Mi vida en pocas palabras (I)

Adoratrices
Por Gengis Kant.

No crean que busco su compasión si les digo que soy de Guadalajara. Ustedes dirán lo que quieran, pero es una ciudad que me gusta mucho, me atrevería a decir que con locura, sobre todo cuando pienso que tiene sus cosas buenas y sus cosas malas; como cualquier ciudad. Y, como cualquiera, también la mía tiene dos partes claramente divididas: la una y la otra. Ambas me gustan por igual.

Sin que se conozcan los motivos, la gente no quiere visitar Guadalajara. Se excusan algunos diciendo que están muy ocupados y no tienen tiempo; pero sí lo tienen para ir al Yucatán. Otros alegan el temor a no encontrar una ciudad de la que se tienen escasas noticias; con lo fácil que es dar con ella: si usted sale de Madrid por la carretera de Barcelona, basta con que en el Km. 55 ponga un poco de atención y verá que está en ella. La mayoría no sabe o no contesta.

La ciudad está pegada a un complejo funerario de una magnitud que pone los pelos de punta. Lo forman el edificio que hace las veces de tumba —el Panteón—, un colegio —las Adoratrices—, como el anterior de un estilo que armoniza lo bizantino y lo manchego, y una explotación agraria que nadie sabe hasta dónde llega. Una tapia, con pujos de muralla, protege el recinto de una posible invasión asiática. En dicho polígono funerario reside la muerta que mandó construirlo, rodeada de los suyos; los demás, en la ciudad. Hace años que este lado es, en la práctica, un barrio madrileño, por lo que puede decirse que los de Guadalajara —los del Panteón no— somos de Madrid.

Mi infancia transcurrió en la calle de San Roque. La ausencia de tráfico que hubiera podido provocar un accidente permitía que los chicos estuviéramos todo el día fuera de casa, si se puede llamar ‘fuera’ lo que no dejaba de ser una prolongación de la casa, y al revés.

De esa ambigüedad pronto intenté sacar algún provecho.

— Criatura —me decía mi madre desde el balcón—, ya va siendo hora de volver a casa.

— Pero si ya estoy en ella —le respondía.

Llámese dentro o fuera a la calle de San Roque, no vamos a discutir por una palabra, en ella nos dedicábamos a jugar a la pelota y al escondite, cuando no tocaba romper farolas, o espiar y molestar a las parejas. Lo normal.

Salir con chicas no formaba parte de ninguno de nuestros planes; todo lo contrario, huíamos de ellas al no ver por ninguna parte su utilidad. Donde estuviera un buen balón… El primer acercamiento, cuando se produjo, fue muy cauteloso: apedrearlas y poco más. Pero en seguida los más avisados supieron aportar a dicha actividad matices de languidez y ensoñación. A ellas, sea dicho de paso, no había quien las entendiera; se ponían a fumar delante de tus narices las muy golfas, pero, una vez que te habían puesto caliente, no se dejaban meter mano.

A pesar de lo mucho que jugábamos, aún quedaba tiempo para ir al colegio. Dados los escasos recursos económicos de mi familia, podría extrañar mi ingreso en una escuela de pago si no explico que costaba menos que las públicas, en las que se pagaban las famosas «permanencias». Que fuera tan barata no se debía a que estuviera subvencionada por alguna sociedad filantrópica, sino a que la dueña, y maestra única, no gastaba ni un céntimo en su mantenimiento.

Llegaba a tal extremo el estado ruinoso de todo lo que había allí, maestra incluida, que no era infrecuente que se derrumbase de pronto un pupitre. De la reparación del mismo nos encargábamos los alumnos. Después, a esperar que volviera a derrumbarse.

El colegio disponía sólo de una habitación —no había patio para el recreo—, situada encima de una vaquería. En un espacio tan reducido, y atendidos por una persona cuyas funciones iban desde la dirección hasta la conserjería pasando por la docencia, se amontonaban los diferentes cursos. El método pedagógico consistía en que la maestra iba convocando a su alrededor a los diferentes grupos, uno por curso. Mientras le preguntaba la lección al convocado, el resto quedaba en una especie de limbo en el que no había manera de saber si se estaba en clase o en el recreo. La mayoría optaba por pensar que estaba en lo segundo.

El caos imperante permitía que algunos de los mayores sometieran a los más pequeños, en la misma clase y a pocos metros de donde se sentaba la maestra, a las sevicias que en centros mejor equipados, y con un concepto más avanzado de la pedagogía, quedaban reservadas a lugares más discretos. Aún recuerdo, como una pesadilla, el día que me tocó ponerme en la fila de los que debían chuparle la polla al veterano. El consuelo de que se cansara antes de que me tocase no compensó, ni entonces ni después, la vergüenza de saber lo que hubiera hecho yo si aquel sujeto, además de un hijoputa, hubiera sido constante en sus proyectos.

Aunque pobre, la naturaleza privada del colegio le otorgaba un toque sutil, un aura, un no sé qué de elegancia. Si era mixto, le faltaba muy poco para no serlo. Apenas había chicas en él. Sin embargo, con motivo de una inspección oficial, como se nos mandara sólo a los varones de excursión el mismo día, corrió el rumor, que sigo creyendo, de que el colegio estaba registrado ante el ministerio como colegio femenino. En ese colegio para falsos ricos, oficialmente femenino, pero prácticamente masculino, estudié yo.

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