ÇHØPSUËY3D #1 :: Mi novela favorita del siglo XX

UnHippy

MERCUTIO
15 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 13:46

Mi novela favorita del siglo XX es un comentario para la sección Mi novela favorita del siglo XX en ÇhøpSuëy. Por eso el comentario está titulado Mi novela favorita del siglo XX, como exigen las reglas de participación.Ahora bien, de ahí en adelante ya no sé qué decir. ¿Me gustó más Camino, de Sanjosemaría, El camino, de Delibes, o En el camino, de Kerouak? Si el capítulo 17 del Ulises es mejor en sí mismo considerado que todo el resto de literatura del siglo XX, ¿es el Ulises como un todo la mejor novela? ¿O no? Porque un poco pestiño también es. Si gocé mucho con Bomarzo o El señor de los anillos, pero ninguna de las dos me parece mejor ni peor que El sueño de los héroes, o que Un tal Lucas, o que Conversación en La Catedral, entonces qué.
Si fuera del siglo XXI lo tendría más fácil, porque voy a morir antes de que nadie supere La ciudad y la ciudad; y vosotros. Pero del XX, macho, es que.
A la mierda.

XIMENODEATALAYA
19 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 17:57

Miss Lonelyhearts, de Natanael West.
Porque es muy corta (casi un cuento).
Porque es sórdida y sin embargo destila humor (humor negro oscuro, claro).
Porque retrata bien lo que trata (sin topicazos y lugares comunes).
Porque el estilo es letal (dando los rodeos justos).
Porque hay un dilema existencial (que al no resolverse, resuelve).
Porque no hay consejos morales (ni falta que hace).
Porque hay mujeres y alcohol (y bares cutres).
Porque es una metáfora del periodismo (la nueva religión).
Porque es metaliteratura (y critica la literatura).
Porque me gusta.

GÓMEZ
15 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 23:40

Llegó a mis manos por casualidad poco después de cumplir los veinte años. Leí una página, dos, tres… Lo cerré, incrédulo… ¡Era bueno, era más que bueno!
Céline sabía que la vida es una farsa y, la humanidad, una simple mascarada. Y en el fondo resultaba sencillo: bastaba con cerrar los ojos y viajar. Un viaje al fin de la noche. Viaje imaginario. Viaje a la oscuridad y también a la luz.
Todas sus frases estaban jalonadas por unos puntos suspensivos casi pictóricos: silencios –los mismos silencios que se dan en el pensamiento o en el diálogo– que no eran sino raíles que transportaban sus palabras directamente al cerebro del lector.
Me interesé por la vida de aquel hombre y recabé aquí y allá datos biográficos: que fue un héroe y resultó gravemente herido en la primera guerra mundial; que ejerció como médico para pobres en uno de los barrios más miserables del París de entreguerras; que pasó varios años en la cárcel, en Dinamarca, falsamente acusado de colaboracionista nazi; que sus libros estuvieron prohibidos en Francia muchos años. Realmente me daba igual, por primera vez había encontrado algo así como un hermano literario.
La cárcel acabó con él. Cuando llegó la locura, los puntos suspensivos terminarían adueñándose de todo
Pero quedaba el Viaje al fin de la noche.

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PROCURO FIJARME
15 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 16:05

Tengo la respuesta, tengo una que voy a decir sin caer en la trampa del autoagonismo, «échale guindas a la tarasca y verás cómo las masca». Anoche vi Nanking, Nanking!, no pienso pelear nunca más ni siquiera en mi interior. (Los japoneses, menudos cabrones). Es que me gusta «favorita», me gusta John Coltrane y Mis cosas favoritas, y me chiflan las novelas, la novelería, el novelismo y la novelación. Mi novela favorita del siglo XX es una que aún no he leído pero existe, lo sé porque me sale del sisi y por las muchas que ya he deshojado y la prometen. Novelas buenas, malas y regulares entran por las oquedades de tu ser que comunica con el papel. Tú las masticas, cuántas veces adormilada, y después ellas corren a morir en los váteres, regalándote mientras tanto limosnas de emoción, fantasía y comprensión: cada una, en la medida de sus haberes, colabora para que tú seas capaz de seguir poniéndote los zapatos. Alguien me recomendó Cómo hablar de los libros que no se han leído (2008). Un listillo, pensé y pensé muy mal. Ese libro —por cierto, ya no recuerdo si lo he leído— habla de lo que has leído y olvidado y ni siquiera está en tu conciencia, porque no abrir un libro es solo una de las maneras de no leer. Habla asimismo de los libros que viven en ti porque forman parte de la «biblioteca colectiva», se refiere a esa cantidad notable de formas intermedias que bullen entre leer y no leer, pellizca las sábanas de una legión de fantasmas imprecisos y dibuja el concepto de «biblioteca interior», que es una que forma parte de la comunitaria, es verdad. Pero mira, en esas mismas estanterías, eh, hay un texto espantosamente personal que es, que es, Dios mío, ¡LO INCOMUNICABLEEE!

MGAUSSAGE
16 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 03:19

De todos los libros del Siglo XX el que prefiero es uno en el que siete curas jóvenes y aguerridos, auxiliados por doce escolares portando estandartes, emplazan en la acera dos lanzahostias en batería con la intención de impedir que el público acceda al tranvía 975, el que lleva desde el centro de la Ciudad a la lejana Exopotamia, un desierto abarrotado de gente en el que por medio de un cedazo se criba la arena para separar los leones. En Exopotamia, un desierto como otro cualquiera pero a rayas de sol y sombra, los protagonistas excavan en busca de tesoros y hacen mucho el amor, todo ello con cuidado de no caer en las oscuras, pues supone la muerte.
En ese libro los personajes y sus vidas se tienen que plegar al capricho de las palabras y son no como ellos quisieran ser, sino como más convenga para que las frases resulten bonitas o sorprendentes. En ese libro el mundo es como decide el autor, un ingeniero-trompetista noctámbulo y caprichoso.
Ese libro es El Otoño en Pekín.

HOLMESS
16 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 11:07

¿Y a ti qué coño te importa?¿A santo de qué te lo he de explicar? No soy gallego, sólo estoy hasta el gorro de preguntas impertinentes. Ya va siendo hora de que sepas que a partir de los 40 años leer novelas es perder el tiempo o estar ciego: la vida sí que es una novela, si te atreves a mirarla. Y si no haz el ejercicio de imaginar escrita por una pluma ágil una combinación al 50% de lo que te pasa y lo que imaginas y deseas que te pase. Elige el modo Vargas Llosa, o mejor Eduardo Mendoza; si lo prefieres que sea E.L. James: ya está! ¿lo ves? Y si una vez visualizada la encuentras aburrida consuélate: primero, porque la gran mayoría de novelas que llenan las alacenas de tu librería lo son todavía más, recorren lugares y culturas que te son ajenas e incomprensibles. Segundo, porque ya que te has erigido en autor, puedes modificar el texto a tu gusto por el simple expediente de cambiar tus actos o tus hábitos. Si te van los temas fuertes y sórdidos, baja a la calle y escupe en la cara del primer chuloputas que encuentres vigilando su ganado, verás como fluye el argumento. Si quieres ser como Conrad sube al primer barco, explícaselo al capitán, ablándale el corazón: espabila, tío.
No olvides dedicar un rato a tomar apuntes en una libretita, para cuando te aburras mucho, quién sabe si en la prisión o en BoraBora Pebble Beach Rich Retired Resort: tus cambios de hábitos han introducido mayor imprevisibilidad subjetiva en tu vida, tú que incautamente pensabas que la tenías bajo control. Allí podrás poner en unos cientos de folios el detalle de lo ocurrido, y esperar tranquilamente la llamada de Estocolmo o la crítica desalmada de RdL.

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ZEPPI
16 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 23:32

Si me preguntan por mi novela favorita del siglo XX, la respuesta dependerá del día, de la hora, del tiempo y de mi estado de ánimo. Pero como me lo preguntan ahora (si me lo preguntan mañana daría otra respuesta), les digo que mi novela favorita del siglo XX es El comisario Rojo, de Jaroslav Hasek, en la que narra en primera persona sus vicisitudes como comisario del Ejército Rojo, con el trasfondo de la revolución bolchevique. Personajes estrafalarios, luchas internas, regimientos que cambian de bando porque en el suyo no les permiten el saqueo… todo ello con una prosa hilarante que deja traslucir un escepticismo muy lúcido respecto a las grandes ideas destinadas a salvar el mundo. Además, por si fuera poco, contiene la primera aparición de “el buen soldado soldado švejk”. Introducido como un personaje complementario, fue tal el éxito que alcanzó, que el autor se vio forzado a dedicarle una novela completa, Las aventuras del buen soldado švejk y sus andanzas en la Guerra Mundial. Debo decir que con pocos libros me he reído más que con este, en algunas páginas a carcajada limpia. Pero mantengo mi nominación de El comisario rojo por haberla leído en primer lugar y por presentar por primera vez a los personajes. En cuanto a comicidad, no desmerece de la segunda (algunos capítulos son antológicos), y el hecho de ser bastante más breve es en este caso un mérito no desdeñable.

MARQUESDECUBASLIBRES
19 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 11:20

El siglo XX ha conseguido casi acabar con la novela. Enrique Vila-Matas publicó en el último año del siglo Bartleby y compañía una meta-novela que resume esta agonía. Basándose en el conocido personaje de Bartleby, the Scrivener (Mellville,1853), aquel que se negaba a escribir y a salir de la oficina, trata de explicar el sentido de la literatura a través de aquellos escritores que un día dejaron ejercer como tales para siempre. No puedo imaginar una novela mejor que la de Vila-Matas para iluminar a los lectores y escribidores del siglo XXI, un siglo que se caracteriza por que se escribe mucho mas de lo que se lee, justo lo contrario que ocurrió en el XX.
En 2015, para celebrar el decimoquinto aniversario de su publicación, se ha preparado una edición especial con un breve epílogo del autor en el que nos cuenta su conversación con Emmanuel Carrère en Florencia. La respuesta de Vila-Matas a la pregunta que le hizo el francés es suprema síntesis del significado actual de la literatura.

MANUELA DELLA FONTANA
3 DE MARZO DE 2015 A LAS 20:49

Sé que exagero, pero no hace mucho leí un libro que me gustó muchísimo. Se titula Ad occhi chiusi y el autor es Carofiglio. Esta es la segunda novela que leo de la serie, aunque no sé si estará traducida al español. El protagonista es un peculiar abogado, Guido Guerrieri, torpón con las mujeres, al que le encantan, las librerías y, aunque se tiene por hombre mediocre y algo cobarde, Guerrieri es una persona inteligente, amable, irónica y reflexiva. Es lo que llaman en Italia «un imbranato». En esta novela deberá enfrentarse a un caso de violencia de género en el que a pesar de los poderosos personajes implicados se verá obligado a aceptar. Por encima de la trama, lo que más me gusta es la atmosfera, y sobre todo la personalidad del protagonista. Ama los libros (desde los de Cavafis hasta los de Durrell) y sobre todo, admira a la gente que los lee. Pese a su torpeza me resulta terriblemente atractivo. Tanto, que si existiese en la vida real un tipo así me convertiría en su fiel admiradora casi al instante y, de tener que hacerlo, hasta me atrevería a presidir su imaginario club de fans. En esta novela frecuenta una librería fantástica en Bari que se llama Magazzini d’ Oltremare la cual está abierta incluso por la noche y siempre hay gente. Es una especie de nave industrial reestructurada donde se puede comer, beber, comprar un libro o, simplemente, leer el periódico. Diréis: …pero si eso ya existe! ¡Nooo!, la librería de la historia, cuenta además con una pequeña sala de cine donde desde la media noche hasta el alba proyectan películas antiguas una detrás de otra, sin parar… ¡qué buena idea! Además, durante la proyección, no está prohibido hablar ni levantarse… ¡la sala está siempre viva! Y a veces, entre una película y otra, alguien sirve spaghetti y vino y cuando se acerca el alba, café con croissant. ¿No os apetecería dar con un lugar tan maravilloso? Sí, seguro: si habéis leído hasta aquí, a vosotros también os encantaría este libro.

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PROCURO FIJARME
17 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 00:57

Una amiga me pasó Hablemos de langostas, de David Foster Wallace. Una colección de ensayos que me deslumbraron: exigentes, originales y muy divertidos. Presa de la fascinación vi que había publicado otras cosas y también una novela, La broma infinita. NOVEEELA, me dije. Me puse con ella una Semana Santa que no paraba de llover y yo arrastraba trabajo y tareas acumuladas, muy divertidas en comparación con todas las demás desgracias del siglo XX. La broma no es un texto convencional, el escenario tiene componentes futuristas y distópicos, claustrofóbicos y aversivos, habla de las adicciones, del malestar, la incomunicación y del tenis infantil. Poca broma con La broma, JAJAJÁ. Cada cuatro páginas mi mano derecha hacía una llave a la izquierda que porfiaba para lanzar el libro contra la pared, cada cuatro páginas mi masoquismo de hierro se arrancaba una victoria. La broma tiene más de mil. Sufrí lo que no está escrito (ni en La broma, JAJAJÁ) pero aún recuerdo sensaciones y pensamientos en todo aquel padecer. En algún sentido de la palabra «favorita» (y si me pongo sería capaz de extraerlo de ella extorsionándola o retorciéndole el pescuezo sin contemplaciones), bien podría ser mi elegida. Yo acabé la novela y ahora escribo esto. Wallace se ahorcó.

SCHULTZ
19 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 17:01

Servidor lee mucho mejor de lo que escribe, lo que tampoco tiene mucho mérito. Si añadimos a eso que rara vez entiendo las críticas literarias, particularmente cuando ya he leído el libro y me ha gustado (por lo visto, sin saber por qué) ya comprenderán que burla burlando van cuatro líneas.
Submundo, de Don DeLillo, hay que leerla porque nos cuenta cómo por debajo de la Historia siempre palpitan los anhelos y los sueños de los que no hemos podido hacerla. Novela a jirones, de carreteras, de historias cruzadas, de secretos y de soledad.
Es una historia absolutamente norteamericana, pasan por ella Sinatra, Hoover, Lenny Bruce, y todas las obsesiones personales del autor, el ruido, la basura, las conspiraciones, la amenaza nuclear.
Se combinan los diálogos cortantes con la prosa poética, casi hipnótica, saltando en el tiempo durante cuarenta años, hacia atrás y hacia delante. Todo por una pelota de béisbol.

SR. VERLE
19 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 12:13

«En la gran calma de estas tardes de invierno hay un reloj: el mar. Su palpitación confusa que se prolonga en la mente es la fuga sobre la cual se compone este relato».
Lawrence Durrell. ‘Justine’ [El cuarteto de Alejandría].

Deslumbrados y cautivados por el flash-back que se nos propone en sus primeras páginas, ya no podremos evitar la lectura de esta novela, en la que su narrador, refugiado en una isla, recuerda su breve e intensa historia de sexo, y amor conceptualmente moderno, con una mujer fascinante y seductora aunque profundamente herida, comprendiendo, al rememorarla, el poder que la magnética ciudad donde se desarrolló, tuvo en la eclosión y la declinación de aquel enamoramiento. Ese es el interés que exhibe esta novela del siglo pasado, la representación de una urbe que actúa como un personaje más, un personaje juzgable, rígido en su indiferencia inmutable a la suerte de sus habitantes, pero flexible literariamente. El autor convierte a una vívida y decadente Alejandría en metáfora de las pasiones, conflictos y conspiraciones que ella ampara como causa y condición, o en otras ocasiones, y ahí surge la eficacia del texto, consigue personalizar e incluso erotizar a esa ciudad milenaria y cosmopolita (no en vano subyugada por la remembranza del Poeta de la Ciudad, Kavafis, al que se homenajea fehacientemente).

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ALBERT
20 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 22:10

«No he querido saber, pero he sabido». Difícilmente las palabras iniciales de una novela pueden resumir tan cabalmente su argumento y su esencia. En muy pocas ocasiones un título ofrece tanta información sobre la trama, los temas y el estilo de lo que contiene. «Mis manos tiene el color de las tuyas, pero me avergüenzo de llevar un corazón tan blanco», dice Lady Macbeth. Shakespeare, es decir, el regreso al origen de la literatura, contra Flaubert quizá. Pensar, imaginar y contar. Nada más. Muy al contrario de lo que muchos sostienen, no se trata de un ensayo disfrazado de novela (como por lo demás lo son o pretenden serlo otras tantas, la mayoría en realidad). En Corazón tan blanco, Javier Marías (1992), la reflexión es tan explícita como las peripecias de los personajes: la mano en el hombro de Luisa al mismo tiempo la apacigua y la sujeta, los oídos de Juan no tienen párpados que pueda cerrar para no escuchar, para no saber por qué fue necesario que su padre se casara tres veces para que él naciera. El argumento siempre es secundario (y aún así, es una historia formidable). Lo relevante es el tratamiento, la prosa hipnótica de Marías, tan asimilable en el fondo al discurrir del pensamiento y tan radicalmente distinta en la forma, de modo que lo artificial y estudiado resulta fronterizo con lo natural y primario y el espectáculo con la filosofía: literatura en estado puro.

BONNIE
19 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 12:13

El Rey de Katoren, de Jan Terlouw, es un libro de juventud que leí a los 11 años.
Recuerdo que estaba siempre cogido en la biblioteca, y que iba todos los días a ver si estaba en la estantería, con la esperanza de encontrarlo.Cuando por fin llegó ese día, lo cogí y le pasé la mano por el lomo medio pelado, frotándolo como la lámpara de Aladino. Las páginas estaban usadas y medio dobladas hacia arriba, incluso había alguna hoja suelta, pero no me importó.
Desde que lo cogí de la biblioteca del colegio no pude parar de leerlo hasta terminarlo, vamos, que me lo leí en dos días. Nunca un libro me ha producido tanta avidez, tanta «ansia viva» por la lectura. Recuerdo que era como una droga, un no parar.
Hay más libros favoritos, pero éste lo recuerdo con especial cariño.

PERROANTONIO
6 DE MARZO DE 2015 A LAS 12:08

Escribió Borges que los hombres repetían dos historias, la de un barco perdido en el Mediterráneo con un hombre que quiere regresar a su isla y la de un dios que se hace crucificar. Dos temas, el regreso al mundo seguro y el sacrificio. El Ulises de James Joyce y La llave de cristal de Dashiell Hammett, por traducirlo a dos novelas del siglo XX. Podrían ser mis favoritas (a condición de que hubiera leído la primera) como podrían serlo otras de temas diferentes, no sé, Cien años de soledad, El guardián entre el centeno o Las partículas elementales. Pero hay otro tema, el del extraño que no encuentra a nadie por quien merezca la pena sacrificarse ni hogar a donde volver. Si dijera El extranjero, de Albert Camus, alegraría a los intensos, pero mi extraño, horrorizado por el comportamiento humano, es un lobo entre lobos o quizá un lobo entre bobos.
Una novela popular, una historieta barata, indigesta y poco edificante: 1280 almas, de Jim Thompson, o el nihilismo de un paleto aparentemente retrasado cuyo humor despiadado se nos va atragantando a cada página hasta provocar arcadas. Nick Corey, un auténtico hijo de perra que mantiene la paz y el orden en Potts County, y una historia que resumió siglos antes el viejo William, «la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no tiene ningún sentido».

JOSÉNEZ
4 DE MARZO DE 2015 A LAS 13:23

Un año antes de que Ramón Gómez de la Serna publique Automoribundia, la mejor autobiografía de la historia de la literatura, se edita El hombre perdido, que es la mejor novela escrita en español en el siglo veinte, aunque ambos libros en realidad sean uno.
Es fácil imaginarse a Ramón escribiendo Automoribundia de noche en su despacho en Buenos Aires mientras se proyecta astralmente y vaga por la ciudad buscándose a sí mismo, viviendo su novela entre nieblas y mujeres, buscando refugios donde pasar las noches, discutiendo con berenjenas, huyendo con humor de su cáncer y de sus tristezas, de sus miedos. Con el mapa en blanco, como todo hombre perdido.
El hombre perdido es «el café al que ir cuando nos horrorizan todos los cafés». Háganse el favor de leerla si se la cruzan, que Ramón y esta novela lo merecen.

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GACHOINLOWERCASE
16 DE FEBRERO DE 2015 A LAS 00:19

La pluma escarlata, de Maeve Binchy, es una novela en la cual a través de la descripción costumbrista magistralmente narrada del ser ubicado en Irlanda, se dilucida la realidad de que en la vida hay algunas situaciones que se resuelven con té, y otras que se resuelven con whisky escocés de malta.
Y todas las demás, ya son para disfrutarlas.

BREMANEUR
8 DE MARZO DE 2015 A LAS 20:32

Algún cabrón dijo que era la mejor novela del siglo XIX, aunque el primer volumen fue publicado en 1957 y el último de la trilogía en 1962. La tenía en casa porque el banco la regalaba al meter dinero y me decidí a leerla aunque la cubierta me recordó que se había hecho una serie basada en el libro, y yo recordaba que era un tanto peñazo. Pero. El primer párrafo me encandiló y la he releído en varias ocasiones, a ser posible con el Tubular Bells de fondo, como la primera vez. De hecho, cuando escucho el disco me vienen a la cabeza escenas de Pueblanueva del Conde, del confundido protagonista, de la mujer que no desea más que amor y redimir su pecado, del boticario que quema una iglesia porque el pantocrator recién pintado le ha inoculado el temor de Dios, de los anarquistas y socialistas que se llevan a la greña y que no saben que cuando acabe la novela empieza la guerra civil y les van a dar por el culo. Como en La línea de sombra, novela de Conrad que casi desbanca a ésta del primer lugar de mis preferencias, su lema bien podría ser: no hay descanso. Así es en Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester.

PIRATAJENNY
7 DE MARZO DE 2015 A LAS 22:10

Llegan de cualquier rincón del país, cientos de miles en busca de una ciudad bajo un ocupante más benévolo, donde la cercanía del mar aún sostiene en pie una esperanza. Tenue. De noche hacen nido en cualquier lado, en los burdeles, en los cafés donde ya sólo se bebe agua de Vichy, en las casas de comida donde sólo se sorbe sopa sin grasa, en las barracas de las fábricas, en los almacenes del puerto. Hay republicanos españoles, saboteadores de líneas telegráficas, comunistas alemanes, nobles eslavos, judíos que burlaron a los Einsatzgruppen, pasadores de frontera, revolucionarios de octubre que burlaron a Koba. Hay soplones, estraperlistas, torturadores y agentes provocadores, colaboracionistas y legionarios. Cónsules corruptos, cónsules heroicos, truhanes con aires de príncipes árabes, camareros con maneras de patrones de galera. Varados todos en la ciudad apocalíptica en el año fatídico de 1942, unos haciendo carrera, otros a la caza de un visado. Jean Malaquais, que tuvo la fortuna de lograr uno, escribió la historia de todos ellos en una lengua extranjera en un país extranjero, México, donde muchos de ellos continuaron varados décadas por un tiempo que se les hizo tan interminable como aquellos doce meses en Marsella. Es Planeta sin visado. No es La tregua, pero no se la pierdan.