Buen suceso

Wikimedia-Daguerrotipo_de_MADRID,_hacia_el_año_1854
Por Albert.

“París. Qué espléndida ciudad, aun cansada y revuelta en mil batallas. Cuánta paz respira la capital de la guerra, siempre serena y siempre lúcida. Vasta, aseada y hermosa, digna corte del imperio que no llegó a ser. Pero qué sabes tú, si nunca saliste de nuestro pueblo. Grande y corte también, pero pueblo al fin.”

Desde la habitación de su hotel con vistas al Sena, Miguel Alcalón, Duque de Esquivias, escribe con mano temblona sobre cuartillas tan blancas que lastiman sus ojos viejos. “Tú y otros tantos que como tú consideráis sin fundamento que el Puente de Toledo es obra cumbre de la arquitectura, deberíais ver estos sobre el Sena y me daríais la razón sin dudarlo un instante. Hoy, en siete de enero de 1839, he pisado esta ciudad por vez primera, ya viejo y agotado, y no puedo evitar soñar que nunca salí de aquí, que nunca traté otras gentes que estas, cultivadas y libres, que siempre paseé por esta ribera y estos puentes orgullosos de su propia historia, la historia de Francia, cuna de la civilización y cabeza de la modernidad. Aquí se inventó el mundo, amigo mío.”

El Duque se ajusta los anteojos, mira una vez más por la ventana y continúa escribiendo con una sonrisa gastada en los labios. “Pero no el mundo entero, mi fiel Mariano, bien lo sabemos tú y yo. Hay algo, quizá una gota en el mar, tal vez todo un océano, quién lo sabe aún, que me corresponde. Deberías haberme acompañado y vivir este momento a mi lado, aunque mucho dudo que tú experimentases las extrañas e intensas emociones que a mí me embargan ahora, cuando estoy a punto de verlo al fin. Lo presentarán dentro de unas horas, con el patrocinio de un insigne diputado de la Asamblea y en la Academia de las Ciencias, como indiscutiblemente corresponde a tal circunstancia. No es envidia, puedo jurártelo, quizá sí desencanto y cierto pesar: nunca mi patria me hubiese ofrecido, llegado el caso, semejantes ventajas, de eso estoy seguro. Llevo más de treinta años viviendo en la certeza de que esto llegaría tarde o temprano y, créeme, nunca dudé de que París sería el lugar. Francia entera, tan viva y rutilante, tan lejos del polvo de nuestras calles y el hollín de nuestras plazas. 

Treinta y un años atrás, ¡qué tiempos! Tú te acuerdas tan bien como yo, estoy convencido. ¡Madrid! El pueblo de Madrid, tan dado a la asonada desde los tiempos de Esquilache. ¡Qué venga el Rey a la Plaza Mayor! En el fondo el pueblo de Madrid nunca ha sabido decir otra cosa. Mi padre presenció el motín y ya entonces constató que, una vez el Rey Carlos en la Plaza tal como se le solicitó, los cabecillas de la revuelta no supieron por dónde empezar a pedirle. Acaso no querían más que eso, ver al Rey en la Plaza Mayor y hacerle saber que a ellos, menudos son, nadie les da gato por liebre. Nada más. Dime si no ¿qué querían las gentes de aquel mayo infausto? ¿En qué se agravió tanto a aquellos chisperos y a aquellas manolas, que con tanta saña rechazaron a quien venía a sacudirles el polvo de los siglos? Yo, que siempre viví con la duda, la terrible duda que nubló durante tanto tiempo mi alma y la de otros muchos que como yo sufrieron y sufren el repudio del bendito pueblo, afirmo ahora, desde París, rendido de admiración, que he librado a mi espíritu de todos los escrúpulos y proclamo a los cuatro vientos que aquella guerra fue un pavoroso disparate.”

Treinta y un años atrás, en el año de 1808, la primavera asaltó Madrid precipitada e impetuosa. El Duque de Esquivias abandonaba para esas fechas la costumbre de pasear a la mañana por el Prado, justo en el tiempo en que las gentes, para sacudirse la raspa del duro invierno de la Villa, acudían en tropel al llamado Salón o, en los días de fiesta, a lo que todavía -aun cuando ya era frecuentado con ese mismo nombre más de cincuenta años atrás- se llamaba Prado Nuevo, a la espalda de San Isidro. “En cuanto asomaba la floración me encerraba en casa el día entero. Ni a mí ni a mis pulmones nos gustó nunca el bullicio primaveral. Bien es verdad que aquel primer día de mayo yo estaba especialmente agitado, por las razones que a buen seguro recuerdas, las mismas que ahora, treinta y un años más tarde, me han traído hasta París. Razones que nada tienen que ver con las que mantenían por aquellas fechas a los habitantes de la Villa en un estado de sorda y maligna excitación, caldo de cultivo, bien se ha dicho desde entonces, de todas las desgracias, gestas heroicas para algunos que no para mí, que a partir de allí vinieron sucediéndose.”

El Duque detiene un instante la pluma sobre el papel y prende sin querer la mirada de las aves que revolotean sobre los barcos del Sena: son las únicas manchas de un cielo azul radiante. El día trajo una luz limpia y honesta que entra por la alcoba a raudales, apenas tamizada por los ventanales, inundando hasta el último de los rincones, luz perfecta de mediodía que afila los contornos y realza los contrastes. Observa en la cuartilla la densa sombra de la pluma que sostiene con su única mano y sonríe como un homenaje privado a su propia vida. “Luz que acaricia, que dibuja lo que toca y compone lienzos por sí misma, más certera que el mejor de los pintores. Siempre lo supe. Solo había que encontrar la tela adecuada y ofrecérsela. En ello me afanaba en aquella mañana madrileña, primero de mayo de 1808.”

Esa mañana sorprendió al Duque como tantas otras desde hacía meses, después de apenas un par de horas de sueño, apoyado en el quicio de la ventana de su casa, llamada de las Soleras, en el principio de la Calle Mayor, antigua mancebía protagonista de algún romance del poeta Quevedo, que su padre compró a un conde arruinado. Ni una sola nube en el cielo. Luz perfecta de mediodía de primavera. Había acondicionado para trabajar una habitación de la casa que habitaba con la única compañía de su criado Mariano Ponce, la mayor y mejor iluminada, la que daba a la Puerta del Sol. Trabajaba allí día y noche, presa de la impaciencia y de la alergia a los efluvios de las flores del Prado, del Retiro y de otros lugares a los que la gente acudía después de ir a misa, en domingos como este. También la Puerta del Sol, que la mirada del Duque abarcaba enteramente desde aquella ventana, se llenaba de paseantes los días de fiesta. El Hospital del Buen Suceso, situado entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, hogar de enfermos y lisiados de guerra a los que la Corona concedía este mínimo asilo, estaba justo enfrente de la ventana del Duque, al otro lado de la Plaza.

Lo miré tanto, a tantas horas y durante tanto tiempo, intentando apreciar cada detalle, observando las sombras que el amanecer proyectaba en la fachada, los perfiles que la luz del mediodía le recortaba, las aristas que palidecían y acababan difuminándose al atardecer… quién habría de decirme entonces que pasaría un largo año entre aquellos muros, como uno más de los tullidos a quienes entonces yo ignoraba”. Ahora percibe la mano que no tiene, como un rescoldo impreciso más allá del muñón que zanja el brazo a la altura del codo. Le ocurre siempre que rememora aquellos días extraños en Madrid. “Para mí, aquel edificio, el Buen Suceso, era entonces solo un desafío, como el bloque de mármol que el escultor contempla intuyendo que ahí dentro está su obra, como un lienzo vacío antes de dar la primera pincelada… He oído últimamente, antes de iniciar el viaje hasta aquí, que el Ayuntamiento está pensando en derribarlo y trasladar a los mutilados a otro lugar, frente al palacio del Duque de Liria, muy cerca del Soto de la Moncloa, en las afueras de la Villa. ¡Bárbaros!

Aquella mañana, Mariano, me comía la zozobra y la prisa. Todo estaba preparado excepto el betún, el humilde betún de Judea que tanta falta me hacía y en lugar alguno de la Villa y Corte hallé. Demasiado bien sabes con qué ansia esperaba la siguiente jornada, lunes de mercado en la Villa, lunes dos de mayo, día en que un comerciante importador de barnices y telas había de traerme, tal fue el acuerdo, la negra maravilla. Ni una sola nube en el cielo. El tiempo era estable, también mañana luciría esplendido, estaba seguro. No fue el clima, mi fiel criado, lo que estropeó nuestra pequeña hazaña. ¡Maldita guerra! ¿Te acuerdas de aquel borrachín que se acercó a gritarle a la guardia lo que tantos pensaban? “¡Mueran los gabachos!”. Lo vimos juntos desde la ventana: los soldados lo encontraron entre la multitud y lo llevaron a rastras hasta desaparecer por la puerta del Hospital. Todos sabíamos a qué habían dedicado los franceses el patio del Buen Suceso, y los más piadosos rezaron por su alma. Sé lo que muchas veces me repetiste, y otras tantas te contesté lo mismo: no es Francia quien ordena eso, sino la ambición personal de Murat, de Grouchy, de Lafranc, de tantos otros malos hijos de la Revolución.”

Abandona los anteojos sobre la mesa y se pasa la mano por la cara, quizá cansado del eterno dilema; se incorpora con dificultad para deambular sin rumbo por la habitación durante unos segundos. Vuelve a tomar la pluma. “No lo sé, no lo sé. Más arriba te dije ‘he librado a mi espíritu de la terrible duda’, y ahora me siento, como otras veces, sumido de nuevo en la perplejidad y el embarazo de constatar que las ideas siguen fluyendo espesas desde la cabeza hasta el corazón. De todos modos, cómo habría yo, pobre de mí, de despejar esta incertidumbre, cuando esclarecidos prohombres, ilustres eruditos mucho más lúcidos han viajado con ella hasta la tumba. Me siento fatigado, Mariano. Qué mala suerte, qué inmensa desventura haber elegido justamente aquel día para pasar a la historia.”

Durante toda la madrugada del uno al dos de mayo, Miguel Alcalón trabajó ajeno al repiqueteo de los cascos de los caballos franceses en el empedrado de la Calle Mayor, de las carreras, los gritos y algún trabucazo. Haciendo y deshaciendo, ajustando los últimos detalles, dándose a sí mismo las consignas finales. Nada sobraba ni faltaba si el mercader de barnices cumplía con su palabra y le proporcionaba al amanecer el deseado ungüento. Su criado Mariano le ayudó a colocar en el centro de la habitación, frente a la ventana, un viejo pedestal de mármol del que previamente habían apeado el busto de su abuelo, brigadier a las órdenes de Vendôme muerto en la Batalla de Villaviciosa. En su lugar, Miguel Alcalón colocó solemnemente la caja de madera con la que trabajaba desde hacía meses, una vieja cámara cedida por uno de sus muchos amigos pintores. Finalmente, situó en su interior una placa nueva, a estrenar para la gran ocasión, fabricada según sus indicaciones y con materiales por él aportados, por los más finos herreros del Barrio de las Maravillas. Nadie, excepto el propio Duque, conocía el objeto de su trabajo.

“Los chisperos de Maravillas me llamaban ‘el Duque de Plata y Plomo’, alborotaban y curioseaban, pero se afanaban sin protestar, mis buenos dineros me costaba, en conseguir las planchas que les pedía, mixturas que yo remataba a solas en mi habitación haciendo uso de los últimos frutos de la moderna alquimia. Volví una vez más a las viejas experiencias de los pintores medievales, tan perfectamente descritas por Leonardo, bebí de los descubrimientos de Schulze, de los estudios ginebrinos de Sénebier, de la labor del inglés Wedgwood, el que más cerca estuvo. Todos ellos razonaron en mi misma dirección, pero ninguno halló la clave. Ni siquiera tú sabías qué había de suceder una vez todo dispuesto. Aún sonrío, perdóname, al recordar tu cara de estupor cuando te conté lo que pretendía. Ocho horas, te dije, qué son ocho horas en el conjunto de la existencia no de un hombre, sino de la humanidad entera.”

El amanecer del dos de mayo le sorprendió preparando los últimos detalles. No se equivocó en el pronóstico: clareaba ya sobre la fachada del Hospital, anunciando un cielo impecable para el resto del día. Cerca de las seis y media, no quiso esperar más. Ya en la calle se dio cuenta de que aún faltaba más de media hora para el momento del encuentro y decidió deambular bajo la raya del alba. Cruzó la Puerta del Sol hasta alcanzar la Calle del Arenal y desde allí, antes de llegar a la barrancada en que la vía terminaba, tomó la Constanilla de los Angeles y subió por los Caños del Peral hasta alcanzar la puerta principal del Convento de Santo Domingo, lugar de la cita. Por todas partes vio soldados franceses con los nervios a flor de piel, observando con desconfianza a cada uno de los viandantes.

“Ya en Santo Domingo, sentí un inopinado temor ante la posibilidad de que mi hombre hubiese preferido, como otros tantos, no acudir al mercado de los lunes en lugar tan cercano a Palacio. Vana aprensión, mi querido Mariano: bien sabes, porque me viste llegar con él, que el mercader de barnices me esperaba para entregarme mi betún de Judea. Ya conoces lo que ocurrió en la plazuela, porque mil veces te lo he contado. El alboroto, los disparos de artillería y los dos espantosos cañonazos. Pagué muy bien pagada mi mercancía y aguanté abrazado a mi botellón, descubriendo mi propio rostro en el del resto de las gentes que allí nos hallábamos, transeúntes comunes e inocentes, hombres a los que el mercado o la curiosidad por los sucesos habían empujado hasta el lugar. Mi buen amigo Blanco White estaba entre ellos, ahora lo veía. Nos saludamos con miradas incrédulas, quedos cada uno en su sitio. Todo se precipitó, Mariano. “¡A las armas, que se nos los llevan!”. Vi hombres caer ensangrentados y otros correr como quien huye del diablo. Excuso relatarte de nuevo la dolorosa combinación de emociones y sentimientos dispares y aun encontrados que en aquellas circunstancias me atenazaba. Qué mala suerte, Mariano, que atroz fatalidad haber escogido aquel día para pasar a la historia. Una bala perdida rozó mi envase, astillándolo y haciendo brotar de su interior gotas cada vez más gruesas de mi precioso líquido. Aquello me devolvió a la realidad que hasta allí me había llevado. Debía volver y cumplir con mi propósito”.

El Duque detiene la escritura, comprueba la hora, abandona la pluma en el tintero, se levanta y se dirige hacia el vestidor para escoger el atuendo que lucirá en tan señalada ocasión. Pero la rueda de la memoria, una vez puesta en marcha, se resiste a frenar. Vuelve sobre el papel dispuesto, quizá, a ajustar treinta y un años después las cuentas definitivas con el mayo de 1808 en Madrid. “Mientras corría hacia casa, con la garrafa fuertemente abrazada y la seda de mi pañuelo apenas conteniendo la hemorragia que de ella manaba, temiendo por la integridad del recipiente más que por mi propia vida, crecía en mí el convencimiento de que sería ese día o no sería nunca, dado el cariz que los sucesos tomaban. Me crucé con gentes de todas las calañas, pero todos ellos chillaban y corrían. ¡A Monteleón, por Fuencarral a Monteleón! voceaban como monstruos heridos tropeles de manolos que remontaban la Calle de la Montera para concentrarse en la Red de San Luis. No era difícil adivinar su intención, y lo que hoy sé otorga la razón a mi intuición de entonces: desde allí seguirían por la Calle de Fuencarral hasta llegar al Parque de Artillería, lugar entonces en las afueras de la Villa, polvorín del ejército donde se guardaban armas de fuego que aquellas hordas estaban sin duda dispuestas a utilizar contra los franceses.

Bien sabes con qué premura te apresté a que me abrieras la puerta, y demasiado bien recuerdo yo tu mirada de pánico. Señor, no pretenderéis, en esta circunstancia… ¡Lo haremos, Mariano, lo haremos! Esto de la calle pasará, dije perorando con necia soberbia, lo arrojará la historia por sus desagües, pero lo que haya de ocurrir hoy en esta casa sobrevivirá a todas las coyunturas, y a poco que la fortuna me sonría, habrá de darnos notoriedad y riqueza. Solo ahora sé hasta qué punto me equivocaba. Quizá fue la mención a la futura abundancia lo que venció, mal que bien, tu feroz resistencia a cumplir con el plan previsto. Abrí de par en par las ventanas y reparé nuevamente en lo azul del cielo. ¡Cómo dejar escapar la ocasión! La imponente figura del Buen Suceso me aguardaba, me pareció que hasta con impaciencia. Mi fiel Mariano, mi único, mi más leal ayudante. Abrí la vasija y unté la placa con el betún que sobrevivió a la fusilería francesa. ¡Claro, claro que sí, aquello era lo que tanto había buscado, por fin estaba ante mis ojos! El metal tomó entonces el aspecto y la consistencia que imaginé en mis mejores ensueños. Al fin hallaba un buen lienzo que ofrecer a la luz. Presa de una febril excitación, con la placa así preparada en las manos, a punto de introducirla en la caja de madera, te repetí: solo ocho horas. Aún recuerdo tu gesto mientras oteabas aprensivamente el fragor incesante de la batalla callejera. Y tus palabras, tan medrosas como escrupulosas, mi buen criado: ‘Olvidaba decirle que el señor tiene visita’. Te mandé callar vehementemente. Mi pobre Mariano ¿con qué emociones evocarás ahora todo aquello? Ajusté la lente al pequeño orificio y coloqué por fin la plancha en el interior de la cámara oscura. Ocho horas de exposición y todo habría terminado. Mi sueño, mi locura, mi fiebre…Ya no escuchaba nada, ni veía más cosa que la figura del Hospital del Buen Suceso, enfrente de mi impaciencia. Qué espléndido cuadro había de pintar la luz.”

En el hotel, el Duque vuelve a abandonar la pluma sobre la carta inacabada y empieza a vestirse pausadamente, observando los reflejos afilados que la luz parisina le arranca al Sena, un río, este sí, digno de una corte. Qué poco le recuerda el majestuoso curso de agua al escuálido y atribulado Manzanares. Pero no es Miguel Alcalón hombre desagradecido y rememora con cierta melancolía el alivio que los paseos por sus riberas le prestaron tras abandonar el hospital y volver a casa, mutilado, desmoralizado, doblegado a la cruda realidad de su atolondrado y convulso país. Qué distinta le resulta París, la Francia que vio desde su coche durante el viaje. A medio vestir, no puede evitar volver a sentarse frente a la ventana y retomar la escritura. “Consumí las ocho horas procurándole un lugar más seguro a lo que quedó del betún, preparando nuevas placas, haciendo nuevos cálculos. Me ayudaste lealmente a pesar del pánico que con toda lógica te provocaban los ecos de la terrible lucha que erizaba las calles, de los respingos que te provocaban cada explosión, cada porrazo o sacudida. Penetré en el salón, ya no recuerdo para qué, y vi allí de pie a un hombre que me daba la espalda, observando en absoluto silencio a través de la ventana los sucesos de la calle.

‘El señor tiene visita’, recordé. Reconocí enseguida su singular figura. Le llamé con apenas un balbuceo: ‘Paco’. No se inmutó. Quise hablarle, decirle que la cámara oscura que me regaló como un gesto de amigo iba seguramente a pasar a la posteridad gracias a mi experimento. No lo hice, porque supe rápidamente que nada podía escuchar. A través de la ventana, más allá de su espalda, vi lo mismo que él veía. Más tarde se supo que el tiro que alcanzó al comandante de la columna de mercenarios mamelucos había partido de una de las ventanas de la vivienda de Gabriel Bález, el rico comerciante socio de Miguel Goicoechea, consuegro a su vez de Francisco de Goya, el hombre que con el gesto crispado observaba la escena desde la cristalera de mi salón. Cuando en la plaza no quedaba otra cosa que cadáveres de caballos y gentes, Paco no miró más. Se volvió, descubrió mi presencia, me miró fijamente a los ojos en absoluto silencio y desapareció escaleras abajo sin decir una sola palabra. Créeme, Mariano: a pesar de la dantesca escena a la que acababa de asistir y de todas las similares que durante los años siguientes salpicaron nuestra piel de toro, las que presencié y de las que tuve noticia, mi más lastimoso recuerdo de la Guerra, la imagen más atroz que de tantos bárbaros desastres guardo es la de aquellos ojos dolientes y desbaratados que tan mudos me miraron en aquella ocasión.” 

Alguien llama a la puerta de la habitación del hotel parisino donde el anciano Duque de Esquivias continúa escribiendo: su coche, señor, le está esperando abajo. Enseguida estoy listo, responde con voz cansada. “Tengo que irme, mi querido amigo. Me espera mi cita con el pasado. ¿O es quizá con el futuro? Atisbo ahora que estas pocas letras, lejos de aclarar mi mente, están contribuyendo a aumentar la turbación que estos recuerdos siempre me provocaron. Yo conseguí lo que ahora, treinta y un años después, va a ser presentado dentro de unos minutos en sociedad como un hallazgo que contribuirá a hacer avanzar la civilización. Será en París, no en Madrid. Quizá puedas pensar ahora, al albur de estas reflexiones, que el perverso duende del destino  lo dispuso todo para que la gloria que a mí me negó una estúpida guerra contra los franceses sea hoy recogida precisamente por un francés, en la capital de Francia.

Pero yo recuerdo muy bien el rostro de aquel sargento francés cuando vio lo que yo sostenía en las manos. ¡Lo recuerdo con tanta precisión! Pasaron las ocho horas, las peores horas de tu vida, estoy seguro. Temblando por la prisa y la ansiosa impaciencia, procedí a retirar la placa emulsionada del interior de la caja. Tú me has dicho en más de una ocasión que ya entonces sonaban pasos en la escalera. Yo no podía escuchar nada, no hubiese atendido ni al estruendo que acabase con el mundo. Compuse los últimos procedimientos y dispuse las correcciones convenientes, y allí, en la placa de metal y betún, entre mis manos, estaba el viejo Hospital del Buen Suceso, tan nítido como impávido y distante, ajeno al derrotero de los eventos, de las zozobras y de los triunfos cotidianos. Como yo mismo. Los pasos de la escalera, ya lo sabes, eran los de un sargento francés y su escolta; la osadía de Gabriel Bález había provocado el implacable rastreo de todas las viviendas de la plaza, y fue en ese preciso instante, mi momento de gloria, cuando le tocó a la mía.

Penetraron en la estancia derribando la puerta. Saltaste por la ventana, luego lo supe, porque yo entonces no podía ver sino mi propia obra, al fin rematada, ni escuchar otra cosa que los latidos de mi corazón. Los soldados de la escolta te persiguieron desandando la escalera, pero el sargento se quedó junto a la hundida puerta, con la pistola cargada apuntando hacia mi cabeza. Sin embargo, aturdido por lo que veía entre mis manos, devolvió el arma a su cinto en completo silencio. Sudoroso por la refriega y con la respiración jadeante, se acercó con quedos pasos hasta mí, observó unos segundos con ojos turbados la plancha de metal que yo sujetaba con ansiosa emoción, giró incrédulo la cabeza hacia la ventana para observar el Buen Suceso y luego retrocedió lentamente sin dejar de mirar la estampa impresionada en la lámina metálica, murmurando en francés palabras de estupor y admiración. Probablemente durante esos breves segundos pudieron oírse otra vez pasos en la escalera, pero ni aquel sargento ni yo los escuchamos. Lo que vino después demasiado bien lo sabes: los sañudos chisperos que entraron gritando en la habitación, las puñaladas traperas, el trabucazo insidioso que acertó de lleno en la placa y me arrancó de cuajo el medio brazo que me falta. Destruyeron, al innoble y consabido aullido de ‘maldito afrancesado’, cuanto encontraron en aquella estancia.”

El Duque se restriega de nuevo los ojos y al apartar la mano percibe humedad en los dedos. Señor, su coche, se le hace tarde. Dirige la mirada nublada una vez más hacia el Sena. “París, que gran ciudad… ¿Sabes cuál era mi pequeña fantasía, mi proyecto más personal y querido? Soñaba, como un amante excitado esperando su encuentro, con emplear aquel método para plasmar los rincones más queridos de mi patria íntima, los lugares en los que crecí paseando, estudiando o enamorando. Pude esculpir con luz Cibeles, la Puerta de Alcalá, el Portillo de Embajadores o la misma Mariblanca, y hasta vuestro venerado Puente de Toledo. Me siento viejo. Ahora no lo haría. No amo Madrid. Hoy solo me parece la confusa capital de un país desquiciado y extravagante.

Tengo que irme, Mariano. Acudiré a la puerta de la Academia de las Ciencias y esperaré a ver pasar, como un curioso más, a ese maquetista con su logro: un bodegón -un rincón de su casa con un vulgar cesto, ya ves- según he sabido. No soy invitado al acto, nadie me conoce. Nadie, salvo tú y yo, sabe que lo hice. Puedo imaginar la pregunta que te ronda de nuevo, la que en tantas ocasiones no te atreviste a hacerme. Voy, no obstante, a contestarla: aquella andanada no solo me arrebató el brazo, sino también algo más intangible y hondo; me arrancó la curiosidad, el afán de saber, el hambre de ciencia que hasta entonces nunca pude saciar. Pasé un año en el Buen Suceso lamiendo mis heridas y luego caí, como bien sabes, postrado en el desaliento que me encerró en casa. Rompí, en definitiva, todos los lazos con una absurda nación que nunca ha merecido, nunca merecerá, los frutos de mi ingenio.”

El Duque se ajusta el corbatín y termina de atusarse frente al espejo. “Adiós, Mariano. Creo que pasaré unos días en París. Mañana podré verlo cómodamente, se expondrá para el vulgo en una galería cercana al Palacio del Louvre”. Dos años después, Miguel Alcalón, Duque de Esquivias, murió en la habitación de su hotel parisino. Nunca regresó a Madrid. Como un fiel y anónimo devoto, acudió cada mañana de esos dos años al salón donde se exhibía para el púbico el más antiguo de los llamados daguerrotipos, primera muestra reconocida por la ciencia y la opinión pública de la técnica fotográfica.

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