Deconstrucciones del calibre 38. IV. (El hombre que murió dos veces)

Por Gómez.

Pero al salir del hotel, acompañado por el Mc Loma, me di cuenta de que todo a mi alrededor había cambiado: las familiares calles de Sitges habían sido reemplazadas por una brumosa y extraña ciudad que recordaba al Londres de entreguerras. Tomamos un taxi.

Durante el trayecto relaté a Mc Loma lo que sabía del caso hasta el momento.

Al llegar, otra sorpresa: la sauna Spartacus se había convertido en una elegante construcción victoriana de dos plantas. Un rótulo indicaba de qué clase de negocio se trataba:

EL PATO DUDOSO
SALÓN DE TÉ

Kowalski, ataviado con una elegante librea de mayordomo, nos recibió ceremoniosamente en la entrada y nos acompañó hasta la estancia donde se había llevado a cabo el crimen.

Mientras atravesábamos el local, aproveché para preguntarle algo que me preocupaba:

—Por cierto, ¿cómo me llamo? Ni siquiera sé cuál es mi nombre.

—Fetuccini –respondió.

—No me jodas. ¿Soy italiano?

—De Pontevedra. Pero Montoya te creó justo después de salir de cenar de una pizzería con su mujer y su suegra. Le encantaba la pasta y en esa época bebía mucho.

—¡Será hijoputa…! ¿Y de nombre?

—Fetuccini a secas. Ocupas apenas una página y media de la novela, y además se trata de una transición. Solo tienes apellido, y, la verdad, a la vista de tu relevancia en la trama, puedes darte por satisfecho con tenerlo.

Cada vez me caía más gordo ese polaco.

Apartamos unas cortinas de terciopelo y entramos en el salón donde Montoya había sido asesinado. Seguía bocabajo, tal y como lo dejamos.

Mc Loma se arrodilló junto al cuerpo y pasó la siguiente media hora practicando un minucioso examen del mismo. Se detuvo especialmente en las pupilas, las uñas y los labios del difunto. Una vez concluida la exploración, dictaminó con voz grave:

Monsieur le cadavre ha sido envenenado con Veronal; entre ciento veinte y ciento treinta y cinco granos administrados en un yogur de crema catalana.

—¿Y ese agujero de la espalda del tamaño de un melón ha tenido también algo que ver en su muerte? –preguntó Kowalski.

Mc Loma se retorció compulsivamente su característico mostacho. ¿Eran imaginaciones mías o las puntas de éste habían encanecido desde que salimos del hotel?

J’adoube –dijo.

Pero me pareció advertir que al detective le había temblado la voz.

Reanudó la inspección del cuerpo del escritor, y al cabo de unos minutos, emitió un segundo dictamen:

—Envenenado y luego tiroteado. –Mc Loma se incorporó con alguna dificultad—. Este hombre ha sido asesinado dos veces, y casi con total certeza, por dos criminales distintos.

—Así que tenemos un doble asesinato… de la misma persona –observé.

—Hábleme de ese Pepe el Guapo, monsieur Kowalski.

—Un sicario. Actúa siempre por contrato. Los fines de semana y en temporada baja suele hacer promociones: dos por unos, regalar una gorra por cada objetivo o un descuento si le encargas un asesinato durante la “hora feliz”.

—Parece claro, pues, que alguien le contrató para liquidar al escritor –concluí.

—Me he permitido –dijo Kowalski— confeccionar una lista de sospechosos que habrían querido ver muerto a Montoya. Es larga. Muy larga. Condenadamente larga. La he reducido. Pero seguía siendo muy larga. Mucho. Luego la he vuelto a reducir un par de veces más. Andamos ya solo por trescientos nombres, sin contar independentistas, radicales de izquierda, veganos, ensayistas, editores y camareros de restaurantes chinos. Habrá que reducirla aún más.

En ese momento entró atropelladamente en la estancia una mujer. Era hermosa, de unos treinta y tantos años. Buen cuerpo. Una nota de locura en sus ojos. Se arrodilló junto al cadáver y comenzó a sollozar.

—¿Por qué? ¿Por qué? –repetía una y otra vez, inconsolable.

—Es Carmeta Kirkpatrick i Carballeira, su última novia –susurró Kowalski—. Se conocieron bailando la rumba en una sociedad teosófica, según relató Montoya en su autobiografía, Memorias de un cerdo embustero.

De súbito, Carmeta estalló:

—¡LO QUIERO VIVO! —gritó—. ¡QUIERO QUE ME LO DEVUELVAN VIVO!

Con el corazón encogido, apoyé mi mano en su hombro para tratar de confortarla. Al cabo, pareció tranquilizarse un tanto.

—¿Han recuperado su cartera? –inquirió, todavía llorosa.

—La guardábamos para la policía –dijo Kowalski—; pero si hay algo en especial que desee recuperar ahora…

—Bueno, pensaba en una estampita de san Martín de Porres a la que le tenía mucho afecto… y también en sus tarjetas de crédito. O, mejor, solo las tarjetas.

Justo en ese momento entró Jules, el criado de los trapecios de acero, portando un servicio de té: jarrita de plata, tetera georgiana, emparedados de pepino y unos excelentes bollitos recién horneados. Solo eché a faltar algunas rosquillas y, quizá, un surtido de pastelillos glaseados.

Eh bien, mademoiselle –le preguntó Mc Loma a la mujer—, ¿ha notado algo desacostumbrado en su novio últimamente?

—Pues ahora que lo menciona, sí: de un tiempo a esta parte he notado que está un poco muerto y con un agujero en la espalda que no recordaba haberle visto nunca. ¿Le parece lo bastante desacostumbrado, lumbreras?

Mc Loma se dirigió a mí:

—Acérqueme, mon cher Walden, el batín de interrogar sospechosos.

—Soy Fetuccini, Mc Loma. Walden se quedó en el hotel.

Al darse cuenta de su error, Mc Loma comenzó a sudar y pasarse la mano por la frente. Parecía al borde un colapso nervioso. Reparé en que su bigote se había tornado totalmente blanco. Algo –y no precisamente bueno— le estaba pasando al célebre detective nacido y criado por sus tías y su abuela en Santa Coloma de Cervelló.

—¿Qué me sucede, mon Dieu? –exclamó, para sí, en voz alta—. Igual he vuelto a contraer fiebres terciarias como cuando la baronesa Clarise Jolie Laurent introdujo en la alcoba donde yo dormía varios mosquitos infectados durante mi aventura Muerte en el delta del Ebro.

Acababa de pronunciar estas palabras cuando se descorrió de nuevo la cortina e hizo su aparición un sujeto enjuto y de una edad indefinible entre los sesenta y los cien años. Iba ataviado con una especie de túnica de color turquesa, con unos bordados que aventuré signos cabalísticos, y unas sandalias del mismo color que dejaban al descubierto unos pies arrugados y de una blancura cadavérica.

—¡Arrepentíos –gritó, al tiempo que agitaba sus brazos frenéticamente—, pues el Fin del Mundo está a la vuelta de la esquina! ¡Abandonad vuestras manos a la influencia espiritual de las Potencias Superiores antes de que las calles de esta nueva Sodoma amanezcan anegadas de sangre!

–Es el Profesor Stardust –murmuró Kowalski—, un nigromántico que aparece en Añoranza de la Muerte, la segunda novela del difunto.

—¿Tiene usted algún problema, caballero? –le pregunté al recién llegado.

—En realidad –dijo el Profesor, algo más sosegado— he venido a comprar un tartufo y doscientos cincuenta gramos de pastelillos de café y nueces, que aquí los hacen muy buenos.

Me preparé para lo peor. Si eso era posible.

« »

© 2018 ÇHØPSUËY FANZINË ØN THË RØCKS. Tema de Anders Norén.

↓