Ayuntamientos

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Por Sr. Verle.

Algunos no recuerdan que ya en las primeras, desde la II República, elecciones municipales democráticas de abril de 1979, venciendo unos, gobernaron otros.

Así, habiendo la derecha superado en votos y en concejales (no en vano venía de ganar las segundas generales) en muchas capitales de provincia, no obstante, no tuvieron alcaldes. Cuando se constituyeron los ayuntamientos, mediante alianzas, la izquierda conquistó las principales ciudades.

Ello no sucedió en una ciudad, de cuyo nombre no quiero acordarme, donde esa derecha llamada centro, sin mayoría frente a la izquierda, no tuvo empacho en pactar con una agrupación que, aglutinada alrededor de viejos franquistas bien apalancados en los organismos del régimen, había despotricado en su contra durante toda la campaña pero que, por seguir tocando pelo, aportaba votos mínimos para la investidura. Tras el pacto, el 19 de ese mes de abril se produjo la toma de posesión de los primeros miembros electos de los ayuntamientos democráticos.

El nuevo alcalde, que era en realidad independiente bajo siglas, conocido y sobre todo honesto, no habiendo sido partidario, contra la decisión del partido venida de arriba, de entregar el alma a personas de las que sabía, ventajas de pequeña ciudad levítica, las esclavitudes a las que querrían someter al concejo, se permitió una pequeña justicia poética.

Para ello, haciendo uso de la potestad que la ley le confería para configurar el gobierno municipal, —y no me duelen prendas al relatar lo que sigue y contarles la verdad que no figura en ningún relato histórico ni biografía al uso, ya que por mor de las circunstancias fui testigo directo y de hecho actué de consigliere—, repartió entre todos los concejales los cargos municipales en función de su profesión, profesores, peritos, sindicalistas, artesanos, etc. independientemente del partido al que pertenecieran, cedió a la oposición la presidencia de la comisión de hacienda (regalo envenenado) y nombró tenientes de alcalde a los cabezas de lista de cada partido, rompiendo todos los equilibrios. No hay que decir que la decisión les supo a cuerno quemado a los miembros de su partido, políticamente impúberes y altamente dependientes de Madrid, y les sentó como un tiro a los socios del pacto que se reconcomieron en sus escaños pues no esperaban esa ‘traición’.

La consecuencia no se demoró toda la legislatura: la incultura democrática, la subordinación a directrices supramunicipales, la servidumbre frente a los funcionarios municipales y sus corruptelas y la impotencia real para solucionar problemas de la gente, favorecieron que dicho alcalde independiente, descorazonado, presentase su renuncia dando paso al siguiente, más acomodado sin duda al modelo que allí se necesitaba. Siempre he tenido un cierto sentimiento de culpabilidad por aquello.

Y, ahora, nos vienen con pactos…

© Sr. Verle

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