Crimen en Haut-Koenigsbourg (I)

Por Jesús María Gómez Camuñas

Mi muy querido y respetado amigo:

Acabo de recibir por mensajero el texto que ha tenido la gentileza de remitir a mis editores para el prólogo de la nueva novela (la séptima ya de la saga), Crimen en Haut-Koenigsbourg, que protagoniza mi inmortal personaje, el inspector Mc Loma. Después de agradecerle de corazón las molestias que le haya podido causar en su agenda la redacción de este prólogo —en el hipotético caso de que tuviera usted una agenda o alguna ocupación retribuida además de los cotidianos sablazos a amigos y parientes—, no quisiera dejar pasar la oportunidad de expresarle algunas inquietudes y dudas que me han ido surgiendo (y perturbando en gran medida) al leer estas páginas.

En primer lugar, ¿piensa que la palabra “asnal” para referirse a la forma de conducir la investigación por parte de mi protagonista sea la mejor manera de anticipar al lector ávido de emociones lo que va encontrarse en el interior del libro? ¿Sabía usted que a ese mismo personaje al que tilda alegremente de “pollino engolado” o “detective discapacitado psíquico”, el Gran Mc Loma, lo ha llegado a bautizar un prestigioso crítico del diari Avui como el Philip Marlowe de la Barceloneta? Y aún hay más: ¿cómo osa calificar de asnal ningún texto que haya sido impreso en el mundo desde que Gutenberg diera a luz a su capital invento el padre del único personaje literario de la historia que ha convertido indefectiblemente en adictos al Prozac a los escasos lectores —entre ellos mi propia señora— que cometieron la locura de aproximarse siquiera a la página treinta de la obra? Sí, me refiero a Fulgencio, el botones de su descabellada novela Confesiones de un empleado de banca, ese personaje que fallecía entre horribles convulsiones de una peritonitis aguda en la página cuatrocientos veintisiete para reaparecer vivito y coleando y rebosante de facultades —sin ninguna explicación plausible que aclare el porqué de esta inopinada resurrección— en la mil trescientos veinticuatro, justo antes de falsificar aquel talón nominativo del cual jamás llega a saberse si lo cobra por fin la señora de la limpieza sordomuda o, incluso, si este acto guarda relación alguna, siquiera tangencial, con la laberíntica trama de la obra. Mi propia esposa, como ya le referí durante la última ocasión en que me impuse a usted con la autoridad habitual en nuestra partida mensual de petanca, tuvo que reanudar las sesiones con su psicoterapeuta antes de poder concluir el capítulo quinto, y a lo largo de varios meses solía despertarse en plena noche recitando en estado de trance párrafos completos de la novela. Además, según me confesó la editora del engendro en el curso de una cena, éste ha sido el único libro publicado en nuestro país cuyo anticipo de derechos de autor se abonó de manera íntegra en packs de phoskitos, lo que da una clara medida de cómo valora usted a los hijos de su imaginación. (La misma editora me confesaría, apenas unos chupitos de crema catalana más tarde, que en total se vendieron cinco ejemplares de la novela, y que alberga severas sospechas de que el comprador de por lo menos cuatro de los cinco ejemplares no fue otro que usted mismo convenientemente disfrazado de crítico de El País). Por el contrario, no tengo más que recordarle mi novela Mc Loma en Torredembarra como ejemplo palmario de rotundo éxito de crítica y público que no sólo enganchó a millones de lectores de toda Europa y norte de Bolivia al género detectivesco, sino que también fue elegido como libro del mes en la Semana de la Novela Negra de Torredembarra de 1984, al tiempo que yo mismo era declarado ganador del tercer concurso de comedores de arroz con bogavante y sorbete de limón que se llevó a cabo, en la playa de La Paella de esta bella localidad tarraconense, como acto de clausura de este importante evento literario.

Por último, entiendo que sólo la envidia más descarnada —o esas legendarias disfunciones emocionales y lagunas cognitivas suyas que han desanimado a tantos profesionales de la psique humana a lo largo de la última década— puede empujarle a calificarme al final del prólogo como “autor de tercera”. Ja, ja, ja (risa irónica). Me obliga contra mi voluntad, pues, querido amigo, a mostrarme despiadado y recordarle una vez más su aparición estelar en la monumental Humillados y Ofendidos (Enciclopedia Sinóptica de Autores Malditos, Inéditos y/o Descatalagados Españoles), donde en su página ochocientos cincuenta y siete se le retrata como ejemplo paradigmático de “esquizofrénico que escribe”, citando el autor de la magníficamente documentada compilación a aquel avezado critico (de acuerdo, yo fui ese crítico, pero jamás permití que la amistad que nos une nublara mi juicio profesional) que equiparara sus obras Confesiones de un leonés comedor de berzas, El Proctólogo y la Concubina o Treinta y siete maneras de preparar el rape con los “conmovedores rebuznos de una mente perturbada”… Y qué decir de aquel otro volumen “escrito” por su pluma, Cómo ganar a la ruleta en quince pasos, que provocó que todavía hoy, veinte años después de su publicación, no pueda subirse a su coche sin comprobar antes los bajos del mismo, por si alguno de los muchos jugadores que se arruinaron con su método “infalible” para hacer saltar la banca consiga por fin hacerle saltar a usted por los aires; tal y como puede comprobar de primera mano el día me invitó a cenar en aquel infecto antro de nouvelle cuisine, llamado Frankfurt Marinieves, al que se atrevió a llevarme el día de la presentación de mi ensayo Cómo desmontar el sistema filosófico de Kant antes del batido de proteínas.

Por todo ello, querido amigo, le ruego que suavice, rehaga o simplemente suprima gran parte de las aseveraciones de su prólogo, por lo menos si alberga alguna esperanza de que quienes se lo encargaron, Jacob & Josué Editores, le abonen el precio convenido por su trabajo antes del advenimiento del Mesías a la Tierra. Se lo devuelvo, pues, para que lo redacte de nuevo, y, aprovechando el mismo mensajero, le remito a mi vez el prólogo a su libro de autoayuda, Cómo triunfar en la vida aun siendo un completo gilipollas, introducción que me solicitó amablemente hace apenas una semana esa alma cándida y rara avis in terris del mundo editorial que, a pesar de los amargos batacazos anímicos y las cuantiosas pérdidas económicas sufridas gracias a su afán por completar de manera temeraria la mesa de novedades de las librerías, todavía se atreve a dilapidar el dinero que tanto le cuesta ganar con autores vendibles (como yo mismo por citar un ejemplo) publicándole a usted.

Ya me dirá qué le parece mi prólogo.

Entretanto, reciba un fuerte abrazo de este amigo que le aprecia.

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