Atilano cruza el Rubicón

Atilano
Por Clairette Semisec.

A Atilano Corripio, la inclinación a la ciencia debía venirle de su tío Odulio, al que el pequeño mundo del concejo de Quiriego llamó toda la vida de dios, Pachu ”El Raposu”, vaya usted a saber por qué.

Odulio, aunque labrador de oficio, tocaba de oído alguna que otra tecla, llevado de la mano tanto por su cabezonería ante cualquier contratiempo, como por su innata desconfianza hacia el resto de la humanidad.

Y así, había habilitado una especie de taller mecánico en un viejo hórreo abarrotado con una variada colección de herramientas y piezas de chatarra, torcidas y oxidadas, que había ido recogiendo por las cunetas de su vida.

Con ellas, y su incansable obstinación, había llevado a cabo la construcción de artefactos, perfectamente inútiles, pero que suscitaban la admiración embelesada de la recua de guajes de la aldea, entre los que estaba su sobrino Atilano.

Pero su hermana Adelina y su cuñado Valentín tenían la ambición de hacer de su vástago el escalón fundamental en su ascensión en la escala social de la aldea y cada ternera vendida aportaba los fondos necesarios para este fin a una libreta de la Caja de Ahorros de Asturias.

Total, que el joven Atilano acabó sus estudios secundarios en el Instituto de Avilés y emprendió su viaje iniciático hacia el Olimpo científico en la Escuela de Peritos de Gijón.

Con su título académico en el zurrón, en lugar de buscar algún enchufe que le permitiera “colocarse” en alguna de las empobrecidas y subvencionadas empresas industriales de la provincia, montó, con la inesperada asistencia económica de Pachu, un chamizo de subcontratas de reparaciones eléctricas, cuyos rendimientos fue invirtiendo en literatura profesional, que devoraba en las lluviosas madrugadas asturianas.

Y, fue así como llegó por atajos inopinados a las lindes de ese territorio poco explorado, pero que parece constituir el horizonte más probable del futuro, que se conoce como el de la Inteligencia Artificial (AI).

No le costó mucho al espabilado Atilano su transformación de la técnica a la tecnología. La cosa estaba en el ambiente, y las cualidades adquiridas en el ecosistema aldeano le proporcionaban la instintiva propensión a no dejar pasar una oportunidad, por modesta que pareciese, si era gratis.

Así, héteme aquí que nuestro héroe acabó perfectamente familiarizado con las conclusiones de la Conferencia de Darthmounth de 1956, en el que se acuñó, por vez primera, ese término con apariencia de oxímoron, que es el de Inteligencia Artificial.

La definición de “inteligencia” de John Mc Carthy, como “la capacidad del ser humano de adaptación a los cambios de circunstancias, mediante un mix de observación, memoria y razonamiento”, no le convencía demasiado. La simple constatación de la eficacia del sistema inmunológico para adaptarse a los cambios del cuerpo humano nos obligaría, basándonos en esa definición, a considerar ese sistema como inteligente.

Más bien se inclinaba por la hipótesis de Marvin Minsky, en la que el científico estadounidense apuesta por la existencia en nuestra mente de un comité de “mentes” más modestas que acuerdan soluciones pactadas, combinando sus respectivas pericias para encontrar soluciones eficaces.

Atilano era más proclive a la complejidad, porque la desconfianza general que había heredado de su tío Pachu, le hacía descartar sistemáticamente toda apariencia de simplicidad. De ahí a hacerse adicto a la ciencia de la computación, había un sencillo paso que el joven científico amateur dio sin vacilación.

Enfrentado al dilema planteado de construir máquinas que se comporten, al menos aparentemente, como seres humanos, Atilano se vio obligado a escoger entre los dos bloques que mantienen enfoques divergentes. El llamado Enfoque Simbólico (top-down), el más clásico, y el Sub-simbólico o conexionista.

El primero simula directamente las características inteligentes del hombre, mediante una representación del conocimiento humano dividido en dos subtipos: conocimiento acerca del problema particular y conocimiento acerca de cómo obtener más conocimientos a partir de los disponibles. Para ello hace falta el almacenamiento en la memoria del ordenador de billones de hechos interconectados.

La corriente Sub-simbólica se basa en la simulación de los elementos de más bajo nivel, dentro de los procesos inteligentes, para de esa formar esperar que la combinación de estos permita el surgimiento espontáneo de un comportamiento inteligente. Las redes neuronales y los algoritmos genéticos, que trabajan bajo conceptos sólidamente relacionados, como la autonomía, el aprendizaje y la adaptación, son ejemplos claros de este tipo de orientación.

Atilano, tras inquietantes oscilaciones de su vacilante voluntad, optó por la primera de opciones de la alternativa.

Y, ahora, en la penumbra del hórreo de Pachu “El Raposu”, convertido en laboratorio, debía reconocer el error de su dramática elección. Ninguna respuesta inteligente surgía de aquel ser inanimado que tenía ante sí.

Pero no era Atilano alguien a quien un desacierto abatiese. También errores como aquél, por muchos que hubiesen sido los esfuerzos malogrados, encerraban una parte de aprendizaje esencial para el avance científico.

De esta forma, compuso en el teclado el password que le introducía en el programa de desmontaje. Pero, en vez de aparecer el panel de conexiones, por los altavoces del sistema, sonó una voz con acento inconfundiblemente intimidante.

¡‘TA RIFÁNDOSE UNA OSTIA…!

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