El anarquista enamorado, 9. ¿Qué es esta porquería que llaman amor?

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Por Claudio Sífilis.

El Druida lleva varios días soñando con insectos. Siempre tiene ganas de estar tumbado, camina despacio y solo hace gestos con fuerza cuando levanta el puño al cielo y se caga en Dios: «Hijo de la gran puta, cerdo, Dios de la mierda. ¿Qué te he hecho yo para que me hagas estas putadas? ¿Te estás riendo de mí? ¿Te diviertes? ¿Te hace gracia verme sufrir?». Toda una oración para un hombre que se hizo ateo con quince años.

Está sufriendo porque Ruth no le hace caso. Él nunca ha sido celoso, siempre le ha gustado tener historias con mujeres, disfrutar del momento con cada una, conversar con cada una de ellas, hasta que llega el aburrimiento e inevitable final. Y si le dejaban ellas a él, ellas eran las que salían perdiendo. Pero esta vez es distinto: ¿Qué le pasa a esta tía? ¿No entiende nada? ¿No se da cuenta de la equivocación que está cometiendo? ¿No han sido perfectos los ratos que han pasado juntos?

El hecho de haber hablado a Dios en los malos momentos provocó una gran confusión en el Druida. Pasó un par de tardes en la Fnac leyendo Siddharta por la cara, intentando entender por qué el amor le hacía sufrir.

No le gusta la religión organizada. Hijos de puta todos, piensa y dice en voz alta con frecuencia. Aún así decide acercarse un sábado a un centro budista que ha localizado en un pequeño local cerca de Plaza España, parece una tienda de libros, aunque sólo venden unos diez libros que hay en el escaparate, que parecen todos iguales. Venden la entrada por tres euros, aunque ellos lo llaman donativo. El local es rectangular, alargado hacia el fondo. A la izquierda hay un altar, a la derecha están preparando una mesa con pastelitos y zumos. Una chica alta y guapa lo prepara todo, los pastelitos son caseros, los ha hecho ella. Dos monjes con túnicas naranjas y rojas, altos, de más de metro noventa cada uno, con la cabeza afeitada, se pasean y charlan con el personal, hay unas 20 personas. Va a haber una presentación de cómo el budismo puede ayudar a soportar las enfermedades psicosomáticas de la sociedad moderna.

Empieza el evento, Un monje se sube al altar y se sienta en posición de loto. Se presenta, se llama Tompa, es español. Explica que dado que es una presentación del centro, empezará hablando de su fundador, un maestro tibetano al que invitaron a ir a Londres en los años 60. Este hombre se sorprendió del sufrimiento que pudo ver en la gente, y enseguida comprendió que el budismo podría ayudar mucho allí. Construyó un templo en Londres, y desde entonces la comunidad budista inglesa no ha parado de crecer, habiendo hoy en día una escuela de monjes allí en la que los estudiantes pasan 6 años formándose. Este monje tibetano ya murió, y los monjes actuales de esta rama del budismo son todos europeos. Tompa comenta que cree que es bueno, porque un monje tibetano puede haber alcanzado la iluminación, ser un buda, pero si no habla tu idioma, es muy difícil que transmita su sabiduría.

Tompa hace pausas mientras habla y se después se ríe. Su risa transmite alegría, a Miguel le llama mucho la atención ver a un tío sentado en un altar riéndose, parece fumado, aunque más tarde dirá que es anti drogas. Tompa se ríe de los atascos de tráfico, toda la gente está enfadada en los atascos, o cuando van en el metro enlatados como sardinas en hora punta. Quieren llegar rápido a donde van, y los que están al lado tienen la culpa. Dice Tompa que estas situaciones se sufre mucho sin razón, porque ¿acaso las demás personas que van en el metro nos han hecho algún mal para que estemos enfadados con ellos? ¿Es que no son gente como yo que lo que quieren es ser felices? Tompa hace un silencio y se ríe.

Tompa habla de los telediarios, de las reuniones sobre la guerra de Ucrania. Hoy Obama, Merkel y Putin dicen que ya no se puede negociar más, que es imposible llegar a un acuerdo. ¿Cómo pueden ser tan ignorantes? ¿Su deseo de poder es tan grande, les ciega tanto que no ven el dolor que van a causar? ¿No os da pena lo ciegos que son? Lo mismo ocurre con la situación en Oriente Medio, el terrorismo islámico, las matanzas de kurdos, las guerras por el petróleo. Si conocieran el sufrimiento que causan no permitirían que hubiera guerra. Tompa hace un silencio y se ríe.

El Druida piensa que Tompa tiene razón, si los gobiernos, los altos cargos militares y los terroristas sintieran el dolor que causan sus acciones en su propia carne, no habría guerras. Si Estados Unidos y Truman hubieran sentido el dolor de todos los muertos y afectados por sus bombas atómicas no hubiera celebrado la victoria como lo hicieron. Todo tendría que ser más orgánico, como cuando te cortas un dedo y sientes el dolor en tu sistema nervioso, en tu cerebro. La gente muere y sufre y los Gobiernos no sienten dolor, solo celebran victorias o lloran derrotas. Si los gobernantes y terroristas sintieran dolor físico cada vez que es asesinado alguien por sus decisiones, decidirían mejor. Son unos ignorantes. Qué ignorante es Putin, qué ignorante es Obama, qué ignorante es Merkel, los integristas islámicos, el gobierno de Israel. El Druida deja la mente en blanco por unos momentos y se ríe.

Tras el monólogo de Tompa, hay una ronda de preguntas que contesta el monje. Uno pregunta qué opina su religión budista sobre las drogas, y Tompa contesta que las drogas son un obstáculo para el desarrollo espiritual y del conocimiento y por tanto son malas. El oyente que había hecho esta pregunta no se queda conforme y le rebate:

—Pero, ¿cómo puede saber que las drogas son malas si no las has probado?, ¿cómo saber que no expanden la conciencia? De toda experiencia se aprende.
—Yo he probado el hachís, recuerdo un día que estábamos en grupo fumando y un chico, que estaba a mi lado tuvo un ataque epiléptico. Lo que más me disgustó es que la gente alrededor no hacía nada. A mí esto me afectó mucho, por eso, yo no quiero saber nada de drogas. Si alguien cree que va a aprender algo tomando drogas, tal vez deba probarlas, pero para mí, que ya lo hice, me parece más un camino de huida que un camino hacia la verdad, y estoy en contra de ellas.

Miguel no se creyó lo del ataque epiléptico. No obstante, estaba pensando que este acto religioso era más interesante que ir a misa, y que esta ronda de preguntas le molaba. Hubo más preguntas, pero la que más recordaría el Druida fue ésta:

—¿Qué dice el budismo de la práctica del sexo como camino hacia el conocimiento? Si no me equivoco, los monjes como tú, habéis hecho voto de castidad.
—El sexo no es un camino hacia el conocimiento, es un acto instintivo que produce placer y forma parte del proceso reproductivo. El budismo no tiene nada en contra de la práctica sexual, o del placer, pero si buscas un camino hacia la iluminación y estás todo el día dale que te pego, normalmente la gente promiscua, no piensa en otra cosa, y eso no te va a llevar a la sabiduría, te lleva por otro camino.
—¿Y del amor? ¿Y del matrimonio? ¿Qué dice el Budismo?
—El matrimonio es apego, no es amor.

Tras esta respuesta hubo un silencio, al que siguió una nueva pregunta:

—¿Puedes ampliar tu respuesta? ¿Por qué si en otros temas has hablado más claramente haces una respuesta tan concisa sobre este tema?
—En Budismo el amor es dar, no es recibir. Cuando alguien sufre porque una persona no le quiere, eso no es amor, eso es egoísmo. Si un chico y una chica salen una tarde, van al cine o a cenar, y se lo pasan bien, seguro que van a querer volver a verse, porque sentirán apego el uno por el otro, pero no amor. Un hombre y una mujer que se casan van a enfrentarse a muchos obstáculos, van a luchar porque su relación sea próspera y por sus hijos, puede ser hermoso, o puede ser terrible, pero no lo hacen por amor. El amor, al menos para un budista, es darse a los demás. Alguien que ama, es alguien que ve la necesidad en lo que le rodea y hace por calmar esa necesidad, por solucionar los sufrimientos, por amor al mundo que le rodea, sin sentir apego por seres o cosas.

En estos momentos el Druida estaba encantado con lo que estaba oyendo, decidido a alcanzar la iluminación, llegar a ser un Buda. Hubo algunas preguntas más y Tompa se bajó del altar.

El otro monje se subió al altar, hablaba mucho más despacio y profundo, con acento de Cádiz, dijo estar nervioso, acababa de graduarse como monje en Inglaterra y era su primera actividad pública. Primero leyó un cuento, trataba de una mujer a la que se le había muerto su marido y su hijo e iba a un templo a pedir explicaciones a Dios, a que le explicaran por qué le había ocurrido esa injusticia. El santón del templo le mandó a cuidar heridos a un hospital militar en una zona de guerra, le dijo que trabajando allí entendería. Tras un tiempo allí la mujer había visto tanto dolor que la muerte de su marido y su hijo le parecían un dolor pequeño.

Después el monje anunció que iban a hacer una meditación en grupo, explicó cómo se meditaba, para los que lo hicieran por primera vez. En posición del loto, se empezaba concentrándose uno en su propia respiración, en su propio latido del corazón, para limpiar la mente de otros pensamientos. Durante la meditación el monje leyó una poesía, de la que el Druida sólo escuchó el principio: Conozco mi sufrimiento, y por tanto, me preocupa. No conozco tu sufrimiento, y por tanto, no me preocupa. La poesía era larga, pero el druida no entendió más. Hablando luego con el monje le dijo que con lo que había escuchado era suficiente.

Terminado el acto comenzó la tertulia de los zumos y los pastelitos, la chica que le gustaba al Druida y que lo había preparado todo se marchó sin ni siquiera mirarle una sola vez. Fijándose ahora en el resto de presentes le pareció una pandilla de deshechos de la vida, gente que debía haber llegado allí tras experiencias muy duras, caras demacradas, gente con temblores, gente en silla de ruedas. Con un zumo en una mano y un pastelito en la otra se acercó a un bizco, que le pareció el más normal del grupo.

—¿Qué tal? ¿Eres budista? —preguntó el Druida

El hombre no contestó, Miguel no tenía claro si además de tener la mirada perdida podía ser que fuera sordo. Le siguió hablando un rato, y pasados unos minutos el hombre le contestó y volvió a sumirse en el silencio.

—No soy budista, he venido a experimentar.

Miguel tuvo una pequeña conversación con Tompa, al que sinceramente admiraba, recordando lo mucho que le había gustado lo que había dicho desde el altar. Tompa le dio un hojita un teléfono con horarios para poder hablar con él si lo necesitaba. Miguel la miró y se sorprendió al ver que para hablar con el monje había que pagar un donativo. El Druida le dijo:

—Sí, te llamaré. Me he pasado toda mi vida pensando sólo en pasármelo bien, creo que ha llegado el momento de preocuparme por mi alma.

A Tompa se le borró la sonrisa de la cara al oír esto por unos segundos. Cuando la recuperó se despidieron y Tompa se fue a hablar con otros. Miguel se terminó su zumo, miró la mesa, la gente y los libros en venta y decidió marcharse. Aunque siguió por internet las actividades del centro durante un tiempo, no volvió a ninguna, y con el tiempo lo aprendido en la charla quedó asimilado en su personalidad. Se tatuó una tela de araña en el hombro para atrapar los insectos que le molestaban en sueños.

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