Drama fantástico (Fåntåstïsk dråmå)

Albatros
por Mario Galán.

Una día de finales de octubre de 1993 llegué a casa al filo de la medianoche. Había salido de trabajar mucho antes, pero me demoré a conciencia tratando de calmar mis nervios. Afortunadamente ella ya se había marchado cuando abrí la puerta. No pude mear porque tapaban la taza dos camisas y un abrigo. Por suerte no tiró de la cadena después de haber metido allí la ropa, porque se habría inundado el baño y el desastre hubiera sido aún mayor. No había un solo centímetro del suelo que estuviera limpio. Tanto el salón como la cocina, el baño y el dormitorio estaban cubiertos de loza rota, vidrios, tierra y macetas hechas añicos. Había tirado libros, cucharas, tenedores, camisetas, calzoncillos y algún cuadro. Quedaban solo dos en las paredes. Bajo el más querido por mí, el de un soldado a caballo que mira hacia atrás de una forma ambigua, pues no se sabe si está huyendo de sus perseguidores o si arenga a sus camaradas para enfrentarse al enemigo, bajo ese cuadro, decía, estaba partida en varios trozos una ensaladera de porcelana. Me bajé la bragueta y meé sobre ella, tratando de cerrar de esa manera absurda aquel capítulo de demencia. De alguna forma perdonaba su locura cometiendo yo también la mía, aunque fuera de manera simbólica y solitaria. Al mirar de nuevo el cuadro me percaté de que estaba destrozada la esquina inferior izquierda. No era un destrozo estrepitoso, pero sí perceptible. Quizá fue que el vaho de la orina tuvo un poder alucinógeno. Quizá fueron mis nervios destrozados. Quizá mi ira, calmada hasta entonces por haber encontrado la casa vacía. Fuese lo que fuese, se me representó la imagen vívida de lo sucedido. La puerta de la cocina abierta, ella dentro a unos tres metros con la pared enfrente y el cuadro colgado. Gritaba incoherencias, insultos soeces en aquel idioma suyo de tantos gorgoritos, sus rubios cabellos le tapaban los ojos al echar la cabeza hacia atrás. La ensaladera en su mano, un gesto torpe pero decidido. Impactó contra el cuadro y se partió. Me estremecí como si estuviera allí mismo, agaché la cabeza en un gesto instintivo, adelanté mis manos como si pudiera pararla. Luego la aparté de un empujón, abrí uno de los cajones y saqué un cuchillo. Me lancé sobre ella, pero lo que rasgué no fueron sus ropas ni su carne. El soldado estaba decapitado, el caballo partido en dos, la tela abierta mostraba su revés pardo, feo. Descolgué el cuadro y rompí el marco a patadas. Ella seguía gritando por la casa haciéndolo todo añicos, alborotando, cegada por el odio y el trastorno sin que los vecinos se atrevieran a tocar el timbre con el fin de parar aquel drama fantástico. Era tan viva la escena, tan reales sus alaridos, tan nítido el ruido de los cristales al estallar contra las paredes. Me puse de rodillas, agaché la cabeza y lloré y grité muy agudo, muy niño, muy desamparado mientras ella se plantaba delante de mí, despreciando mi falta de hombría. Se fue desvaneciendo. Sus carnes se corrompieron en el silencio y en la nada, sus ojos se cerraron en el vacío, sus ropas se deshilacharon, sus cabellos alimentaron los gusanos del olvido, su voz se apagó aunque sus labios esbozaron una última sonrisa, como haciéndose perdonar, sabedora de que yo entendía aquella reacción brutal, al fin y al cabo un simple movimiento de fichas en la enloquecida partida de nuestro amor. Desapareció. Al desorden y la suciedad aporté una meada y un cuadro destrozado. Un millón de embajadores de la mañana hicieron su aparición por la ventana, cabalgando las alas de un rayo de luz. Traían en sus labios invisibles una canción apenas perceptible que hablaba de las aguas profundas del océano y de las alas de un albatros. Y el albatros abría el pico y graznaba y yo entendía su lenguaje. Escuché su consejo y le pedí instrucciones más claras, que seguí a rajatabla.

Hoy me llegan ecos de aquellos tiempos lejanos. Retumban por los caminos de mi vida, ahora verde y submarina. Siguiendo los consejos del albatros, dejé el trabajo y me dediqué a la pornografía amateur. Soy conocido en el ambiente como Pepito Valladolid y recorro España buscando chicas que quieran ganar un buen dinero trabajando como actrices en el mundo del amor breve y espontáneo. Una por provincia: Pepito Valladolid la pone mirando a Cuenca, Pepito Valladolid y la cachonda de Ronda, etc. Hace unas semanas terminé la última película, la quincuagésima: Pepito Valladolid y su guarrilla de Madrid. El estreno ha sido un éxito de crítica y de público. Incluso me han llamado de Hollywood tentándome con un contrato para dirigir una película que ellos llaman “seria”. Les he propuesto el desarrollo de aquella escena iniciática, transformadora, fundamental en mi vida. El planteamiento les ha encantado: un soldado de caballería que mira de forma ambigua hacia atrás hasta que es abducido por unos extraterrestres enanos con cabeza de albatros y que solo hablan noruego. Le transportan hasta su centro de operaciones en Ibiza, donde a base de ron con Pepsi Cola minan su voluntad y se transforma en su infiltrado en el planeta tierra. Estoy muy esperanzado, aunque con alguna duda sobre el final de la película.    

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