El anarquista enamorado, 5: Ana

Godín

POR CLAUDIO SÍFILIS.

Es jueves, desde el viernes pasado Miguel no duerme en su casa. Su mujer, Ana, se ha cruzado con él tres veces por los pasillos del colegio, se saludaron, pero luego él bajó la mirada y pasó de largo. Gracias a que trabajan juntos sabe que está bien, porque ni siquiera cogió el teléfono el domingo ni devolvió la llamada. A media tarde, Ana está en casa metiendo la ropa de Miguel en bolsas para cuando venga a recogerla, porque no quiere que eso sea un episodio demasiado largo. Cuando termina echa un vistazo al resto de cosas, piensa: “esto, si quiere llevárselo, tendrá que recogerlo él”. En el despacho hay varios trabajos manuales de sus alumnos que el muy sinvergüenza vende en el rastro.

Coge unos archivadores con dibujos de Miguel y se sienta en un sillón a darles un repaso, es un reflejo de su yo artístico. En el dibujo que está trabajando ahora hay una cabaña y un huerto con un cartel: “prohibido el paso al perro de dos patas”. Es un sitio real, un alumno suyo le contó que su padre tiene una finca de su abuelo con una casilla en la que no se le permite hacer reformas, por estar dentro de un parque natural, pero si le dejan estar allí y sembrar su pequeño huerto, y desde que se separó, va allí a pasar largas temporadas.

Muchos de los dibujos del Druida tienen alguna historia como ésta detrás, algo que le han contado, algo que ha escuchado o visto, porque Miguel es un voyeur, le gusta estar solo en la calle, por pueblos, o en bares observando y escuchando a la gente. Luego dibuja lo que ha visto. Es algo que guarda para él, la mayoría están a medio terminar, son simples bocetos que como mucho podrán aparecer en algún comic underground, pero cuando ha hablado con algún editor, le querían publicar, pero no pagarle. A Miguel siempre le ha gustado ver el mundo como espectador, no le interesa cambiarlo, porque admira a los raros y los inadaptados, marginados de la sociedad, las rarezas de la naturaleza. Puede pasar la noche a la intemperie en el campo una noche para oír el canto de un cárabo, una especie de búho pequeño que le costó mucho ver, y cuyo canto escucha repetidamente en una grabación que tiene de cantos de aves europeas. Aunque últimamente no va al campo ni a ningún sitio, solo va detrás de esa chica, la maldita Ruth.

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Miguel se cree un artista, el muy idiota, se cree mejor que su cuñado, un pintor reconocido que no hace simples bocetos, que ha expuesto en grandes galerías, aunque su última exposición no está funcionando muy bien, porque todos los coleccionistas españoles ya tienen obras suyas. El mercado del arte es así, su éxito definitivo vendría si ya no pintara más, sobre todo si tuviera una muerte trágica. El valor de una obra artística va muy ligado a que haya poca cantidad de cuadros de un determinado estilo pictórico.

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Ana decide no empaquetar las ilustraciones ni el resto de cosas, solo la ropa de Miguel, no tiene inconveniente en que entre en casa y hablar con él, no va a cambiar la cerradura ni nada de eso.

De pronto Ana se da cuenta que se está haciendo tarde, ha estado demasiado ensimismada, ha quedado para cenar con Elena, una profesora que se jubiló el año pasado, en el Far West, un local en un barrio que le es algo desconocido.

El Far West está en una calle larga del Barrio de la Concepción, solitario, no hay casi locales a su alrededor, sólo algunas peluquerías. Elena espera a Ana en la barra tomando una Coca Cola, el dueño y unos chicos están en la puerta del bar fumando, una camarera y una cocinera también están por ahí. El camarero entra de pronto en el bar y se vuelva al televisor junto a Elena y dice:

– “¡Gol del Atleti!, ¿Quien lo ha metido?

– “No lo sé. Yo estoy mirando el acuario.”

– “¡Ah!”. Se ríe el camarero, que mira la pantalla del televisor encima y a la izquierda del acuario. “El gol ha sido de Godín”

– “Antes tenías una tortuga con los pececitos de colores” Comenta Elena. “Pequeñita y muy inquieta, se movía más rápido que ningún pez, las tortugas en el agua son muy rápidas. ¿Qué has hecho con ella? Porque no se habrá muerto, las tortugas viven más que las personas”

– “Me cansé de ella”

– “Y que has hecho, ¿no la habrás soltado en un río? Eso es delito”

– “No, la llevé al acuario que tengo en casa. Es que aquí se comía a mis peces”.

-“Con lo pequeñita que era”

– “Sí era pequeña, pero tenía ya el instinto, esas tortugas luego se hacen grandes”

– “¿Y en el acuario de tu casa no se come a los peces?”

– “No. Es que en el acuario de mi casa sólo tengo un pez, y es una piraña. Los metí juntos a ver qué pasaba”

– ¿Y qué pasó?

– “Que la piraña se comió a la tortuga”

– “¿Sí? Pero si las pirañas son carroñeras, no atacan más que a animales muertos”

El camarero se rió mucho de este comentario. Elena le miró a los ojos, los tenía algo achinados, siempre medio cerrados, siempre felices.

– “Cuando viene alguien a mi casa siempre le llama la atención la piraña, y como todos creen que son carroñeras, muchos se atreven a meter el dedo un dedo en el agua. Y la piraña siempre sale lanzada y les muerde, a ninguno le da tiempo a sacar el dedo, les hace sangre”

El camarero salió de nuevo a la calle con sus colegas y al rato llegó Ana, unos minutos tarde, llevaba una gabardina que no dejaba ver el vestido de debajo, medias y zapatos de tacón de aguja, el pelo largo y suelto. Se dieron un fuerte abrazo, chocaron las mejillas dando besos al aire para no mancharse de pintalabios.

– “Qué bien te veo, Elenita, te sienta bien la jubilación, ¡cuéntame que haces con tu tiempo!”

– “Tú sí que estás bien, siempre has sido la profesora más guapa del colegio. Yo hago de todo, muchos cursos, paso mucho tiempo con mi hija, que siempre me está llamando para ver si estoy bien, voy mucho a su casa. Sigo con mi Yoga, mi jardinería, estoy organizando un viaje a los Alpes, para esquiar, con unos amigos”.

– “Se te ve estupenda, no como yo, que llevo unos días que no duermo, ahora te cuento”

Sentadas en una mesa, piden una ensalada y una ración de cazo de pescado para compartir. Ana pide una cerveza y le cuenta a Elena que su marido la ha dejado y que cree que está teniendo una relación con una ex alumna. Elena le da su opinión del asunto:

– “Yo creo que esa chica, Ruth, está con tu marido por practicar sexo con un hombre experimentado, habrá tenido alguna mala experiencia con algún chico joven. Al menos eso hice yo de chiquilla. Probablemente tu marido se llevará un desengaño y quiera volver contigo. Tú llora lo que quieras, pero no en mi blusa, que me la manchas. No quiero ser grosera, pero a mí me dejó el mío y parece que se acaba el mundo. Yo pasé dos años muy malos, mi marido me abandonó, luego volvió dos semanas después y se volvió a ir llevándose mis dos hijos. El divorcio fue terrible, me amenazó con no dejarme ver a mis hijos, me denunció diciendo que yo no los atendía, que no podían estar conmigo. Estuve dos años sufriendo, hasta que un día, paseando por el retiro, me quité mi anillo de casada y lo tiré al lago que está enfrente del palacio de cristal. Ese día decidí que no iba a volver a sufrir por mi matrimonio.”

Ana no se sintió cómoda hablando de Miguel después de este comentario hablaron de otros temas,  de cine, de música, sin poder concentrarse demasiado en la conversación.

Al salir de allí Elena quiere ir a un karaoke a cantar unas canciones de Maná que ha estado preparando, Ana dice que ella no canta pero que la gustará verla cantar. Mientras van andando Elena llama a su hija para decirla que llegará tarde, que no se preocupe, y la promete varias veces que no va a beber alcohol. Ana, que está intentando dejar de fumar, enciende su tercer cigarrillo del día. Al entrar en el Karaoke Elena comenta con Ana que le gustaría tomar un benjamín, una botella pequeñita de cava. Ana se anima y también toma uno.

Elena coge una de las sillas de la barra del bar y la pone delante de la pantalla, con las piernas cruzadas para leer bien. Es una mujer bastante atractiva para su edad, las piernas son bonitas, la falda y la blusa la favorecen, las gafas y la media melena cortada por capas. Tiene una voz que a Ana le parece de niña. A lo largo de la noche cantará 4 canciones.

Mientras cantan otros voluntarios toman hasta tres benjamines cada una, bailan. Ana le dice que la lo está pasando muy bien, que la transmite tranquilidad y bienestar. Ana abraza fuerte a Elena. Elena se separa de Ana y le dice:

– “Es mejor que te vayas a tu casa, que mañana tienes que ir al colegio y ya es tarde. Yo me quedo, aquí ya me conocen, estoy con amigos”

Ana asiente y se separa de ella con algo de vergüenza, se despide y se va. Coge un taxi y cuando llega a casa se va directa a la cama. Se duerme enseguida, a las tres de la mañana de repente con un fuerte dolor de cabeza, sin duda, por efecto de la resaca producida por el cava. Se pega puñetazos en la pierna, lamentando su existencia. Se da la vuelta y se tumba boca abajo, así se imagina enterrada, en conexión con la entrañas de la naturaleza y se relaja, restándole importancia a sus problemas. Pasados unos minutos se acurruca de lado y vuelve a dormir.

Al día siguiente va a al colegio a dar clase. Están dando los filósofos de la Revolución francesa. Los chicos hacen chistes sobre la frase de Descartes “Pienso luego existo”, como todos los años. Aparte de eso pasan las clases adormecidos y se aprenden las lecciones de memoria para aprobar los exámenes, no parecen entender ni preocuparles por qué en esta época hubo un resurgir del pensamiento filosófico. Ana se siente algo culpable por ello, no es capaz de hacerles sentir pasión por la filosofía. Tal vez si les hubiera hablado de la relación entre la revolución copernicana y la demostración de Aristóteles de la existencia de Dios…

Cuando estudiaron unos meses Aristóteles, Ana les dijo a los alumnos que no estudiaban la demostración de la existencia de Dios porque era muy compleja, y no entraba en el temario. Si alguno de ellos estudiaba la carrera de filosofía la estudiaría. Los alumnos estuvieron contentos de que no entrara en el temario que tenían que empollar. Sin embargo la demostración es bien sencilla. Aristóteles demostraba la existencia de Dios mirando al cielo, las estrellas no cambiaban porque eran eternas, etéreas y no se podían corromper. El cielo era infinito y lo identificaba con Dios. En el siglo XVI apareció de pronto una estrella nueva en el cielo, que era una estrella lejana que nunca había sido vista, que entró en fase de supernova.

El miércoles por la noche había muerto el padre de dos alumnos. Ana fue al tanatorio a dar el pésame a la familia, no le sorprendió ver a Miguel allí, siempre se apunta a estas reuniones, como un buitre carroñero lo que busca es la posibilidad de comprar de saldo algunos bienes del difunto para luego trapichear con sus amigos de las almonedas del Rastro. De hecho Miguel estaba hablando con los chicos cuando Ana llegó. Saludó a todos, dio besos y el pésame la familia, también a la viuda, que se estaba pasando muy mal rato. Tenía la cabeza como un bombo, si asemejamos la cabeza a una olla, la suya era una olla a presión, a veces hasta sonaba el silbato. Su marido había muerto de un ataque al corazón, era un hombre muy trabajador. ¿Y para qué tanto trabajar? Se preguntaba su mujer y los asistentes.

Estaban allí los abuelos de los alumnos. Ana se llevó una gran sorpresa al reconocer a un abuelo. Los saludó, a él y a ella. Actuaron como si no se hubieran visto jamás en la vida. Ana conocía a ese señor porque iba de visita casi todos los días a casa de su vecina de la puerta de al lado, una vieja como él, que decía que ese señor era su marido. Esta señora vivía con su hija y su nieto. El nieto de la vecina debía ser nieto de ese señor que estaba allí en el tanatorio, y eso explicaba que el director del colegio, fuera a buscar al niño todos los días a su casa, porque era un niño muy rebelde que se escapaba en cuanto podía de clase.

Esta era una familia muy bien vista en el colegio, siempre participando y ayudando. Cuando por fin se pudo ver al cadáver expuesto tras un cristal en una sala del tanatorio se vislumbró el cuerpo de un hombre gordo, vestido con traje elegante y rostro relajado, con los ojos cerrados.

El sábado Ana dio un paseo por el retiro, se detuvo frente al lago del palacio de cristal, acarició su anillo de casada. No vio razón ninguna para tirarlo al lago. Dentro del palacio de cristal hay una exposición de marionetas dentro de una rulot, los artistas se llaman Janet Cardiff & George Bures Miller. El acabado y el detalle de las figuras son muy delicados. Hay una figura de tamaño real durmiendo dentro de la rulot, la gente se queda mirando esperando que respire, de real que parece. Ana sale encantada y va a ver la exposición del palacio de Velázquez, que no la gusta mucho. Al salir para unos minutos ante el tejo que hay a la derecha, un árbol singular por el que siente pasión desde hace años.

Se para a escuchar a una mujer que toca el arpa, y cuando se marcha la paran unas chicas para preguntarla cómo llegar a Atocha.

– “Tenéis que seguir todo recto por esta calle hasta que os encontréis con la estatua del Ángel Caído. Que es la estatua de un joven muy hermoso, con un cuerpo perfecto, delgado y musculoso, con alas de ángel, caído en el suelo, mirando al cielo con miedo, temor de Dios. Allí cogéis la calle de la derecha que va cuesta abajo hasta una de las salidas del Retiro. Al salir seguís de frente, hay una estatua de Pío Baroja y la feria de libros de la cuesta del Moyano. Bajáis por las feria y llegáis a Atocha”

Al terminar su explicación Ana se calla y mira a las chicas, que se están riendo.

– “¿Habéis entendido?”

Las chicas no contestan, siguen riéndose. Ana se mosquea y se va, sigue el paseo en dirección contraria hacia donde van las chicas.

Para terminar este episodio les contaré a mis lectores la verdadera muerte del padre del chico, algo que su familia supo, pero que ocultó dentro de los posible, por respeto y buenas costumbres. Este hombre ocupaba un puesto de director de compras en la empresa en la que su padre había sido anteriormente director general. Tenía por costumbre a la salida del trabajo pasar por un club de alterne un día por semana. Allí tuvo un ataque al corazón mientras hacía el amor a una chica joven, brasileña. La escena contada por la chica, debió ser tremenda, ya que ella al principio pensó que el hombre estaba teniendo un orgasmo. Cuando cayó encima de ella, ella no podía levantarlo, porque pesaba mucho, empezó a gritar. A ella le pareció que había pasado más de una hora cuando vinieron a socorrerla. La chica era muy joven, alrededor de 24 años, estuvo ingresada en el hospital una semana, después decidió volver a su país.

En una revisión sencilla se encontraron restos de cocaína en la nariz y garganta del muerto. La policía sabe que a veces las chicas  ofrecen cocaína a los clientes de los clubs, porque con la euforia se quedan más tiempo y gastan más dinero, pero no se investigó. Uno de los hijos dijo: Ya vi a papá demasiado emocionado en el cine viendo “El lobo de Wall Street”.

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