El anarquista enamorado, 7. Cuando la picha mengua, se alarga la lengua

Atocha
Por Claudio Sífilis.

Noche de miércoles, Toño está en casa viendo la televisión, pero no es capaz de seguir el hilo, está pensando en sus cosas. Recuerda lo que le dijeron cuando fue padre: “No eres capaz de cuidar de ti mismo, ¿cómo vas a ser capaz de cuidar de un hijo?”. Tres meses después le detenía la policía al bajar del tren. Había una orden de búsqueda contra él. Hay que ver lo lista que es la policía, al subir al tren en Ávila les habían pedido la documentación, pero no le habían detenido para ahorrarse el traslado a Madrid. Al llegar a Madrid, un secreta, vestido con la camiseta de la selección española le dijo: “Usted es Juan Antonio, queda usted detenido”; sabía hasta en qué vagón viajaba. Sus amigos no hicieron nada, se quedaron en el andén mirando cómo se lo llevaban. Cuando la familia de su mujer se enteró de que andaba vendiendo droga, le prohibieron ir a verle en la cárcel. Dijeron que por su culpa la reputación de los gitanos era tan mala.

En Ávila, el traficante al por mayor, un payo, trae la droga a España, vive en un chalet que te cagas, rodeado de guardaespaldas, con su mujer e hijos. Y luego tiene otros pisos y tías buenas. Él no ha estado en la cárcel, todavía.

Haciendo un repaso del día de Toño, se había levantado al amanecer y había pasado la mañana en la calle sin hacer nada. A la hora de la comida fue cantando rumbitas por las terrazas de los restaurantes, y así se sacó algunas monedas:

Una gitana del Rastro de Madrid,
me tiene loco perdío y de a morir.
Me tiene loco perdío.
Disen los gitanos viejos del lugar,
que no me duerma que me la quitarán.
Me disen que no me duerma.

Es una canción del repertorio de un artista llamado Parrita.

Ya sé que tienes dinero,
que tu padre es anticuario.
Yo tener tengo muy poco,
pero soy un buen gitano.
Si quieres venirte, vente.
Yo te ofrezco lo que tengo.
Tengo buenas intensiones,
y muy buenos sentimientos.

Según iba avanzando la tarde se complicaba cada vez más. Un rato sentado en Tirso, otro rato paseando, pide un cigarro, luego pide fuego. Recuerda lo que decía su padre: “Todos los días la Virgen hace un milagro o un idiota pasa por Atocha”.

Al pasar delante de un bar, el camarero le llama, que le invita a una cerveza. Hace tiempo hicieron juntos un buen negocio, unos ejecutivos estaban borrachos, celebrando el cierre de un proyecto, y una señora empezó a decirle a Toño: “Esta noche va a ser grande, tú vas a traer aquí a los Navajita Plateá”. Fue complicado hacer entrar a esa gente en razón, decían que les habían prometido la actuación de los Navajita, en su borrachera gritaban y tiraron una maceta. Finalmente Toño trajo a unos gitanos que cantaron, bailaron y tocaron la guitarra, conocidos suyos, y los ejecutivos dijeron que les valía. Lo pasaron bien y pagaron bien. Pero no todos los días sale el sol.

El camarero está contando un chiste a su clientela:

— Pues un cura, que bajó de día a las catacumbas del castillo del conde Drácula, abrió el ataúd, y lo vio allí, tan guapo y tan dormidito. Y como el cura era un maricón y un cabrón, que todo hay que decirlo, le dio la vuelta al Drácula, le bajó los pantalones y empezó a darle por detrás. Y el Drácula, que se despertó gritaba: “Noo, ¿qué haces?, la estaca en el corazón, la estaca en el corazón”.

Después de los chistes a este camarero le gusta comentar como los que comentan una partida de ajedrez terminada.

— ¿Qué os ha parecido? La estaca en el corazón —dice riéndose.
— Pues qué nos va a parecer, una cosa muy soez, como todo lo que tú cuentas. No entiendo como viene aquí nadie para oír esa porquería. No entiendo como un tío viejo y soez como tú se ha casado con la chica más guapa del barrio, una chica joven, de treinta y pocos —contesta uno, que está allí con un colega. Todos son cincuentones. También hay una mujer que vende lotería tomando un café con leche.
— Ya estamos otra vez. ¿Qué rabia te da que yo tenga una mujer guapa? ¿Tú crees que un amigo me puede decir eso? Y que si está ella delante lo dices igual. Yo tengo cincuenta pero parece que tengo treinta y cinco, mira qué pelo tengo, sin canas. Y que yo sé tratar a una mujer, no como tú, que llevaste a tu mujer del luna de miel a un camping.
— No la llevé a un camping, la llevé a un hotel cinco estrellas en Málaga, yo hice reserva, y lo que pasó es que llegamos y no tenían habitaciones, le habían dado la suite nuestra a un jeque. Y nos tuvimos que ir a un camping, porque no había otra cosa, y nos comieron los mosquitos, lo pasamos fatal.
— Y cuenta lo de que se te pinchó una rueda del coche y tuvo que cambiarla ella.
— Ella sabía cambiar la rueda y yo no lo había hecho nunca, lógico que la cambiara ella. Si de esto hace treinta años. Es que entonces los hoteles y las carreteras no eran lo que es ahora
— Pues yo sí sé cambiar la rueda al coche, porque yo soy un hombre completo, y eso también lo sabe apreciar cualquier mujer. También soy un camarero muy completo, además de servir cervezas y cafés te hablo de fútbol, política o programas del corazón.
— Lo que no harás es callarte.
— De la Belén Esteban te puedo hablar, que yo y mi mujer y toda España estamos pendientes de si caga o no caga, que lleva una semana sin cagar. Tres horas viendo la televisión a ver si finalmente lo consigue.
— No me toques a la Belén. Tiene a una amiga que la pone los supositorios, que no ves tanto el programa como dices —dice la lotera.
— Sí, pero la van a expulsar a la amiga y otra vez viene el problema, que se va a poner el supositorio y se la cae. Como el chiste de la vieja y la nieta, que la vieja no podía ponerse los supositorios porque se le caían, y tras muchos sufrimientos se lo pide a la nieta. Se espatarra la vieja, y cuando va la niña a meterlo dice: “¡Oye abuela! ¿El supositorio te lo meto en el culo o se lo doy al pavo?”

Aunque hubo risas generalizadas en el bar, sobre todo las del propio camarero, su amigo se quejó:

— Otro chiste soez.
— Bueno, cuento un chiste que no tiene nada para que veas que me puedo mover en todos los ambientes. Estos son dos borrachos que van por la vía del tren y dice uno: “Mira que son largas estas escaleras”. Y el otro le contesta: “Y la barandilla qué baja la han puesto”.
— Un chiste de borrachos, gente de mal vivir. En tu línea.

Mientras tanto, Toño hace rato que se está fijando en la conversación que tienen al lado dos hombres. El más viejo se muestra enfadado y el más joven se marcha.

El viejo señala a Toño y le dice:

— A ti sí te invito a una cerveza, a ése no, a ti se te ve buen chico, se nota que estás estudiando, ¿verdad?
— Estoy estudiando derecho —mintió Toño.
— Mira, mis dos hijos son abogados. Esa es una carrera muy buena. Mi hija está en Suiza, está casada y con dos niños. Tiene un puesto importantísimo en una compañía de seguros. Mi otro hijo en Canadá, igual, casado y con tres hijos, con un puesto muy importante en una empresa petrolífera.
— El mundo no puede funcionar sin gente así.
— Eso es lo que te estoy diciendo, mis hijos y mis nietos son gente importante.
— Como yo, dentro de poco seré abogado y dirigiré empresas por el mundo. Pero es un poco triste para usted y su mujer, tener a la familia tan lejos.
— Mi mujer ya murió. Mis hijos no me hacen falta, a mí, yo a ellos es otra cosa, me piden que me vaya a vivir allí. El otro día salió en la televisión mi hija, con el presidente de Francia, y la presidenta de Alemania también le pide consejo.
— ¡Que vengan a verme a mí, le voy a dar un consejo a la Merkel!

Mientras hablaba, el viejo no dejaba de agarrar del brazo a Toño, y de sobarle, y Toño aguantando. Finalmente el viejo le dio un beso en el cuello a Toño, el cual no pudo evitar reaccionar apartándose. El viejo se rió y le dijo:

— Mira, ese chico que se ha ido ya le he probado, y no quiero más con él. A ti te doy trescientos euros por pasar la noche conmigo.
— Yo no soy maricón como tú.
— Te doy cuatrocientos —el viejo le enseñó el dinero que llevaba en la cartera.
— ¿Y dónde vamos?
— A mi casa, vivo aquí cerca.

Toño asintió con la cabeza, apretando los dientes. Levantó la mirada para despedirse del camarero, pero éste hacía como que no había escuchado nada, pretendía estar muy ocupado colocando unos vasos. Caminaron silenciosamente por la calle. Toño iba acojonado, pensando en que podía ser una trampa, tal vez dentro del piso esperaba alguien más y lo secuestraban. El viejo vivía en un primer piso sin ascensor, le costó subir las escaleras. Cuando entraron el viejo abrazó al chico con todas sus fuerzas y lo besó con lengua. Toño se deshizo del abrazo con cierto esfuerzo, le empezó a pegar bofetadas en la cara. Deseaba insultarle, pero prefirió no hacerlo. El viejo estaba muy sorprendido, parecía que quería gritar, pero no salía sonido de su boca. Le dio un puñetazo en el estómago y le tiró al suelo. Le quitó el dinero, quinientos euros. Le amenazó con que si gritaba lo amordazaba y lo dejaba atado al irse, si le denunciaba mandaría a alguien a matarlo, dio una vuelta por la casa, cogió algunas cosas que le parecieron valiosas y las metió en una maleta.

Antes de irse se acercó al viejo, le dijo: “Como saques la lengua te meto”, y le dio un beso en los labios. Le levantó del suelo y le llevó a un sofá, allí le abrazó. Le dijo: “Créame que me gusta usted, pero me ha asustado siendo tan agresivo al entrar en la casa”. Yo venía con buenas intenciones pero usted me las ha cambiado, porque ha sido muy grosero. Y sepa que yo no le robaría si no necesitara el dinero, tengo mujer y un hijo que alimentar.

Toño miró a los ojos del viejo, el cual asintió con la cabeza. Toño habló:

— ¡Dígame que me perdona!

El viejo no quería contestar, pero como Toño le insistió, finalmente dijo: “Te perdono”. Y entonces Toño le dio otro beso y se marchó con pasos muy rápidos, había pasado mucho miedo, pero solo era un viejo que se había quedado viudo y solo y, desesperado, se había tirado al barro.

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