¿Cómo estás? Deconstruido

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DR. WATSON.

A diferencia de otros mamíferos el ser humano no utiliza el olfato para informarse sobre el estado de otro ser humano con el que se encuentra: El lenguaje se ha arrogado casi la exclusiva de la tarea comunicativa.

Una consecuencia inmediata de este hecho es la aparición de la mentira, tema bien abordado por H. Frankfurt en sus libritos On bullshit y Sobre la verdad. Constatemos que, a diferencia del lenguaje, el olfato casi perdido informa inequívocamente a nuestros colegas mamíferos no racionales sobre aspectos básicos como la disposición sexual, la agresividad, la alegría y el miedo.

Cuando nos cruzamos con un conocido no nos olfateamos: lo habitual es informarnos mediante una pregunta del tipo «¿cómo estás?», a la que es de buen gusto responder «bien, gracias, ¿y tú?». Las normas de educación acaban por quitar cualquier rasgo informativo a la pregunta y a su respuesta, salvo que exista confianza para aventurarse en una mucho más prolija y quién sabe si deseada por el interpelante.

Dicen que Josep Pla utilizaba un recurso inteligente para salir de este paso: su respuesta era «Hem de dir bé, que és més aviat dit» («Digamos que bien, que queda dicho antes»).

Esta economía es necesaria en cuanto reflexionamos un poco sobre la pregunta. En efecto, ¿es posible una respuesta que contenga verdad y sólo verdad? Apenas somos capaces de reconocer las emociones y sentimientos que, en este momento, notamos. Y la respuesta no podrá ignorar que la memoria ha refrescado las sensaciones de las últimas horas, días o semanas, hallando en ellas un tiovivo que puede alternar desde la amargura absoluta hasta el dulce sabor de boca por distintos —¡o incluso por el mismo!— recuerdo. Hacemos un gran esfuerzo por hallar una media aritmética de las puntuaciones, ignorando que la estadística es una mentira. Aunque peor información proveen los que, con frecuencia, informan de su estado puntual del momento con la etiqueta de «mi vida es» o «este verano ha sido», con resultados aún peores.

Nos cuesta reconocer que a lo largo de apenas unas horas hemos pasado por momentos de alegría, de intensa contrariedad, de miedo al juicio social, de exaltación por el amor, y muchos más, todos ellos vinculados a acontecimientos reales, a meras evocaciones de la memoria o proyecciones en el futuro, y en un vaivén que puede llegar a resultar insufrible. En realidad deberíamos escribir un Ulises cada vez que recibimos esta pregunta, o intentar alcanzar el satori respondiendo con un buen cachete zen en la mejilla del otro, pero no lo hacemos por economía de medios y prudencia elemental, respectivamente.

Tal vez por eso Pla propone su respuesta planiana. Por esto, y también porque conoce intuitivamente fenómenos como los gobernados por las neuronas espejo y otras estructuras mentales, responsables de que cuando nuestro interlocutor contesta «¡Bien!» con una sonrisa, nosotros experimentamos una breve alegría recíproca, nos contagiamos de este bienestar, y a su vez lo devolvemos.

La respuesta de Pla, temeroso de que las repeticiones convencionales hayan agotado este circuito, no sería más que otra vuelta de tuerca inteligente y socarrona. De ser así, lo último que uno debe decir cuando la recibe es «cuenta, cuenta, que tengo tiempo», salvo que desee mostrar que es un zote, o bien sea un Wittgenstein. ■

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