Asesinato en la comarca de Osona (II)

MCLOMA3
Por Gómez.

Cuando, cerca de un minuto y medio más tarde, Bertomeu conectó el generador de emergencia del sótano y retornó la luz al Salón Topaci del hotel Ambassador de Folgarolas, Lord Mortadelo Tisdale-Burton yacía exánime en su silla, con la cabeza caída sobre el plato de butifarras y un afilado cuchillo de pelar calçots clavado en su espalda. El silencio horrorizado de los invitados al presenciar esta dantesca escena solo fue quebrado por los melancólicos ronquidos que emitía lady Antolina y algún trueno ocasional, producto de esa tormenta apocalíptica que seguía azotando la comarca de Osona. Sin dudarlo, Mc Loma tomó la iniciativa y se aproximó hacia el noble, justo cuando Quimeta, con la excusa de servir a los presentes unos carajillos de Aromas de Montserrat y los pastisets de rigor, se aprestaba a despojarle a la víctima del peso de un Patek Philippe de oro que portaba en su muñeca.

Touche pas la montre, ma petite fille! –conminó a la doncella londinense el famoso detective. Y, una vez seguro de que su orden se había cumplido y la muchacha se mantenía a una prudente distancia del cuerpo, se giró hacia el joven doctor Rochebrune y le espetó–: Monsieur le docteur, ¿puede usted hacer algo por este hombre?

—¿Se refiere a algo como rezarle un padrenuestro, por ejemplo?

Pero Mc Loma no respondió al psicoanalista canino, pues sus ojos, perfectamente habituados a detectar cualquier pista, por ínfima que esta fuera, acababan de posarse sobre un solitario carquinyoli que descansaba a escasos centímetros de la mano derecha del cadáver. Después de tomar la galletita de almendra con su pañuelo y examinarla detenidamente durante cerca de un minuto bajo la luz de una bujía, Mc Loma procedió a olfatearla con un estilo que no igualaría ni un pointer.

—¿Cree usted que el asesino puede haber envenenado uno de estos carquinyolis? –inquirió el detective cuando finalizó la concienzuda inspección.

—La verdad, Mc Loma, es que aunque mi especialidad clínica sea la terapia regresiva reconstructiva en razas de tamaño mediano, me inclino por pensar que la causa de la muerte de nuestro anfitrión ha sido provocada por el cuchillo que han clavado en su espalda más que por un veneno.

Tranquilizado por las palabras de Rochebrune, Mc Loma se comió el carquinyoli de un solo bocado.

Eran su debilidad.

En ese preciso momento hizo su entrada en el salón un empapado Bertomeu y anunció a los presentes con voz grave y el rostro demudado que el Pont de la Sardana, construcción que conectaba el hotel Ambassador con el pueblo desde el siglo XVII, se había derrumbado a causa de la crecida del río y que, por tanto, se encontraban aislados y sin posibilidad de recibir ayuda alguna del exterior.

Geraldine Patterson, la joven pelirroja recién enviudada, recibió la noticia con un grito de angustia, siendo consolada al instante por la condesa Natasha.

—Walden –dijo Mc Loma a su fiel colaborador mientras se encendía un cigarrillo y expelía, pensativo, unas volutas azuladas que se remontaron dibujando espirales hacia el techo del salón–. Es hora de pasar a los interrogatorios. Tráigame de mi habitación, s’il vous plaît, el batín de preguntar.

Una vez de regreso en el salón, Walden observó que el primer sospechoso al que Mc Loma decidió tomar declaración no paraba de agitarse, terriblemente inquieto, evidenciando el nerviosismo culpable de quien tiene un secreto que ocultar. Entretanto, el detective se atusaba el bigote mientras paseaba arriba y abajo, tomándose su tiempo antes de comenzar con las preguntas.

Monsieur –arrancó por fin el detective, ya embutido en su batín de terciopelo azul laguna con cierre de alamar trenzado–, ¿acaso no es cierto que su numerito de hace unos minutos, lejos de constituir una improvisación, estaba calculado al milímetro como maniobra de distracción mientras el cerebro de la operación apagaba la luz y luego asesinaba a Lord Mortadelo?

—¡MAI MÉS MAI MÉS MAI MÉS! –respondió, acorralado, el loro Florenci.

Una vez expresada esta inequívoca confesión de culpabilidad, el ave se negó a responder ninguna pregunta más de las que le formuló el detective.

–¿Sospecha del loro, Mc Loma? –preguntó el inspector Walden en voz baja a su compañero.

—Sospecho de todos, amigo, hasta de mí mismo –confesó el atribulado detective de Santa Coloma de Cervelló–. Sepa que estamos en presencia de una de las mentes criminales más fascinantes y malévolas con que jamás me he enfrentado. Observe, si no, la mise en scène, la perfecta sincronía de movimientos con su alado sicario, las notas desafiantes que me remitió, la sobria pero eficaz ejecución del crimen… Vigile a monsieur le perroquet, Walden, mientras sigo con el procedimiento habitual.

***

La segunda sospechosa elegida para ser interrogada fue la bella condesa rusa que pasaba sus vacaciones en un balneario cercano.

Mademoiselle Natasha… –dijo Mc Loma, clavando su penetrante mirada en la exuberante mujer al tiempo que la señalaba con un dedo acusador–. ¿O quizá debería decir… baronesa Clarise Jolie Laurent?

El desenmascaramiento de la archienemiga de Mc Loma fue recibido con un ronquido de sorpresa por parte de lady Antolina, tras lo cual, la anciana volvió a sumirse en su mundo interior como acostumbraba.

—Un perfecto acento bielorruso, las lentillas de color verde, varias capas de maquillaje, unos postizos y un nuevo peinado no bastan para engañar al mejor detective del mundo –concluyó Mc Loma.

—¡Uffff, pero qué calorcito que hace aquí! –dijo la esquiva baronesa mientras comenzaba a desabotonarse la blusa.

(continuará)

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