Lemánicas. I La Limite

Limite
Por Pirata Jenny.

La Limite, la Frontera. En el invierno de 2011, cualquiera que quisiese encontrarle a partir de las siete de la tarde, a esa hora en que en Ginebra empieza a ser conveniente contratar la cena, podría haber acudido allí, al callejón de la rue de Charmilles. Dentro, tres mesas corridas atravesadas en la pequeña sala, una docena de mesas individuales apoyadas sobre las paredes y una ornamentación frugal: apenas los percheros de asta de ciervo que amenazan con desprenderse del lienzo bajo una montaña de abrigos, bufandas y gorros cuyo peso duplica la nieve, la nieve que caía inmisericorde desde hacía semanas, y dos fotografías amarilleadas donde es difícil distinguir una goleta, las velas hinchadas por el viento, avanzando, parece, lentamente, parece, hacia la desembocadura del Dranse, rumbo a la luz vacilante del ocaso, y una vista convencional, probablemente una copia de esas postales antiguas que aún compran los turistas, de los castaños desnudos de la plaza, se diría, de Bourg-de-Four, no es fácil distinguir. Las siete y media. Piccolo, un metro y cuarenta y seis centímetros, que ha visto esa tarjeta postal cientos de veces, al menos una vez al día desde que comenzó a frecuentar la cantina hace treinta y dos años, y quizá más desde que se jubiló, pero que no obstante se detiene frente a ella nada más franquear la puerta y descender los dos peldaños, para dar tiempo a que afloje el nudo que se le arma en el estómago, el pulso se estabilice, se sequen las palmas. A pesar de que todos los habituales esperan su llegada a esa hora, o tal vez precisamente por eso. Mientras, con la punta del zapato juguetea con el pie contrario, indolente, ahora no tan indolente, un poco inquieto, visiblemente irritado cuando no logra domesticar las cordilleras que forman los largos calzoncillos blancos bajo sus calcetines. Las ocho. Haber acudido allí, en la esperanza de leer un par de capítulos o de escribir media cuartilla, en la esperanza vana, porque ya no queda un sitio libre y es una algarabía de voces en español, en francés, en portugués, en italiano, de gente que entra, gente que sale a fumar, gente que vuelve a entrar para seguir cenando, gente que vuelve a salir para seguir fumando, y los guisos empiezan a surgir de las sombras del interior, Isis se acerca cada vez con más insistencia a ofrecer el plato del día, y si no qué, lo de siempre, uno no tiene prisa en salir de allí pero ella sí, y el hambre despierta, la curiosidad despierta, la voluntad desfallece, cerramos el libro intacto. Las ocho y media. – ¡Piccolo, vieni, viens, mira lo que dicen éstos! Piccolo se acerca con la misma vacilación que hace treinta y dos años, recién llegado de Pozzuoli para emplearse de mecánico en las cocheras de La Jonction, y con el mismo gesto vago rechaza la silla que le ofrecen, rara vez se acomoda, y cuando lo hace utiliza sólo la esquina del asiento, como quien en todo momento debe estar preparado para desvanecerse si algo se torciera. Ocupando el extremo de una de las mesas corridas están todos, menos Mamoru, que tardará aún una semana en aparecer en nuestras vidas, que en ese instante preciso está, según calculamos luego, aún atravesando el valle del Volga, Mamoru el peregrino, pero Fabien Faé está, y Dominique Zaffaroni, o Zaffinetti, que es una de las que escapa cada dos por tres al callejón a fumar, y Emma Grosjean, que siempre pero nunca realmente está, transportada por la grappa y la enfermedad mental a quién sabe qué paisajes, lejos de nosotros, lejos de la Frontera, y Claude Nüsslin, casi siempre resguardado en un silencio amable, que Emma, en algunas de sus breves incursiones a la realidad, a veces interpreta como hostil, qué me mira usted, Claude, yo a usted le digo si debe beber otro café, porque ése es al menos su cuarto café en lo que va de tarde, no me gusta mandar a nadie ni que me manden a mí, pero Emma, por Dios, ni por Dios ni por nada, para volver a extraviarse en la cárcel de su mente, Fabien chasquea la lengua en un gesto solidario hacia Claude, cuando nieva mi cuerpo entra como en hibernación, recorta Claude, sólo siente su vieja herida en el muslo derecho, pensamos todos, sólo siento mi vieja herida en el muslo derecho, dice, de la que soy yo el único responsable, por hacerme el bravo galopando esa cabra loca, yo que en mi vida me había subido a un caballo, Isis nos apremia a decidir si acaso queremos algo más, como insinuando que está haciendo caja, pero aquí nadie tiene prisa en salir, salvo ella y se podría dudar si Piccolo, en estado de máxima alerta ante el amago de refriega de Emma. Las diez. Llegó el momento mortuorio, como lo tiene bautizado Claude, oh, no, por favor, miro con culpa mi cuaderno virgen, ya he tenido suficiente por hoy, la bise, la nieve, este cielo bajo y este frío azul, eléctrico, afilado, que de madrugada ha reventado una tubería en el muelle del General Guisan, el atasco grandioso, el 25 avanzando mansamente, a paso de hombre por las calles colapsadas, y la vieja suiza que interrumpe mi lectura, y todo este progreso, ha dicho, con un desdén tranquilo, apuntando brevemente con la barbilla hacia los hoteles de lujo frente al lago, a las sedes de los grandes bancos junto al río, para nada, ¿cuándo va a detenerse el progreso?, me ha interpelado, se supone que debía tener una respuesta concreta o acaso era una pregunta más metafísica, y ahora esto, el parte macabro de madame Zaffaroni, o Zaffinetti, que con el curso de los años ha perfeccionado el relato de su propia muerte y aprovecha nuestras horas más bajas para revisitarlo y, si estamos de suerte, reinventarlo. Al único al que le interesará la epopeya del cuerpo de Dominique será a Mamoru, por ser nuevo en plaza y por esas pulsiones tanáticas de los japoneses, pero a nosotros qué. Las once. Cuatro horas, ni medio capítulo, otra tarde en balde. Los escasos visitantes extranjeros, pasantes de multinacionales, becarios de organizaciones internacionales, ciertos perros sueltos, han pagado a Isis y se han marchado, en las sombras de la cocina sólo se oye a Carlos enredar con los cacharros en el fregadero, abrir y cerrar cámaras, tiberio de la loza y los cubiertos, y madame Zaffaroni, o Zaffinetti, acaba de llegar al fin al momento en que el coche fúnebre encara la rue de l’Arquebuse ante un cortejo más bien menguado pero Sabedor de lo que el Mundo acaba de Perder, y viene a depositarla, es importante en el cementerio de los Reyes no ocupar el primer sitio que te venga a la cabeza, sería demasiado tentador recostarse al lado de Calvino, si uno tuviese la tentación de proyectarse, digamos, políticamente hacia la eternidad, o de Borges y sus siete guerreros nortumbrios, si quisiera ser más sutil, o digámoslo claramente, opaco, no, indescifrable, porque yo he visto en el cementerio de los Reyes a personas, visitantes tranquilos, no pareciera que fácilmente alterables, en quince minutos desde que encaran la plácida llanura incrustada en medio del cacareo de la ciudad, dejando a cada paso atrás los cantos de sirena de la avanzada, perder la compostura ante la estela, hoy en día no es fácil encontrar quien domine el escandinavo antiguo.

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