ÇHØPSUËY3D #1 :: DECONSTRUCCIONES :: Poema sinfónico para cien metrónomos

Metrónomos
por Ximeno de Atalaya.

Antes de meternos en faena creo necesario advertir que la naturaleza me ha negado lo que se denomina el oído absoluto, una extraordinaria habi­lidad que les permite a algunas personas identificar una nota musical con solo oírla. Estos individuos cuando escuchan un grillo además del cri-cri-cri perciben fa-fa-fa. Es posible que el grillo común emita en realidad un Si bemol mayor séptima con quinta disminuida, pero ya he reconocido que no tengo oído absoluto.

Más bien podríamos decir —si nos atenemos a mis cualidades musicales— que padez­co de una discapacidad absoluta para la apreciación de sonidos articulados, afinaciones y armonías. Esto sólo puede deberse a un desajuste genético complicado con una deficiente selección de las piezas musicales que sirvieron de banda sonora a mi infancia.

Este curioso fenómeno se produce de un modo tan completo y evidente que la única forma de describir una carencia tan integral para la apreciación de melodías, acordes y contrapuntos es apelando a una nueva taxonomía: digamos que poseo un oído «raro».

El oído «raro» se caracteriza por una insólita habilidad para confundir notas y escalas, afinación y musicalidad, pero lo hace de un modo tan incoherente y caótico que llega a poner en cuestión las leyes de probabilidad estadística.

Alguien podría pensar que mis innegables condi­ciones naturales deberían haberme convencido para dirigir mi interés hacia cualquier otra actividad, pero gracias a una obstinación a toda prueba he logrado dominarme y perseverar sin importarme la magnitud del fracaso.

Cuando decidí dedicarme a la crítica musical, por­que mis escasas habilidades no me permitían otra cosa, convertí mi debilidad en fortaleza dedicándo­me a la acusmática. Esta rama de la música elec­troacústica se basa en la descontextualización, algo que se ajusta como un guante a mis extraordinarias capacidades.

György Ligeti compuso el Poème Symphonique para 100 metrónomos en 1962. Está considerada como una obra de referencia de la música estocástica.

Para su ejecución diez profesores armados con diez metrónomos cada uno se enfrentan a un público supuestamente entendido y ávido de nuevas experiencias. Se les da cuerda (a los metrónomos, porque a profesores y espectadores no les hace ninguna falta) y se ajustan de forma que cada uno marque un compás distinto.

Los metrónomos se colocan cuidadosamente encima de una plataforma. A una indi­cación del director los profesores enfrentados cada uno a sus diez metrónomos han de ponerlos en marcha todo lo simultáneamente que puedan. No es tarea fácil dado que los ejecutantes suelen tener dos brazos. Una vez consiguen ponerlos en marcha porque la sincronización inicial resulta imposible, desaparecen por donde han venido.

El resultado es predecible: los metrónomos —cada uno a su bola— marcan los tiempos mientras les queda cuerda, después se van parando hasta que solo quedan cinco, cuatro, tres, dos y por último uno, que da unos pocos clicks y se para. Fin.

Durante algo más de cinco minutos un oído normal, incluso uno absoluto, escucha algo así como: BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR… sin embargo, cuando solo quedan cinco o seis metrónomos, el asunto se anima. Aunque el momento más interesante es el diálogo de los dos últimos metrónomos desacoplados, si bien, al final, cuando queda uno solo, la cosa decae un poco.

Los delicados cambios que se producen en el tempo absoluto de la pieza se traducen en oleadas de compases asíncronos. Estos se funden y perfunden conformando capas granulares que transportan al oyente a un nuevo espacio de texturas tímbricas cadencio­samente minimalistas. Las cuales, aunque transmutan sin descender a la aspereza original del principio estocástico, no lo repudian de manera absoluta.

La perspicaz provocación del maestro Ligeti —reflejo de su pasión infantil por los autó­matas— plasma con una rotunda polirritmia su fascinación por la incesante evolución del entorno espacio-tiempo.

Refleja además la integración entre el continuum tímbrico con el discontinuum frecuen­cial en un ejercicio de asombrosa pulcritud y elegancia. Su estatismo aparente se ve modu­lado por sutiles oscilaciones que se deslizan con delicadeza. La rigidez atonal y su nervio y energía son fruto de una estudiada asincronía que desemboca, al desvanecerse paulati­namente, en una última y definitiva cadencia.

La refinada textura orquestal, su indiscutible fuerza estructural, junto a esa atmósfera percusiva de falsa intrascendencia está alejada de convencionalismos y artificiosidades. Por ello y por su discurrir impecable y su obsesiva fijación cuasi pornográfica en los mati­ces hacen del Poema Sinfónico para 100 metrónomos una de las más logradas creaciones del compositor. El simbolismo arriesgado e inmediato a la vez, su complejidad estructural y la trascendencia acústica que comporta le han otorgado —merecidamente— un lugar de privilegio.

Es posible que si usted disfruta de un oído absoluto, o al me­nos de un oído normal, no pueda apreciar todas las sutilezas de esta obra. Es normal, no se preocupe, el oído «raro» al no estar sometido a la distracción que podría ocasionar el espasmo lírico de un oboe arropado por un bando de violas y chelos aque­jados de romanticismo, puede concentrarse en lo que de verdad sucede: los matices fascinantes, los aspectos más inexplicables de la acústica… o del propio sonido. En realidad no estoy seguro porque, además de tener oído «raro», hay quien dice que desde que me quedé sordo estoy un poco tronado. ■

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