El anarquista enamorado, 4: La selección de canciones de Manuel Pardiñas

anarquista bso
Por Claudio Sífilis.

Era media mañana. El Druida caminaba sin dirección y pasando por la Calle del Correo reparó en un local llamado «La Casa de las Torrijas» que llamó su atención. Tras unos segundos asomándose a la puerta se decidió a entrar.
A la izquierda estaba la barra desde donde atendía el camarero.
—Una torrija y un café con leche, por favor.
—Lo siento, no tenemos café.
—Vaya, entonces, ¿con qué se toman las torrijas aquí?
—Lo normal es acompañarlas con un vino.
—Vaya. Me acabo de levantar y no me apetece vino.
Miguel reculó hacia la puerta para salir. El camarero comentó:
—¡Hay que joderse!
Antes de salir se quedó mirando uno de los espejos decorados que cubrían las paredes de la casa, leyó un texto sobre «el As de los Vinos» y una ilustración de principios del siglo XX con una mujer sirviendo un vino a su esposo.
—¿El As de los vinos? ¿Es ese el vino que pones con las torrijas? Nunca he oído hablar de él.
—Sí, es vino dulce. Es reconstituyente.
—Bueno, entonces, ponme una torrija y un vino de esos.
El camarero pinchó una torrija con un tenedor y puso ambos en un plato encima del mostrador. Mientras llenaba el vaso de vino, Miguel observó con curiosidad su sonrisa temblorosa. El camarero, al ponerle el vaso, le dijo:
—Es vino de iglesia, mistela, le servimos a muchos curas.
—¿Y no viene mucha gente y pide un café y una torrija?
—Es que no tenemos café.
Como el camarero parecía ofendido, Miguel se apresuró a contar una anécdota:
—Yo no he bebido nunca vino de misa. Pero uno de mi pueblo, que fue monaguillo, sí. Él y el hijo del molinero, se comían las hostias y se bebían el vino del cura. Una vez, me contó, se habían bebido todo el vino y ya estaba el cura vestido con la sotana de decir misa. Toda la iglesia llena, porque entonces todavía iba la gente a misa. Y justo antes de empezar la misa el cura se dio cuenta y soltó: «¡Copón, si no hay vino!». Y salió corriendo de la iglesia, cogió la moto, y se fue al pueblo de al lado a comprar vino.
Mientras Miguel luchaba por partir la torrija con el tenedor y saboreaba el vino, el camarero salió de detrás del mostrador, se asomó a la puerta de entrada y después se dirigió al fondo del bar, iba olisqueando algo, y finalmente desapareció. «¡Vaya hombrecillo!», pensó Miguel, «parece un ratón, lento y tranquilo, se diría que no se atreve a salir a la calle por miedo a que un gato lo atrape y acabe con él de un bocado».
Miguel se quedó solo, porque no había nadie más en el bar, mirando los utensilios y los espejos. «La casa de las torrijas, fundada en 1907», leyó escrito sobre un espejo. Allí vio el reflejo de sí mismo:  no encajaba, llevaba sombrero, su rostro era una calavera y, en lugar de chubasquero, llevaba abrigo.
—Yo a ti te conozco —dijo Miguel—. Conozco tu cara, aunque no sé tu nombre —añadió.
La imagen se fue acercando, abrió la puerta en la que estaba el espejo, llegó hasta el Druida y le extendió la mano.
—Me llamo Manuel Pardiñas.
—Yo me llamo Miguel.
Se dieron la mano. La mano del tal Manuel era la mano de un esqueleto. Manuel pasó por debajo del mostrador y se preparó un vino seco y un plato con un trozo de bacalao rebozado. Dijo:
—El mejor bacalao de Madrid, al menos eso dijo aquí una pareja la semana pasada. No sé si será verdad, pero si sé que en muchos sitios se ha perdido la calidad de cuando se hacían las cosas a mano, con paciencia, artesanalmente. Al hacer las cosas de manera industrial se pierde mucho.
—¿Es bacalao en salazón?
—Sí.
—Es un bar muy bonito y antiguo, de 1907 pone allí.
—El bar más grande está aquí cerca, en la calle Cádiz, porque entras por Cádiz y sales por Barcelona.
—Ya. En estas calles han pasado muchas cosas. En esta misma, la calle del Correo, fue el primer atentado de ETA contra la población civil.
—Sí, una canallada —dijo Manuel Pardiñas.
—Por cierto, llevo un rato pensando, tu nombre me suena, es famoso.
—Tuve mi minuto de gloria, salí en los periódicos, pero ya hace mucho tiempo.
—¿Sí? ¿no serás tú el General Pardiñas, el de la calle que está en el barrio de Salamanca?
—No, ese no soy yo.
—¿Entonces, por qué dices que eres famoso?
—Yo soy el que mató de a tiros a José Canalejas, presidente del Gobierno de la época del rey Alfonso XIII, aquí, en la plaza de Sol. Hicieron una película de su asesinato y entierro. A mí me interpreta Pepe Isbert, que fue su primer papel en el cine. Las imágenes del entierro son reales. Ahora Canalejas está enterrado en el panteón de hombres ilustres de la Basílica de Atocha, que construyeron para él. Yo no pude escapar, me pegué un tiro en la cabeza antes de que me cogieran. Si yo hubiera escapado habrían decretado estado de excepción y habrían encarcelado y torturado a tres mil. En aquella época los pobres y los ricos no nos podíamos ver, se puede decir que nos odiábamos. Los ricos pensaban que eran ricos porque Dios así lo había decidido y que los pobres lo eran por castigo de Dios. Pero las ideas son incluso más influyentes que el odio. En mi época se mataba a los hombres por sus ideas, porque había que depurar la suciedad de las ideas, fueran fascistas, capitalistas, comunistas o libertarias.
—Yo también soy anarquista, pero sin violencia. En el sentido de hacer lo que me da la gana y no lo que me dicen que haga, a nivel individual. Mis únicos objetivos en esta vida son pasármelo bien y no cagarla. Hay que evitar la violencia ideológica, eso sí.
—El individualismo es lo que le conviene al capital. Si no nos preocupamos unos por otros, todos los tratos que hagamos serán con dinero de intermediario. El verdadero anarquista se preocupas por los demás, entiende los problemas del grupo y coopera, sin importarle su ego ni el dinero, y así consigue ser verdaderamente libre.
—No estoy de acuerdo. El grupo siempre te obliga a hacer cosas que no quieres hacer.
Apuraron los productos que estaban consumiendo en silencio y el esqueleto de Manuel Pardiñas añadió:
—Dejemos la política y vamos a dar un paseo.
Cualquiera que esté encerrado entre paredes y techo y salga la calle puede darse cuenta de este fenómeno que pasa todos los días: el sol hace su prodigio, desde una enorme distancia, con una extraordinaria potencia lumínica, cruza de Este a Oeste por el cielo, haciendo unos fantásticos juegos de luces y sombras. El viento fresco en el rostro y la calidez de la ropa de invierno hacen que la sensación al bajar por la calle sea una maravilla.
El Druida y su amigo se pusieron a representar el asesinato de Canalejas junto a la calle Carretas, jugando. José Canalejas interpretado ahora por Miguel, saluda a alguien y se queda mirando el escaparte de una librería. El asesino, llega, le agarra del hombro y le pega varios tiros en la cabeza. Instantes después Pardiñas se pega un tiro a sí mismo. Repiten la actuación varias veces, y satisfechos de haber hecho un poco el tonto juntos, caminan hacia la Plaza Mayor.
Manuel dice que le apetece escuchar música e invita a Miguel a su casa, que está en la propia plaza. Al entrar en la casa van directamente hasta el balcón.
—Este es un sitio privilegiado. ¡Que magnificas vistas! ¿Cómo has conseguido esta casa? —preguntó Miguel.
—Es una casa bonita, histórica, con magnífica vista. Estoy aquí de okupa, no me quedaré mucho tiempo. Estamos en el balcón de Marizápalos, la Calderona, una de las favoritas de Felipe IV. Me gusta okupar en los Reales Sitios, siempre tienen habitaciones vacías, estuve un año viviendo en el Palacio de Aranjuez, ahora me gusta mucho este sitio. A lo mejor, cuando me vaya de aquí, okupo en el monasterio de la Valfermoso de las Monjas en Guadalajara, que es donde recluyó Felipe IV a la Calderona cuando se cansó de ella. Me han dicho que es un sitio muy hermoso, que el pueblo en el que está también es bonito, es muy pequeño, con un río de agua pura y huertas.
—Felipe IV era amante de las artes y de las mujeres, lo de gobernar se lo dejó al Conde Duque. He leído hace poco un libro de Julio Caro Baroja, «Inquisición, brujería y criptojudaísmo», donde se explica el desastre que fue el gobierno del Conde Duque y la consecuente ruina del imperio.
—Suena interesante, me lo tienes que dejar —contestó Manuel Pardiñas.
—Se dice que Felipe IV tuvo unos 200 hijos bastardos, pero el legítimo fue el que heredó el imperio fue Carlos II el Embrujado, si lo piensas… Y si piensas que la población de España en esa época eran 6 millones, de los cuales 200 eran hijos de Felipe IV, y que ahora somos 60 millones, lo más probable es que todos los españoles descendamos de Felipe IV.
—Estás diciendo muchas chorradas, chaval. Si te callas, te invito a una copa. ¿Qué licor te gusta?
—Últimamente me gusta mucho el Jägermeister.
—¿Qué?
—Un licor de raíces alemán.
—Ya, lo conozco, está bueno. Pero esto que tengo yo aquí es mucho mejor. Voy a preparar dos copas.
Pardiñas abrió un armario y sacó dos copas grandes y una botella de coñac 1866 (o brandy, ya que la marca es española y no francesa). Lavó las copas con agua caliente y sirvió la cantidad correcta, comprobando que al tumbar la copa, el coñac no se vierte y el líquido queda enrasado con el borde. Hay que dejarlo reposar en la copa un rato, con la mano debajo para que la temperatura del brandy se iguale a la del cuerpo humano. Cuando Miguel lo probó no pudo evitar exclamar:
—¡Es delicioso! Yo ya había bebido coñac antes, pero esto es mucho mejor.
—No tiene nada que ver un brandy bueno con uno barato.
—La verdad es que lo que me está pasando no me parece real. Estoy hablando con un muerto. Tengo la sensación de que me he vuelto loco, veo visiones, esquizofrenia tal vez.
—La realidad es lo que percibes por los sentidos, tú me estás viendo, antes me diste la mano, ahora te bebes mi brandy.
—Es todo muy real.

Para completar esta narración, a continuación se presenta el listado de las canciones que escucharon. Algunas están cantadas por el «Coro popular Jabalón», pero otras no. De algunas se extrae alguna estrofa o se hace algún comentario:

01. En la plaza de mi pueblo.
«En la plaza de mi pueblo dijo el jornalero al amo: Nuestros hijos nacerán con el puño levantado».
02. El Trágala.
Canción referente a cuando obligaron a Fernando VII a jurar la constitución, contra la cual dio más tarde un golpe de estado: «Dicen que el trágala es insultante, pero no insulta más que al tunante. Trágala, trágala, trágala perro…».
03. En el barranco del lobo.
Trágica canción cuya letra hace referencia a los muertos del desastre de Annual. En Marruecos murieron 10.000 soldados españoles, la mayoría chicos que estaban haciendo la mili, que era obligatoria a no ser que pagaras. Parece ser que a Alfonso XIII se le ocurrió hacer una incursión militar en el Riff, y algunos generales quisieron hacer realidad el capricho de su majestad, aunque el rey al final no se apuntó a la excursión. Alfonso XIII tampoco quiso ir al juzgado a declarar cuando se lo pidieron.
04. Si me Quieres Escribir.
«Si me quieres escribir y sabes mi paradero, tercera brigada mixta, primera línea de fuego».
05. A las barricadas (versión de los Muertos de Cristo).
06. En el Pozo de María Luisa (Himno Santa Bárbara) – La versión de Nuberu.
07. División Azul (La versión de Toletum).
08. Eres alta y delgada.
«Eres como una rosa de Alejandría, colorada de noche, blanca de día».
«Niña, paso lo noche pensando en ti, por tu amor yo me muero, desde que te vi».
09. No pasarán.
10. Ya Hemos Pasao (por Celia Gámez).
Celia Gámez era una vedete muy conocida, que cantó y grabo esta canción. La letra la escribió Millán Astray, fundador de la Legión, amigo y ferviente admirador de la Gámez.
11. Ay Carmela.
12. Bella Ciao.
13. A Las Barricadas (Himno en versión original de la CNT).
14. Himno De Riego.

Los dos amigos charlaron a ratos mientras escuchaban la música, hasta que empezaron a sentirse cansados. Pardiñas anunció que iba a echarse una siesta:
—Te puedes quedar si quieres, puedes dormir en el sofá, o te puedes marchar.
Pardiñas se metió en la cama y se quedó dormido. Miguel se quedó mirando el cráneo, tenía párpados que cubrían los ojos cerrados. Pensó en irse, pero prefirió quedarse, pensó que a lo mejor no se le volvía a presentar una ocasión como esta de vivir libremente okupando donde le viniera en gana, con un amigo tan interesante. Ya era hora de dejar a su mujer, y aquí estaba más cerca de la mujer a la que realmente amaba.
Miguel se acostó en el sofá con la intención de dormir, pero en lugar de eso se despertó en la Casa de las Torrijas. Estaba sentado en una silla, con los brazos a modo de almohada sobre la mesa. El camarero le agarraba el hombro y le dijo:
—Caballero, no duerma usted aquí. Esto no es una pensión, váyase usted a su casa, por favor.

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© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

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