El efecto Smith

bautismo
Por Mortimer Gaussage.

Ponerle nombres a las cosas es una perversión muy humana, algo que llevamos en los genes o en la sangre, eso ya según cada uno. Seguramente los hombres de las cavernas empezaron por bautizar tigres, dinosaurios, ríos y montañas y esto se nos ha quedado empotrado entre el córtex y la amígdala, o por ahí. O quizá fueron Adán y Eva al salir del Paraíso los que, sintiéndose sabios por haber zampado una manzana y ante un mundo nuevo, empezaron esta fiebre que, al igual que la música con Bach, llegó a su cima con Linneo. Así vemos que las niñas ponen inmediatamente nombres a las muñecas, los niños a su polla y los adultos bautizamos cada tontería con la que nos tropezamos: plantas, cometas, ecuaciones y literaturas. Hay que ponerle nombre a todo, rápidamente.

El furor de bautizar tiene su causa en que los nombres son extremadamente útiles porque apuntalan prejuicios y ayudan a vivir sin pensar, algo tan deseable que nos pasamos la vida estrujándonos el cerebro para conseguirlo. De izquierdas, de derechas, de ciencias, de letras, alemán, murciano. Los nombres son un descanso, una siesta, un sofá con su tele y su mando a distancia.

Esto viene a cuento porque he observado un desagradable efecto en la naturaleza, un patrón repetido de acontecimientos que, inexplicablemente, no ha sido ni definido ni bautizado. Consiste en que tropezando con un problema, una dificultad, una molestia, cuando al fin nos decidimos, lo enfrentamos y lo vencemos, de inmediato se multiplica. La solución, ante nuestro pasmo, genera una multiplicidad de problemas iguales o muy similares. Por poner un ejemplo sencillo: las discusiones de pareja. Todas empiezan con un desencuentro quizá de menor entidad pero según avanzamos en su solución aquello que era una minucia molesta, una costumbre exasperante o una desatención puntual, de inmediato destapa mil otras más. Montones de detalles que igualmente nos importunan, desagradan o enervan y de los cuales no teníamos ni noticia. ¿Estaban ocultos? ¿Son mutaciones del inicial? ¿Se duplican los problemas al enfrentarlos? La respuesta es sí.

Esto puede parecer un caso puntual, pero la madre naturaleza es pródiga en ejemplos. Te sale una cana. Los viejos, que saben cosas, te advierten no la arranques, que salen más. Pero piensas que los viejos son viejos, las canas canas y tú un tipo práctico, inteligente, sensato, que desprecia creencias absurdas y mitos populares. Un hombre moderno, un actor racional en un universo regido por leyes inmutables, un tipo que funda su actuar en pruebas científicas y no en absurdos prejuicios, un sujeto proactivo que cree en el esfuerzo y el progreso. Un marxista subconsciente que cree firmemente en la agencia del hombre para transformar el mundo. Así que pones inmediata solución arrancándola y, de pronto, eres ese tipejo gris que busca en el supermercado, en horas de poca afluencia, un tinte que no desentone mucho con el pelazo de ese selfie que, coqueto, llevas en el móvil.

En casos como el que nos ocupa es de buen tono acudir a los griegos, que, aparentemente, lo inventaron todo y son socorridos. Así queda culto mentar ahora a la Hidra de Lerna, que tiene nombre de valido o de Adelantado de Castilla pero era un bicho al que le cortaban una de sus muchas cabezas y en el sitio le salían dos. Este antecedente, aunque lo sea y de apariencia venga al caso, no es traído más que por figurar leído, que es la principal razón de revolver en los griegos. Y digo que no acomoda por dos razones. La primera porque aunque la Hidra en su día fue un problema, Hércules acabó con ella como los mortales no deben acabar con ellos, enfrentándolos, lo que sólo se disculpa porque Hércules era Hércules. La segunda es que mentando a la Hidra violentaríamos una regla no escrita según la cual las referencias mitológicas y su plus de esnobismo quedan reservadas para etéreos síndromes psiquiátricos y las leyes científicas se bautizan con apellidos en inglés, siempre que esto sea posible.

Cerrando el excurso y volviendo al tema diré que mi hermano se empeña en recordarme que los problemas se solucionan, o no. Yo creo que no. Que ni esa duda irónica cabe. Hemos de asumir que enfrentar un problema es como iluminar una bola de discoteca, que forrada de cristalitos dispara rayos en todas direcciones. Tenemos que convencernos de que una solución siempre es una explosión que quizá elimina el problema pero lanza cascotes en todas direcciones. Y hemos de aceptar que cualquier solución es, en definitiva, pelear con el Agente Smith, que se duplica a cada golpe.

De todo ello resulta que una solución es la peor solución si uno tiene un problema. Porque los problemas, señores, no se solucionan, se superan. Eso lo saben los científicos, gente bregada en estas cosas, que no se empeñan en alcanzar la velocidad de la luz para ir rápido y lejos, sino que buscan doblar el espacio y plantarse dando un paso.

Pero vivimos en un mundo absurdo y acientífico en el que la hábil superación de los problemas merece el reproche social. Así la retirada es de cobardes, los rodeos están mal vistos, los atajos son de vagos, conformarse de abúlicos y mirar para otro lado de frívolos. Yo, modestamente, reivindico la memoria de todos los cobardes que emprendieron retiradas, de los vagos que dieron rodeos y la de aquellos que simplemente resistieron, heroicos, ese atávico impulso de actuar. Así, identificando y nombrando el Efecto Smith, espero contribuir a la superación de ese viejo paradigma y propiciar que un nuevo prejuicio tome asiento en el sofá del inconsciente colectivo y, aprendiendo a ver los problemas como magníficas oportunidades para mirar a otro lado y no hacer nada, la felicidad del ser humano aumente de modo exponencial.

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