Crimen en Haut-Koenigsbourg (y II)

Por Jesús María Gómez Camuñas.

Mi pobre e infortunado amigo:

Reconozco que he terminado de leer su delirante misiva con los ojos anegados en lágrimas y el alma partida en mil pedazos. Si bien puedo comprender que toda una carrera preñada de fracasos e ilusiones truncadas en el terreno literario haya terminado por minarle la razón y alterar su percepción de la realidad, no es menos cierto que estaba lejos de imaginar que mi obra de caridad para con su persona (honrar su novelita con mi prólogo) iba a ser recibida con semejante desprecio por su parte.

No pretendo hurgar en la herida de su particular descenso psicológico a los infiernos ni otorgarme atribuciones que en todo caso serían (son) competencia de algún psiquiatra, trabajador social, religioso o chamán; sin embargo, hay unos puntos en su carta que, como amigo y caballero, no puedo pasar por alto sin una respuesta, aunque ésta sea redactada a vuelapluma y tenga que contener la rabia y la tristeza que me embargan a cada línea.

Es verdad que, como dice, figuro en la enciclopedia de autores malditos que ha citado; pero no porque yo mismo sea maldito. La razón de mi inclusión en ella hay que buscarla simplemente en una acalorada discusión acerca de la estatura de Schopenhauer que sostuve con el autor de la misma en el curso de una de aquellas legendarias tertulias literarias que se celebraban en el bar La Ponderosa de Cambrils a principios de los noventa, discusión que, con total certeza, habría desembocado en sangriento duelo de no haber tenido programada para esa misma tarde una visita con mi callista.

La venganza de ese infame cobarde fue incluirme injustamente en su rol de fracasados.

Escritores

Empero, si usted conociera la palabra “decencia” no se habría olvidado de mencionar que en la página dos mil veintisiete del mismo volumen (¡sí, ja ja, el otro ejemplar que se vendió de la enciclopedia lo adquirí yo!) es posible encontrar un capítulo dedicado al padre del inspector Mc Loma, y no en términos, precisamente, muy elogiosos. Leo:

[…] (a) Rufus W. Mc Allister, (a) Rolando Rigoletti, (a) Anita de los Llanos i Collserola fue conocido en sus inicios en los círculos literarios como Mr. Pollazos o el Marcial Lafuente Estefanía del porno, siendo sus obras menos irrelevantes en este oscuro período, Cariño, he agrandado mi tranca, ¡Qué bien me lo paso follando! y Doce Zorras sin Piedad.

¿Qué bien me lo paso follando? ¡Pero qué calladito se tenía que era usted el autor de esa joya, tunante…! En fin, sigo leyendo:

Ya con su verdadero nombre, y con el intelecto mermado por la bebida, las continuas infidelidades de su esposa y su adicción a los optalidones, alumbró a Ricardo Mc Loma, el bufo personaje de El Asesino de Odontólogos y varias obras más cuyos títulos no merecen ni ser citados […] cruce contranatura entre Hércules Poirot, Anacleto Agente Secreto y Louis de Funès interpretando a Juve, el policía de Fantomas.

Esto es todo con respecto a sus insultos. En lo que respecta a mi prólogo, amigo mío, renuncio a defender mis opiniones. Dejemos que su novela hable por sí misma, concretamente abrámosla por el capital (e impagable a todas luces) capítulo en el que la baronesa es detenida al fin acusada de asesinar a Lord Mortadelo Tisdale-Burton. Leo:

Del mismo modo que la brisa estival arrastra el perfume de aquellas delicadas prímulas bendecidas por el rocío de la mañana, desde la posición que ocupaban los detectives en el salón de armas del Château de Haut-Koenigsbourg podía aspirarse el aroma que despedía la excitada baronesa al frotar a toda velocidad su vulva, tras comprobar que las evidencias criminales se amontonaban en su contra. Con el vestido color púrpura de Ellie Saab subido a la altura de las rodillas y sus dedos acariciando con pericia el humeante clítoris, la bella asesina se asemejaba más que nunca a una embaucadora orquídea que desafiara a que los dos sabuesos, en lugar de detenerla, la polinizaran.

Ridículo, ¿verdad? Pues la ha escrito usted solito.

Mc Loma la observaba impasible. Sin embargo, el hecho de que en lugar de su habitual bombín fuera tocado con un paragüero de bronce, le hizo pensar al subinspector Caspolini —quien, en un estado muy próximo a la catatonia, todavía sujetaba en sus trémulas manos las braguitas de encaje que la mujer se arrancó desesperada cuando le leyeron sus derechos que quizá esta innovadora manera de confesar un crimen por parte de una sospechosa había perturbado al mundialmente famoso sabueso más de lo que su amigo estaría dispuesto a reconocer jamás.

Creo que no será necesario más dolor. Seré piadoso y cerraré aquí su “libro”. Seré más piadoso todavía y concluiré aquí mi respuesta a sus gratuitas provocaciones. Algún día, espero que no muy lejano, me agradecerá esta cura de humildad.

Rezando por su restablecimiento o por lo menos algún remedio paliativo para esta descorazonadora muerte psíquica y espiritual que padece, reciba un entrañable y sincero abrazo.

P.S. Casi lo olvido: en cuanto a su prólogo para mi libro, no puedo más que concederle un diez. Un diez escrito en números romanos, esto es, una equis tan enorme como con las que he tachado sus ridículas cuartillas antes de arrojarlas a la basura. No necesito prólogo. Las grandes obras ésta, mi buen amigo, le garantizo que lo es se prologan solas a sí mismas.

P.P.S. ¿Quedamos la semana que viene donde siempre?

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