Serenata de plomo [Una novela de duro] · Epílogo 2/2

capone

CACHARRAS, PISTOLEROS Y ANACRONISMOS (O EL EPÍLOGO DEL LISTILLO) /y 2

Por Martin Holmes.

Bullet puede recibir lo suyo como usted toma un taxi pero cuando los tiroteos se desbocan le pescan sin cacharra y luego anda como un tío sin blanca en la calle de los burdeles, con los dientes largos de ganas de merendar. Su revólver Colt Army Especial le dura más bien poco y lo pierde en el combate contra Crazy Horse Ryan. El Colt Army Especial disparaba calibre 38 (9´6 mm), tenía un cañón de 152 mm y pesaba aproximadamente un kilo. Hitman el Guapo carga una pistola Remington 51 con cachas de nácar, que pesaba cuatrocientos gramos menos que el chumbo roto de Bullet. Las Remington 51 tenían capacidad para siete aspirinas y las hacían generalmente para el calibre 38, pero también, aunque más raramente, para el 32, y acarreaban dos seguros: uno de empuñadura y otro en el extremo posterior izquierdo del armazón. Resentimiento, el pelirrojo de la abigarrada pandilla del Lunes de Pascua que se entretiene mirando llover putas, lleva un revólver Webley y Scott, que puede ser un Mark V o un Mark VI, y era un hierro inglés que cumplió merecidamente en la guerra de trincheras. Count Johnny C. tiene una Mauser del nueve que puede ser de la camada de 1916 que se adaptó a dicho calibre y a la que llamaron Roja por el nueve de ese color que le tallaba el fabricante en la empuñadura para que su dueño no la cebase con cartuchos del 7´63. Bullet consigue, en mitad de la friega, una escopeta Loomis del diez que dice que tiene unos caños de un palmo, con lo que hay que suponer que estaba modificada. Una Loomis IXL Nº 15 solía llevar el célebre asaltante de diligencias Charlie Bowles, al que decían Black Bart y el Ladrón Poeta porque hacía versos mientras te limpiaba la petaca. Los grasientos gastan mejor artillería y acomodan una ametralladora Vickers sobre el techo de un Oldsmobile. Una ametralladora servida por dos hombres era más eficaz que medio centenar de fusileros. La Vickers disparaba hasta seiscientas balas por minuto, se cebaba con calibre 7´70 y pesaba doce kilos sin trípode y veinte aparejada. Las Vickers combatieron a las Maschinegewehr 08 alemanas durante la guerra de las trincheras y confraternizaron con las francesas St. Étienne y las Hotchkiss modelo 1914. El subfusil Thompson fue folclore de Chicago y el mejor amigo del contrabandista. Le llamaban el Ukelele, la Máquina de Escribir, Tommie y el Piano y tenía una cadencia de tiro de setecientos a mil disparos por minuto. Servía al calibre 45 y se alimentaba de un cargador en forma de tambor de cincuenta balas o uno de petaca de treinta. En Nitroglycerine Creek se llevan, en cambio, las reliquias y el Gran Adolphus tiene un Hawken, que le decían el Rifle de las Montañas Rocosas. Kit Carson y Jim Bridger el Matador de Osos tuvieron un Hawken y tuvo otro el presidente Theodore Roosevelt, que comandó al padre del Gran Adolphus en la Loma de San Juan. Teddy Roosevelt fue un precedente de Reagan y del chico pequeño de los Bush e inauguró la figura típicamente americana del presidente espectáculo de botas camperas y frontera y carácter tirando a mazorral. Teddy Roosevelt una vez vio a un Bigfoot, que le dicen Yeti en el Himalaya, Sasquatch en el Canadá y Mapinguarí en las selvas del Amazonas. A Roosevelt le hizo un poema Rubén Darío que decía: “Es con voz de la Biblia o verso de Walt Whitman, que habría que llegar hasta ti, Cazador. Primitivo y moderno, sencillo y complicado, con un algo de Washington y cuatro de Nemrod. Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”. Reagan hizo una película con un mono y Bush casi se ahogó comiendo una galleta (porque no le hizo caso a mamá y no masticó concienzudamente) y no han merecido versos. Frenchy, el cuñado del Gran Adolphus, tiene un rifle Sharps con la culata rota, lo que era común por causa del retroceso. La carabina legendaria de Sharps fue la Gran Cincuenta para cazar búfalos que te arreglaba a novecientos metros. Frenchy tiene un modelo de 1874, que solía tener un punto de mira de cuchilla. Joe Garza tiene un traje y un Colt automático de 1911, que puede ser un Government como los dos que lleva Metralleta McGurn. Joe Garza, capón y antiguo vendedor de melones, no le saca más rendimiento que el de apiolar a Foxy Mary y conseguir un billete para el tajo. Hubo un Joey Garza que fue un mejicano rubio de los que decían güeros que cuentan que mató al juez Roy Bean. Capone marra sus siete tiros al mono con una Remington 51 como la de Hitman el Guapo. Más tarde se hizo con un Colt 38 que fue subastado en 2011 por la casa Christie´s de Londres por más de cien mil dólares.

Capone tenía afianzado el trasiego del whisky canadiense por dos vías que eran: el whisky de Ontario que llegaba en barcazas a través del lago Michigan y el río Detroit con documentación falsa que exponía que su destino era Venezuela y que se lo intermediaba la Banda Púrpura formada por hampones judíos y los cargamentos etílicos que arribaban a Nueva Jersey fuera del alcance de las patrullas de la Guardia Costera y que eran distribuidos por Enoch Johnson, que le decían Nucky. Además, conseguía ron caribeño de Cuba, Jamaica y Las Bahamas a través de la conexión tejana, que era controlada por los hermanos Sam y Rose Maceo. También había bebercio mejicano y ponzoñas repugnantes parecidas al Tumbamapaches de Mamá Charmian, que en gloria esté, destiladas en alambiques caseros de los montes Apalaches que podían dejarte moribundo a la tercera trompa, con lo que las cien cajas que pretendía tener Hemingway no eran más que lo que se podían trasegar un par de capellanes en el intervalo entre dos bautizos. Hemingway dejó escrito que un litro de whisky costaba veinte pavos (“El salvaje oeste: Chicago”, Toronto Star Weekly, 6 de noviembre de 1920) y F. D. Pasley dijo que en el bar Lauterback´s de Chicago se cobraba a setenta centavos la copa de whisky, treinta y cinco la caña de cerveza y treinta el vaso de vino. Fred Pasley, el gacetillero que a Bullet le parece decente, existió y escribió una biografía de Capone en 1930 que mereció traducción al español de Alberto Saoner y fue publicada por la editorial Alianza en 1970 con una introducción de Andrew Sinclair. A Pasley le liquidaron los gángsters. También existió Ring Lardner, el periodista deportivo que destruyó, probablemente con razón, la reputación pugilista de Bullet. Lardner fue un modelo literario de Hemingway y a su hijo, Ring Lardner Jr., le buscaron las cosquillas los cazadores de brujas del infame senador McCarthy. Capone dijo que a lo que él hacía le llamaban contrabando, pero que si te lo servían sobre una bandeja de plata le llamaban hospitalidad. También dijo que se llegaba más lejos con una sonrisa y una pistola que solo con una sonrisa. Como diría Bullet, se lo digo por si le puede servir de algo. El whisky preferido de Capone era el Templeton Rye, destilado en Iowa a base de centeno. Su sedán acorazado le costó veinte mil dólares, pesaba seis toneladas y era refractario a las balas, a las postas y a las granadas que no hacían mella en su carrocería de acero puro, tenía una cerradura de combinación y cojines de piel en el asiento de atrás. El cacharro lo heredó el presidente Roosevelt (Franklin Delano, no Teddy el de Rubén Darío) y lo usó para ir al congreso a declararle la guerra a Japón. Capone fue gángster expansivo y fallero con el pretérito en el Mediterráneo, aunque había nacido en Brooklyn y le gustaba decir que era más americano que la Estatua de la Libertad. Capone practicó la pistola argumental y el fervor por su madre Teresina y fue bufón, putero y hospitalario. Recibió al boxeador Paulino Uzcudun en Miami cuando el Toro de Regil andaba el yanqui intentando heredar el cetro de Gene Tunney. Fernando Vadillo cuenta que Uzcudun dijo: “Capone sería un gángster terrible, pero a mí me cayó la mar de simpático”. Capone se hizo fotos con champions del box como Jack Dempsey, Gene Tunney y Jack Sharkey. A Xavier Cugat le invitó a espagueti y admiraba a Enrico Caruso. La historia de Caruso cantando para probarse la voz en mitad del terremoto de San Francisco es la clase de patraña que cuentan los profesores de música para hacer pasar por interesante a un gordinflón que cantaba en italiano. La suelen decir junto a aquel cuento de que Vivaldi interrumpió una misa porque le vino a la cabeza un compás de Las Cuatro Estaciones. A Capone también le gustaba escuchar a los negratas y una vez mandó secuestrar a Fats Waller y le obligó a tocar en su cumpleaños. En Alcatraz tocó la mandolina. Caruso la diñó en 1921, con lo que es bastante complicado que cantase subido en una banqueta de ordeñar vacas en la suite del Hawthorne después de la Masacre de San Valentín. Scott Joplin, el maestro del ragtime, murió en 1917 de sífilis demencial, con lo que tampoco pudo amenizar el burdel de aberrantes de Lola la del Lunar (pero los negros son todos iguales, ya se sabe. Y les corteja la sarna). Y las pocas conclusiones a las que llega Bullet entre curda y zurra no pudieron ser acompañadas por el Nocturno de Harlem, porque aún estaba por componer (lo hicieron en 1939 Dick Rogers y Earle Hagen).

Conociendo, por otra parte, la elemental idiosincrasia de Molly Malone, es más que posible que se agenciase su nombre irlandés de la canción tradicional que lleva ese título y que escucharía en cualquier bebedero de Patsys camorristas. La canción dice: “En la feria de Dublín, donde las chicas son tan bonitas, me fijé en la dulce Molly Malone, que tiraba de su carro voceando: ¡mejillones y berberechos vivos!” (con lo que la referencia a los moluscos no es una procacidad del viejo Bullet, dado a los chistes verdes). Según la canción, Molly Malone murió de fiebres en la calle y hoy tiene una estatua en la calle Grafton de Dublín. Los piojosos irlandeses la llaman la Golfa del Carro. Buena pandilla de miserables es lo que son. John Ford los dignificó porque él vivía en Beverly Hills y no en un aldeón de County Mayo con curas y chismosos. Joyce, que era un verdadero irlandés, huyó de la isla en cuanto pudo y no volvió ni a visitar a su madre. Que el diablo se lleve a esos astrosos que se soplan las cervezas a la temperatura del pis. El joven Nick Adams, pescador de mosca y afiliado de montón de la Banda de la Zarigüeya, ya tenía cierta reputación como personaje de ficción porque fue el protagonista de veinticuatro relatos autobiográficos de Ernest Hemingway escritos en los años veinte y treinta ( y que fueron recopilados en forma de libro en 1972). Si Adams es el reflejo literario de Hemingway, la trama asume veleidosamente cierto sesgo fantástico si suponemos, como podemos suponer otra cosa, que Bullet, ciertamente un borracho inmundo, se pasa medio trompa toda la narración viendo en todo momento a Hemingway dos veces. Esta es, pues, una novela con diferentes niveles de lectura, como una de Kafka, como ya habrán notado. Algo parecido le pasa al misterioso profesor que regenta la opiera del Si Fan en donde sueña Bullet con carros de whisky, que se parece mucho a Fu Manchú, el villano de las novelas de Sax Rhomer. Rhomer fue la segunda prioridad de su madre después de la ginebra y decía que era experto en egiptología porque una vez leyó algo sobre las pirámides en el envoltorio de una chocolatina. En cualquier caso, se hizo rico con las novelas de Fu Manchú arruinándose por temporadas porque era un burlanga que perdía hasta la camisa jugando en Montecarlo al bacarrá. Rhomer contribuyó denodadamente a la divulgación del Peligro Amarillo junto al novelista Edgar Wallace, el que le gusta a Tony Accardo. Edgar Wallace le hizo una entrevista a Capone en una ocasión y escribió el guión de “King Kong”. Capone murió en 1947 de sífilis, como Maupassant, sosteniendo su voluminoso cabezón completamente fuera de servicio. En su último año como preso en Alcatraz disputó con otro preso una pelea en la que usó como proyectiles sus propios excrementos. Hemingway, en cambio, no puso una agencia de viajes, aunque su talento como paquete temático sostenga el Floridita de La Habana, el restaurante la Terraza de Cojímar y tres o cuatro tascas de Pamplona. Sin embargo dio nombre a una rama de la esquizofrenia que es el Síndrome Vi A Hemingway En San Fermín, que consiste, como su nombre sugiere, en verle en julio en Pamplona con barba blanca y un jersey de lana de cuello alto. Hemingway participó en nueve Sanfermines (en los años 1923, 1924, 1925, 1926, 1927, 1929, 1931, 1953 y 1959), y solo en los dos últimos era un barbudo canoso reconocible, lo que no impide que el año pasado le vieran media docena de turistas que luego contaron a sus parientes: vi al escritor americano ese, el gordo que empina el codo, el que escribió “Sangre y arena”. El año que viene le volverán a ver sin importar la mitad de un comino que lleve más de cincuenta años muerto. Y “Sangre y arena” la escribió Blasco Ibañez. Un síndrome parecido es el de Yo Me Tumbé A Ava Gardner A La Salida De Un Tablao, que se da entre los taxistas madrileños. De Bullet no se sabe gran cosa, salvo que sugiere que proviene de Missouri, no le gusta el campo y su madre tenía bigote y una vaca a la que limpiaba la boñiga de las ancas con una azada. La frente de su padre, a lo que parece, sirvió de perchero al vecindario, de lo que se deduce que su madre era una golfa que desmintió la creencia popular sobre que a la mujer bigotuda de lejos se la saluda. Bullet no dejó blasón en el pugilismo ni en el negocio de los fisgones privados, pero con sus aventuras sobrecogedoras usted habrá disfrutado como un lechón nadando en una charca (a no ser que sea de esa clase de afeminados a los que les gustan las novelas introspectivas francesas) y con la añadidura de este epílogo divulgativo se procurará una culturilla para hacerse el listillo en las sobremesas (de todos es sabido que uno de los temas más recurrentes en las sobremesas es Chicago y los años veinte), con lo que ya tiene algo más de lo que ha pagado. Considérese compensado, por tanto, y póngame a los pies de su mujer. Suyo

Martin Holmes

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