Pedigree

sapo
Por el Camarada Sërgëi.

Yazgo rendido en la cama de un hotel de tres estrellas, céntrico, limpio y frecuentado por turistas autóctonos y transfronterizos. Es mi refugio en Madrid desde hace unos años. Azaña tertuliaba en su cafetería; en la de enfrente, Valle Inclán. Ya no existen ni los cafés ni las cafeterías ni los escritores.

He caminado durante un par de horas y me tumbo desnudo antes de ducharme. Mi infortunio es tal que hay un espejo enfrente. Levanto la cabeza a duras penas y me observo: parezco un sapo escupidor tripa arriba. La sordidez de los hoteles. Sus atractivas limpiadoras de sucios delantales, como doncellas de las pensiones matritenses de Galdós; los gemidos y los jadeos de los vecinos incontinentes; los shintonis de minibar que anticipan cópulas urgentes. Se me levanta la imaginación. No soy un viajero de paso, agotado, sino un Bombur en la ergástula de una casa de putas esperando que una de ellas acabe de chapotearse la entrepierna para terminar saltando sobre mí hurtándome la mirada. Tanto Cacho —pienso que podía haber pensado— para terminar en la ciudad embrutecida dejando correr las pocas horas que voy a permanecer aquí sin nadie me cabalgue el tocino. ¿Fue visitada —pienso que podía haber pensado— la capital por alguno de mis abuelos, de mis bisabuelos, de mis tatarabuelos, de los Cacho anteriores? Mis ancestros, me dice alguien que anda metido entre papeles y pergaminos, se remontan a 1509 y parece que todos ellos sin salir del pueblo. Qué pedigrí.

El primero fue Georges Simenon y más tarde llegó Modiano. Aunque de todo tiene que haber precursores, y el de ambos fue Marco Aurelio. Me arrimo a estos ilustres sólo para dar fe de mis orígenes más próximos sin que nadie me suponga original, tan modesto soy: mi abuelo Jesús, verbigracia, a quien recuerdo siempre con su boina y sus manos renegridas y delgadas como las de un cadáver incorrupto. Mis recuerdos primeros lo ven fuera de casa, cavando en la huerta y rodeado de cabras allá en el Soto. Un día le pregunté y me contó. Había nacido en Carbonera, que ya no existe y está por allá por la carretera de Vozmediano, vino a decirme; y luego la familia se fue a vivir a la Casa del Cristo y de allí se recorría los caminos y se ganaba la vida con eso del estraperlo, negociando con la Guardia Civil porque tenía que alimentar doce hijos.

Decido visitar ambas casas —ambos corrales— después de asistir a un acto al parecer cultural. Se presenta el libro de un hortelano un poco venido a más y me quedo con la copla de su primera obra, un recorrido por las ventas y corrales de la comarca. Se vende, lo compro y busco en sus páginas. Aparecen Carbonera, la Casa del Cristo y algún corral más:

«Carbonera. En estas casas-corral que formaban el núcleo del asentamiento humano de Carbonera vivió recién casado el matrimonio compuesto por Gabriel Cacho y Juana Jiménez, “La Tía Cuca”».

Me dice una de mis tías que la abuela Juana «era tuerta, mucho mala» y que caminaba hasta Tarazona —a unos quince quilómetros— con un cántaro de leche en la cabeza y dos más en cada mano. En esos corrales nació mi abuelo, como he dicho, y fui a verlos tirando para Vozmediano, a mano izquierda casi al final de la recta. Luego viene un camino a la derecha; ha llovido y está embarrado, cruzo un charco enorme y en un par de centenares de metros llego a lo alto de un collado. Se ve Vozmediano allá abajo, la Boxmediano del Marqués de Santillana:

Serranillas de Moncayo,
Dios vos dé buen año entero,
ca de muy torpe lacayo
faríades caballero.

Ya se pasaba el verano,
al tiempo que hombre s’apaña
con la ropa a la tajaña,
encima de Boxmediano
vi serrana sin argayo
andar al pie d’un otero,
más clara que sal’en mayo,
el alba nin su lucero.

El aroma se alza violento de tomillos, el día es luminoso. El bucólico corral yace abandonado en la falda de una colina. Allí parió la bisabuela a los nueve hijos, entre cabras y ovejas. Resistieron todos. Un caminillo llega hasta él y me decido a tomarlo con el coche. Desando lo andando y vuelvo a enfrentarme al charco de antes, pero mi impericia o la mala fortuna hacen que hinque de morros el auto. La rueda izquierda gira enloquecida. Pienso que la he cagado y que no lo podré sacar solo. Me descalzo y me alzo los pantalones hasta las rodillas. Expulso el barro con las manos, calzo la rueda con unas piedras y lo intento de nuevo. No funciona. Vuelvo a salir removiendo barro y colocando piedras. Tampoco. Lo intento por tercera vez y ahora baja la Virgen de los Milagros a ejercer de lo suyo. Lo consigo. Comienzo a sudar como si fuese el mismísmo Bombur entregándome en cuerpo y alma sobre una fembra plazentera. Desisto de tomar el caminillo del corral y regreso a casa un tanto avergonzado.

Pienso que podía haber pensado en aquella vez que bajé corriendo la cuesta del castillo y, por una simple ley física, caí de bruces contra el suelo arañándome la rodilla. «¡Inoranteeeee, inoranteeee!», se me reía el tío Jesús. Cuánta razón tenía. Qué fin de raza es ésta, qué desprestigio soy yo mismo de mi pedigrí. Tantos Cacho para esto, macho. Un charco en Soria y un espejo de Madrid.

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