Los casos de la Agencia Aquila. Hoy: Casos clínicos

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Por Proxuey.

Esta es una historia sobre dos sujetos y un objeto, sobre un inglés, un americano y un libro. Los tipos han sido identificados como profesor y loco, docente y demente, respectivamente. El libro es el Oxford English Dictionary (OED, 1888-1928), monumento admirable, envidia y asombro de la lexicografía europea, concebido para registrar todos los usos y formas conocidas de cada palabra en todas las variedades del inglés de todos los tiempos. La idea, que había anidado a mitad de siglo, fue cogiendo calor en la Sociedad Filológica de Londres, un club muy principal que el año de 1869 acogió a un tal Murray, nuestro primer individuo.

Hijo de un sastre de pueblo de las lindes con Escocia, fue un niño precoz y muy serio, un joven sorprendentemente ilustrado y un hombre definitivamente herido por un ansia de saber que calmaba como podía acumulando conocimientos lingüísticos e históricos extraordinarios. Casó una y dos veces, tuvo hijos más de diez y hubo de consumir horas interminables de manguitos almidonados y visera verde en oficinas bancarias mal iluminadas. Sin embargo, no solo llegó a ingresar en la Sociedad Filológica de Londres —todo un logro para alguien que había dejado la escuela a los catorce años—, sino que en 1879 James Augustus Henry Murray (1837-1915) se convirtió en el coordinador del diccionario que la Oxford University Press aceptó publicar, después de que Cambridge lo rechazara. «Me ha tocado la lotería», se dijo Murray a buen seguro; y en un periquete se levantó en el jardín un cómodo cobertizo con chapas y ruedas viejas —«te llamaré Scriptorium»— para encerrarse en él por el resto de sus días, más feliz que una lombriz y más contento que un acento.

Pero «no es bueno que el hombre esté solo», recordó quizá nuestro Murray, e hizo un llamamiento «al público que hablaba y leía inglés» para reunir un amplio cuerpo de voluntarios. Dada la envergadura del proyecto, desde el principio de los trabajos que culminarían en el OED la Sociedad Filológica se había servido de la participación anónima desinteresada. Murray dio un nuevo y gran empujón solicitando la colaboración de lectores de Gran Bretaña, Estados Unidos y las colonias británicas, que se ocuparan de los libros aún no examinados y extrajeran citas de ellos:
—¡Anglófonos! —apostrofó Murray a la anglofonía— ¡Hay cosas que no se hacen por dinero!

Y la anglofonía respondió con entusiasmo y se hincó de codos a espulgar los tochos y entresacar voces y contextos después de cenar. Rubicundas hijas de Albión que habían pasado el día acarreando baldes de leche, criaturas que salían con las caras sucias de las fábricas de betún, varones borrachos como cubas al regresar del pub: vedlos velar laboriosos, mariposas atrapadas en el cerco de luz que derrama un candil; oíd noche tras noche el punto de sus plumas rasguear en las papeletas que van llenando de buena letra inglesa. Qué hermosa modalidad de devoción patriótica. (Y qué de fichas mal hechas e inútiles, añado con el afecto que tiñe de verde, ese que se dice tan español).

El segundo hombre. El llamamiento de Murray se insertó en la prensa y fue difundido ampliamente por librerías y quioscos. A principios de 1880, una copia abandonada en un libro o entre las páginas de una revista llegó a una de las celdas de la última planta del Pabellón número dos del Asilo para Criminales Lunáticos de Broadmoor, en Crowthorne (Berkshire). Allí la leyó William C. Minor (1834-1920), un americano que vivía de los libros que forraban su celda, un médico y militar que había servido como cirujano en la Guerra Civil Americana. No sabemos cuál era su índole al entrar en la contienda pero sí que salió de ella enajenado y alucinativo, y que se instaló en Nueva York, cuyas avenidas fatigaba disoluto y prostitucional; que fue luego trasladado a un puesto remoto en Florida y, yendo su locura a más, acabó en un manicomio en Washington D.C. En 1871, cuando sale, cruza la mar y arriba a Londres, donde vuelve a entregarse al desorden y a la disipación, a las putas y a las voces. Una noche de viva algarada mental asesina a balazos a un humilde fogonero, George Merrett, y es así como ingresa en el asilo de Broadmoor que hemos dicho, porque fue considerado «no culpable» sino loco.

Decía que Minor conoció el llamamiento y comenzó a trabajar para el OED, y anticipo asimismo que no fue uno más entre los miles de corresponsales ignotos. La rareza de las obras que manejaba y su asiduidad —se aprovecharon hasta diez mil fichas de las enviadas por Minor al taller de Murray— hicieron de la suya una aportación tan significativa que mereció una mención gratulatoria en prefacio del primer volumen (1888). Murray lo distinguía como uno de sus mejores colaboradores, además de como amigo al que visitó con frecuencia desde 1891, que es la fecha de su primer encuentro:

—Apreciado señor Minor, cuánto he deseado conocerle —saludó Murray al director del manicomio aquella mañana.

—Me temo que es un error, yo no soy Minor —respondió el director, murmurando el típico «Dios los cría y ellos se juntan», que los directores de manicomios pronuncian en estos casos para sus adentros, mientras acompañaba a Murray al cuarto del americano. Y por fin los dos hombres se tuvieron uno frente a otro, idénticos sus ojillos llameantes en trastornada combustión filológica, altos ambos y delgados, calvos y barbados igualmente, trasudando simétrica la insensata pasión del inagotable viajar por el pupitre. Es decir, la anagnórisis: que se reconocieron. «Tan cuerdo y buen cristiano como yo», escribió aproximadamente Murray a otro amigo al evocar este momento.

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  • WINCHESTER, Simon (1999): El profesor y el loco. Una historia de crímenes, locura y amor por las palabras, Madrid, Debate. (The Professor and the Madman, 1998; traducción de María Eugenia Ciocchini).
  • Reseña de Manuel Carriscondo Esquivel, Revista de lexicografía, 1999-2000, 6: 227-234.
  • FOTO: James A. H. Murray editor del Oxford English Dictionary y su equipo de redacción en el Scriptorium (1915).

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