Murakami, ¿otro petardo?

MurakamiPor Fernando García Alonso

No existen muchos escritores que estén en buena forma. Piensen en la flojedad de carnes de Muñoz Molina (en gordito) o de Marías (peso ligero), o en el aspecto degenerado de un Houellebecq, o en la obesidad mórbida de nuestro añorado Cela. Por eso nos llama tanto la atención Haruki  Murakami, que gusta correr maratones con el torso desnudo y fotografiarse haciendo estiramientos. Prolífico como es, nos obsequió en 2007 con un ensayito titulado De què parlo quan parlo de córrer. No es que lo escribiera en catalán, pero esta es la traducción del japonés  que estoy manejando para ilustrarme.

Tampoco hay muchos lectores impenitentes que se machaquen corriendo, pero este libro interesó por igual a los fans de sus celebradas obras (Tòquio Blues, Kafka a la platja, 1Q84) y a los aficionados al running, entre los que modestamente me encuentro. El resultado fue lamentable, a qué engañarnos. Como obra literaria es una auténtica castaña y como manual para corredores, prescindible, por ser misericordiosos. No he encontrado a nadie que le haya gustado, ni en el bando de los unos ni en el de los otros. Qué necesidad tenía Murakami de arrastrarse publicando esta basura. Misterios del alma humana.

Su obra no me interesa, pero Murakami no es ningún tonto. Ha sabido crear un mundo que engancha a muchos lectores sin necesidad de excesivas bajezas. Ojalá hubiera muchos escritores como él. El mensaje de su ensayo no por conocido, debe dejar de repetirse. Correr es la mejor medicina que existe tanto para la salud física como para la psíquica. Él achaca toda su inspiración literaria a su intensa actividad física. Esto es bien sabido, pero tiene también la decencia de desvelarnos la parte del asunto que con frecuencia se olvida: «Pain is inevitable, el patiment és opcional». Esta es la filosofía secreta del corredor, aplicable también a nuestra existencia. Sin tanta retórica ya nos los decían nuestros maestros de antaño: «La vida es milicia y sacrificio».

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