecuentado con ese mismo nombre más de cincuenta años atrás- se llamaba Prado Nuevo, a la espalda de San Isidro. “En cuanto asomaba la floración me encerraba en casa el día entero. Ni a mí ni a mis pulmones nos gustó nunca el bullicio primaveral. Bien es verdad que aquel primer día de mayo yo estaba especialmente agitado, por las razones que a buen seguro recuerdas, las mismas que ahora, treinta y un años más tarde, me han traído hasta París. Razones que nada tienen que ver con las que mantenían por aquellas fechas a los habitantes de la Villa en un estado de sorda y maligna excitación, caldo de cultivo, bien se ha dicho desde entonces, de todas las desgracias, gestas heroicas para algunos que no para mí, que a partir de allí vinieron sucediéndose.”

El Duque detiene un instante la pluma sobre el papel y prende sin querer la mirada de las aves que revolotean sobre los barcos del Sena: son las únicas manchas de un cielo azul radiante. El día trajo una luz limpia y honesta que entra por la alcoba a raudales, apenas tamizada por los ventanales, inundando hasta el último de los rincones, luz perfecta de mediodía que afila los contornos y realza los contrastes. Observa en la cuartilla la densa sombra de la pluma que sostiene con su única mano y sonríe como un homenaje privado a su propia vida. “Luz que acaricia, que dibuja lo que toca y compone lienzos por sí misma, más certera que el mejor de los pintores. Siempre lo supe. Solo había que encontrar la tela adecuada y ofrecérsela. En ello me afanaba en aquella mañana madrileña, primero de mayo de 1808.”

Esa mañana sorprendió al Duque como tantas otras desde hacía meses, después de apenas un par de horas de sueño, apoyado en el quicio de la ventana de su casa, llamada de las Soleras, en el principio de la Calle Mayor, antigua mancebía protagonista de algún romance del poeta Quevedo, que su padre compró a un conde arruinado. Ni una sola nube en el cielo. Luz perfecta de mediodía de primavera. Había acondicionado para trabajar una habitación de la casa que habitaba con la única compañía de su criado Mariano Ponce, la mayor y mejor iluminada, la que daba a la Puerta del Sol. Trabajaba allí día y noche, presa de la impaciencia y de la alergia a los efluvios de las flores del Prado, del Retiro y de otros lugares a los que la gente acudía después de ir a misa, en domingos como este. También la Puerta del Sol, que la mirada del Duque abarcaba enteramente desde aquella ventana, se llenaba de paseantes los días de fiesta. El Hospital del Buen Suceso, situado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, hogar de enfermos y lisiados de guerra a los que la Corona concedía este mínimo asilo, estaba justo enfrente de la ventana del Duque, al otro lado de la Plaza.

Lo miré tanto, a tantas horas y durante tanto tiempo, intentando apreciar cada detalle, observando las sombras que el amanecer proyectaba en la fachada, los perfiles que la luz del mediodía le recortaba, las aristas que palidecían y acababan difuminándose al atardecer… quién habría de decirme entonces que pasaría un largo año entre aquellos muros, como uno más de los tullidos a quienes entonces yo ignoraba”. Ahora percibe la mano que no tiene, como un rescoldo impreciso más allá del muñón que zanja el brazo a la altura del codo. Le ocurre siempre que rememora aquellos días extraños en Madrid. “Para mí, aquel edificio, el Buen Suceso, era entonces solo un desafío, como el bloque de mármol que el escultor contempla intuyendo que ahí dentro está su obra, como un lienzo vacío antes de dar la primera pincelada… He oído últimamente, antes de iniciar el viaje hasta aquí, que el Ayuntamiento está pensando en derribarlo y trasladar a los mutilados a otro lugar, frente al palacio del Duque de Liria, muy cerca del Soto de la Moncloa, en las afueras de la Villa. ¡Bárbaros!

Aquella mañana, Mariano, me comía la zozobra y la prisa. Todo estaba preparado excepto el betún, el humilde betún de Judea que tanta falta me hacía y en lugar alguno de la Villa y Corte hallé. Demasiado bien sabes con qué ansia esperaba la siguiente jornada, lunes de mercado en la Villa, lunes dos de mayo, día en que un comerciante importador de barnices y telas había de traerme, tal fue el acuerdo, la negra maravilla. Ni una sola nube en el cielo. El tiempo era estable, también mañana luciría esplendido, estaba seguro. No fue el clima, mi fiel criado, lo que estropeó nuestra pequeña hazaña. ¡Maldita guerra! ¿Te acuerdas de aquel borrachín que se acercó a gritarle a la guardia lo que tantos pensaban? “¡Mueran los gabachos!”. Lo vimos juntos desde la ventana: los soldados lo encontraron entre la multitud y lo llevaron a rastras hasta desaparecer por la puerta del Hospital. Todos sabíamos a qué habían dedicado los franceses el patio del Buen Suceso, y los más piadosos rezaron por su alma. Sé lo que muchas veces me repetiste, y otras tantas te contesté lo mismo: no es Francia quien ordena eso, sino la ambición personal de Murat, de Grouchy, de Lafranc, de tantos otros malos hijos de la Revolución.”

Abandona los anteojos sobre la mesa y se pasa la mano por la cara, quizá cansado del eterno dilema; se incorpora con dificultad para deambular sin rumbo por la habitación durante unos segundos. Vuelve a tomar la pluma. “No lo sé, no lo sé. Más arriba te dije ‘he librado a mi espíritu de la terrible duda’, y ahora me siento, como otras veces, sumido de nuevo en la perplejidad y el embarazo de constatar que las ideas siguen fluyendo espesas desde la cabeza hasta el corazón. De todos modos, cómo habría yo, pobre de mí, de despejar esta incertidumbre, cuando esclarecidos prohombres, ilustres eruditos mucho más lúcidos han viajado con ella hasta la tumba. Me siento fatigado, Mariano. Qué mala suerte, qué inmensa desventura haber elegido justamente aquel día para pasar a la historia.”

Durante toda la madrugada del uno al dos de mayo, Miguel Alcalón trabajó ajeno al repiqueteo de los cascos de los caballos franceses en el empedrado de la Calle Mayor, de las carreras, los gritos y algún trabucazo. Haciendo y deshaciendo, ajustando los últimos detalles, dándose a sí mismo las consignas finales. Nada sobraba ni faltaba si el mercader de barnices cumplía con su palabra y le proporcionaba al amanecer el deseado ungüento. Su criado Mariano le ayudó a colocar en el centro de la habitación, frente a la ventana, un viejo pedestal de mármol del que previamente habían apeado el busto de su abuelo, brigadier a las órdenes de Vendôme muerto en la Batalla de Villaviciosa. En su lugar, Miguel Alcalón colocó solemnemente la caja de madera con la que trabajaba desde hacía meses, una vieja cámara cedida por uno de sus muchos amigos pintores. Finalmente, situó en su interior una placa nueva, a estrenar para la gran ocasión, fabricada según sus indicaciones y con materiales por él aportados, por los más finos herreros del Barrio de las Maravillas. Nadie, excepto el propio Duque, conocía el objeto de su trabajo.

“Los chisperos de Maravillas me llamaban ‘el Duque de Plata y Plomo’, alborotaban y curioseaban, pero se afanaban sin protestar, mis buenos dineros me costaba, en conseguir las planchas que les pedía, mixturas que yo remataba a solas en mi habitación haciendo uso de los últimos frutos de la moderna alquimia. Volví una vez más a las viejas experiencias de los pintores medievales, tan perfectamente descritas por Leonardo, bebí de los descubrimientos de Schulze, de los estudios ginebrinos de Sénebier, de la labor del inglés Wedgwood, el que más cerca estuvo. Todos ellos razonaron en mi misma dirección, pero ninguno halló la clave. Ni siquiera tú sabías qué había de suceder una vez todo dispuesto. Aún sonrío, perdóname, al recordar tu cara de estupor cuando te conté lo que pretendía. Ocho horas, te dije, qué son ocho horas en el conjunto de la existencia no de un hombre, sino de la humanidad entera.”

El amanecer del dos de mayo le sorprendió preparando los últimos detalles. No se equivocó en el pronóstico: clareaba ya sobre la fachada del Hospital, anunciando un cielo impecable para el resto del día. Cerca de las seis y media, no quiso esperar más. Ya en la calle se dio cuenta de que aún faltaba más de media hora para el momento del encuentro y decidió deambular bajo la raya del alba. Cruzó la Puerta del Sol hasta alcanzar la Calle del Arenal y desde allí, antes de llegar a la barrancada en que la vía terminaba, tomó la Constanilla de los Angeles y subió por los Caños del Peral hasta alcanzar la puerta principal del Convento de Santo Domingo, lugar de la cita. Por todas partes vio soldados franceses con los nervios a flor de piel, observando con desconfianza a cada uno de los viandantes.

“Ya en Santo Domingo, sentí un inopinado temor ante la posibilidad de que mi hombre hubiese preferido, como otros tantos, no acudir al mercado de los lunes en lugar tan cercano a Palacio. Vana aprensión, mi querido Mariano: bien sabes, porque me viste llegar con él, que el mercader de barnices me esperaba para entregarme mi betún de Judea. Ya conoces lo que ocurrió en la plazuela, porque mil veces te lo he contado. El alboroto, los disparos de artillería y los dos espantosos cañonazos. Pagué muy bien pagada mi mercancía y aguanté abrazado a mi botellón, descubriendo mi propio rostro en el del resto de las gentes que allí nos hallábamos, transeúntes comunes e inocentes, hombres a los que el mercado o la curiosidad por los sucesos habían empujado hasta el lugar. Mi buen amigo Blanco White estaba entre ellos, ahora lo veía. Nos saludamos con miradas incrédulas, quedos cada uno en su sitio. Todo se precipitó, Mariano. “¡A las armas, que se nos los llevan!”. Vi hombres caer ensangrentados y otros correr como quien huye del diablo. Excuso relatarte de nuevo la dolorosa combinación de emociones y sentimientos dispares y aun encontrados que en aquellas circunstancias me atenazaba. Qué mala suerte, Mariano, que atroz fatalidad haber escogido aquel día para pasar a la historia. Una bala perdida rozó mi envase, astillándolo y haciendo brotar de su interior gotas cada vez más gruesas de mi precioso líquido. Aquello me devolvió a la realidad que hasta allí me había llevado. Debía volver y cumplir con mi propósito”.

El Duque detiene la escritura, comprueba la hora, abandona la pluma en el tintero, se levanta y se dirige hacia el vestidor para escoger el atuendo que lucirá en tan señalada ocasión. Pero la rueda de la memoria, una vez puesta en marcha, se resiste a frenar. Vuelve sobre el papel dispuesto, quizá, a ajustar treinta y un años después las cuentas definitivas con el mayo de 1808 en Madrid. “Mientras corría hacia casa, con la garrafa fuertemente abrazada y la seda de mi pañuelo apenas conteniendo la hemorragia que de ella manaba, temiendo por la integridad del recipiente más que por mi propia vida, crecía en mí el convencimiento de que sería ese día o no sería nunca, dado el cariz que los sucesos tomaban. Me crucé con gentes de todas las calañas, pero todos ellos chillaban y corrían. ¡A Monteleón, por Fuencarral a Monteleón! voceaban como monstruos heridos tropeles de manolos que remontaban la Calle de la Montera para concentrarse en la Red de San Luis. No era difícil adivinar su intención, y lo que hoy sé otorga la razón a mi intuición de entonces: desde allí seguirían por la Calle de Fuencarral hasta llegar al Parque de Artillería, lugar entonces en las afueras de la Villa, polvorín del ejército donde se guardaban armas de fuego que aquellas hordas estaban sin duda dispuestas a utilizar contra los franceses.

Bien sabes con qué premura te apresté a que me abrieras la puerta, y demasiado bien recuerdo yo tu mirada de pánico. Señor, no pretenderéis, en esta circunstancia… ¡Lo haremos, Mariano, lo haremos! Esto de la calle pasará, dije perorando con necia soberbia, lo arrojará la historia por sus desagües, pero lo que haya de ocurrir hoy en esta casa sobrevivirá a todas las coyunturas, y a poco que la fortuna me sonría, habrá de darnos notoriedad y riqueza. Solo ahora sé hasta qué punto me equivocaba. Quizá fue la mención a la futura abundancia lo que venció, mal que bien, tu feroz resistencia a cumplir con el plan previsto. Abrí de par en par las ventanas y reparé nuevamente en lo azul del cielo. ¡Cómo dejar escapar la ocasión! La imponente figura del Buen Suceso me aguardaba, me pareció que hasta con impaciencia. Mi fiel Mariano, mi único, mi más leal ayudante. Abrí la vasija y unté la placa con el betún que sobrevivió a la fusilería francesa. ¡Claro, claro que sí, aquello era lo que tanto había buscado, por fin estaba ante mis ojos! El metal tomó entonces el aspecto y la consistencia que imaginé en mis mejores ensueños. Al fin hallaba un buen lienzo que ofrecer a la luz. Presa de una febril excitación, con la placa así preparada en las manos, a punto de introducirla en la caja de madera, te repetí: solo ocho horas. Aún recuerdo tu gesto mientras oteabas aprensivamente el fragor incesante de la batalla callejera. Y tus palabras, tan medrosas como escrupulosas, mi buen criado: ‘Olvidaba decirle que el señor tiene visita’. Te mandé callar vehementemente. Mi pobre Mariano ¿con qué emociones evocarás ahora todo aquello? Ajusté la lente al pequeño orificio y coloqué por fin la plancha en el interior de la cámara oscura. Ocho horas de exposición y todo habría terminado. Mi sueño, mi locura, mi fiebre…Ya no escuchaba nada, ni veía más cosa que la figura del Hospital del Buen Suceso, enfrente de mi impaciencia. Qué espléndido cuadro había de pintar la luz.”

En el hotel, el Duque vuelve a abandonar la pluma sobre la carta inacabada y empieza a vestirse pausadamente, observando los reflejos afilados que la luz parisina le arranca al Sena, un río, este sí, digno de una corte. Qué poco le recuerda el majestuoso curso de agua al escuálido y atribulado Manzanares. Pero no es Miguel Alcalón hombre desagradecido y rememora con cierta melancolía el alivio que los paseos por sus riberas le prestaron tras abandonar el hospital y volver a casa, mutilado, desmoralizado, doblegado a la cruda realidad de su atolondrado y convulso país. Qué distinta le resulta París, la Francia que vio desde su coche durante el viaje. A medio vestir, no puede evitar volver a sentarse frente a la ventana y retomar la escritura. “Consumí las ocho horas procurándole un lugar más seguro a lo que quedó del betún, preparando nuevas placas, haciendo nuevos cálculos. Me ayudaste lealmente a pesar del pánico que con toda lógica te provocaban los ecos de la terrible lucha que erizaba las calles, de los respingos que te provocaban cada explosión, cada porrazo o sacudida. Penetré en el salón, ya no recuerdo para qué, y vi allí de pie a un hombre que me daba la espalda, observando en absoluto silencio a través de la ventana los sucesos de la calle.

‘El señor tiene visita’, recordé. Reconocí enseguida su singular figura. Le llamé con apenas un balbuceo: ‘Paco’. No se inmutó. Quise hablarle, decirle que la cámara oscura que me regaló como un gesto de amigo iba seguramente a pasar a la posteridad gracias a mi experimento. No lo hice, porque supe rápidamente que nada podía escuchar. A través de la ventana, más allá de su espalda, vi lo mismo que él veía. Más tarde se supo que el tiro que alcanzó al comandante de la columna de mercenarios mamelucos había partido de una de las ventanas de la vivienda de Gabriel Bález, el rico comerciante socio de Miguel Goicoechea, consuegro a su vez de Francisco de Goya, el hombre que con el gesto crispado observaba la escena desde la cristalera de mi salón. Cuando en la plaza no quedaba otra cosa que cadáveres de caballos y gentes, Paco no miró más. Se volvió, descubrió mi presencia, me miró fijamente a los ojos en absoluto silencio y desapareció escaleras abajo sin decir una sola palabra. Créeme, Mariano: a pesar de la dantesca escena a la que acababa de asistir y de todas las similares que durante los años siguientes salpicaron nuestra piel de toro, las que presencié y de las que tuve noticia, mi más lastimoso recuerdo de la Guerra, la imagen más atroz que de tantos bárbaros desastres guardo es la de aquellos ojos dolientes y desbaratados que tan mudos me miraron en aquella ocasión.” 

Alguien llama a la puerta de la habitación del hotel parisino donde el anciano Duque de Esquivias continúa escribiendo: su coche, señor, le está esperando abajo. Enseguida estoy listo, responde con voz cansada. “Tengo que irme, mi querido amigo. Me espera mi cita con el pasado. ¿O es quizá con el futuro? Atisbo ahora que estas pocas letras, lejos de aclarar mi mente, están contribuyendo a aumentar la turbación que estos recuerdos siempre me provocaron. Yo conseguí lo que ahora, treinta y un años después, va a ser presentado dentro de unos minutos en sociedad como un hallazgo que contribuirá a hacer avanzar la civilización. Será en París, no en Madrid. Quizá puedas pensar ahora, al albur de estas reflexiones, que el perverso duende del destino  lo dispuso todo para que la gloria que a mí me negó una estúpida guerra contra los franceses sea hoy recogida precisamente por un francés, en la capital de Francia.

Pero yo recuerdo muy bien el rostro de aquel sargento francés cuando vio lo que yo sostenía en las manos. ¡Lo recuerdo con tanta precisión! Pasaron las ocho horas, las peores horas de tu vida, estoy seguro. Temblando por la prisa y la ansiosa impaciencia, procedí a retirar la placa emulsionada del interior de la caja. Tú me has dicho en más de una ocasión que ya entonces sonaban pasos en la escalera. Yo no podía escuchar nada, no hubiese atendido ni al estruendo que acabase con el mundo. Compuse los últimos procedimientos y dispuse las correcciones convenientes, y allí, en la placa de metal y betún, entre mis manos, estaba el viejo Hospital del Buen Suceso, tan nítido como impávido y distante, ajeno al derrotero de los eventos, de las zozobras y de los triunfos cotidianos. Como yo mismo. Los pasos de la escalera, ya lo sabes, eran los de un sargento francés y su escolta; la osadía de Gabriel Bález había provocado el implacable rastreo de todas las viviendas de la plaza, y fue en ese preciso instante, mi momento de gloria, cuando le tocó a la mía.

Penetraron en la estancia derribando la puerta. Saltaste por la ventana, luego lo supe, porque yo entonces no podía ver sino mi propia obra, al fin rematada, ni escuchar otra cosa que los latidos de mi corazón. Los soldados de la escolta te persiguieron desandando la escalera, pero el sargento se quedó junto a la hundida puerta, con la pistola cargada apuntando hacia mi cabeza. Sin embargo, aturdido por lo que veía entre mis manos, devolvió el arma a su cinto en completo silencio. Sudoroso por la refriega y con la respiración jadeante, se acercó con quedos pasos hasta mí, observó unos segundos con ojos turbados la plancha de metal que yo sujetaba con ansiosa emoción, giró incrédulo la cabeza hacia la ventana para observar el Buen Suceso y luego retrocedió lentamente sin dejar de mirar la estampa impresionada en la lámina metálica, murmurando en francés palabras de estupor y admiración. Probablemente durante esos breves segundos pudieron oírse otra vez pasos en la escalera, pero ni aquel sargento ni yo los escuchamos. Lo que vino después demasiado bien lo sabes: los sañudos chisperos que entraron gritando en la habitación, las puñaladas traperas, el trabucazo insidioso que acertó de lleno en la placa y me arrancó de cuajo el medio brazo que me falta. Destruyeron, al innoble y consabido aullido de ‘maldito afrancesado’, cuanto encontraron en aquella estancia.”

El Duque se restriega de nuevo los ojos y al apartar la mano percibe humedad en los dedos. Señor, su coche, se le hace tarde. Dirige la mirada nublada una vez más hacia el Sena. “París, que gran ciudad… ¿Sabes cuál era mi pequeña fantasía, mi proyecto más personal y querido? Soñaba, como un amante excitado esperando su encuentro, con emplear aquel método para plasmar los rincones más queridos de mi patria íntima, los lugares en los que crecí paseando, estudiando o enamorando. Pude esculpir con luz Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Portillo de Embajadores o la misma Mariblanca, y hasta vuestro venerado Puente de Toledo. Me siento viejo. Ahora no lo haría. No amo Madrid. Hoy solo me parece la confusa capital de un país desquiciado y extravagante.

Tengo que irme, Mariano. Acudiré a la puerta de la Academia de las Ciencias y esperaré a ver pasar, como un curioso más, a ese maquetista con su logro: un bodegón -un rincón de su casa con un vulgar cesto, ya ves- según he sabido. No soy invitado al acto, nadie me conoce. Nadie, salvo tú y yo, sabe que lo hice. Puedo imaginar la pregunta que te ronda de nuevo, la que en tantas ocasiones no te atreviste a hacerme. Voy, no obstante, a contestarla: aquella andanada no solo me arrebató el brazo, sino también algo más intangible y hondo; me arrancó la curiosidad, el afán de saber, el hambre de ciencia que hasta entonces nunca pude saciar. Pasé un año en el Buen Suceso lamiendo mis heridas y luego caí, como bien sabes, postrado en el desaliento que me encerró en casa. Rompí, en definitiva, todos los lazos con una absurda nación que nunca ha merecido, nunca merecerá, los frutos de mi ingenio.”

El Duque se ajusta el corbatín y termina de atusarse frente al espejo. “Adiós, Mariano. Creo que pasaré unos días en París. Mañana podré verlo cómodamente, se expondrá para el vulgo en una galería cercana al Palacio del Louvre”. Dos años después, Miguel Alcalón, Duque de Esquivias, murió en la habitación de su hotel parisino. Nunca regresó a Madrid. Como un fiel y anónimo devoto, acudió cada mañana de esos dos años al salón donde se exhibía para el púbico el más antiguo de los llamados daguerrotipos, primera muestra reconocida por la ciencia y la opinión pública de la técnica fotográfica.

137 comentarios

  • [MENSAJE DE LA DIRECCIÓN]

    ÇhøpSuëy Fanzinë Øn Thë Røcks les invita a colaborar en la elaboración de su próximo proyecto, el Fanzinë ÇhøpSuëy… ¡en formato revista!

    Sí, amigos, ha llegado el momento de enseñar al mundo qué fácil es hacer una revista que nadie echa de menos en los kioskos. Por eso la editaremos en formato PDF con un número aún indeterminado de páginas que ustedes podrán leer cómodamente en sus ordenadores, en sus Kindle, en Isuu o imprimirla a todo color, o en blanco y negro si quieren ahorrar. También podrán regalarla, enviarla por correo o guardarla en una memoria USB y enviarla al espacio junto a las cenizas de su perrito Pichón, para que giren en órbita geostacionaria hasta que sea descubierta por una civilización alienígena que no tendrá ni lectores USB ni sentido del humor.

    Sin haber decidido aún cuántos números publicaremos a lo largo del año, sí les adelantamos que la parte central de cada número tendrá formato monográfico. Y como deseamos que Fanzinë ÇhøpSuëy sea también un proyecto colaborativo, queremos animarles a participar en su elaboración. Podrán hacerlo de las siguientes maneras:

    – Enviando textos o ilustraciones sobre el tema monográfico previsto a secretaria@chopsuey.es
    – Colaborando en la sección El Arte del Siglo, en donde pediremos su opinión sobre los grandes productos culturales que nos han hecho como somos.

    A cambio les daremos momentos de diversión, un ámbito bucólico, un futuro venturoso y mucho amorl, y les ayudaremos a propagar su fama —incluida la mala— por todo el orbe. Hay cosas que no se hacen por dinero, como el amor verdadero, los maceteros de macramé y los sonetos con estrambote.

    EL PRIMER MONOGRÁFICO
    El tema monográfico del primer número es DECONSTRUCCIONES y estaremos encantados de recibir textos de entre 300-700 palabras que deconstruyan el cine, la política, la arquitectura con palillos, la alta costura, la gastronomía televisiva, los carnavales de Tenerife, la caída de Occidente, el ciclismo por acera, la cunnilingüística comparada (¿comparada con qué?) o cualquier tema que les apetezca deconstruir, incluidos los serios. Si no quieren deconstruir, pueden limitarse a destruir, que es más rápido. Aquellos de ustedes que se sientan capaces de realizar un microensayo con todas las de la ley pueden rebasar el límite establecido y demostrarnos por qué fue injusto que les quitaran aquella beca del CSIC.

    EL ARTE DEL SIGLO
    La sección El Arte del Siglo se compondrá como un mosaico de comentarios sobre las grandes obras culturales del siglo XX. Para cada número haremos una pregunta muy sencilla y ustedes podrán colaborar dejando un comentario en ÇhøpSuëy de un máximo de 15 líneas. Por cuestión de diseño y espacio será imposible publicar todos en la edición impresa, así que escogeremos aquellos que destaquen por su elegancia, ingenio, inteligencia, sentido del humor, perspicacia, grado de delirio o cualquiera de esas virtudes que les han hecho como son y por eso les queremos; más o menos. En todo caso, todos los comentarios serán recopilados y pasarán a una sección especial de ÇhøpSuëy Fanzinë Øn Thë Røcks con la esperanza de que, pasados unos años, El Arte del Siglo se convierta en una referencia ineludible, sea para los estudios de Arte o para los de Psiquiatría.

    Y para este número empezaremos con una pregunta fácil:
    ¿Cual es su novela favorita del siglo XX y por qué?

    Para colaborar en la sección, titulen su comentario MI NOVELA FAVORITA DEL SIGLO XX. Tómense su tiempo y piensen que su respuesta no tiene por qué ser necesariamente sincera. Su novela favorita, la que más veces han leído y han disfrutado, puede ser “Los Cinco se ven en apuros”, de Enid Blyton, pero quizá prefieran que no sepamos la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad. Échenle una pizca de literatura, convenzan a los lectores de ambos sexos de ÇhøpSuëy de que están desaprovechando su existencia si no leen “El olor del tigre”, de Byly Ambipur.

    PLAZO
    El plazo para la recepción de colaboraciones en ambas modalidades (recuerden, también ilustraciones) se cierra el 8 de marzo de 2015, día de la mujer trabajadora u ociosa. Luego montaremos la revista. Tienen ustedes tres semanas. ÇhøpSuëy llama a su puerta. El futuro les espera. Ya están tardando.

  • Preciosa historia. Ser el primero no siempre es una ventaja; hay que tener suerte con el dónde. Y España siempre ha sido mal sitio para ciertos logros.

  • Yo también tengo una concentración merluza para la lectura en pantalla, a partir de unas mil palabras me empieza una cuesta arriba que me roba más y más comprensión y disfrute, y que me mete en una pelea que no me pasa con el papel, el papel te deja más libertad para irte un poco y volver, ir y volver, es porque también lees con las manos, me parece. No es una crítica al escrito de Albert, que es un verdadero luxus, solo mi testimonio palurdo y analógico.

  • 23 de febrero de 2015 a las 06:49 gachoinlowercase
    (Le han dado a Ida el Oscar a la mejor película de habla no inglesa
    Al parecer el jurado fue haciendo guardias de 10′ para no dormirsela entera. Todos coincidieron en que habían sido los diez mejores minutos de la Historia del cine q habían visto jamás. Y le han dado el Oscar.)

    Gata, qué mala sos. Ida es de güena que te mueres y no es nada aburrida.

  • Albert, gracias por el relato. Me ha traído a la mente aquella novela que recomendó Calaza, Un día de cólera, de Pérez Reverte. La ilustración de Perroan, harto instructiva.

    Atendiendo al público.

  • Ayer vi Ida, salvo 10′ KO. El polaco es potente narcótico, Proc. Si se ponen a hablar sin parar a rusos y alemanes seguro que ya no les invaden más, no importa lo que digan.

  • Hola, Bremaneur. Estaba preocupada y había escrito para ti unos versos imperecederos:
    Bremaneur, queremos sabeur
    si toses y esputas, si te duele la garganta.
    Ponte una corbata blanca,
    saca la manito de debajo de la manta
    y escribe un poquito, home.

  • Eso de «la manito» llama a numerosos equívocos, Proxuëy. Gracias por tus desvelos. Hacedme un poema con este verso: «Necesito que me cuiden enfermeras del amor».

  • PROCURO FIJARME
    ¿No veis que estáis todos equivocados en gustos y opiniones completamente?

    Ahí hay tela para una deconstrucción de 669 páginas, Proc. Un par de recortes y al bote de Bellpuig.

  • Gacho, gracias por tragártelo a pesar de la densidad. Y por lo de “interesante”, claro. A la otra historia que me colgaron aquí también le dedicaste palabras empezadas por “in”, que me acuerdo. En serio, gracias.

    Qué cierto, Gaussage, esa era la idea, sí. Muy amable.

    Procu, es larguito, sí. Gracias. Muy oportuno el aviso discreto además. Srta. Bellpuig, sé que no tengo perdón de Dios, pero concédame el suyo, que me interesa más: póngale el rejón a ese “esplendida” de la primera línea cuando pueda, por favor.

    Bremaneur, no he leído la novela, haré por remediarlo. Gracias a ustedes, por supuesto, también por la elección de la imagen: más apropiada, certera y, efectivamente, instructiva, imposible.

  • No he visto Ida, por puro despiste. Ni Birdman, ésta preventivamente por las mismas razones que dio Procu: Iñárritu sin Arriaga, ya lo demostró con aquella “Biutiful”, es otra cosa bastante peor. Pero en todo caso, cuesta creer que haya una película del año pasado mejor que Boyhood.

  • solo mi testimonio palurdo y analógico.

    Esto ↑ sucede ídem de lo mismo conmigo. Lo que pasa es que yo tengo mucho q aprender de doña Procuración, porque no quería ser irrespetuosa, es solo que, en la pantallita del móvil leer se hace bola.)

  • 23 de febrero de 2015 a las 11:48 BREMANEUR
    La ilustración de Perroan, harto instructiva.

    Gracias, compañero, qué bonita es la amistad. Pero te voy a corregir la frase para que se entienda todo en su auténtica dimensión, no sea qué:

    La ilustración foto de que ha robado Perroan de la entrada daguerrotipo de la Wikipedia, que parece ser una de las primeras de este tipo en España, es harto instructiva.

  • Birdman, película muy desaprovechada a la que redimen sus magníficos actores y su alarde estilístico y poético.

    Le gustará si…
    – le gusta el teatro
    – las historias de tipos desquiciados
    – es estudiante de técnica cinematográfica
    – pensaba que Michael Keaton necesitaba otra oportunidad

    La odiara si…
    – sufre al preguntarse en donde mueren los hilos argumentales que se abren y no se cierran
    – cree que Edward Norton se comía la pantalla y hubo que darle una patada en el culo
    – por más que le da vueltas no logra entender a qué viene el puto subtítulo de la película (La inesperada virtud de la ignorancia)

  • Me parece de gran justicia que “El gran hotel Budapest” de Wes Anderson, se haya hecho con los Oscar a la mejor banda sonora, diseño de producción, maquillaje y peluquería y mejor vestuario.

    Hecho en falta que no haya un Oscar al film más encantador, que siempre ganaría Anderson.

  • ¡¡Jodó Albert!! ¡¡Qué lujo tenerle en este nuestro fanzine!! (Aunque he de confesar que lo he tenido que leer dos veces, ya sabe usted que las rubias…)
    **
    Otra rubia que se ha salido hoy es lady Gaga, yo es que escucho mis cosas favoritas y me meo en las bragas.
    **
    Voy a ver de todas: Hotel Budapest y The Imitation Game. La primera porque la tengo bajada y la segunda porque la protagoniza Cumberbatch.
    Lo que yo desconocía es que Alan Turing se suicidó con una manzana envenenada que se quedó prendida en su boca, como Blancanieves. Años más tarde Steve Jobs homenajeó a Turing poniendo una manzana mordida como logo de su ordenata…y Monedero tapándola con una foto de Gramsci, es queeeee.)

  • 23 de febrero de 2015 a las 13:28 BONNIE
    yo es que escucho mis cosas favoritas y me meo en las bragas.

    Hostias, Parker, entre la blancura de nieve de las damas de antaño y el potorreo petardesco protoporno y protogay de las chicas Almodóvar digo yo que habrá un término medio. Que estamos perdiendo glamour y misterio, o sea.

  • Cuánto daño ha hecho Almonóvar. Imaginarsen a las gentes de 1930 hablando como Vallinclán. Pues eso, salvando las distancias que distancian al de Calzada de los Hermanos Calatrava del de Villanueva de Seat Arosa.

  • Almonóvar y los chistes y visajes de los monólogos han hundido España. Eso que dices una gracieta y te quedas como parao esperando el aplauso(*) del respetable es como para echar zotal en la tele.

    (*) Los aplausos, esa “distensión enérgica de la bestia humana fascinada”, que yo también cito a Bloy, pedante Gremanel.

  • A mi Birdman me gustó mucho por las razones brillante y escuetamente expuestas por Perroantonio. Y porque el alarde de técnica es justificado. Además creo que el espacio físico, el teatro en el que se desarrolla, viene a ser la cabeza del protagonista, un barullo lleno de pasillos estrechos y habitaciones revueltas. Y que en cuanto sale de ahí, donde las cosas mal que bien acaban encajando, todo es un auténtico desastre. Pero esto último quizá sea impresión descabellada fruto de una cabeza igual de revuelta.

  • Lo casto y puro, Perroantonio, en una dama es llevarlas. Y yo sigo el precepto inglés de Jane Austin y que toda dama debe seguir: Hagas lo que hagas, ponte bragas. o Whatever you do, always wear panties

  • Ahora que lo dice Adapts, he buscado al personaje y no lo he encontrado. He creído que era una fabulación y me ha encantado, luego pienso por qué. Creo que tiene que ver con la alegría de robar argo a los franceses.

  • Bonnie, Turing no se suicidó y menos con una manzana envenenada. La apertura de los archivos de SY lo ha dejado mas que claro. Esto ya se ha explicado aquí, no podemos estar siempre en la lección 1. No obstante, esa película sobre Turing es para mi la mejor de todas. Lo del Óscar a la mejor película resulta solo explicable por los complejos culturales de los gringos. Birdman es una película sencillamente grotesca y pretenciosa.

  • 23 de febrero de 2015 a las 14:56
    MARQUESDECUBASLIBRES
    Bonnie, Turing no se suicidó y menos con una manzana envenenada. La apertura de los archivos de SY lo ha dejado mas que claro. Esto ya se ha explicado aquí, no podemos estar siempre en la lección 1

    ¿¿Cómmoooor??? Aquí un matemático que cuestiona lo dicho por el Marqués.

  • Calaza indica en su artículo que su muerte fue ocasionada por arsénico.
    Yo he leído que el informe forense dictaminó la muerte por cianuro.
    Ejem.

  • La culpa es del fracking que lo dice tuister_666. A pesar de que no hay ninguna explotación funcionando en España. O sea del PP y/o der capitalismo.

  • Bonnie, Pirata, Adapts, gracias. El personaje es ficticio, puro teatro.

    Del (de los) DSM se habló en el NJ3, por ahí debe estar en los pecios. Si no recuerdo mal el Marqués le dedicó una entrada al último. Como en el caso de un manual de instrucciones o un diccionario (o hasta del tuister_666), los problemas, cuando los hay, no son responsabilidad de quien los elabora, sino de quien los utiliza, a veces saltándose limpiamente el sentido común porque eso es lo que ponía en mi libro.

  • Pirata Jenny (con dos días de retraso, uno les lee cuando puede), yo no tuve que mirar el poema de Kipling en Google, tuve un profe que nos lo hizo aprender de memoria, como una oración laica.

  • 23 de febrero de 2015 a las 18:00 Perroantonio

    Te vi a dar una colleja, verás.
    ***
    «El último hombre sano» es muy bueno, pero la propuesta de catalogar la felicidad como «major affective disorder, pleasant type», es insuperable, ni el Mundo Today:
    «One possible objection to this proposal remains that happiness is not negatively valued. However, this objection is dismissed as scientifically irrelevant».

  • Adaptaciones, Procuro. Por ser estadísticamente ínfimo el porcentaje de la población que es feliz, claramente está ha de ser catalogada como un estado no “normal”, sino patológico tirando a aberrante.

  • (No puedo leer tantos enlaces, Bonnie no lo sabe, pero también yo soy rubia.
    Sobre bipolares: mi profesor de prácticas de bioquímica. Está tan pallá que llevo 500 mL de cerveza y voy a abrirme 250 más. Necesito caer k.o pero k.o.)

  • Gata, no he entendido lo de la tarjeta de sonido de tu ordenador.
    (¿Qué es una tarjeta? … ¿Qué es el sonido?).
    ***
    De vez en cuando salen en la prensa informes sobre felicidad que hace no sé quién y te plantan los resultados estadísticos de encuestas: «¿es usted feliz?»
    ¿Y que responde la gente a tamaña pregunta? Por lo visto la gente dice que sí mayoritariamente, en unos países más que en otros y en España, por lo visto, mucho.
    Por qué. A mi modo de ver, hay dos caminos principales para la interpretación: a) la gente dice sí a todo, por si acaso; b) la gente es bastante feliz.
    Nota sobre b). La gente no es feliz, pero la gente se pone a pensar cuánto podría crecer su desgracia todavía y le dice al encuestador: «mira, pon un seis». Por si acaso.

  • A mí me parece que declarar que no eres feliz es como tirar la toalla, rendirte. Y la gente en el fondo, es muy de no rendirse.
    Nadie dice: “no soy feliz”. Decimos, dependiendo de la comunidad autónoma en la que residamos o nos hayamos criado “estoy hasta la figa” o sus acepciones correspondientes.
    Y en la línea de tu idea, Procurisima, tengo una amiga que dice “mi abuela decía que “que dios no nos envíe todo lo que podemos (ole) soportar””)

  • (Por cierto tú que entiendes mucho de eso: ¿si abro comillas dentro de una frase que ya había abierto comillas, tengo que cerrar con cuatro comillas?
    Jo, es que me pasan unas cosas)

  • 23 de febrero de 2015 a las 21:39
    ZEPPI

    ***
    Me quito la pamela ante su maestro, Zeppi.

    (Pero su maestro debió enseñárselo en alguna versión. ¿O se tiró al original?).

    ***
    Por desengrasar: aparte de mis relaciones adultas con Kipling, he gozado en mis propias carnes la producción de Disney de ‘El libro de la selva’ no una ni decenas, sino ciento veces, ciento por cada churumbel, se entiende. Casualidad que hoy lo hayan traído a colación, y hayamos bailado con ‘Busca lo más vital’ y el baile del templo perdido (qué marchón, levanta a un muerto). El doblaje es sencillamente una obra maestra. No es una licencia: pónganse la escena de los buitres andaluz, caribeño, argentino y mexicano.

    ¿Sabe alguien el nombre del guionista, del músico o de los dobladores? Pues eso (q.e.d.).

  • (Me he documentado y he descubierto que las (únicas) comillas que he estado utilizando yo, son las altas e inglesas.
    Pues se ha terminado, a partir de ahora voy a utilizar las rechonchas españolas y no mucho que las saco hasta con mantilla. ¡Pues sí señor!)

  • Perroantonio, ‘la inesperada virtud de la ignorancia’ es el título de la crítica teatral que, tras el estreno teatral, le pone la crítica teatral a su crítica. Teatral.
    – – – – –
    Birdman no está mal, pero el final alternativo (spoiler alert) la hubiera convertido en una película excelente.
    – – – – –
    Boyhood arrasó en los óscares como Nightcrawler arrasó en las nominaciones. Las dos mejores películas del año reciben así su merecida recompensa. No hay nadie que sepa menos de cine que las gentes del cine.

  • 24 de febrero de 2015 a las 09:34 MERCUTIO
    Perroantonio, ‘la inesperada virtud de la ignorancia’ es el título de la crítica teatral que, tras el estreno teatral, le pone la crítica teatral a su crítica. Teatral.

    Merçi. Manda eggs. Ya se me había olvidado.

  • 24 de febrero de 2015 a las 10:24
    MERCUTIO
    Más a mi favor.

    Cuando vivía en Ágreda se me ocurrió hablar de la intrusión de esa palabra en la rae y desde entonces alguno me sigue llamando “El Celerrón”, con ele.

  • Querida Pirata: el andaluz.

    El vídeo lo subí aquí o en otra parte. Pero verá que merece la pena. Fue uno de los grandes del doblaje en español de todos los tiempos. Los que crecimos disfrutando con las aventuras del gato gitano y los marditos roedores, podemos dar fe de ello.

  • 24 de febrero de 2015 a las 12:00
    Gómez . .
    Querida Pirata: el andaluz.
    ***
    Es usted un crack, Gómez. Anoche suponíamos que el doblador habría sido un republicano exiliado, pero no nos pusimos a investigar quién. Mis chicos se van a frotar las manos cuando lo vean. Ringraziata.

  • Sexo de establo y caballeriza… Me gusta.

    24 de febrero de 2015 a las 13:01
    MGAUSSAGE
    El capitalismo, como el amor y el sexo, o son salvajes o no valen la pena.

    Me contaba un amigo de una frase que había oído en una peli: «qué prefieres, ¿paz o amor?» Los dos nos desgañitábamos: PPPAAAAAAAAAAZZZZZZZ.

  • La versión de Disney de “El libro de la selva” es una maravilla. El doblaje, además, mejor que el original. Pero mostrarle a un niño esta película antes de haberle leído las historias que recoge Kipling bajo el mismo título es un crimen. A no perderse tampoco la adaptación que hizo Zoltan Korda para el cine a principios de los 40.

    Saludos.

  • Ayer fui a ver a los Heats frente a los 76ers. Como luego quería ir a cenar a Biscane Bay intente no “merendar”. A mi alrededor toda la peña comía y bebía sin parar. Me miraban con extrañeza y me ofrecían palomitas. Aquí el basket es a hostia limpia y todos negros. El triunfo de los Gasol se me antoja milagroso.

  • 24 de febrero de 2015 a las 00:19
    PIRATAJENNY
    ***
    Me quito la pamela ante su maestro, Zeppi.

    (Pero su maestro debió enseñárselo en alguna versión. ¿O se tiró al original?).
    ———————————————-
    La verdad es que era un profesor excepcional. Se llamaba Don Luis Lobato y enseñaba Química (y otras muchas cosas) en BUP y COU. Entre los antiguos alumnos del cole (Salesianos de Estrecho) con los que aún mantengo contacto, existe unanimidad en cuanto a que fue el mejor profesor que tuvimos. Las anécdotas que recordamos darían para un libro, nos enseñó a ver el mundo bajo un prisma racional y a confiar en nuestras propias fuerzas.
    En cuanto al poema de Kipling, nos lo enseñó tal y como lo transcribí en el post (revisándolo, he visto que en uno de los versos dice “agarran” cuando debería decir “agarren”), no sé de dónde lo sacaría, y yo me lo aprendí como el Padrenuestro. Por eso cuando leo alguna otra versión, recuerdo la mía como si fuera la “auténtica”, es la primera que conocí y me gusta la sonoridad y la cadencia que tiene (léase en voz alta para apreciarlo).

  • Aprovechando que tenía trabajo me he puesto a ver la serie. Es de un bujero enorme que hay en un portal de Madrid. Pues no está mal, ni los actores ni los ambientes, y el guión parece un amasijo pero puede tener su gracia. Pon un seis. Alguien tiene que decirle aquí, a Gómez, ¡GÓMEZ!: una mierda, ¿en comparación con qué? ¿Todas las series y todas las películas españolas? Muy mal dicho.
    Y la dicción está mejorando. Hoy por ejemplo, al Empecinado a una de estas se le ha podido oír claramente:
    «Voy-a-a-cu-dir-a-u-na-ci-ta» (en lugar de [vó-ya-cu-dí-ráu-na-cí-ta], que es como se habla en normal). Hijo, tú di todas las letras, le había dicho su madre por la mañana. Qué mala soy.

  • He visto esta semana Relatos salvajes, es buenísima. Me hizo pensar en eso de lo nuevo y lo repetido en la creación, porque las ideas de todas las historias me resultaban conocidas pero el conjunto es muy original. Y hablan en argentino y se les entiende todito. Una vez le dije a un argentino que estaba muy contenta porque el Papa era español y casi me pega una hostia. ¡Si yo se lo decía por la hermanación! A ustedes igual les parece una bobada ser hablantes de español. Pues no, es ENOMME.

  • Como es obvio, lo de las películas era una boutade por mi parte. (Lo de las series no.) El otro día, sin ir más lejos, estuve viendo una, titulada Platillos volantes, y me pareció magnífica. Además, la escribió un viejo amiguete, con lo que la satusfacción fue doble.

  • ¡Ay madre! Señä Procu está ustë consiguiendo que se me escape el pipí de lo que me hace reír, ¡me está ustë amariconando!