Ensoñaciones librescas

DOREMARQUES800

Por Fernando García.

La lectura de El nombre de la rosa terminó de envenenar mi mente, en aquellos años 80 me dio por coleccionar revistas científicas (Nature, New England, Lancet, BMJ) y llevarlas a encuadernar primorosamente a uno de esos talleres de Madrid que olían a cuero y pegamento. La ensoñación consistía en tener en mi propia casa todo ese material de consulta perfectamente ordenado. Pero ay, vino un hijo y luego otro, y empezó a faltarme espacio. Aquello me sobrepasó y me obligaron a donar mi colección a un departamento universitario.

No habiendo escarmentado me enredé en un nuevo disparate, crear una biblioteca completa sobre la Guerra Civil. Iba comprando y sustrayendo subrepticiamente a mi suegro algunos volúmenes que iba colocando en los anaqueles liberados por las revistas científicas encuadernadas. Mas los acontecimientos se precipitaron, mi suegro falleció y me cayó encima su biblioteca completa. Dios aprieta pero no ahoga y heredamos también el Zulo manchego a donde desplacé el ingente material. Esta nueva situación me dio alas para nuevos proyectos, ahora disponía de un espacio casi ilimitado para dar salida a mis obsesiones.

Un desvarío llama a otro. Enfebrecido me propuse un nuevo disparate, diría que el epítome de las ensoñaciones librescas: coleccionar Quijotes. Incapaz de prever las dimensiones del asunto me entrampé para hacerme con un Ibarra, sin haber pagado éste adquirí un Thomson y así me fui enredando y cayendo por el abismo. La adquisición de unos Quijotes portugueses sembró la alarma en la familia, que me aconsejó buscar ayuda médica. La ciencia no pudo rescatarme, pues di un paso adelante y me hice «cervantista». En las noches del Zulo proclamaba a quien quisiera oírme, cierto que presa de los licores, que el Marqués, Paco Rico y García Trapiello, éramos los tres grandes cervantistas vivos. En fin, adquirí los siete tomos del Astrana Marín y buceé en la vida del verdadero fénix de los ingenios, de la cual llegué a conocer los detalles más nimios.

Frisaba los cincuenta años cuando andaba en éstas y parecía que el paso del tiempo me iba templando el espíritu. Prometí a mis deudos, preocupados al verme pignorar los últimos majuelos, cesar en mis afanes. Así lo hice y aquí me veo ya con un pie en el estribo pero satisfecho de haber cumplido casi todos mis sueños.

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