Deconstrucciones del calibre 38 (Crossover)

cabezapollo
Por Gómez.

(En capítulos anteriores: En su desesperada persecución del asesino del autor que le insufló el aliento vital en el capítulo XXI de una novela pornográfica, el detective protagonista se equivoca de habitación de hotel y secuestra a un interventor de La Caixa en lugar del criminal que anda buscando.)

Terminé la copa y los pistachos y me dispuse a seguir con la búsqueda de Pepe el Guapo. Ni siquiera sabía a ciencia cierta qué iba a conseguir o cómo debía actuar al dar con el asesino, aunque un sexto o séptimo sentido me indicaba que las cosas, tarde o temprano, acabarían por ponerse en su lugar. O por explotar en mil pedazos… Requessens se había quedado dormido entretanto y su señora, todavía en ropa interior, observaba cada uno de mis movimientos con una atención que comenzaba a resultarme un tanto opresiva.

En ese momento experimenté algo semejante a una corazonada.

—¿Tienen algún libro? –le pregunté a la mujer.

—¿Libro? ¿Aquí…? Sí, creo que tengo uno en la maleta. Pero no lo he leído. Ni siquiera sé de quién es. Lo compré en el aeropuerto.

—¿Sería tan amable de prestármelo un segundo?

Así lo hizo.

Sucedió tal y como esperaba: en un universo fabulado por un escritor, el único libro que había a mano debía ser precisamente una creación de ese autor. La novela en cuestión, de Alfredo Montoya, se titulaba Las lágrimas del eunuco y, si hacíamos caso a la solapa, estaba ambientada en las guerras napoleónicas. Abrí una página al azar y leí:

Los poderosos deltoides del hercúleo detective se recortaban en la penumbra de aquella habitación de hotel. A su lado, la bella mujer contemplaba con ojos preñados de deseo los felinos movimientos de los musculados bíceps del héroe al introducir los cartuchos en el tambor del revolver. Éste, por su parte, ni siquiera sabía a ciencia cierta qué iba a conseguir o cómo debía actuar al dar con el asesino, aunque un sexto o séptimo sentido le indicaba que las cosas, tarde o temprano, acabarían por ponerse en su lugar. O por explotar en mil pedazos…

¡Ahí tenía la prueba: mis propios pensamientos citados con exactitud milimétrica en un libro del que jamás había oído hablar hasta ese momento! No sabía a ciencia cierta qué probaba esto, pero estaba seguro de que probaba algo.

Es lo que sucede cuando expira el Creador del universo: que todo se vuelve raro de cojones.

—¡Qué hombre más apuesto es usted! –susurró la esposa del interventor, acortando las distancias que nos separaban en la cama—. Me recuerda a Robert Mitchum en El Halcón Francés.

Y añadió:

—Dios sabe que si no estuviera casada…

—A Dios se lo han cargado en una sauna gay –la interrumpí, al tiempo que me incorporaba y salía apresuradamente de la habitación.

Muy apresuradamente.

Como suponía, Pepe el Guapo había volado. En su habitación no había nadie. Antes de irme del hotel, entré en uno de los salones privados del mismo para tomar un batido de coco. Lo que encontré en el interior me dejó paralizado: el mayor grupo de pirados que había visto (juntos) en toda mi vida. Y doy fe de que he contemplado unos cuantos. La cosa superaba cualquier medida.

Les dejé actuar unos minutos y, cuando ya no pude más, saqué mi móvil y marqué el número de Kowalski.

—¿Has encontrado a Pepe el Guapo? –disparó a bocajarro el polaco.

—Se ha largado. Yo aún estoy en el hotel.

—¿Y qué haces todavía ahí?

—Cierra el pico y escucha: creo que tienes razón y el universo se está desintegrando. A ver, acabo de entrar en un salón del hotel y en él hay un tipo con bombín apuntando a un loro con un arma; otro que habla un francés deplorable; un fiambre con un cuchillo clavado en su espalda; una mujer medio desnuda, que parece sacada de Madame Bovary, farfullando idioteces en un idioma que parece ruso pero que estoy convencido de que no ese ruso. No sé, todo es muy extraño.

—¡Joder, has caído en una novela de Mc Loma!

—¿Qué?

—Ricardo Mc Loma, el famoso detective natural de Santa Coloma de Cervelló que Montoya creó cuando estaba entrenando dorsales en el Gym Don Arnold, poco antes de su primer ingreso en un psiquiátrico. También se le conoce como El Poirot de Avellaneda. Pero estamos de suerte: si alguien puede ayudarnos a a descubrir al asesino de Montoya éste es Mc Loma.

Aquello me tocó el orgullo.

—Yo también soy detective.

—Divorcios, cuernos, hijos descarriados, seguimientos, esperas… No nos engañemos, tú eres medio competente para repartir mamporros, apretar las tuercas a sospechosos o derribar una puerta; pero Mc Loma ha enviado más asesinos a la horca que chupitos gratis te han sacado a ti las busconas de tu calle.

—Que te zurzan, gordo –dije, algo picado.

Y colgué.

En ese preciso momento todos los presentes repararon en mi presencia. Me miraban desconcertados, como si estuvieran viendo a un fantasma. Hasta el loro no me quitaba el ojo de encima. Al cabo, fue Mc Loma quién se dirigió a mí.

Pardon, monsieur –dijo—. ¿Puede saberse quién es usted?

—Un personaje de ficción –dije al punto.

Mc Loma se atusó el bigote; un gestó que aventuré característico en él.

Très intéressant –masculló para su capote.

—No crea –observé—. Cuesta mucho que te concedan una hipoteca cuando no eres real.

En ese momento, Walden intervino.

—¡Aquí no necesitamos personajes de ficción! –me espetó—. El señor Mc Loma está a punto de resolver un asesinato.

Mc Loma le hizo a su amigo un imperativo gesto de que le dejara actuar a él. Walden respondió, avergonzado, con una ceremoniosa reverencia. En exceso ceremoniosa, a mi modesto entender.

—Siga, s’il vous plaît –me invitó el detective.

—Pues estoy buscando a un tal Pepe el Guapo, presunto asesino de Alfredo Montoya, autor a su vez de la novela donde vine el mundo.

—¿Es usted el protagonista de esa novela?

—Bueno, en realidad… no… sí… no… —mascullé—. Digamos que soy un personaje clave en la trama.

Mc Loma volvió a atusarse, meditabundo, el bigote. Al cabo, exclamó:

—Éste es un caso que parece fabricado a la medida de le premier detective du monde

Dicho lo cual, me tomó por el brazo como si fuésemos camaradas de toda la vida y juntos caminamos hacia la salida.

Pero antes de que abandonáramos la estancia, Walden se dirigió a su amigo con la voz quebrada.

—Se van… ¿los dos?

Oui –afirmó Mc Loma—. Cuide de nuestros sospechosos durante mi ausencia, mon ami.

A pesar de la distancia, pude apreciar que al escuchar estas palabras el inspector Walden, orgullo del Yard, rompía a llorar a lágrima viva.

Pero Mc Loma, al comprobar la consternación de su amigo, reaccionó con presteza.

—Le gustaría ver una imitación de una gallina Caperuza Roja de Derbyshire –me preguntó. Y, aun antes de que yo respondiera, le guiñó un ojo a su compañero con complicidad.

—Nada me gustaría más en el mundo –aseguré.

A continuación, Walden realizó la más extraordinaria imitación de una gallina que hombre alguno haya presenciado a lo largo de los últimos mil años. Incluso me atrevería a aseverar que ni siquiera otra gallina ha dispuesto de la oportunidad de disfrutar de una maravilla semejante.

“¡Dios bendito, pensé, cuánto necesito un trago!”

 

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