Serenata de plomo [Una novela de duro] · Epílogo 1/2

SerenatadePlomoEPILOGO

CACHARRAS, PISTOLEROS Y ANACRONISMOS (O EL EPÍLOGO DEL LISTILLO) /1

Por Martin Holmes.

Ace Bullet duerme poco y observa un régimen riguroso de whisky indecente y puñetazos secos y contundentes como coces de percherón que le atizan los matones en lo alto de la cresta que aparentemente no le afectan a su discernimiento, pero que, a la larga, le han provocado un par o tres de secuelas incontestables que son la de mirar el mundo como a través de un cristal esmerilado, sucio y roto y la de interpretar con laxitud el paso del tiempo. Por Ace Bullet no pasan los años porque es un Peter Pan borrachuzo y putañero que refrenda alegremente aquella sentencia de don Camilo José Cela que decía: desengáñese, el que es joven lo es para siempre. Bullet sitúa el principio de su aventura en el negocio de las botellas de jarabe en el año que sucedió al final de la guerra, cuando regresaron los chavales con sus cascos prusianos y sus gonorreas, y la acaba haciendo referencia a la venta de las Series Mundiales de béisbol por parte de los White Sox de Chicago, pero en el medio anota la guerra italoirlandesa, el atentado a Johnny Torrio, el asesinato de Dion O´Banion, la jubilación forzosa de Anselmi, Scalise y Giunta y la Matanza del Día de San Valentín.

La Primera Guerra Mundial acabó cuando el Káiser se escapó a Holanda y la nueva república alemana firmó el armisticio de Compiègne en noviembre de 1918, con lo que un año después sería el final de 1919 y la Ley Seca no entró en vigor hasta enero de 1920. Hemingway regresó a Oak Park en 1919 y fue, como le asegura Fred Pasley a Bullet, una celebridad local que dio conferencias en los institutos sobre sus experiencias en la guerra convenientemente exageradas y concedió entrevistas al Chicago American, al Kansas City Star y al New York Sun. En el Instituto de Oak Park enseñó sus pantalones con sangre incrustada, una máscara de gas y un revólver del ejército austriaco. Una estudiante de secundaria se desmayó y le dieron sales. Su capital de regreso consistía en una recomendación para la medalla italiana del valor (ni que los italianos supieran qué diablos era eso), mil cuatrocientos machacantes con los que le indemnizó el seguro por sus heridas y una catadura de héroe autorizada por los treinta fragmentos de metralla que le extrajeron de las piernas después de recibir su parte de un proyectil austriaco en Fossalta di Piave. Al año siguiente empezó a trabajar de reportero independiente en el Toronto Star Weekly y en el Toronto Daily Star, publicaciones a las que estuvo vinculado hasta 1924. A Hemingway le gustaban los canadienses porque decía que si le soltabas veinticinco centavos de propina a un camarero te daba las gracias y no llamaba al matón. Pasley tiene razón cuando le dice a Bullet que Hemingway repartió regaliz en el frente, porque no pudo combatir como soldado por un defecto en el ojo izquierdo y se enroló de voluntario como conductor de ambulancias de la Cruz Roja. Para esa época ya era más embustero que un pescador y contaba a cualquiera que tuviese un rato para escucharle que había tenido un asunto con la actriz Mae Marsh, la estrella de la película “El Nacimiento de una Nación”, y que se había tumbado encima de la espía Mata Hari, pero que la encontró un poquito cargada de caderas. A la Mata Hari, que espió poco y mal y cuya habilidad principal fue enseñar el parrús en los cabareses, la fusilaron en Vincennes en octubre de 1917, un año antes de la comparecencia de Hemingway en Europa. Principiando los veinte Al Capone estaba recién llegado a Chicago como gorila de confianza de Johnny Torrio el Cerebro y solo alcanzó el generalato de la Unión Siciliana cuando Hymie Weiss, que era un polaco medio beato y un asesino psicópata, Vincent Drucci el Intrigante y el Piojo George Moran acribillaron a su jefe el 24 de enero de 1925 y le acertaron en el pecho, el brazo y el estómago en venganza por el asesinato de Charles Dion O´Banion, el patrón indiscutible de los irlandeses de la Banda de la Parte Norte. Torrio le cogió prevención al plomo administrado en píldoras y dejó el predio en manos de Capone, con lo que se puso de baranda seis años después del final de la guerra. Dion O´Banion era abstemio como un pagano, antiguo monaguillo de la catedral del Santo Nombre, ambidextro y cojo del jamón izquierdo porque de niño le atropelló un tranvía. Tenía una floristería en el 738 de la calle North State y la costumbre de llevar encima tres revólveres: uno custodiando su huevada, al norte de su pantalón, otro en el sobaco izquierdo para desenfundarlo con la derecha y otro en el bolsillo exterior de su chaqueta. A Dion O´Banion seguramente le mataron Frankie Yale, Albert Anselmi y Johnny Scalise el 9 de noviembre de 1924, de seis tiros que le repartieron de la siguiente manera: dos en el cuello, dos en el pecho y dos en la cara. Sus funerales inauguraron las fastuosas pompas fúnebres de la mafia y dejaron a una boda zíngara a la altura del bautizo de un noveno hijo: no se ahorró un penique en plañideras, flores, monaguillos y concejales, su cuerpo fue expuesto durante tres días en el escaparate de la funeraria Sbarbaro, propiedad del fiscal adjunto del estado de Illinois, dentro de un ataúd de diez mil pavos rodeado de cuatro candelabros de oro y al cortejo que le llevó a su última morada umbría en el cementerio de Mount Carmel le siguió un escuadrón de la Policía Montada, el alcalde de Chicago William Emmett Dever llorando como un mocoso, veintiséis camiones cargados con cincuenta mil machacantes de flores recién cortadas y la Orquesta Sinfónica de Chicago. Albert Anselmi y Johnny Scalise eran conocidos como Los Gemelos del Crimen y formaron una patrulla letal a las órdenes de Capone hasta que empezaron a pensar por su cuenta y los mataron en mayo de 1929. Aunque Lola la del Lunar le dice a Bullet que son napolitanos, ambos eran sicilianos, uno de Marsala y el otro de Castelvetrano, y fue creencia del callejón que Capone los despachó personalmente a los postres de una cena rompiéndoles la cabeza con un bate de béisbol cuando descubrió que estaban conspirando, en asociación con Joe Giunta y Joe Aiello, para hacerse con el barandaje de la Unión Siciliana. Hemingway partió a París para comer caracoles en diciembre de 1920 a bordo del “Leopoldina” (nombre de resonancias a Joyce, como escribió Anthony Burgess) y fue por primera vez a los sanfermines en 1923, donde vio torear a Freg, Márquez, Villalta, Joselito Martín, Maera, Gitanillo de Ricla, Rosario Olmos y al Algabeño. A Hemingway le recomendó visitar Pamplona Gertrude Stein, la golfa medio lesbiana que suda dólares como Bullet vierte mierda. Hemingway, por cierto, conocía de primera mano los pesebres de Chicago y en el Toronto Star Weekly escribió algunos artículos sobre el asunto (“El salvaje oeste: Chicago” y “Chicago bebe más que nunca”, que pueden leerse en español en el volumen “Publicado en Toronto. 1920-1924”, editado por Planeta en 1987). La Matanza del Día de San Valentín se perpetró el 14 de febrero de 1929, en una mañana en la que los termómetros señalaron cinco grados bajo cero, en un garaje del 2122 de la calle North Clark que servía de almacén de bebidas a la banda irlandesa de George Moran el Piojo, heredero de la pandilla irlandesa después de la muerte de O´Banion. Seguramente, el capitán de la patrulla de liquidación fue Jack Metralleta McGurn, del que no se sabe si llevaba pistolas con cachas de serpiente. McGurn era siciliano de Licata, antiguo boxeador y medio dandy en el vestir al estilo hampón de combinación de colores y corbatas anchas de padrino de boda calé que hoy le dicen los modistos moda vintage y las madres hortera. Una vez le cortó la lengua a un menda con una navaja y le mataron tres pistoleros en una bolera de la avenida Milwaukee en febrero de 1936. En la masacre de San Valentín liquidaron a los dos hermanos Gusemberg, a John May, a Adam Heyer, a Albert Weinshank, a Jimmy Clark y al doctor Reindhardt H. Schwimmer, médico optometrista. Los Gusemberg eran chorizos y asesinos, antiguos huéspedes del penal de Leavenworth; John May era un formidable sembrador que tenía que dar de comer a siete pendejos y hacía apaños de mecánico a los contrabandistas irlandeses; Adam Heyer era ladrón y estafador y tenía tres alias; Weinshank tenía tascas ilegales y James Clark era atracador de bancos y experto tirador de pistola y rifle. El doctor Reindhardt H. Schwimmer, médico optometrista, era de esa clase de imbéciles a los que les gusta que les vean con los hampones para chulearse delante de las chavalas y pasar por tíos un poco granujas. Aplíquense el cuento, botarates, por si les da por pasar por canallas y sigan mi consejo y manténganse en la clase media antes de que se metan en un embrollo. El Piojo Moran se libró por el canto de una moneda de medio pavo y volvió a su antiguo oficio de asaltante de bancos. Murió de cáncer de pulmón en la prisión de Leavenworth dejando a la posteridad cien dólares miserables que no le llegaron para un entierro decente y le dieron tierra de mala manera en el cementerio del trullo sin flores ni concejales. Los White Sox vendieron las Series Mundiales en 1919 porque sus estrellas (Eddie Cicotte, Joe Jackson el Descalzo, Arnold Gandil el Pollo, Buck Waever, Oscar Felsch el Contento. Freddie McMullin, Claude Williams el Zurdo y Charlie Risberg el Sueco) consideraban que el patrón del equipo, Charlie Comiskey, era un tacaño miserable que les pagaba dos perras. Amañaron una derrota contra los Reds de Cincinatti (que bonito es Cincinatti) cuando tenían los pronósticos a favor y cobraron las apuestas por el intermedio de jugadores fulleros comandados por el trilero Arnold Rothstein el Barajador, un judío zurdo de las dos manos que acabó muerto de peritonitis por una bala que se le complicó en el estómago en 1928. La complicación se la metió un matón llamado Hyman Byller, que trabajaba para el coimero George McManus, por cuenta de un cañón de cuatrocientos mil pavos que palmó Rothstein en una timba tan limpia como un charco que jugó con Black Jack Bernstein, el Gran Titanic Thompson y Nate Raymond el Negro, burlangas notorios con mangas de ida y vuelta. La prensa destapó el arreglo un año después y los siete fulleros fueron expulsados de las ligas profesionales sin que les importase media mierda, porque se jubilaron con las petacas rebosantes. Los White Sox eran, junto a los Cubs, los dos equipos de pelota base de Chicago y Capone seguía a ambos y se hizo una foto con el receptor de los Cubs Gabby Hartnett, que le regaló una pelota dedicada.

Toda esta verbena de fechas cubre con desahogo una década entera que desbarata la secuencia que dibuja Bullet sobre su calendario encogido y que es la siguiente: Bullet recibe el encargo del doctor Clarence Edmonds Hemingway, va al Nitty Gritty, se entrompa y escribe un telegrama, con lo que rinde un par de jornadas. Después visita la Taberna de los Doce Picheles y le atizan una zurra, se encuentra con Hemingway en Rat´s Paradise, se entrompa de nuevo y le amanece la resaca tumbado al lado de Molly Malone, con lo que ha hecho el tercer día, que lo emplea en dejarse disparar por Crazy Horse Ryan, maltratar a su bazo, recibir otra zurra del Jefe Nimbus e ir a mear grosellas a la Cámara de Comercio. Luego se pasa tres días en el Si-Fan, haciendo una escena onírica, regresa al Nitty Gritty y le dispara todo el mundo, huye a Rat´s Paradise y prepara una excursión al campo. Van seis días, y gasta otro par en llegar a Nitroglycerine Creek, pasa una jornada rural con la familia Knee y cumple otros dos en regresar a Chicago, en donde le meten un balazo que le convierte en concertista de viento. Aproximadamente se ha pulido diez días en palizas, trompas y frases chulas y suma una semana más convaleciendo en el gimnasio de Johnny Uno Dos. Un mes después se atreve a ir a su oficina, le da una paliza a un vendedor de salchichas y se instala de gorra con Me Llaman Philly y el Isleño, habla vagamente de un par de trabajos y es de suponer que no rinde mucho más tiempo de otro mes siendo el tercero en discordia, hasta que le visita McGurn, el hombre poco ambicioso, descubre que no se ha enterado de la mitad de la misa y se compra un par de calzoncillos que no pican. En menos de tres meses le caben los acontecimientos de una década porque tampoco se va a detener en mirar almanaques y con su costumbre de mezclar puñetazos y whisky malo no está para echar cuentas. Bullet, como todos los hombres que vamos a dejar posteridad, es despreocupado con el paso del tiempo por considerarlo una medida para ordenar las lúgubres existencias de los que no van a dejar recuerdo. Si usted está pendiente del calendario, amigo, tenga por cuenta que su vida no vale un chavo y cuando la diñe, con suerte, le recordará su parienta un par de días o tal vez tres y después irá a consolarse con el primer tío que la saque a bailar.

Sobre el elenco de comadrejas (y además de Torrio, McGurn, O´Banion, Anselmi, Scalise y el Piojo Moran), hay refrendo documental de la existencia de Freddy Goetz el Cerebro, Tony Accardo y Claude Maddox el Elegante, los comedores de gambas del Hotel Hawthorne. Fred Goetz, alias el Cerebro y alias Disparo Ziegler, fue un héroe de la Primera Guerra Mundial que obtuvo la medalla al valor como piloto de las Fuerzas Aéreas y de vuelta a casa se dedicó a mitigar a balazos la competencia de Capone hasta que se le pegaron las manos en doscientos mil pavos del jefe y le acabaron en el restaurante Minerva en marzo de 1934. Tony Accardo, alias el Patón y alias Joe el Bateador, sobrevivió a la era colorista de Capone y llegó a ser consejero de Sam Giancana el Cigarro. A Sam Giancana le decían también Momo, le quiso envenenar un puro a Fidel Castro y barrenó en los mismos boquetes que JFK. James Ellroy le saca mucho en sus novelas, que esas sí que son buenas. Claude Maddox el Elegante, alias John Moore, fue el cabecilla de la banda del Café del Circo, que fue un vivero de ratas mugrientas del que salieron McGurn, Accardo y Tony Capezio el Duro y que formaron, más adelante, el equipo de derribo de Capone. Maddox el Elegante y Joe el Bateador no la diñaron en la brecha y murieron del natural como si fueran notarios. No está demostrada la existencia, sin embargo, de Crazy Horse Ryan, el Susto y Emil el Llorón, ni de la banda del Lunes de Pascua que palma en el Nitty Gritty, ni de los tres barítonos algo inoperantes de la Taberna de los Doce Picheles. De dicha tasca tampoco se ha guardado recuerdo, aunque sí existió la Barbería de los Veintiún Picheles, propiedad de Amato Gasperri, al lado de la avenida Wabash y cerca del Club de los Cuatro Doses. Amato Gasperri era calvorota y un poco tímido y guardaba una jarra para el jabón con el que afeitaba personalmente a Johnny Torrio y a Al Capone. El pasadizo subterráneo por el que escapa la Banda de la Zarigüeya cuando los grasientos echan abajo el Nitty Gritty, dice Lola que es una de las catacumbas de escape del infame doctor Holmes, asesino depravado que mató a quinientas personas durante la Exposición Universal del noventa y tres. Bullet asegura que Holmes es un cuento de viejas, pero en realidad existió, se llamaba Herman Webster Mudgett y era metodista. Mudgett estudió medicina y se dedicó a estafar a las compañías de seguros por el medio de mangar cadáveres, desfigurarlos y hacerlos pasar por víctimas de accidentes. En 1886 puso una farmacia y asesinó a su casera y dos años después construyó un hotel en Chicago mirando de sacarle rendimiento a la Exposición Universal que iba a inaugurarse en 1893. Era una construcción en forma de castillo con setenta habitaciones que llenó de pasadizos secretos, cámaras de tortura y cuartos insonorizados. Se hizo llamar Henry Howard Holmes y mató a más de cincuenta turistas a los que antes les hizo firmar seguros que le beneficiaban. Disolvía los cadáveres en ácido sulfúrico y tuvo un empleado temporal al que pagó treinta y seis dólares por desmembrar tres cuerpos. Al pobre doctor Holmes, asesino estrafalario y lector de Boecio, constructor imaginativo e inspirador de la arquitectura burdelaria del quicio de carretera que levanta castillos como los de Camelot para que cabalguen los camioneros, le colgaron en Filadelfia en 1896.

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