La amistad

AMISTAD
Por Mortimer Gaussage.

Hay que tener mucho cuidado con los amigos. Los amigos son un vicio en el que todos, más o menos, acabamos cayendo, especialmente en la infancia y la juventud. Somos animales gregarios y además, al contrario de las cabras o los escorpiones, nacemos inexpertos y fiamos parte de quienes somos al aprendizaje. Una parte pequeña, es cierto, pero en cantidad suficiente para arruinarnos la vida o, con suerte, aprender a trampearla con elegancia. Así que en ocasiones caemos, inadvertidamente, en la amistad.

La amistad, desde luego, no consiste en contarse las penas o hacerse confidencias. Posiblemente sea lo contrario. Se trataría de no hablar de intrascendencias y evitar por cualquier medio hacer valoraciones sobre los asuntos importantes. Puede uno, sin menoscabo de ese extraño e inaprensible vínculo, hablar de sistemas electorales, dadaísmo, bauhaus o migraciones en la Europa medieval. Cosas menos abstractas o más modernas acabarán corroyéndola.

La amistad, al contrario de lo generalmente pensado, es un pacto por el cual te comprometes a no revelar nunca al amigo cuál es tu verdadera opinión sobre él. Y a cambio nunca recibirás de él su verdadera opinión sobre ti. Eso porque las verdaderas opiniones, las verdades en general, son altamente corrosivas, si no letales. La mayoría ni siquiera soportaríamos saber nuestra verdadera opinión sobre nosotros mismos. Eso es algo que se ha de guardar para casos y circunstancias extremadamente raros y trascendentales. Finales de películas y momentos así.

¿Cómo pedir ayuda efectiva a un tipo al cual has criticado en asuntos importantes de su vida o que ha hecho eso mismo con la tuya? Llegado el caso faltaría el valor, por un sentimiento de vergüenza, al recordar que al afearle haber engañado a su mujer le estabas llamando traidor, algo prohibido por el pacto. Y viceversa. ¿Cómo pedir ayuda para la mudanza, si tu mujer te echa de casa, al tipo que te llamó traidor por engañarla? Pretender que la amistad soporte sinceridades de este tipo es confundirla con el amor.

Las mujeres, claro está, no entienden así la amistad. Muy al contrario es para ellas una constante conversación sobre todas las cosas, banales, relevantes y esenciales. Es otro modo de ejercerla y que la acerca a un matrimonio sin sexo. Para sortear, con dispareja fortuna, la destrucción de ese vínculo por la sinceridad suelen utilizar la extraordinaria capacidad que poseen para el matiz. Lo afirmado o insinuado puede ser hábilmente matizado de tal modo que resulte que no fue dicho en esos términos y con ese significado. Las mujeres pueden ponerle tantos decimales a π como sea necesario. Los hombres, a la vista está, redondeamos.

Nosotros, bastante más burdos, hemos de sujetarnos a la regla antes enunciada. Quien no ha nacido para el matiz sutil no debe siquiera aproximarse a él. Es por ello que se sabe de amistades de mujeres que sobreviven después de arrebatos de sinceridad pero no hay noticia de ninguna entre hombres. Caso típico es manifestar el alivio por una separación o la ruptura de un noviazgo y dar opinión sincera sobre la pareja del amigo o amiga. Finalmente esas parejas siempre vuelven a unirse y la amistad se pierde; sólo en raras ocasiones sobrevive si son mujeres.

Por ello se puede afirmar que a ellas la amistad les durará tanto cuanta inteligencia tengan ambas; cuanta mayor capacidad de interpretar, reinterpretar, de matizar, aclarar, ajustar y armonizar todo lo dicho. La de los hombres tanto cuanta capacidad tengamos de callar.

Por todo ello hay que precaverse contra la amistad. No digo evitarla a toda costa, que exigiría el ímprobo esfuerzo de actuar desagradable y desabridamente todas las horas de la vida, lo cual resulta agotador. Hablo, más bien, de tomar precauciones sensatas y ser comedido. No debe uno, inadvertidamente, suscribir ese pacto con gente a la que no conoce en profundidad. Tamaña imprudencia acabará llevándote a justificar, por acción u omisión, situaciones que no tienen un pase.

Viene esto a cuento porque hace unos días me encontré a un amigo, muy amigo, al que veo poco, muy poco. Uno de esos amigos de la infancia con los que sellé ese pacto hace muchos años, antes de conocernos los recovecos del alma; antes, incluso, de saber nosotros mismos que teníamos recovecos en el alma. Tras los saludos de rigor acabó contándome que un buen día salió de casa sin avisar y se fue a Madrid, como Jabois pero dejando tirada a su mujer y dos hijos. Algo parecido a una fuga psicógena pero con guapsaps. Hay en la historia muchos otros datos, anteriores y coetáneos, pero sólo visten el relato, no lo alteran. Recordé el SMS que hace años me enseñó una amiga en un Motorola StarTac, enviado por su marido: “Me voy. Despídeme de mis padres y de tus hijos”.

Mi amigo sabía lo que estaba haciendo, lo que había hecho. Me lo contó sin sentirse culpable y sin enfado aparente, consciente de las circunstancias. Podría parecer que estaba buscando arruinar nuestra amistad contándome todo aquello. O quizá no, porque el tono fue informativo, desapasionado y en modo alguno buscó justificación o comprensión. Confieso que a mi me faltó un pelo para decirle lo que pienso y echarlo todo a perder. Habría sido de todo punto innecesario e improcedente. Él sabe lo que hizo y sabe también que yo sé lo que hizo. Le desee suerte para poner en orden su vida —empezando por lo más importante, le dije— y nos despedimos con promesas de vernos pronto. Quizá me llame para la mudanza.

Esas amistades de la infancia en las que empiezas hablando poco y acabas sin verte durante años son las mejores. Por inexplicables, aunque produzcan sobresaltos.

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