Pitopausez, divino tesoro

Pitopausics5
Por Mortimer Gaussage.

A Góngora, en su momento, en un pliego largo lo acusaron de “vivir como muy mozo y galán y andar día y noche en cosas ligeras”, lo que en la época debía de ser tanto como decirle que, teniendo ya una edad, siendo cura, rico y poeta de fama, andaba de puterío. O lo que es lo mismo, que se pavoneaba y picoteaba como un pitopáusico cualquiera. Rápidamente contestó en su descargo que “ni mi vida es tan escandalosa, ni yo tan viejo, que se me pueda acusar de vivir como mozo” y ahí está el quid. Quién coño va a saber quién es viejo y quién es joven mejor que uno mismo, viene a decir el poeta.

Estas cosas las cuenta Cunqueiro, que es, ante todo, un gran mentiroso, aunque por que haya paz y no dar lugar a polémicas se le diga grande fabulador. También es cierto que cita la fuente, lo que daría visos de realidad a estas citas, pero lo es igualmente que traducía con lírica fidelidad a poetas chinos que nunca existieron. Digamos que la anécdota ha de tomarse con una cierta distancia, pero la enseñanza sirve como punto de partida. De estas otras que vienen a continuación, y a cuento, yo mismo doy fe.

La doctora Ellen Langer, psicóloga en Harvard, piensa, más o menos, lo mismo. Somos jóvenes o viejos porque nosotros decidimos ser jóvenes o viejos. La Langer, que no es poeta, no fía de la introspección, como el cordobés, y lo dice con otras palabras. Las científicas americanas cuando afirman, afirman de verdad, así que para largar cosas de este pelo hace antes sus propios experimentos. El primero de varios fue hace ya unos años, en el 81. Alquiló un monasterio y metió a viejos y viejas en buses y para allá que se los llevó. Al bajar se encontraron con un escenario en el que todo era como cuando eran jóvenes, año 1959. Retrocedieron 20 años de golpe a la tele en blanco y negro, los números atrasados de la revista Life, programas de radio de la época y noticias que en realidad eran historia. Revivieron el lanzamiento del primer satélite americano, la entrada triunfal de Castro en la Habana y vieron, como gran estreno, “Anatomía de un asesinato”. Todo acabó en una semana, que lo bueno, si breve, dos veces bueno, pero los efectos fueron muy llamativos. Caminaban más erguidos, sus articulaciones eran más flexibles, los dedos más ágiles (y largos), veían y oían mejor, medían más y pesaban menos. Además, puntuaron más alto en los test de inteligencia a la salida que a la entrada. Hay que añadir que el efecto rejuvenecedor de comportarse como un joven se producía con mayor intensidad en los hombres que en las mujeres. Como no he encontrado el paper de la Langer, copio y pego de éste artículo: “But the men who had acted as if they were actually back in 1959 showed significantly more improvement. Those who had impersonated younger men seemed to have bodies that actually were younger.”

Como de cualquier chorrada se puede hacer un mundo, con estos mimbres en la BBC hicieron un programa. Un Gran Hermano viejuno en el que metieron, como en el monasterio americano, a viejas glorias a vivir en la época de sus glorias. Le llamaron The Young Ones y una mujer que llevaba 18 meses caminando con bastones dejó rápidamente de usarlos y un tipo que era incapaz de ponerse los calcetines pronto empezó a vestirse solo. Quizá todo un poco vergonzoso, como cualquier cosa que huela a Gran Hermano, pero revelador.

Visto así, el pitopáusico es un tipo joven que sigue haciendo lo que hacía de joven porque él decide si ha llegado, o no, la hora de ser viejo. Un gongorino en el sentido de Langer o langeriano en sentido de Góngora. No soy tan viejo que se me pueda acusar de hacer cosas de jóvenes, dice el pitopáusico, y por ello pierde, a la vista de otros, quizá con menos edad pero más viejos, el respeto que debemos a nuestros mayores.

Los veintegenarios suelen acusar al pitopáusico de cortejar mujeres jóvenes, pavoneándose como los de quince, comportándose como los de veinte y gastando como los de cuarenta. El mundo se mueve por la envidia y nada la remueve con más fuerza que el sexo, que es la causa de que exista el dinero. El emparejamiento, ya sea para un polvo o para toda la vida, es un mercado en el que nos reconocemos un valor y se lo reconocemos a los otros. Cuando ambas partes ven negocio hay trato. Esto es especialmente sencillo y el pitopáusico lo sabe, igual que los envidiosos y las mozas que se dejan cortejar. El pitopáusico, curiosamente, lo tiene fácil, porque en este mercadeo no engaña, todo está a la vista; canas, arrugas, tierras y la eterna duda sobre la virilidad. Esto es así porque las mozas al acercarse a ellos dan por descontado el compromiso, que no lo hay, y la procreación, que dios me libre. El veintegenario y sus corifeos, solteras con gato, abuelas de pueblo y exseminaristas, se espantan de tales tratos que llegan a tildar de comercio de la carne. En realidad el único motivo de escándalo es la claridad del negocio. En el emparejamiento entre jóvenes el engaño es imprescindible y omnipresente. Él ha de presentarse como capaz de proveer y sostener un compromiso y ella lo examinará largamente antes de aceptar como plausibles esas promesas. Un sinvivir, todo por mezclar los genes y pasarlos, revueltos, a la siguiente generación. Hemos acabado por confundir ese necesario disimulo con la moralidad.

Estas relaciones, además, son un plus tanto para los pitopáusicos como para las mozas que pasean. El valor de cada uno en el mercadeo del emparejamiento depende en gran parte del valor que otros nos reconozcan. Pasear a una bellísima mujer es un indicador de que vales al menos tanto como ella, algo que verán otras mujeres. Y, a la recíproca, pasear con un hombre mayor e interesante es clara señal para otros hombres de lo deseable que es esa mujer. Una relación conveniente para ambos.

Expuestas las razones de salud física y mental, apartadas lejos, y con fuerza, las ridículas objeciones morales, quedarían las de tipo estético. Efectivamente hay quienes no son caballeros como hay quienes no son damas. Yo, en pudiendo elegir, recomiendo vivamente a unos y otras que como tal se comporten. No ya llegado el trance del lance pitopáusico sino desde mucho antes y para todos los asuntos de la vida. Mi consejo es que aprovechen la juventud y la edad media para ejercitarse como damas y caballeros ya que serlo es algo que no se improvisa. Quienes no lo hagan llegarán a la edad de comportarse como jóvenes con todos los defectos de un joven, es decir, habrán perdido su vida miserablemente. La relevancia del asunto será, no obstante, menor ya que viejas, seminaristas y moralistas ridiculizan a todos los pitopáusicos por igual. Pero lo cierto es que se muere uno muy parecido a como ha vivido y morir como un hortera es una condena.

Por todo ello recomiendo tener siempre presente que nuestras vidas son los ríos y tal y qué se yo, y en consecuencia gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus, porque serás viejo el día que viendo una mujer hermosa no actúes como un joven.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓