ÇHØPSUËY3D #1 :: DECONSTRUCCIONES :: Deconstrucciones del calibre 38

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«Se nota a la legua que eres detective»

Por Gómez.

Ya saben: sentarse en la barra del bar, echar un trago mientras escuchas algo decente de Puccini o Verdi y avanzas en la investigación que tienes entre manos. En esta ocasión me había contratado un tipo que quería encontrar a su parienta. Se trataba de una cuarentona de buen ver, si le hacía caso a la foto que se me había facilitado. Pero no sabía más del asunto. Las pesquisas me habían conducido hasta esa coctelería del centro. Tras varios shirley temples y otros tantos faroles, le enseñé la foto al camarero, al tiempo que le mos­traba un par de billetes para refrescarle la memoria.

—¿Seguro que es usted ensayista? –me preguntó, con la mosca detrás de la oreja, un segundo antes de guardarse el dinero en el bolsillo.

—Especializado en Tucídides y la guerra del Peloponeso.

—¿Le importaría que le pasara un manuscrito? Lo mío son más las ciencias, pero he escrito un estudio sinóptico sobre depredadores del Serengeti que revolucionará…

Al final logré que se concentrara en la foto. ¡Bingo…! No solo reconoció a mi fugitiva, sino que hasta sabía dónde vivía. Por un módico suplemento, pues, me apuntó la dirección de su casa en un posavasos. Antes de que me marchara, señaló discretamente a un tipo grandote, con pinta de asesino, que estaba en una de las mesas del fondo fingiendo leer los índices bur­sátiles en el Wall Street Journal.

—Cuidado con ese tipo –me advirtió.

—¿Quién es?

—Solo sé que se llama Kowalski y que por aquí todos le temen.

Salí a la calle y eché a andar. Pronto advertí de reojo que el tal Kowalski me andaba siguiendo. Bien. Le esperé agazapado en una esquina y, nada más doblar la calle, el fulano se encontró con el cañón de mi 38 alojado en la barriga.

—Ya puedes empezar a contarme cositas –le dije.

—Te estuve observando en el bar –masculló asustado: tu manera de hablar, de compor­tarte, el bulto bajo la gabardina…

—¿El bulto? ¿Acaso pretendías violarme?

—No, no; me refiero a tu arma. Perdona que te lo diga, pero se nota a la legua que eres detective.

—Sigo sin comprender.

—El problema consiste en que… ¿Cómo decirlo…? Que este no es un relato de detec­tives.

Dejé de apuntarle. Por la sorpresa, creo.

—¿Cómo dices?

—Estás en un intenso drama psicológico. Nada de matones, ni prostitutas, ni disparos, ni diálogos ingeniosos con el camarero en la barra de un bar. Además, tú solo eres un per­sonaje secundario. Ochocientas palabras en una novela de tres mil páginas.

Me sentía perplejo, confuso como nunca… Pero algo me decía que no estaba mintiendo.

—¿Ni un disparo? ¿Ni una hostia siquiera?

—Un profesor universitario de filología catalana sufre una profunda depresión al diag­nosticársele una ceguera. Desesperado, abandona sus clases, deja a su mujer, se afilia al ERC y se va a vivir a Ripollet. Hace balance de su vida y, por fin, decide recuperar a su amor. Pero la mujer ha comenzado una nueva vida como puericultora y él desconoce su paradero. Ahí entras tú en escena: la localizas, la avisas de lo que sucede y desapareces de la historia. Fin.

—¿Y quién ha escrito esta mierda?

—Un tal Montoya. El pobre tipo está más loco que una cabra.

—¿Tú qué pintas en esto?

—Pues también soy una ficción. El narrador de otra novela de Montoya que se titula Los coturnos de Antinoo.

—¿Es histórica?

—En realidad habla de una sauna gay de Sit­ges… Ahora le ha dado por las deconstrucciones y anda todo el día deconstruyendo cosas. Algo horroroso.

—¿Qué es eso de deconstruir? Suena como a pegarle cuatro tiros a alguien.

—A mí que me registren. Soy polaco. ¿Sabes cuántos polacos hacen falta para cambiar una bombilla…?

Bueno, con deconstrucción o sin ella decidí comportarme como un profesional y cumplir con mi deber. Tras dejar a Kowalski me encaminé a la dirección que me había proporciona­do el camarero para terminar mi trabajo… Personaje secundario, y de un dramón. ¡Mierda! Ya me decía mi madre que estudiara si no quería terminar en la cuneta.

La puericultora fue quien me abrió la puerta del apartamento. Tenía un aire melancólico, de honda tristeza, que me encogió el corazón. Iba a ponerle al corriente de lo que sucedía cuando, sin previo aviso, la buena señora me colocó la mano en el paquete y lo estrujó hasta casi hacerme gritar.

—¡Uf! –exclamó—. Esperaba uno más joven que tú; pero calzas un cimbel y unas albon­diguillas de lo más respetables, campeón.

—¿Pero esto no es un intenso drama psicológico?

—¿Drama psicológico? ¿Te parece muy psicológico algo que se titula El cornudo, la ninfómana y el detective chingón? Me cepillaría hasta a un equipo de fútbol completo con suplentes y masajista; de hecho creo que voy a hacerlo en la página mil cuatrocientos treinta y dos.

Una loca. Y con mi suerte, seguro que faltaban más de mil páginas para eso.

“¡Maldito Kowalski, pensé, me las vas a pagar todas juntas cuando te pille!”.

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